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Libros de autor

NOTICIAS

Libros de Autor
14 x 21 cm; 140 págs.
Rústica fresado con solapas
ISBN: 978-84-121778-7-9
DL: V-1917-2020
PVP: 15 euros

Portada Luc, el marchante
Luc, el marchante
Virgilio Liante

La tranquila y acomodada existencia de Luc, un reputado marchante de arte que regenta una potente galería en la moderna y próspera ciudad de Copenhague, se ve súbitamente alterada cuando es invitado a participar en una subasta internacional en la ciudad italiana de Nápoles. Debe pujar para obtener un valioso cuadro de Picasso, pero los acontecimientos se van a precipitar de forma que, inesperadamente, sus huesos van a acabar en la cárcel.

Esta experiencia extrema va a obligarle a repensar su vida, a preguntarse qué sentido tiene el distanciamiento y desapego que siente por sus padres, por qué nunca ha sido capaz de consolidar una relación amorosa satisfactoria, qué valor real tiene el dinero, si no ha llegado la hora de iniciar otro tipo de vida.

Al final, las azarosas y trágicas experiencias de Luc, el marchante, le llevan a hacerse las preguntas que, tarde o temprano, todos nos hacemos.

Leer capítulo 1

 

Virgilio Liante Víllora (Albacete, 1980) es periodista. En la actualidad trabaja como jefe de Cultura en La Tribuna de Albacete, e hizo colaboraciones para la Revista Osaca. Previamente, también desempeñó labores de redactor en la Agencia Efe en Madrid y Murcia y en el diario La Verdad de Murcia, además de colaborar para El Mundo y La Vanguardia, así como en La Tercera de Chile. Ha quedado finalista en varios concursos literarios en la modalidad de cuento. La novela Luc, el marchante es su primera incursión en el mundo literario, después de escribir un libro sobre 30 restaurantes de Albacete, a beneficio del Cotolengo.


 



 

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Toda su mansión parecía una exposición de cuadros y de esculturas, incluso cuando subías a la segunda planta tenía uno de los aseos con la bañera abarrotada de cuadros, y obras de Paul Klee o Picasso colgaban de las paredes del dormitorio. Luc, de origen danés por parte de su padre Oleson, tenía una madre española, andaluza, llamada Carmen. Era un hombre leído, de 45 años, pelo entrecano, de alta estatura, que acostumbraba a llevar un monóculo y un reloj de mano Skagen, que utilizaba cada dos por tres, porque tenía un tic que solía poner nervioso al que estaba a su lado. En el capítulo de sueños aspiraba a dar con el amor de una vez por todas, ya que hasta entonces todas sus conquistas se habían contabilizado por fracasos; solía decir que no era “lo mismo tenerlo con 20 que con más de 45 años” y sus razones le asistían. 

Fue un picaflor en su juventud y conforme maduró se dio cuenta de que se iba quedando solo, una soledad que no le gustaba, le hacía pensar en un gran túnel oscuro que asemejaba a no convivir con nadie, ni poder hablar, ni acariciar a una mujer, ni estar hasta altas horas de la madrugada charlando con sus amigos, mientras fumaba en su pipa y bebía copas de vino a diestro y siniestro. 

Entendía la vida, los cuadros eran su pasión, el arte en general, viajar en busca de nuevos pintores alrededor del mundo o gozar de los consagrados, con los que hacía un gran negocio. Pero también era de los hombres que disfrutaba con las pequeñas cosas, como una cena, un día en el yate junto a su amigo el psicólogo Martin School o mientras leía el periódico y tomaba un café italiano muy caliente en una plaza una mañana de invierno. La sangre que corría por sus venas era la perfecta mezcla de la frialdad y el civismo de su padre danés, y el caos, la anarquía, la fiesta y el desenfreno de su madre española. 

Gracias a su vasta cultura, Luc no se callaba en ninguna parte. Daba igual cuál fuese la conversación, siempre metía las narices donde podía o le dejaban, con elegancia eso sí. Sus palabras eran como un tiro tan certero que dejaba a la gente boquiabierta, aunque también se mostraba cauto y sabía que sus conocimientos no eran los de un Nobel de Literatura, de Física o de Química... Tenía claro que el talento creativo era algo que no se podía comprar ni vender, pero a la vez sabía que los marchantes como él disponían de una varita con la que podían hacer que determinado artista espumase y se hiciera rico, o siguiera pasando las penurias típicas del pintor, viviendo con 20 euros al día, fumando tabaco de liar y comprando cervezas baratas en el supermercado para poder llegar a fin de mes. 

Él sabía que tanto las becas de ayuda a artistas como el apoyar a un pintor y darle relieve en los medios de comunicación debía ser inversamente proporcional a algo tan subjetivo como el talento personal que tuviera para la pintura. Había conocido a muchos artistas que, obnubilados por las alfombras rojas y el glamur de Hollywood, se habían convertido en personas capaces de vender su alma al diablo. Con su poder se sentían por encima de todo e incluso abusaban sexualmente de las jóvenes actrices, pero con el tiempo todos se irían desmoronando como lo hacen los castillos de arena. Podrían durar más o menos, pero al final el que no respiraba, ni vivía intensamente, nunca sería auténtico y, por lo tanto, no se le podría tildar de creador. Luc odiaba a los artistas torturados en todos los ámbitos, aquellos que pensaban que cantaban muy bien, cuando realmente recitaban y eran aburridos con el ringo rango de una guitarra y podían dormir a los búhos en un concierto; a los poetas que, por ganar premios, se erigían en miembros importantes de la sociedad, aunque llevaran años sin escribir una línea; a los cineastas y actores que vivían de su imagen y no del talento a la hora de elegir buenos papeles que les obligaran a indagar en la psicología de los personajes.

Luc era la típica persona que se amoldaba a todo, como la buena arcilla en las manos de un escultor, ya que podía estar una tarde con la alta sociedad de los Estados Unidos, y al día siguiente con los pobres de los barrios de la Guatemala más profunda. 

Además, Luc había tenido un affaire juvenil con Fiona Abrahamsen, pero todo se había terminado, aunque ella seguía enamorada de él. Fiona era una joven danesa de ojos azules y pelo rubio, guapísima, que trabajaba de periodista en la sección de Sociedad y Cultura del periódico Politiken de Copenhague. Se habían conocido en la inauguración de la exposición de un artista noruego, Frederick Ovl, que había viajado a la Antártida y mostraba sus instantáneas en un salón de Bakken –al norte de la capital danesa–, donde el intenso frío de los témpanos de hielo se transmitía en las fotografías. Además, el artista contaba las experiencias que había vivido durante el desarrollo del trabajo, de lo más mundanas y simples, incluso escatológicas, como por ejemplo el peligro que corrías cuando te bajabas los pantalones y hacías tus necesidades, porque debido a las temperaturas bajo cero las heces se podían convertir en estalactitas que te cortaban la piel en la zona de las nalgas. 

En medio de toda esta interesante muestra de fotografía, Luc y Fiona comenzaron a hablar de cine, de la película que él acababa de ver en una sala de Copenhague y que se llamaba Cinema Paradiso, del director italiano Guiseppe Tornatore. Luc, siempre tan apasionado en todo lo que narraba, le explicó la historia de amor del protagonista con una mujer que no vuelve a ver hasta el final de sus días, y a la que recordaba siempre, al igual que la relación del director Salvatore Di Vita con Alfredo, el hombre que le enseñó todos los secretos del cine en Sicilia cuando era pequeño, y que en un accidente catastrófico se quedó ciego y al final muere de mayor. Este canto a la nostalgia, a la melancolía y al amor más puros en el clima de la Italia de posguerra, le llamó mucho la atención a Fiona que se aproximaba cada vez más a Luc mientras hablaba. 

El marchante olía a un perfume penetrante, que mezclado con el de la crema de afeitar, estaba incitando a la gélida Fiona a acercase a Luc y a seguirlo por la sala de exposiciones de Bakken como una gata en celo. El marchante, que también era el comisario de la muestra del fotógrafo Frederick Ovl, le volvió a dejar la palabra al artista, quien contó que entre  sus próximos objetivos estaba regresar a la India después de haber conocido un país con tantas diferencias sociales, que si ya eran sangrantes en el año 1989, cuando había ido por última vez, seguro que no cambiarían en las próximas décadas. 

Se acercaba la hora de la comida, y la periodista Fiona aprovechó para hacerle una extensa entrevista a Frederick, aunque sólo prestaba atención cuando tenía que preguntar, pues estaba más pendiente de lo que hacía Luc que de las contestaciones. Fiona estaba hechizada con la planta de Luc, por cómo se movía por la sala, por su facilidad para vender arte, que siempre se ha considerado un bien de lujo con toda la razón del mundo, y por el ingenio que tenía para captar la atención de los visitantes. Eso sí, hacía de todo, pero su tic era reiterado y lo repetía como un acto reflejo; se sacaba el reloj de mano del bolsillo y cada cinco minutos lo miraba con un monóculo que acercaba al ojo izquierdo. 

Aquella tarde, Fiona se tuvo que ir al periódico a trascribir la entrevista con aquel fotógrafo insignificante, y que ella reformaría de una forma atractiva para el lector del Politiken, el diario más importante de Dinamarca. Conocía los secretos del buen periodismo, puesto que no todos los días disponían de grandes historias, pero debía escribirlas y contarlas: en la información cultural lo relevante era la profundidad, hablar con los artistas de su obra, de aquello más hondo, como podían ser sus miedos, sus máximas aspiraciones, sus filias y fobias, sus pensamientos o reflexiones sobre la vida o la muerte. Lo importante para Fiona Abrahamsen era “romper” con sus palabras, crear conciencia, por eso ganó tantos premios de periodismo a lo largo de su carrera.

El marchante tuvo que acompañar al fotógrafo a la cena de rigor, como se hacía después de todas las inauguraciones. Los restaurantes con los que tenía convenio eran: el Kong Hans Kaelder, cuando los invitados eran clientes o artistas con mucho caché o con títulos importantes de la cultura. Sólo en estos casos, Luc tenía manga ancha para tirar de tarjeta de crédito y llevar a los invitados a un restaurante que hacía una cocina innovadora y tenía una gran bodega medieval en el corazón de sus instalaciones. Cuando los invitados eran buenos, pero de gama más baja, la sociedad del marchante, Luc&Arts, tenía un acuerdo con el restaurante Pikleroen, situado en la calle Pile Alle, número 23, que era el lugar elegido por Luc para entablar debates con un gran filete de carne estadounidense de Colorado encima del plato y una gran fuente de patatas de guarnición. 

A los artistas más normales los llevaba al Daustchen. Después les enseñaba la ciudad y hacía de cicerone por Copenhage, una gran ciudad moderna que nació de un pueblo de pescadores en el siglo X, con un pasado vikingo, y que tras superar las pestes y las crisis del siglo XVII, experimentó artísticamente un desarrollo digno del Renacimiento, lo que la convirtió en las inmediaciones del siglo XXI en un lugar rico, muy avanzado socialmente y con un paro inexistente. 

Por último, a los clientes de baja estofa, aquellos como el fotógrafo Frederick Ovl, que había llegado a Bakken para mostrar sus instantáneas sobre la Antártida, los llevaba al restaurante Vivah, de comida pakistaní, india y de Oriente Medio, porque en sus largos viajes por el mundo la había seducido la gastronomía asiática, aunque reconocía que las comidas especiadas de ese lugar eran demasiado fuertes para los nórdicos. Hacían tanto daño al estómago que él los

 llevaba a sabiendas, sobre todo a los que consideraba pseudoartistas, pseudointelectuales o pseudomúsicos. Tenía mala leche y genio, y  ese era su particular “regalo” para aquellos que se limitaban a hacer versiones y recorrían el país dando conciertos y llenando escenarios, mientras otros talentosos músicos estaban muertos de hambre en una pensión de una estrella. 

A todos aquellos que no le satisfacían en el plano artístico y tenían algo que ver con su fundación, los acercaba a ese restaurante, para que la próxima vez que le llamaran para quedar se pensasen bien si hacerle malgastar su valioso tiempo, porque sabían que les acompañaría al Vivah, un lugar emblemático para él, que le hacía recordar la gastronomía de ese país donde vivió tres años: el curry, el pollo Karachi o las samosas de chocolate le transportaban al gran país asiático. Sin embargo, a los clientes les sentaba como una patada en el estómago o una bomba. Por eso, como en la vida real, él tenía sus favoritos, y a su gente favorita, a la que veía comprometida en cambiar las cosas, en dejar un legado en el mundo del arte, siempre les intentaba ayudar, por lo menos les atendía lo mejor que pudiera los días que estuvieran con él.

Aquel día Luc sólo pensaba en cenar con el fotógrafo lo más rápido posible en el Vivah, que se tomara las samosas de chocolate para las que nadie tenía estómago y despacharlo lo antes posible, llevarlo al hotel y quedar con aquella joven periodista rubia que le tenía intrigado, Fiona Abrahamsen. 

El danés se dirigió al centro de la ciudad aquella noche cálida, en la que por ser primavera toda la gente en Copenhague acostumbra a salir a la calle por la zona del puerto nuevo de Nyhavn y tomar una cerveza al lado del agua, en la que se reflejaban los edificios creando tintineantes luces que daban majestuosidad al lugar. Había gente en sus barcos, disfrutando de la lectura, otros jóvenes pedaleaban a toda prisa con sus bicicletas y los hombres de negocios, con maletín en mano y sin moverse, cenaban. Como buen bohemio, Luc pensaba que la noche le iría adentrando en mundos que él nunca hubiera imaginado; entonces lo mismo se acercaba a La Fontaine, un lugar con muchísima solera donde hacían conciertos de jazz, con una vida nocturna desenfadada, en el que el número de alcohólicos por metro cuadrado era altísimo. Entrada la noche, hacía fresco, Luc fumaba, miraba su monóculo, oteando el terreno mientras se bebía un whisky con hielo que corría calentándole la garganta. Se acercó una mujer rubia para charlar con él, pero Luc, que sólo pensaba en Fiona, se la quitó de encima con unas maneras un poco bruscas. Pensó en llamar a Fionia a su casa, pero era tan tarde, casi las dos de la madrugada, que se dejó llevar por la fiesta. En la barra conoció a David Olugfsen, un saxofonista que tocaba en varios grupos de jazz, y que aseguraba que tenía un oído absoluto.

Luc, que nunca había escuchado qué era eso, le preguntó:

–¿Dices que tienes oído absoluto? 

–Sí, tengo la capacidad de trasladar los sonidos a notas musicales. Sólo hay una de entre diez mil personas, y como puedes imaginar, tenemos mucha facilidad para la música –respondió David.

–Evidentemente, es un don que debes explotar, aunque tocando en bares de mala muerte y orquestas de pueblo no parece que lo estés haciendo –le comentó Luc con soberbia. 

–Ya sabe que el primer paso de la ignorancia es presumir de saber, como decía un pensador español llamado Baltasar Gracián. 

–Pues tiene razón, mejor ser humilde que prepotente, aunque en el mundo del arte le puedo asegurar que hay estirados y arrogantes a punta pala. Una vez conocí a una megaestrella del rock que se jactaba de los cuadros que compraba con el dinero que le pagaban presidentes, empresarios y banqueros, que lo contrataban para tocar en sus castillos y mansiones. Todo un mundillo de tontos que se creen genios sin serlo. Había otro que llegó a ser presidente en un länder alemán sin tener ni siquiera primaria. Tuvo la suerte de que en su partido político lo eligieron por ser un jardinero ejemplar, al que nadie le podía sacar nada turbio de su vida pasada.

Desde la barra, otra mujer comenzó a ronronear y a fijarse en Luc. Se acercaba la copa a sus labios rojos y le echaba una mirada desafiante, como reclamando su atención. Sin embargo, Luc, serio, imperturbable, le daba largas y la trataba como a una loca en la barra de un bar. Al ver que no podía hacer nada con Luc, la mujer se acercó con su falda corta y se sentó muy cerca de él, le agarró la mano y la llevó a su entrepierna, donde el marchante acarició los pelos del pubis, con suavidad. La mujer se separó como haciéndole ver que sí la había visto. 

–Me llamo Anouska y soy de Moscú. Si quieres que busquemos más intimidad podemos ir al Hotel Bethel, que está en el número 22 de la calle, y allí hablamos con más tranquilidad. Nos duchamos, tomamos alguna copita..., y lo que se tercie.

 Luc, después de beber varios gin-tonic, cayó en las garras de Anouska, a quien le dijo lacónicamente: “Sí, vayamos al hotel”, después de darle un apasionado beso.

Cuando salían por la puerta del bar y se dirigían al Hotel Bethel, se fijó en que un hombre desconocido le guiñaba el ojo a Anouska. No dijo nada. Lo obvió. Apenas caminaron 200 metros y ya estaban en la entrada del hotel. Por simple deformación profesional, Luc le dijo que las láminas que había en el hall se las había vendido él al gerente del hotel, con el que tenía una excelente relación y solía hacer viajes a la nieve en invierno. Este, Klaus, le invitaba a café en una iglesia escondida que tenían los marineros daneses justo en el patio de la bodega del inmueble. Anouska miraba el reloj, porque el día no se le había dado bien. Le dijo a Luc que sus servicios costaban 5.000 coronas danesas, unos 300 euros, y que ya vería como no le defraudaría y sería el mejor cuerpo que habría probado en su vida. 

–Hacer el acto sexual lo hacen muchas personas, pero conmigo verás que se te va la cabeza –le espetó Anouska.

–Yo nunca he tenido relaciones con una profesional, pero la vida está para disfrutarla. El domingo iré a misa para confesarme de mis pecados. Ahora me dejaré llevar –dijo Luc, para agregar–: Si quiere que le diga la verdad es la primera vez, a mis 45 años, que hago algo así, nunca había estado con una mujer de vida alegre. Pues mire, es la primera y prometo no defraudarle.

Eran cerca de las tres de la madrugada. Anouska y varias de sus compañeras tenían cuatro habitaciones separadas de la primera planta para que no se oyeran sus gemidos a altas horas de la noche. La mafia rusa era muy potente en Copenhague, una ciudad con excelentes comunicaciones por mar, y aunque tenían problemas con las triadas chinas, los irlandeses y la mafia calabresa, sus territorios estaban delimitados y la delincuencia era prácticamente ridícula.

Anouska puso un disco de Edith Piaf en el tocadiscos y le hizo un striptease a Luc, que estaba sentado sobre la cama y con la mano ocupada en su segundo gin-tonic. Conforme la ropa iba cayendo, como las hojas de los árboles en otoño, Luc se excitaba más. Palpaba, tocaba, acariciaba, con la única mano que tenía libre, los senos duros y los pezones de Anouska que miraban hacia el cielo. Luego dejó el vaso, la agarró por la espalda, bajó hasta las nalgas y comenzó a rascarle, a besarle el pubis, mientras Anouska se excitaba cerrando los ojos y tocando, mordiendo y después sintiendo el miembro duro dentro de ella. Todo era placer. Sus gritos matemáticos del "más, más, más", antes de eyacular, la llevaron a un estado de euforia bestial, que después acabó en relajación al quedarse desnuda debajo de las sábanas limpias. Anouska pensaba en que su vida cambiase, en que tuviera la suerte de echarse un novio como ese danés. Pensaba en quedarse allí toda la noche en los brazos de Luc, cuando de repente sonó un mensaje de su móvil –“Hola, corazón, ¿nos podemos ver dentro de tres horas? Antes de que entre a trabajar”–, le preguntaba otro cliente que dejó a Anouska impertérrita, maldiciendo su suerte: –“Claro que sí. Nos vemos en nuestro sitio. Tengo ganas de estar contigo”–. Su vida de mierda era como una montaña rusa, en la que la mentira era una constante, y en la que necesitaba trabajar para sacar a sus dos hijos adelante. Además llegó a Dinamarca huyendo de un maltratador, pero tuvo la mala suerte de caer en las redes de la mafia rusa, a la que no le importaba matar si hablabas con algún policía o alertabas de tu situación a algún cliente. Anouska estaba ninguneada en vida. Uno de sus clientes le había dicho una frase que se le quedó clavada para siempre: "Quien es puta un día, lo es para toda la vida". Era como una red de la que no podía salir. Una espiral.

Anouska se estaba duchando mientras pensaba en la noche que le quedaba, cuando Luc entró en el cuarto de baño y le dejó las 5.000 coronas danesas en un sobre, con una nota en el interior donde ponía su número de teléfono y le escribía una frase: “Aunque tengas este trabajo tan desagradable, nunca pierdas la honestidad”.