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Libros de autor

NOTICIAS

Libros de Autor
15 x 21 cm; 198 págs.
Rústica cosido con solapas
ISBN: 978-84-121778-3-1
DL: V-1282-2020
PVP: 18,50 euros

Portada Canción de cuna para violín sin cuerdas
Canción de cuna para violín sin cuerdas
R.A. Raga

Nick Jurado, joven empresario estadounidense de éxito, ha decidido emprender un nuevo desafío: convertirse en el próximo Gobernador del estado de Nueva York. Su despreocupado hedonismo le hace afrontar este reto desde una pasividad tan solo animada por sus colaboradores que no sólo luchan contra el nihilismo de Nick sino contra la candidatura de un político veterano. No obstante, un suceso ocurrido en su adolescencia marcará los dos meses anteriores a las elecciones, amenazando con provocar un seísmo de consecuencias impredecibles.

Canción de cuna para violín sin cuerdas transcurre durante estos dos últimos meses de campaña, entre actos electorales y viajes a Berlín, Lisboa y Milán. Los recuerdos atormentados de su infancia en Miami y su atribulada y epicúrea vida sentimental no dejan de minar una carrera hacia la gloria política de alguien que sólo, únicamente, cree en la nada. 

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R.A. Raga (Valencia 1975) es Licenciado en Derecho y ha realizado estudios de postgrado en Ciencias Políticas en distintas universidades de Reino Unido, Bélgica y Francia. Su trayectoria profesional ha estado siempre vinculada a la esfera internacional residiendo en ciudades como Londres o México DF.  Ha escrito y dirigido los cortometrajes Historia de un Ciudadano, Canibalismo Otoñal y Mickey Mouse ha muerto, seleccionados todos ellos en distintos festivales de ámbito nacional e internacional, recibiendo el galardón del público por el segundo de los mencionados.

R.A. Raga es autor de las novelas Sunday Dandy (Ed. Contrabando, 2015) y Cuando los pájaros entran en coma (Ed. Contrabando, 2016). Su relato Gris quedó finalista en el IV Certamen Valencia Escribe (2017) y El landó negro fue seleccionado en la antología “101crímenes de Valencia” (2019). Sus microrrelatos Deseo y La eternidad en cada segundo han resultado también finalistas del Concurso literario ”El Arte del Microrrelato” (2016) y del "IV Concurso Internacional de Microrrelatos Club de Lectura Té con Tagore" (2018) respectivamente. 

Por último, R.A. Raga realiza crítica gastronómica a través de su blog de “gastroficción” Diario de un Gourmet en Serie, ha escrito relatos de contenido gastronómico para el medio online The wine pilot, prologado numerosos catálogos y exposiciones de artistas plásticos, y colaborado con distintas revistas como ELLE.

 


 



 

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67 (a).

 

   Todos los museos están llenos de indeseables. No son las personas que hay dentro. No me refiero a los visitantes, a los que esperan en las taquillas o en la tienda de recuerdos rodeados de imanes y libros, no me refiero a los vigilantes de seguridad, ni a los conservadores y sus becarios. No me refiero a ellos. Me refiero a los otros. A los que no están vivos, a aquellos que buscaron la inmortalidad a través de los lienzos, cuando no había fotos ni testimonios, cuando nadie confiaba en el papel, solo en el óleo y en unos artistas que les permitirían tras- cender su destino –su propia época–, en un pincel que los ensalzaría, que les convertiría en un ser mágico, en una figura mítica, en un tótem perdurable. Son ellos los que te observan al pasar, escudriñándote, siguiéndote con la mirada –muchas veces inquisidora, otras veces sarcástica, siempre fija–, esperando que cometas un error, un mínimo desliz, y así poder aniquilarte, demostrarte su poder, hacer ver que ellos son superiores a ti. Esos desechos vivientes se alinean uno al lado del otro, como un jurado cuyo fallo inapelable hará caer la espada –ese filo helado de metal punzante– sobre tu cuello, que se congelará repentinamente para después experimentar el vacío –la no existencia–, y abandonar así este mundo, sin que hayas conseguido ser como ellos, sin que tú puedas trascenderlo. Todos los museos están llenos de esos grandes héroes que lucharon, que dieron su alma, su vida, su for- tuna, por un –supuesto– bien común. Allí están ellos con sus medallas, sus sombreros, sus capas de fieltro y sus bastones de mando, sus largos gabanes de terciopelo y sus zapatos con hebillas de plata. Ellos son musas, modelos para los nuevos héroes que deben nacer y que seguirán su ejemplo, jueces inmisericordes dispuestos a que dejes de existir si yerras. Al fin y al cabo, no eres más que un detalle, un accidente en la historia, una mota de polvo en un universo que ellos crearon, que les pertenece, que es suyo. Porque ellos son superiores. Su peinado relamido, sus pelucas perfumadas, el olor a naftalina o a sudor o a otros fluidos que el lienzo no muestra pero que tú percibes; son ellos los que huelen distinto –ellos o sus caballos–, un hedor que impregna mi pituitaria y la tuya, una pestilencia a la que nos acostumbramos y que nos envilece, y salimos del museo y no nos acordamos de quiénes eran, tampoco recordamos su aspecto ni mucho menos su olor, pero ese oropel perdura, su riqueza, su severidad, ese aura de mesías, de personaje legendario al que deberíamos parecernos, permanece en nuestra mente, y al salir nos acercaremos a un bar y tomaremos un café –un simple café con leche–, o unos blinis con caviar, o un arenque ahumado con salsa agria y un vodka, o una focaccia y un helado de Nutella, y no notaremos sabor alguno porque nuestro olfato estará desvirtuado. Será nuestro peor vodka o nuestro peor café con leche, o la peor focaccia con pesto que hayamos probado nunca y lo achacaremos a aquel bar o restaurante o cafetería, o a su dueño y a sus camareros, o al chef y al sous chef, porque ninguno de ellos sabrá cuál es el bien común, igual que tú, que solo velas por tus intereses cotidianos, por tu dicha y la de tu familia, porque eres un bastardo egocéntrico, por eso nunca serás como ellos, alguien irrepetible, un prohombre atemporal, un eje fundacional de la patria o de la civilización o de la mugre que todos pisan y sobre la que nunca dejarán de caminar, esas defecciones históricas que somos nosotros. Tú, yo y el resto.

   Esperamos un rato en el coche. Fuera está diluviando y mis zapatos podrían estropearse. Suena el órgano de Riders on the storm. Hay asesinos en la carretera, mujeres que aman a sus parejas, que copulan, que se reproducen, y ahí estoy yo, esperando no sé qué, deseando que termine el órgano, que Jim deje de cantar. Elmer fuma hierba –jinetes en la tormenta–. Abre la ventanilla y entran unas gotas. Absorbe el humo con gozo, complaciente, tranquilo; él conoce mi aversión a los museos, a aquellos que están plagados de esos retratos, a los anteriores a Cézanne. A partir de él ya nada es igual, las facciones se convierten en ángulos amorfos, son volátiles y limpias, irrepetibles en su nívea apariencia, no hay miradas perversas, ahora incluso te acompañan, te abrazan, te dan calor. Hicks mantiene el aire acondicionado. No me gusta que no esté encendido. Hicks nunca lo pone hasta que estoy dentro. Si llega Elmer lo sube un punto, si voy con una mujer lo sube dos, si comienzo a besarla, lo sube tres, si Elmer empieza a fumar, pone el reciclado de aire y baja la ventanilla. ¿El aire está a su gusto? Sí, respondo. Desde el coche vemos cómo los invitados suben por una alfombra roja casi granate –culpa de la lluvia–. Trajes de pan de oro, total black con espaldas desnudas, amplios escotes que sugieren, que invitan, que dejan adivinar. Ya nadie disfruta de los museos. Si están abiertos al público hay demasiados turistas, si están cerrados para algún evento nadie aprecia sus obras. No existe el término medio. [Nota al pie de Elmer: Los museos y la novela histórica son los dos hitos que mejor nos representan. Herramientas para seres nostálgicos. Nadie se preocupa por vivir sino por imaginar cómo vivieron sus ancestros.] Elmer, ponme otro whisky. Se acabó. Ya no nos queda más. Compra. No hay aquí. Pues llama a… ¿Quién nos lo regaló? ¿Cómo se llamaba? No sabría pronunciarlo pero lo debo de tener en la agenda. Nos tomamos otra copa de otro whisky. Sin hielos, como se debe de saborear un buen whisky. Eso me habían dicho hace años. No fue alguien que quisiera hacerse el entendido. Me lo dijo un escocés, uno de esos que prefiere estudiar en Oxford o Cambridge en lugar de hacerlo en St. Andrews. Sí, alguno hay. Excéntricos. Algo muy británico, pero también muy escocés. ¿Quién si no hubiera podido inventar algo como el kilt? Es más fácil ver a un escocés con kilt que a un japonés con kimono. Bodas, recepciones, eventos, partidos de fútbol. A Elmer no le gusta el fútbol. Sabe que son once contra once y poco más, las camisetas le parecen todas iguales, no comprende por qué los escoceses van al fútbol con kilt, pero sí, ellos lo hacen. ¿Y si nos tomamos la última? Por supuesto. Why not? Elmer es capaz de beberse una botella entera de whisky. Sin agua, sin hielos, sin contemplaciones. Rough. Un sorbo detrás de otro. No mercy. Y después, se levanta, anda, se dirige a ti o a otros y nadie adivinaría que ha tomado siquiera medio vaso. Su aliento –esa fosa séptica delatora– es condescendiente y pío, incapaz de manifestarse, ausente como los pasos del asesino, inexistente. Elmer permanece rígido, enhiesto, como una de esas espadas que se alzan en los museos. No, no continúes, Nick. Dejo de hablar y bebo. Elmer sabe cómo se bebe el whisky, él también conoció al escocés, pero aquel fue un periodo poco etílico, una época en la que tampoco fumaba. Entonces Elmer remaba. No tenía motivos para hacerlo, no era una tradición familiar. Un Connally no se ejercita, los músculos son una adenda, una parte más del cuerpo, un Connally juega a tenis, corre en rallies clásicos, navega, puede pasar días navegando, pero nunca ejercita sus músculos. Los Connally estudiaban en Princeton. Lo de Oxford fue una boutade, igual que lo del remo, pero a él le gustaba. Libera endorfinas. Yo las liberaba de otra manera. Elmer remaba para combatir la ansiedad, el tedio, la rutina, el caos idiosincrático de la anodina cotidianeidad. Elmer luchaba día a día. Otros nos desgastábamos en horarios intempestivos, aplacábamos nuestras esperanzas diurnas a través de una euforia que concluía al amanecer, cuando los rayos de sol cubrían la campiña inglesa con tonos anaranjados. Elmer no remaba para adelgazar, su genética era prodigiosa. Comía hasta la extenuación pero de forma exquisita, casi pecaminosa. A mí me daba igual. Por la noche no se come, por la noche se bebe. Elmer, ¿nos vemos en…? No. Tengo mesa en el Plaza Athenée. Elmer viajaba para comer. Reino Unido, Francia, España, Italia, donde fuera. Voy a ir a Gaggan, Nick. ¿Vienes? No, Elmer. Yo no voy a Bangkok para comer. Incluso cuando visitaba a sus padres en Baltimore buscaba los mejores restaurantes. Él siempre volvía a Baltimore, como los criminales de Hollywood. Todos son de Baltimore, pero ninguno vive allí, delinquen en otras ciudades y al final de la película vuelven a su arcadia, a aquel lugar donde fueron felices. Como Sterling Hayden en La jungla de asfalto –o quizás no, quizás Sterling Hayden no era de Baltimore, pero lo parece–. Elmer sí, aunque no sea un criminal él es de Baltimore, my partner in crime, el único que se atreve a discutir conmigo sobre el aire acondicionado. Vamos, se hace tarde. Un último vaso, Elmer. No sopor- to los museos.