Esta página web utiliza cookies propias y de terceros. Si continúa navegando consideramos que acepta su uso. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí. Aceptar
Libros de autor

NOTICIAS

Ediciones Contrabando 
Narrativa 26
Rústica fresado con solapas
21x14; 140 pág.
ISBN: 978-84-121010-7-2
DL: V-61-2020
15 euros

Portada Tennessee
Tennessee
Luis Gusmán

“Puteríos y chatarra”, dijo Walenski en voz baja para que no le oyeran el resto de pasajeros. 

Con este lapidario susurro arranca Tenessee, novela en la que Luis Gusmán nos presenta a dos losers profesionales —Walenski y Smith— ex-levantadores de pesas, dobles de acción en películas de bajo presupuesto y embajadores de los ambientes más patibularios y casi post-apocalípticos de un Buenos Aires desconocido —muy alejado de la imagen de postal turística y el color del folclore local—, una ciudad de la furia plagada de gimnasios en ruinas y garitos ilegales. Un verdadero paisaje moral en ruinas en el que los dos rara avis deberán hacer frente a un embrollo digno de la serie noir

Sin embargo, Luis Gusmán consigue el más difícil todavía y progresivamente va pulverizando toda intriga para privilegiar el tema de la amistad, de la amistad verdadera, y cómo puede o no esta prevalecer sobre las heridas del pasado no resueltas, humanizando a los dos luchadores e inscribiéndolos, sin duda, en la gran tradición trágico-cómica del tándem: Bouvard y Pécuchet, Vladimir y Estragón o Don Quijote y Sancho. 

Leer Capítulo 1

 

Luis Gusmán (Buenos Aires 1944). Es narrador y ensayista. Ha publicado y co-dirigido las míticas revistas Literal, Sitio y Conjetural.

En sus faceta de narrador destacan, entre otros: El frasquito (1973), libro de ruptura con relación a la literatura más realista y lúdica de su tiempo; Brillos (1975), En el corazón de junio (1983), La rueda de Virgilio (1989), Villa (1996), Hotel Edén (1999), El Peletero (2007) y Hasta que te conocí (2015). Leer más

 

 


Reseñas

 



 

Cerrar

 “Puteríos y chatarra”, dijo Walenski en voz baja para que no lo oyeran el resto de los pasajeros, mientras desde el micro miraba la avenida Calchaquí.

 Atrás iban quedando las fábricas abandonadas que parecían esqueletos brillando de forma extraña. El calor levantaba el alquitrán del asfalto y se podían ver marcas de neumáticos cuyas huellas iban haciendo un camino negro.

 Detuvo su mirada en una edificación sencilla, pintada de blanco, que sólo por una pequeña cruz en lo alto se podía advertir que se trataba de una iglesia.

 Después de mucho tiempo, se persignó. Lo hizo sin darse cuenta, como si una antigua costumbre hubiese retornado de pronto para tomar primero su cuerpo y después su alma. Tuvo un sentimiento de reconciliación con el mundo. Observó con piedad a una vieja que cruzaba la calle con la bolsa de las compras y se sobresaltó cuando el micro estuvo a punto de pisar un perro que se atravesó en la ruta. Estar vivo le produjo un sentimiento de felicidad. Respiró hondo y se avergonzó cuando notó que había suspirado.

 Una o dos veces por mes, según se lo permitiese su economía, iba hasta el centro como cliente de una casa de masajes. 

 En esos viajes leía el diario con suspenso. Comenzaba por la sección Política, salteaba las noticias económicas, se detenía largamente en las policiales, miraba la cartelera de los cines. En cuanto a la sección Deportes, hacía años que había dejado de leerla. A veces, de manera ociosa, se interesaba por el precio de las casas y los autos. Finalmente, buscaba el rubro Servicios.

 Se dejaba llevar por nombres exóticos o por el afán de acostarse con mujeres de otros países. Mentalmente las iba contando: una rusa, una chilena, una española, una italiana. Buscaba una polaca, pero nunca la encontraba.

 El sentimiento religioso que lo invadía no le causaba ninguna contradicción con el hecho de ir a acostarse con una prostituta. En su vida, ciertos actos sucedían por separado, sobre todo el sexo. Se podía decir que únicamente en su oficio y en la amistad, Walenski era un hombre de palabra.

 La ruta se hizo más pesada. Miró hacia el camino y vio que un camión frigorífico demoraba el tránsito. Recordó los años que había pasado en un camión igual y un frío le heló los huesos. Hasta le pareció que los hombros se le vencían por el peso de todas las reses que había cargado en su vida. “Nunca pude soportar el olor a carne”, dijo. Sintió ganas de vomitar. Abrió la ventanilla y el aire y el paisaje lo despejaron.

 “Hace mucho que me escapé de la cámara frigorífica, no voy a volver nunca”, se dijo Walenski a la manera de un juramento. Quizás, porque, a pesar de los años, seguía soñando una y otra vez que entraba en la cámara helada donde una bolsa de arpillera sobre la espalda se convertía en una segunda piel que lo protegía del frío. Comenzó a transpirar y la sensación de calor en el cuerpo lo alivió.

 Mientras el camión se perdía en el camino y antes de entrar en un sueño profundo, se vio emergiendo de la cámara frigorífica, y soñó con aquel hombre providencial que lo había iniciado en el deporte de las pesas, oficio que le permitió alejarse de los frigoríficos para siempre.

 

 Horas más tarde, ya en la capital, se despertó de otro mal sueño, y se encontró tirado en una cama mirando cómo las aspas de un ventilador de techo daban vueltas lentamente. Hasta se olvidó de la mujer que estaba a su lado esperando que se cumpliera la hora. Walenski desvió la mirada hacia el tapiz colgado en la pared, que tenía los signos del Zodíaco. Buscó su signo en la tela gastada y lo reconoció borrosamente. Le pareció un mal presagio y tuvo ganas de irse. Pero un impulso lo llevó a preguntarle a la prostituta cuál era su signo: “Sagitario”, le respondió ella. “Es un mal día, nunca me llevé bien con una mujer de Sagitario”, se dijo Walenski en silencio, mientras trataba de recordar los signos de las mujeres que habían pasado por su vida.

    

  Walenski guardaba un secreto que nadie conocía: había nacido con un soplo al corazón, lo cual lo sumía en la fragilidad. Tal vez por esa razón le gustaba pensar en grande; de acuerdo con el tamaño de su cuerpo, y cualquier cosa que hacía se volvía insignificante. Desde chico había convivido con esa altura y ese sentimiento. Quizá por ese motivo todos buscaban su protección, especialmente las mujeres. Sin embargo, nadie sospechaba que Walenski se sentía desamparado. Cuando lo invadía esa sensación de desamparo le sobrevenía un espasmo que le hacía faltar el aire y la fatiga le cortaba la respiración. En la juventud se fue curando, quizá porque empezó a hacer complementos de pesas, pero nunca perdió ese sentimiento que lo invadía cuando le faltaba el aire.

 Recordó aquellas caminatas de la mano de Ema hasta la estación de ferrocarril donde ésta, para curarlo del falso crup, le hacía aspirar el vapor de la locomotora. Quizás por eso, siempre le habían gustado los trenes y los paisajes de humo.