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Libros de autor

NOTICIAS

Ediciones Contrabando
Libros de Autor
Rústica fresado con solapas
21x14cm; 442 páginas
ISBN: 978-84-121778-0-0
DL: V-725-2020
PVP: 20 euros

 

Portada La tristeza del manglar
La tristeza del manglar
J.C. Domínguez

La muerte de Ramón Valdivia será el detonante de la serie de acontecimientos que ocurrirán en el presente de Roberto Vargas, periodista y escritor retirado, que vive en el mismo edificio. La autopsia obliagará a la policía a iniciar una investigación y la encargada será la inspectora Irene Galindo. 

Roberto y la inspectora se conocen de sus comienzos profesionales. Han pasado veinte años y será ahora cuando se vuelvan a reencontrar. En uno de los registros de la casa, aparece un manuscrito firmado por un tal Rialto, una biografía que describe hechos supuestamente ocurridos en La Habana de los años 50, con la particularidad de que dicho seudónimo también lo utilizaba un asesino a sueldo de la época. Irene le pide a Roberto que revise el manuscrito por si pudiera aportar alguna pista. Roberto investiga y descubre hechos que han estado ocultos a su alrededor toda su vida.

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J.C. Domínguez (Almansa 1958)

Músico y Promotor artístico, su trayectoria vital y profesional se ha desarrollado entre locales de ensayo, estudios de grabación, pequeños y grandes escenarios de conciertos y espacios de la performance madrileña.

Con esta su primera novela, investiga en su nueva andadura  dentro de la escritura.

En la actualidad vive entre las ciudades de Madrid y Alicante en las que aspira a desarrollar su afición a contar historias.


 



 

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   El grado de comprensión de las cosas había cambiado para Roberto Vargas. Lo percibía como una mutación, una mutación que a simple vista pasaba desapercibida, pero su profundidad era viscosa y densa y para nada grata. Desde ahora todo sería diferente. Los años de infancia y juventud, habían dejado paso a los de la madurez y estos a los actuales, en donde la realidad se expresaba de manera distinta y notaba que la suerte le obligaba a negociar con ella.

   Antes todo era más liviano. Pasaba de un lado al otro sin esfuerzo y, además, el azar iba junto a él tal cual si de un colega se tratase. Ahora, instalado en un nuevo espacio-tiempo, se daba perfecta cuenta de que había gastado la gran mayoría de su tiempo vital, parecía haberse diluido, y de que no existía vuelta atrás. De manera secreta e íntima, se vio cruzando el umbral de aquellas etapas de la vida en donde el horizonte se estrecha de una manera indefinida y desoladora. Tenía que aceptar la derrota. Una derrota consistente en una vida cómoda, instalado en la casa heredada de su madre y con un vacío en su interior que no lograba llenar por muchos seductores engaños que se proponía. Roberto reflexionaba ensimismado esta cadena de pensamientos delante de un solitario desayuno, compuesto por un café con leche y un par de tostadas, mientras la luz del sol de media mañana iluminaba la estancia.

   Un irritante sonido de cláxones, llamó su atención e hizo ademán de asomarse a la ventana. La calle era de común tranquila y no se producían excesivos ruidos. Abortó el impulso al escuchar alboroto de voces en la escalera. Parecían alteradas y en un primer momento irreconocibles. Roberto salió a su portal llevado por la curiosidad y la excitación que reinaba dentro del edificio. Una vez allí y con las manos sujetas a la barandilla, intentó descifrar de entre las voces que subían por el hueco del ascensor, cuál le era familiar. La inconfundible voz del portero predominaba a la vez que el tintineo metálico de llaves al girar en una cerradura. El perceptible sonido de una puerta al abrirse fue lo siguiente que se escuchó. Roberto se mantenía estático, atento a cualquier nuevo detalle que le diera más información sobre lo qué allí ocurría. Nuevas voces de hombre se escucharon junto al rodar de ruedas de una camilla o algo parecido.

   De nuevo, la voz del portero se elevó sobre las demás con expresión alterada y en un tono que no dejaba dudas de que algo inusual ocurría.  

    —Estaba seguro, era cuestión de tiempo que ocurriese.

   Al oír estas palabras, Roberto entornó la puerta de su casa y empezó a bajar el primer tramo de escaleras que le separaban de todo aquello. Se detuvo al cabo de unos cuantos peldaños por si sólo se trataba de algo sin importancia.

    —La mujer que lo atiende me contó ayer cuando se fue, que lo veía peor y que pronto tendría que buscarse otra casa que limpiar —Se oía decir al portero—. Se va a llevar un disgusto la mujer, lleva más de diez años con él.

   Roberto dedujo que no se trataba de algo nimio y siguió bajando hasta el siguiente descansillo. Todo el tumulto parecía venir del segundo piso donde vivía el elegante, como él le apodaba. Le caía bien el anciano, aunque la relación que había entre ellos, quitando la vez que lo sacó de un aprieto al regresar a altas horas de la noche, se limitaba a conversar en el portal y coincidir en el ascensor.

   —Hoy al llamar a su teléfonillo y no contestarme —continuaba diciendo el portero—, me temí lo peor y llamé a emergencias por si las moscas, y además, por si había que trasladarlo a algún lugar.

    Un largo silencio y el despliegue metálico de lo que ya no cabía duda era una camilla, fue lo siguiente. Las voces se volvieron casi inaudibles, parecía que habían entrado en alguna estancia interior alejada del vestíbulo, lo que obligó a Roberto a bajar una secuencia más de escalones. Al llegar al tramo que le pareció adecuado para seguir pasando inadvertido, se fijó en su vestimenta: una camiseta, unos vaqueros y las pantuflas de perritos olvidadas en su casa por su última novia. Se sintió ridículo. Dirigió su mirada hacía arriba para calcular la distancia y el tiempo que le llevaría dejarlas en su piso y volver.

     —Habrá que llamar a la policía —se escuchó decir a una de las voces anónimas de antes—, para que vengan junto con el forense a determinar la muerte del anciano. Es el protocolo, nosotros sólo podemos verificar que está muerto.

      —Entonces tengo que llamar y todo eso… ¿Yo? —dijo el portero.

     —No se preocupe, lo hacemos nosotros —dijo otra voz—. Es más rápido. Usted procure tener todo listo y no toque nada.

    Roberto, pudo escuchar, desde donde estaba, la conversación entre ellos. La voz anónima comenzaba a llamar a los servicios correspondientes, a la vez que se oía un pequeño portazo y el sonido del ascensor y de pisadas que bajaban las escaleras. Todo parecía quedar suspendido hasta que llegaran la policía y el forense. Roberto comenzó a subir el tramo de escalera hacia su casa envuelto en una zozobra extraña que lo alejó del entorno. «Ahí se acaba todo. Detrás de una puerta a la espera de un protocolo», pensó mientras subía. Nunca realmente se había detenido a pensar en ello, ni cuando falleció su madre. Estaba fuera. De viaje de trabajo, dijo a todo el mundo, incluso a la amiga de su madre que se encargó de los primeros detalles. La verdad era que estaba con una nueva conocida pasando un fin de semana en Barcelona y le pilló por sorpresa. Ahora, unos años más tarde y con un calzado ridículo en los pies, reflexionaba en aquello con una sensación punzante, llevado de la mano por el fallecimiento de un anciano que vivía dos pisos debajo de él.

   Roberto cerró la puerta detrás suyo y lo primero que hizo fue quitarse aquellos ridículos perritos de estar por casa. Los metió en una bolsa de basura, se calzó unos tenis y, con la excusa de tirar el pasado, decidió bajar y enterarse mejor de todo lo que estaba pasando. Sabía que a poco que preguntara, el portero le iba a poner al corriente del fallecimiento del anciano. Salió de nuevo con la bolsa en la mano. No llamó al ascensor, prefirió bajar a pie las escaleras al percibir que en el descansillo del elegante se escuchaban pasos. Bajó sin prisa para cerciorarse mejor de quién andaba por allí y, al mismo tiempo, dejarse ver y poder preguntar con mayor naturalidad. Al llegar al piso, vio al portero sentado en una silla delante de la puerta del anciano.

    —Qué pasa Arsenio. ¿Que hace ahí sentado? Saludó Roberto.

    —Que el abuelo se ha muerto y debo esperar a la policía y todo el tinglado ese del protocolo que se hace en estos casos —se apresuró a decir—. Llevo toda la mañana con este lío desde que llamé a Don Ramón y al no contestarme, me temí lo peor. Llamé al servicio de emergencias y lo encontramos en su cuarto, tieso como la mojama.

     —Vaya faena, hombre ¿Era ya mayor, no?

     —Debía rondar los noventa años, creo.

    —Yo le conocía de hablar con él en el portal. Muchas veces coincidíamos en el ascensor. Pero si le soy sincero, sentía que al despedirme, me seguía con la mirada hasta perderme de vista —se sorprendió al expresar aquella sensación, por primera vez—. ¿Tiene familia o amigos a los que llamar?

     —No  que yo sepa. La mujer que le viene a casa puede saber algo.

   La tranquilidad del ambiente, quedó rota por el sonido de la puerta del ascensor al cerrarse y ponerse el motor en marcha. Alguien subía. Ambos se quedaron con la misma expresión interrogante en su cara, a la espera de quién podría ser. El ascensor paró en ese piso y dos agentes uniformados hicieron su aparición.

   Roberto les dejó paso y ellos entraron en la casa a tomar posiciones.

    —Están de camino la comisario y el forense para certificar cuál ha sido la causa de la muerte del sujeto —dijo uno—. Más tarde vendrán los del depósito para llevárselo.

   Ramón Valdivia. Así estaba escrito en el buzón del anciano, aunque Roberto nunca se había fijado en el nombre. Para él siempre había sido el elegante. Era una forma amable de llamarlo, por su manera de vestir. Siempre con trajes de buen corte incluso en verano, con aquellas impecables guayaberas blancas, que le recordaba de dónde era oriunda su madre y su lugar de nacimiento.

    Hoy se había acordado de su madre dos veces, pensaba Roberto en el rellano, esperando a no sabía qué, con una bolsa de basura en la mano llena de pasado y dudas.

    —¿Usted es de la familia o tiene que ver con el muerto?— preguntó el otro agente a Roberto.

    —No, soy vecino de la finca. Bajaba a tirar ésta bolsa, cuando me he encontrado con el portero en la puerta y me ha contado lo sucedido.

     —¿Conocía al fallecido?

     —No, en realidad no…  

    —Su madre sí que me parecía que tenía amistad con él— interrumpió de repente el portero dirigiendose a Roberto.

     —Ah, no tenía noticias.

    —Sí, cuando entré a trabajar a la portería. De eso hace ya unos cuantos años. Usted estaba fuera; luego, cuando andaba por aquí, ocurrió la muerte de su madre.

     Roberto había pasado la mayor parte de su vida en el extranjero, hasta finalizar los estudios de periodismo. Su madre se trasladó a vivir a Madrid, desde Miami, donde residían, cuando éste cumplió los doce años. Al fallecer ésta, el único vástago ocupó la casa definitivamente.

      —¿Su madre no le dijo nada? —Quiso saber uno de los agentes, curioso.

    —No, nunca me lo mencionó. Mi madre era dueña de su vida privada —Dijo Roberto, y miró directamente al portero.

   Se sintió incómodo y se despidió para seguir con su plan, una vez había conseguido saber más de lo que él esperaba.

    Al llegar al portal e ir a tirar al cuarto de basuras la bolsa, vio aparcar un coche justo en la entrada de la casa. De él se bajaron dos personas que entraron directos al edificio. Roberto recordó el comentario del agente, y supuso que se trataba de la comisaria y el forense. Al cruzarse con ellos en el pequeño patio de luces de la entrada, oyó a su espalda que una voz de mujer pronunciaba su nombre.

     —¿Roberto?

    Este se volvió con un gesto, entre duda y asombro, en su rostro:           —¿Irene?

   Habían pasado no se sabe cuantos años, desde que trabajaba en la sección de sucesos, cuando existía esa sección, en el primer diario que le dio trabajo, allá por los ochenta, y ella empezaba en el cuerpo superior de la policía nacional.

     —¿Cuánto hace…? ¿veinte años? ¿Más? —Exclamó Roberto.

     —No lo sé. Qué más da eso ahora, tiempo más que suficiente —Dijo ella—. ¿Vives aquí?

      —Si, me vine a vivir cuando mi madre murió, hace ya unos años.

      —Y bueno, ¿Cómo te va? —quiso saber Irene.