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Libros de autor

NOTICIAS

ediciones contrabando
Colección Marte nº 11
21 x 13 cm; 82 pág.
Rústica fresado con solapas
ISBN: 978-84-121010-9-6
DL: V-512-2020
PVP: 12 euros

Portada Las estancias del ruido
Las estancias del ruido
Yasmina Galán

Las estancias del ruido es un poemario lleno de buena poesía, una poesía de la memoria y de la vida; poesía en estado puro, desnuda, descarnada en muchas ocasiones, en la que el sujeto poético, desde las raíces de la infancia y la adolescencia, ajusta cuentas con su pasado.

Yasmina Galán nos ofrece un libro de poesía pura, sin adornos innecesarios, una poesía a pecho descubierto que la reconcilia con ella misma y con el mundo, y que la coloca en la rampa de despegue hacia el futuro; porque a la vida hay que creerla, hay que mirarla cara a cara, sin miedos, sin complejos, intentando vivirla intensamente y apurando de ella hasta la última copa.

Juan Luis Bedins

Leer Prólogo de Pilar Verdú

 

Yasmina Galán es licenciada en Filología Hispánica (Universidad de Valencia). Actualmente reside y trabaja como profesora de secundaria de Lengua castellana y literatura en la ciudad de Alicante. Durante su travesía por Valencia formó parte de la Revista Literaria Náyade (1998), pasando a ser la directora adjunta de la misma hasta 2004. Fue codirectora de la colección de plaquettes Mar de Letras y fundadora y coordinadora de la Revista de Investigación-creación Ítaca.

Entre sus publicaciones se encuentran Alas de mariposa (Primer premio de relato, Ayuntamiento de Camuñas; editorial Mar de Letras, 2002), En dos tiempos (Primer premio de poesía “Marc Granell”; Edicions 96, 2003), Versos de ida y vuelta (Primer premio de poesía “César Simón”; editorial Denes, 2004). ¡Teatro, puro teatro! (Primer premio de poesía del Ayuntamiento de Aspe, 2019). Asimismo, en 2005 ganó el Premio “Mar de poesía” al reconocimiento poético (Valencia), en 2008 el Segundo premio “Eugenio Carvajal” de relato de Mieres y quedó finalista en el Premio Internacional de Poesía “Pilar Fernández Labrador” (2016). Algunos de sus escritos también se encuentran en los siguientes libros y antologías: Cuentos que curan (Editorial Océano, 2005), Ventanas (Torremozas, 2006), Las mujeres cuentan (Generalitat Valenciana, 2009) y No resignación (Ayuntamiento de Salamanca, 2016); así como artículos críticos recogidos en revistas y publicaciones de investigación.


 



 

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LAS ESTANCIAS DEL RUIDO

  Acabo de leer el poemario Las estancias del ruido, de Yasmina Galán, y enseguida recuerdo el poema de Antonio Gamoneda –que sobrevolará ahora todas mis palabras– en el que dice “la belleza no es/ un lugar donde van/ a parar los cobardes”. Cuánta razón. Cuánta valentía hay en estos versos de Galán, escritos para cauterizar una herida situada en el territorio de la infancia, aquel que hemos querido convertir en un paraíso perdido, cuando, para más de una persona tiene más de pérdida de lo que tuvo de paraíso. Más bien fue para la autora un “infierno acostumbrado a silenciar” (Memento Mori).

  Ya desde la hermosa dedicatoria inicial, la poeta nos ubica en un ámbito familiar en el que se respira orfandad –hijas sin madres, hermanos supervivientes– aunque sí haya habido madre; se alude también a la suerte de quienes han podido educarse a ellos mismos, y se han librado por ello de la mala educación que a algunos les ha tocado en (mala) suerte.

  Tres partes conforman el poemario, todas con nombres de refranes alusivos, de un modo u otro, a la desdicha: “La letra con sangre entra”, “Notas a pie de página: a perro flaco todo son pulgas” y “Consejos vendo y para mí no tengo”.

  Se abre la primera parte con una cita de Alejandra Pizarnik en la que Galán muestra ya su poética: escribe no para refugiarse en las palabras, sino cuando estas ya no guarecen. Escribe a la intemperie, sin protegerse de nada. Gamoneda dice: “Ay de los fugitivos,/ de los que tienen miedo/ de sus propias entrañas”. La poeta no huye; no tiene miedo –o sí, pero es lo de menos–; sabe que la luz es la única manera de desentrañar. Y para ello se vale de la literatura pero no como herramienta, sino como oxígeno, como pulso vital. Las referencias literarias en el poemario son numerosísimas y constituyen los hilos de la trama que sostiene la cosmovisón de la autora. El primer poema, llamado de forma reveladora “Libro de familia”, comienza con Alicia escribiendo en el espejo “sobre el cual los muertos/ siguen haciendo ruido” mientras el conejo da la entrada a un país sin maravillas. Una niña, Alicia, escribe (en lo que es un claro trasunto del yo poético, que aludirá en otras muchas ocasiones a su condición infantil) lo que dicta el espejo, ese cristal con azogue (transparencia con negro) que a la vez permite verse reflejada y acceder, atravesándolo, a otros mundos –no precisamente maravillosos, sino llenos de trampas en las que es fácil quedarse atrapada–. A lo largo de los poemas vemos cómo la autora está luchando a brazo partido para aniquilar los fantasmas: “he optado por quitarme el antifaz/ para matarte a cara descubierta” (“El ratoncito Pérez”). Proclama, con una imagen tiernísima, “Hoy por fin he podido arrancarme los últimos ruedines” para no seguir besando el suelo. Levantarse. “Sublevación”, se llama el poema de Gamoneda.

  El poema dedicado al hermano, “A indios y vaqueros”, comenzará diciendo: “Ignoro si supimos/ darle un nombre adecuado/ a las estancias del ruido”. Me atrevo a decir que eso es este libro: un nombre a las estancias del ruido, a las habitaciones de una casa que al final del viaje estará, como la de Luis Rosales, algo más encendida.

  En el poema quizá más descarnado, “Gusanos de seda”, la voz poética entabla una conversación con el padre en la que se deja ver la importancia de construir un relato para sobrevivir, para elaborar los sentimientos: “pero la edad huérfana me pudo, así que empecé/ a tejerte como a un ser desvalido, sin sexo,/ alguien necesitado de algún que otro abrazo”. Termina con una bandera blanca porque, una vez limpia la herida, la hija puede permitir a su padre y permitirse a ella misma dibujar la belleza y volar.

  La segunda parte, “Notas a pie de página: a perro flaco todo son pulgas”, va más allá respecto a su profundización en la literatura: no es que las citas de los diversos autores escogidos encabecen los poemas, sino que estos son notas a pie de página de las citas. Es una hermosa manera de reconocer que la voz poética es resultado de otras voces hondas que llegaron para alimentarla: Koltz y su descarnadura, Lispector y sus epifanías, Pizarnik –de nuevo– y sus llagas… Así como Anise Koltz retrata en su obra la compleja relación con su madre, Galán también tratará de reelaborarla en estos versos y así confesará: “permanezco envuelta en tu útero/pero todavía no logro respirarte” (“Garabatos”). Respirarte, decirte. Se va afirmando poco a poco la voluntad de alzarse a través de la capacidad de expresar: “ha llegado el día de nombrar/ la gangrena” (“La herencia”), “este erizo ha decidido limarte/ las puntas de la pena” (“Certificado de hija”), “estas palabras/ que persiguen –a rastras–/ el paraíso de un rostro/ al que, por fin,/ le invada la luz” (“De pan y cebolla”). Este proceso, tan doloroso como necesario, logrará por fin que la voz poética exclame “el nido acaba de sonreírme” porque “son capaces de volar/ todos y cada uno/ de nuestros pájaros negros”. Negro sobre blanco: tinta negra por el dolor concentrado que contiene, pero que sobre el blanco del papel adquiere forma y arranca a volar.

La última parte, “Consejos vendo y para mí no tengo”, abunda en la idea ya expuesta: “Mis ansias por la poesía nacieron para nombraros” (“La muerte de Ulises”, dedicado “A Marisol y Mercedes; madres mías”). La voz poética a veces siente sobre sí el peso de las ausencias y de las presencias (ya dijo Quevedo que somos “presentes sucesiones de difuntos”) y así lo escribirá: “arrastro todas las presencias/ cual vientre de gata por parir” (“Fácil”). Pero la orfandad será vista ahora, en hermosa imagen, “como un caldero de luciérnagas/ que sigue ignorando/ hacia dónde escupir su luz”. Hay, pues, luz; hay que aprender, eso sí, a dirigirla. Y ese trabajoso aprendizaje está en cada verso: “puro renacer de pico y pala” (“Animal doméstico”). El “rostro ajado de la infancia” es, una vez nombrado, acallado ya, pacificado por el advenimiento de un amor que no ha venido a salvar, sino a acompañar, a llenar todo de balcones desde los que mirar y como dice en el poema que cierra el libro, “Epitafio”, “replicarle a la vista/ y a la vida”. En eso exactamente ha consistido este duro viaje: en asomarse al abismo interior para poder salir luego al balcón exterior. Lo que ha logrado la poeta en este libro es cantar lo que Gamoneda decía: “algo más puro aún que el amor, debe/ aquí ser cantado; en cales vivas, en/materias atormentadas,/ algo reclama curvas/ de armonía. No es/ la muerte. Este orden/ invisible/ es/ la libertad”. Yasmina Galán ha cantado en cal viva a la libertad. Y todos somos, con ella, un poco más valientes y un poco más libres.

Pilar Verdú