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Libros de autor

NOTICIAS

ediciones contrabando
Colección CHE BOOKS nº 11
21 x 14 cm; 166 páginas
Rústica fresado sin solapas
ISBN: 978-84-121778-5-5
DL: V-2037-2020
PVP: 10 euros 

Portada Un inmenso e infinito continente
Un inmenso e infinito continente
Néstor Mir

Un inmenso e infinito continente es un libro que, en su idea y en su realización, complementa y acompaña un trabajo discográfico homónimo.

La novela aborda una encrucijada existencial de raíz bien actual y reconocible. Agobiado por una deriva política que amenaza convertirse en pesadilla; ninguneado en su trabajo, donde ya no vislumbra ningún horizonte; inmerso en una realidad familiar que hace aguas por todos los frentes; frustrado por una actividad creativa que no da los resultados esperados… el autor/narrador/personaje del libro lo apuesta todo por emprender… una fuga a Canadá. A las heladas, boscosas y puras praderas de Canadá, epítome de todo sueño imposible.

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Néstor Mir, bibliotecario de profesión, siempre ha desarrollado una activa vida creativa: en los últimos años ha producido tres discos de música pop-rock (La disolución doméstica, 2013; La Batalla Vital, 2017; Un Immens i infinit continent, 2020), ha estrenado varias obras de teatro (Taxis, 2010; Pensión Morfini; 2011; El Ring, 2015 y La Batalla Vital; 2017) y publicado en 2013 un libro de narrativa, La Conquista del Oeste. Tienes entre tus manos su segunda novela: Un inmenso e infinito continente.


 



 

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Ramón puso en marcha su plan de salvamento vital el día que los rumores llegaron hasta él, lo acorralaron y auguraron su caída.
Los rumores no vinieron solos, vinieron acompañados del insomnio.
Según su terapeuta, el insomnio estaba relacionado con una carencia hepática. Él mismo así lo creía. Ramón había leído un cómic, pocos días antes, una aventura de dos samuráis en la época de los cowboys, del lejano Oeste. Uno de los guerreros le decía al otro, tras vencer una pelea de catanas contra revólveres: “Me falta hierro, noto mis ligamentos poco flexibles, he de fortalecer mi hígado”. Ramón también notaba desde hacía unos años que su cuerpo había perdido elasticidad, que no estaba en buena forma física.
Su insomnio, además, tenía una peculiaridad: Ramón se despertaba cada noche a las tres de la madrugada. Ni antes ni después. Su terapeuta insistía: es la hora del hígado, cuando el cuerpo resetea el órgano para que al día siguiente vuelva a funcionar a pleno rendimiento.
Ramón estaba dispuesto a dar como válida esta explicación. Aunque las visitas y las medicinas naturales le costaban más de ochenta euros –para fortalecer el hígado debía tomar todos los días unas gotitas en ayunas–, Ramón hubiera admitido que había dado con la solución de haber cesado el problema ahí. Pero había algo más, al insomnio siempre lo precedía una pesadilla. 

Ramón se despierta todas las noches a las tres de la madrugada empapado en sudor. Se despierta porque no puede respirar, porque alguien le ha estado asfixiando.

Antes han pasado otras cosas que a veces recuerda y otras  no. Recuerda dos siluetas que percibe como el origen del mal. Dos personas que aún no ha logrado identificar, que quieren acabar con lo que él representa, que se reafirman mediante el abuso de poder.

A Ramón le sirve para entender su situación esa opinión popular que dice: dale poder a alguien y lo conocerás de verdad. Pero Ramón, acorralado, objeto de ese abuso, necesita ampliar la magnitud del concepto para así poder entender mejor los efectos: si tienes el poder, aprieta la soga que rodea el cuello del que se interpone entre tú y tus objetivos.
Ramón sabe, por su pesadilla, que las personas aparentemente normales y poco proclives a la violencia, al sentirse amenazadas en lo que ellos consideran lo más básico, por puro miedo, son capaces de las peores atrocidades; de ahí nace la tortura al vecino del sexto, el verdadero fascismo cotidiano: gente normal que, de repente, empuña una lanza de poder con dos puntas –porque sí, las siluetas que acechan a Ramón llevan una especie de lanza de dos puntas con la que disparan rayos y le obligan a arrodillarse– y se pone a la cabeza de un linchamiento colectivo.
Y es que hay personas que se creen progresistas y que ostentan el poder. Ramón lo sabe porque así son las siluetas amenazantes de sus pesadillas, dispuestas a cometer auténticas atrocidades: tejer una red invisible de rumores, una soga de palabras, alrededor del cuello de su víctima, persona a la que, en el fondo, temen. Porque sí, detrás de todo esto se esconde la envidia, y detrás de la envidia no hay otra cosa que la falta de autoestima. Personas incapaces de reconocer sus limitaciones, que pretenden ocultárselas no solo al  mundo, sino, lo que es peor, a sí mismas.
Todas estas personas, por desgracia mucho más abundantes de lo que uno desearía, son asesinos de masas en potencia. Lo que le hacen a Ramón en sus sueños, lo harían sin pestañear y en cadena con toda aquella parte de la humanidad que les resultara una amenaza. Solo necesitarían un poquito más de poder, solo un poquito más y acabarían con todo el que les molestara.
Todas estas personas, piensa Ramón, debería ser extirpadas de la sociedad. Deberían ser deportadas a las regiones más inhóspitas y desoladas del planeta. Deberían conocer el sufrimiento puro y primigenio de la existencia y residir, hasta exorcizar sus miedos, en la tundra, más concretamente, en unos barracones construidos expresamente para este fin, ubicados alrededor de la estación de las Fuerzas Canadienses de Alert, en el extremo norte de la isla de Ellesmere, a solo 834 km del Polo Norte. 

Son las tres de la madrugada y Ramón se despierta porque una soga alrededor de su cuello le corta la respiración. Se asfixia como si alguien empujara su cabeza hacia el fondo de un cubo lleno de agua. Como si alguien lo gaseara en unas duchas públicas selladas.
No puede gritar, no puede hablar porque le falta el aire. No sabe muy bien por qué, mientras se ahoga, la turbia imagen de dos personas, como el negativo de una foto, lo acompaña.

Esta vez, Ramón es capaz de retener más información. Esas dos personas parecen reírse de él, lo amenazan, le adviertenque volverán a por él y que la próxima vez, sí, lo matarán.
Le llega un último y claro flash de las siluetas y las caras de sus perseguidores que lo dejan fuera de lugar. Como si fuese una broma, Ramón, o más bien el subconsciente de Ramón acaba de identificar a esos dos personajes como Doctor Infierno y Barón Ashler.
Ramón se despierta sofocado y lo primero que piensa es: ¿Doctor Infierno y Barón Ashler? ¿Qué hacen Doctor Infierno y Barón Ashler en mi pesadilla? Parece una broma de mal gusto que Ramón no sea capaz de entender. Tampoco comprende cómo su mujer duerme plácidamente a su lado. Antes de levantarse piensa: podría haber muerto sin que ella se enterara.
Se levanta de la cama y pasa por el cuarto de sus hijos. Duermen ajenos a su agitación nocturna. Mira por la ventana del comedor, la luna llena ilumina el patio de luces. Podría ser una imagen idílica, pero un escalofrío recorre su espalda. Decide prepararse una tila. 

Ramón se apoya en la bancada de su cocina. Remueve la infusión. Delante de él una tablet. El volumen está bajo.
Pocos minutos después aparece su mujer, Carmen, que no dormía tan plácidamente como Ramón había imaginado. Al igual que él, Carmen padece insomnio, aunque por otras razones. Ella lo sufre a partir de las cuatro, justo cuando Ramón vuelve a acostarse y vuelve a dormirse. Ramón piensa que el insomnio de Carmen no tiene ninguna patología, surge de la impotencia que siente al no conseguir que su vida encaje en un esquema ordenado. Estado que no consigue alcanzar porque no hay forma de que encuentre un trabajo duradero. 

Aunque para Ramón son las tres de la madrugada y para Carmen son las cuatro, ambos comparten el mismo espacio. Ambos se están tomando una tila y los dos escuchan, a bajo volumen, noticias que vienen de la tablet. Como en otras muchas cosas de su vida comparten el espacio, pero no el tiempo.