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Libros de autor

NOTICIAS

ediciones contrabando
Narrativa 22
14 x 21 cm; 132 págs.
Rústica fresado con solapas.
ISBN: 978-84- 949666-4-4
DL: V-289-2019
PVP: 15 euros

Portada La destreza amatoria
La destreza amatoria
Wences Ventura

¿Qué es La destreza amatoria?
¿Una letanía?
¿Un soliloquio?
¿La perorata de un náufrago desesperado?
¿Una prosa poética o un poema en prosa?

Lo que no cabe duda es que se trata de un tour de force, una novela sin trama, única, implacable, difícil de etiquetar, por momentos un grito, a ratos un susurro, una reflexión profunda sobre lo que sucede tras el cese del amor, un monólogo sabiamente urdido, interrumpido por insertos y divagaciones, por un finísimo humor, una excursión anti-romántica a los posos de una relación, un flash-back a través de intensos claroscuros. 

“Wences Ventura escribe libros olfativos.
También libros resignados.
Y, ante todo, libros elegíacos, lastimeros, tristes.
Empleando sus propias palabras, Wences tiene la fragilidad del niño monaguillo.
Y pese a los excesos de juventud, quizá forzada, Wences es Morandi: sobriedad, ascesis, tristeza, liberación del espíritu, pureza, soledad.
¿Es Wences Ventura un escritor solitario?
Creo que Wences es un escritor distante.
Cuando habla, y habla mucho, adopta una postura a la vez retraída y distante, como si buscara el ángulo adecuado para contemplarnos con la suficiente distorsión.
¿Una escritura mate? ¿Una escritura turca?. Quizá sí, quizá Estambul. Quizás Wences sea turco, ya no es joven, aquella expresión “jóvenes turcos” no le conviene. Wences es turco porque su aspecto es el de los pasajeros de los buques mixtos de carga y pasaje que recorrían el Mediterráneo de España a Siria en los años sesenta. En cualquier caso necesitaría una imagen de Wences de hace 20 o 30 años. La verdad es que no me lo imagino con esa edad. Quizá como ahora, algo más reducido, pero igualmente certero e inteligente”. 

Francisco Ferrer Lerín.  

Leer primer capítulo (fragmento)

 

Wences Ventura (Xàtiva, 1962)  

Se licenció en Filología Románica por la Universidad de Valencia. Entre otros, ha publicado los siguiente libros de poesía: Vaixells a Copenhagen (1980), Sensòrium (1987), Fatum (1998) y Casa de los estudiantes de Asia (2013). 

También ha escrito algunos ensayos, como los dedicados a la pintura de Xisco Mensua, Julio Bosque y G. Peyró Roggen; asi como la novela Escribir Duras (Ediciones Caníbal, 2015). 

 


 



 

Cerrar

  Tienes la puerta abierta aunque no quieras sentir de cerca mis pasos, ni oír mi voz cansada cuando esta tropieza con los obstáculos del camino de la garganta, el camino viejo donde susurran mis abejas, o cuando respondo al teléfono, a esa primera llamada que desquicia, equivocada, y que es tobogán para una voz desconocida, engendrada en el corazón de tinieblas de la depresión endógena, intramuros, tal vez, en la ciudad vieja, quiero decir que llega desde uno de sus tugurios, distrito primero y segundo donde te enseñan a llorar.

  Puede hacer frío en la casa y nos clavará sus colmillos de cachorro; un calor africano que hará blando el yeso viejo que huele a vómito, el de las paredes pintadas con un amarillo suave, que desmiente la miseria de ese no querido viaje nasal; qué mal huelen las paredes, cuando al hacer un agujero hundes por un instante la uña de tu dedo meñique para buscar esa podredumbre, como cuando nos rascamos un arañazo sabiendo, de antemano, que lo dejaremos en carne viva y pese a todo continuamos hasta la sangre o cuando excavamos en una muela y encontramos sus malolientes cenizas. 

  Son días de un sol de jarabe, medicamentoso, de Valium o Librium, que tripula con desdén este cielo-cementerio, a veces color de cerveza oscura, otros de vino tinto, entrando por los estores ajados: sopor y lejanía. Se oyen los gritos de los niños argentinos, que sudan atentos a la bola, recién llegados con el corralito; que juegan a un fútbol más romo que el del potrero, en la cancha municipal de cemento rojo que absorbe la lluvia, minúscula, extraña lluvia de barro en la tarde polvorienta de este barrio que tiene una calle que se llama Hierros y otra Maderas como dos elementos que pugnan para analizar el vacío de los galpones portuarios en días de lluvia torrencial; la ciudad había sufrido en el pasado riadas trágicas y algunas fachadas todavía se resistían a perder la parafina lacustre, y todavía dentro de esas naves abandonadas vivían personas sin casa, transeúntes con su carro de supermercado, con una mochila color de antracita; se podía encontrar en una esquina una bicicleta dormida por el lodo, arrimada después de la terrible tormenta, muda para siempre, parecía, sin embargo, escucharnos desde su fijeza. 

   

  El sol más tarde tras la lluvia débil y caliente te permitía deambular por las calles: Hierros, Maderas, calle de la Dinamo… y así sucesivamente en la siesta que deforma las esquinas, los colchones abandonados, que tú, Rosa, fotografías; escenas que ponen fin a un tiempo, de qué tiempo hablamos, me pregunto, me apoyo en la barra que separa la cancha de baloncesto del jardín de mis súbitas desganas, donde al fin encontrásteis al gato; tiempo de cacofonías; tiempo uniforme, opaco, tiempo de mercados; de un general sopor o desamor es sopor o que hay tantas razones como cuerpos … No, aquí, en este cemento color de burra vieja, no crece la hierba y los pibes, ah los chicos, cómo lo decía, con esa voz rioplatense, de mujer vivida; cerca del mar en estos días en que te da por poner a Vinicius de Morais y que bailemos muy juntitos; no, no pueden adormecer la bola para acabar atándosela al pie: acá sale ya veloz y cruza el cemento ciego y los chicos sueñan despiertos que un día serán ricos y, tal vez, sin ellos saberlo alguien les comprará valores en la bolsa de Nueva York, pero desde ahora ya desean el deportivo alemán o italiano, el automóvil, el auto, el éxtasis, cómo los amabas tú también, une grosse boîte, potente, confortable, libertad en las autopistas de madrugada, viajar durante la noche hasta la frontera y este anhelo se hace bola, goce sin fin del gambeteo, como un grito que después rebotará en la grada vacía de la cancha.   

    Son las once de la mañana. Los ascensores del edificio sufren la falta de oxigeno; red universal de la estupidez y la mentira. De repente, entre la fábula y la verdad, ¿quién me impide que prosiga?

    ¿Dónde estoy? En el rellano. A oscuras.