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Libros de autor

NOTICIAS

Ediciones Contrabando
Narrativa 25
Rústica fresado con solapas
21 x 14 cm; 180 págs.
ISBN: 978-84-121010-8-9
DL: V-3807-2019
PVP: 15 euros

 

Portada Necesito una isla grande
Necesito una isla grande
Rafael Soler

Tras la exitosa publicación de “El último gin-tonic” (Contrabando, 2018), que supuso el regreso de Rafael Soler a la narrativa tras casi 25 años de silencio editorial, el autor vuelve a escena con una nueva novela que tiene el mismo espíritu libertario, la misma ironía descarnada y la endiablada bonhomía que son una enseña de su nueva etapa literaria.

En “Necesito una isla grande”, Rafael Soler ya no pone el foco en la implosión del núcleo familiar contemporáneo (aunque no abandona del todo el tema que vertebraba “El último gin-tonic”), sino que traslada la acción al plató de una Residencia de Ancianos, donde una galería de personajes dañados pero con la dignidad intacta protagonizan una insólita y tragicómica fuga “hacia el mar”, huyendo de la tiranía doméstica y la perpetua iniquidad de la gobernanta, buscando la última bocanada de oxígeno que les proporcione una sensación de libertad antes de la inevitable visita de la muerte.

Una estructura narrativa muy ágil, diálogos chispeantes y una innegable factura “cinematográfica” permiten al lector seguir casi como si estuviera dentro de la novela las peripecias de estos personajes a quienes un golpe de fortuna, pero con un tinte negro, los empuja a la carretera para hacerles revivir, aunque solo sea por unos días, sus sueños olvidados y sus esperanzas imposibles, sus deseos y sus pasiones, sus recuerdos más decisivos, y los conflictos y desafíos que condujeron sus vidas a un callejón sin salida. Vivir, vivir en libertad, respirar esa vivencia hasta el último aliento: ese es su impulso y su guía.

“Necesitamos una isla grande” es un relato que discurre por la delgada línea que separa la vida de la muerte, pero lo hace con mimo y galantería, arrancando más sonrisas que lágrimas, poniendo el acento en que “la vida es un asunto personal”. 

“En esta historia de tipos de piel dura y corazón tierno, imprevisibles, sentimentales y maravillosos -dice LUIS LANDERO-, brilla como nunca el vigoroso arte narrativo de Rafael Soler, uno de los escritores más libres y soberanos que hay en nuestra lengua”. 

Leer Capítulo 1

 

Rafael Soler (Valencia, 1947) es uno de los exponentes de la explosión cultural y literaria de los años 80, autor de libros de marcada personalidad y estilo inconfundible que abarcan poesía, novela y relatos. Su obra ha recibido muy notables premios y ha tenido una destacada recepción crítica.

A su novela El grito (1979, reeditada en Paraguay en 2014) le sucedieron libros de relatos, el poemario Los sitios interiores (1980) y las novelas El corazón del lobo (1980, reeditada en su treinta aniversario), El sueño de Torba (1983) y Barranco (1985). Tras un periodo de silencio de más de veinte años regresó con los poemarios Maneras de volver (2009, traducido y publicado en inglés, húngaro, rumano y japonés), Las cartas que debía (2011), Ácido almíbar (2014, Premio de la Crítica Valenciana), No eres nadie hasta que te disparan (2016) y la antología Leer después de quemar (2019).

En 2018 regresa también a la narrativa con la publicación de su exitosa novela El último gin-tonic (Contrabando). 


Reseñas

 



 

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 1

     Tomás se enderezó un poco, tirando hacia atrás de sus hombros obedientes tras otra noche en vela, y enfiló el pasillo de la izquierda en busca de la habitación de Pulga. A esa hora, la Residencia rezumaba un silencio cadencioso de final de siesta con suspiros. Afuera, en la arboleda próxima que arropaba al sólido edificio de ladrillo rojo y puerta siempre cerrada, los vencejos describían círculos cansinos en busca de una luz invernal que sabían perdida.

    Lamentó no haber aceptado las otras pastillas del doctor, que le dio por imposible cuando rechazó por tercera vez la operación, y que en algo aliviarían ahora los punterazos del vientre. A sus setenta y dos años cumplidos Tomás dormía poco y mal, con un sueño que parecía prestado por ligero, despertándose empapado y en la boca el sabor que dejan los sueños con poco tiempo de cocción. Mal fermentados, los sueños de Tomás eran muy fáciles de recordar después porque todos eran parecidos, cortos y con niebla. Tan parecidos, que eran siempre el mismo.

- ¿Se puede?

     Aunque no podía escucharle, Tomás llamaba siempre antes de pasar, y por dos veces. Sordo cabal, pero buen conversador y mejor amigo, Pulga se hacía entender con cortos movimientos de cabeza, que apostillaba concentrando las arrugas de su frente al tiempo que boqueaba como un pez. Una discusión con Pulga, copita de coñac en mano y toda la tarde por delante, era el acabose.

- ¡Cagoenlapenanegra!

     Estaba encendido el botoncito rojo de su teléfono especial, y en la pantalla Tomás pudo leer: NOS HA TOCADO EL SEGUNDO PREMIO DOSCIENTOS MIL EURAZOS DEL ALMA Y NOSOTROS CON ESTOS PELOS. Sentado en su butaca, con la cabeza inclinada sobre el pecho y la dentadura en el regazo, Pulga no daba la más mínima muestra de entusiasmo ante una noticia que llegaba tarde. 

    Junto a él, lívido, Coronel se frotaba las manos con ansiedad. 

- Ha sido un infarto, seguro –musitó con un hilo de voz–. No me jodas que morirse precisamente cuando le había tocado un buen pellizco. 

    Coronel permanecía inmóvil, como si temiera contagiarse, y Tomás acarició con pesar la calva tibia de Pulga. Después se inclinó sobre aquel trasto, que hacía las veces de teléfono con su pantalla en dos colores, tecleó no sin esfuerzo: COJONUDO LUEGO TE LLAMO por no amargar la fiesta al invisible socio, y pulsó la tecla que le había visto utilizar cuando concluía su conversación con quienes se interesaban por su salud y su destierro: una hija ausente, dos amigos lejanos, y aquel tipo que, todos los lunes y jueves, tentaba con él a la suerte mediante envites de diez euros para cambiar algún día su perra vida entre platos de sopa y cortos paseos del comedor al baño. 

    La luz roja se apagó.

- ¡Joder con Pulga! –asimiló Tomás de golpe la deshilvanada postura de su amigo, tan impropia en un póstumo ganador de lotería. 

- Jodido sí que está –acertó a decir Coronel, que siempre temió ser el primero en desfilar.

     Al aire las encías desnudas, Pulga se había quedado sin dentadura y sin futuro, y ellos tendrían que llamar al médico de guardia y hacer buena su palabra, fieles al pacto no escrito que sellaron con media botella de anís, un licor de muy escaso carácter para un acuerdo así, dar al caído charla y compañía cuando hiciera La Parca de las suyas. “Pero hombre, Pulga, que tú eres sordo”, intentó entonces razonar Coronel, confortado con aquella promesa de apoyo mutuo ante la marcha de cualquiera de los tres, siempre demasiado pronto y por su orden, y vete a saber quién desfilará primero, levantaba las cejas Pulga por no alzar una voz que no tenía. Acostumbrados al desfile tenaz de sus compañeros de Residencia con la discreción de los humildes, casi siempre en la soledad de sus cuartos numerados, los tres se despedían al acabar la cena con un guiño solidario, “mañana más”, y mañana dios dirá, Coronel con su andar titubeante, risueño Pulga en su sordera vitalicia, atento Tomás a su dolor, que algo alivió la receta compasiva del médico antes de volver a su partido de golf: “¿bastará con una al día?” “dos, si el cuerpo pide”.  

-- ¿Lo tumbamos en la cama, Tomasito? –musitó Coronel–. Tenerle con ese parar de muerto me da repelús.

- Ponle primero los dientes –pidió Tomás por adecentar su aspecto de cadáver primerizo.

- ¿Yo?

- Tú, que los tienes más a mano.

    Costó trasladar a Pulga, que en muy poco colaboró deslavazado como estaba. Sobre la colcha de ganchillo, los brazos paralelos al pantalón de franela, resignado el rostro en su expresión ausente, tenía la serena dignidad de los caídos en combate, y a Tomás le sobrevino de golpe un titular de lujo:

             GANA EL SEGUNDO PREMIO, PERO LE DEJA FRÍO

    Pulga había sido el primero en desfilar, con sus tirantes de pala ancha, y su álbum de sellos de la isla Guadalupe, y sus ataques repentinos de tristeza. Tenía Pulga mucho apego a su cuarto, con la colección de banderines, y el cuadro de los tres borrachos, que eran cuatro, los borrachos, y tres los amigos que juramentaron acompañarse mutuamente, dejándose llevar más por la intuición que por la temperatura de la piel. Hay muertes que cuesta mucho terminar, razonaba Pulga. Puedes estar fiambre, hasta en la caja puedes estar sin haber muerto del todo. Un infarto te corta el resuello, pero no acaba con tus sentimientos por mucho que se empeñe; una angina de pecho puede quitarte de en medio en un pis pás, descalzo a la hora del partido y el marcador en contra; y un desnucamiento súbito en la bañera, ojo al parche, un desnucamiento por buscar en mala hora la pastilla de jabón, te manda al otro barrio sin despedirte de tus deudos, que siendo pocos son siempre demasiados. Tenía Pulga una larga lista de modalidades para salir de este mundo con lo puesto, y Tomás le dio la mano y la razón. Porque después de esa muerte inicial, razonaba entre sorbos de coñac, queda la segunda, más en blanco y negro, donde estira cada uno como puede el tiempo que no queda, Pulga, presta atención, el tiempo que aún  escurre despacito, Coronel, apaga la tele, un tiempo de propina que bien puede ser una centésima de segundo si pones poco empeño, y te rindes como hacen casi todos, aquí estoy, llévame contigo mala puta, o tantas horas como sean necesarias para esperar a quien nunca pediste perdón, por ejemplo, o al amor de tu vida, que siempre llenó tus recuerdos y quizá se presente cuando menos lo esperas para un adiós definitivo, todavía sin el luto puesto. Y aquí Tomás no admitía titubeos, pues bastante duro es que nos nazcan sin permiso y a la buena de dios, con perdón del Todopoderoso Ausente, para que encima te mueran de cualquier manera cuando les venga en gana. Bebieron, preguntó Coronel con aprensión si había alguna muerte más, y cuando habló Tomás del olvido, que era la muerte verdadera, y no esa chapuza de acabar por sorpresa y sin consideración con tu historia, sellaron un pacto tan solemne como lleno de buena voluntad: el primero en caer sería un difunto con suerte, un difunto premium cinco tenedores, porque quedarían todavía dos para velar su marcha hasta que fuese la suya una marcha sin regreso posible, definitiva, lo que se dice una marcha desfilando hacia lo oscuro con todos los honores de satén.

   Sin anís y sin conversación, Tomás le cogió una mano, y Coronel la otra. Cediendo su calor, porque eran nuevos y con algo había que empezar.

                                                               ***

   Pasaron la noche en vela, atentos al manso fluir de cuantos acudían a velar al bueno de Pulga con esa íntima alegría de seguir por un rato en el mundo de los medio vivos muertos, con su soledad rancia y su propósito de perdurar como hacían las cortinas del salón y los programas de la tele. Llegaban de a uno, movían pesarosos la cabeza, se escurrían luego hacia la izquierda, donde las sillas alineadas, y ocupaban por un rato su lugar, silenciosos y asustados. A las once y diez apareció el cura, que se santiguó por dos veces y algo rezó en latín para aliviar el tránsito. Pero poco alivio mostraba Coronel, y menos Tomás, pendientes sin descanso de Pulga, que ya había perdido el dibujo de sus labios, una forma quizá de ir quemando etapas.

- ¿Podemos irnos ya? –susurró Coronel que tenía alterada el alma y su estómago vacío.

- Si te oyera Pulga…

- Los muertos no están para oír nada, y Pulga menos que nadie. 

- ¿Qué te pasa ahora?

- Me estoy mareando.

- Pues aguanta, que un trato es un trato. 

   Tomás apretó un poco más la mano de Pulga, que se dejó hacer, quizá agradecido por esa lealtad póstuma de quienes fueran sus afines, pero con ese agradecimiento laxo que adorna a los cadáveres recientes, más ocupados en enfriarse despacio que en zalemas, y Coronel apoyó la suya en su hombro derribado por ceder a Pulga algo de calor. Daban las cuatro y diez cuando ambos escucharon un ruido seco, que se repitió poco después, y que vino por sorpresa, más cerca del féretro que de la puerta.

- Coño, Pulga, para quieto –quitó importancia Tomás, mirando de reojo a su compañero de retén.

- Sí, hombre, tú encima hazte el gracioso –musitó con aprensión Coronel. 

- Está enfadado.

- Motivos tiene, pero no me lo jalees. 

     A las siete en punto y sin aviso la frente de Pulga se enfrió varios grados, y ambos suspiraron con alivio. Tenía afilada la nariz, y sus pestañas eran apenas una línea titubeante en un rostro que parecía sonreír.