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Libros de autor

NOTICIAS

ediciones contrabando
Narrativa 21
14 x 21 cm; 194 páginas
Rústica fresado con solapas
ISBN: 978-84-949666-3-7
DL: V-291-2019
Código BIC: FA
PVP: 15 euros 

Portada Mujeres blancas
Mujeres blancas
José Martínez Rubio

Días antes del asesinato de Pier Paolo Pasolini en la playa de Ostia, Roma se había vestido de negro con una atrocidad quizá no tan conocida pero igualmente repugnante: la masacre del Circeo.

“La masacre del Circeo fue un suceso de crónica negra ocurrido en septiembre de 1975 que sacudió a toda la sociedad italiana por su crueldad y por su arbitrariedad. Tres jóvenes de la Roma bienpensante asesinaron a Rosaria López y creyeron haber acabado con la vida de Donatella Colasanti. A pesar de haber detenido a dos de los autores del crimen la misma noche de los hechos, las indagaciones sobre este caso continuaron durante décadas, y cada nueva pista recreaba la angustia de la opinión pública ante aquellos acontecimientos, y cada nueva confesión multiplicaba las conjeturas sobre el origen y la naturaleza de los autores y del espantoso crimen”.

José Martínez Rubio nos sumerge en una apasionante crónica que por momentos deviene en un thriller “real”, una investigación que revive el pasado más luctuoso de Italia (las Brigadas Rojas, el asesinato de Aldo Moro, los atentados neofascistas…) y que a la vez revela uno de los aspectos más desconocidos de la España que iniciaba su proceso de Transición: la connivencia de criminales internacionales con los últimos reductos de un franquismo en descomposición. Con ese fondo histórico de guerra sucia contra ETA y de crímenes de Estado en España y en Italia, la historia de Donatella Colasanti concentra todos los fantasmas de una época violenta.

En paralelo a esta búsqueda, el protagonista, un joven profesor de literatura de la Universidad de Bolonia, relata otra crónica más íntima: la superación de una relación sentimental tormentosa, la parálisis emocional del desarraigo y la frustración de toda una generación desconcertada.

Un libro adictivo que deja al lector suspenso ante los abismo éticos que propone.

Leer Primer Capítulo

 

José Martínez Rubio (Valencia, 1985) es doctor en literatura española y profesor en la Universitat Jaume I. Colabora habitualmente en Valencia Plaza y Levante EMV. Ha publicado los ensayos sobre cultura contemporánea El futuro era esto (2014) y Las formas de la verdad (2015). Mujeres blancas (Contrabando, 2019) es su primera novela.

 

 


Reseñas

 



 

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Empezarán  hablando de ellos

   

   Empezarán hablando de ellos, de quiénes son, de cómo se comportan y de lo que han hecho, pero ninguno será capaz de hablar de nosotras. Cuando digo hablar quiero decir entender. 

   Ni siquiera yo aquí, encerrada, puedo decir quién soy. Atada de manos y pies, sin mordaza que tape las palabras. Puedo nombrarme, nombrar el cuerpo, este cuerpo que ha sido violentado durante horas, o quizás días, o quizás semanas. Puedo nombrar mis pies descalzos, inmóviles por la cuerda que los sujeta para que no puedan caminar. Nombro mis piernas y mis muslos, mi costado. Recorro cada parte del dolor, los moratones que salieron el primer día, cuando con las primeras horas de luz observábamos la magnitud del horror. Nombro mi sexo, el origen del mundo, el origen del infierno. Mis brazos entumecidos, las muñecas rasgadas del encierro, el hombro derecho dislocado, el cuello todavía con marcas de dedos y uñas, la sangre coagulada sobre el labio superior. Mantengo los ojos cerrados y todavía los oigo. 

   Conducen de noche. Han estado bebiendo durante horas, nos han sacado de la habitación como fardos y nos han dejado caer en el maletero. Los oigo reírse, cantar a gritos mientras el coche circula con brusquedad, gira con fuerza en todas direcciones y lanza nuestros cuerpos encogidos contra las paredes de este ataúd improvisado. 

   Hablarán de ellos, del vehículo que utilizaron para el crimen, de la casa donde nos tuvieron retenidas, de los bares que frecuentaban. De las fotografías de familia que decoraban el salón. Del espectáculo macabro que encontraron los agentes de policía al forzar la puerta. De las sábanas llenas de excrementos que nadie había tenido tiempo de lavar. De la sangre reseca sobre la bañera. De las colillas esparcidas por el suelo. De las botellas apiladas junto al cubo de basura. Será imposible, en cambio, hablar de nosotras. 

   Dirán nuestros nombres, nuestra edad adolescente. Se preguntarán qué hacían dos chicas jóvenes en aquel bar a aquellas horas. Preguntarán, extendiendo la sospecha, por qué nos subimos al coche cuando nos propusieron continuar la fiesta a las afueras de la ciudad. Gianni tiene una casa en el Circeo. Dale, Gianni, tenemos cerveza y de todo. Dale, Gianni, vamos allá. Venid con nosotros. Se drogaban. Eran putas. Eran niñas. 

   Murmurarán delante de la televisión a la hora de comer: qué pena de chicas, a quién se le ocurre. Las chicas de la Montagnola, tan jóvenes. Las chicas de la Montagnola, tan lejos de casa, deslumbradas por Roma, fascinadas por tres jóvenes hermosos. Inexplicable. Serán las drogas, el veneno que destroza la juventud. Que convierte en monstruos a los niños de las mejores familias. 

   Habrá quien dude y quien recele, poniendo en duda la versión de la policía y de la mujer que sobrevivió a la masacre. Yo misma. Se acumularán preguntas idénticas que se desvanecerán frente a la única verdad que conozco: este dolor de pies y manos que ahora siento. 

   Qué hacían a esas horas y en ese bar las chicas de la Montagnola. Solas. Qué buscaban. Por qué se han parado a hablar a la salida del cine con dos chicos hermosos. Por qué están quedando para verse otro día en el bar Euclide, en Parioli. Por qué se sienten felices del brazo de esos chicos. Por qué aceptan subir a ese coche. Salir de Roma. Viajar de noche a más de cien kilómetros con aquellos chicos hermosos. Tantas preguntas como acusaciones. La madre intentará explicar luego que a su hija no la violaron, que los doctores certificaron su virginidad después de todo. Todavía virgen. Todavía pura. Todavía sana. Todavía honesta. Como si la honestidad dependiera de las treinta y seis horas de tortura. Como si la culpabilidad penetrara en la conciencia tan solo por el hecho de pararse a hablar a la salida del cine, decir el nombre, aceptar una copa en una casa de campo y sentirse feliz.

   Desde la oscuridad de este agujero se ve todo con mayor claridad. Veo las caras de asombro ante las fotografías de la prensa o ante las imágenes de la televisión. La angustia de las madres al ver los despojos de dos niñas y las caras sonrientes de sus asesinos. Oigo sus lamentos, sus comentarios. Sus reproches. Sus advertencias cuando todo ha sucedido ya. Lo veo todo, ahora que estamos atrapadas en el maletero de un coche, ahora que bajamos dando golpes por la carretera de Roma, ahora que paseamos escondidas por la ciudad entre el ruido atronador del motor, las risas de Andrea, de Angelo y de Gianni, y la melodiosa voz de Gigliola Cinquetti que hemos estado bailando noches atrás y que no deja de sonar durante la eternidad del trayecto. 

   Han parado el coche pero no el motor. Discuten sobre algo que no llego a comprender. Apagan la música y el ruido del motor cesa. Han estado golpeándonos durante días. Durante siglos. Desde que nos recogieron en ese bar, desde los primeros escarceos en el coche y los besos en el cuello. Rosaria y yo nos lanzábamos miradas cómplices. Secreto absoluto. Mantendremos un juramento de fidelidad sobre lo que pase esta noche. Se ríe mientras le brillan los ojos. Rosaria. Rosaria ha entrado al coche seguida de Angelo. Se aprietan jugando con los brazos y las piernas en el asiento trasero. Rosaria lanza un grito para marcar los límites de la mano que le recorre el pantalón, que se cuela entre la blusa de verano. Para, grita casi como un gemido. Y todos reímos. El coche vuela hacia el Circeo, el lugar desconocido donde moriremos. Han estado golpeándonos durante días. Desde que entramos en la casa, desde que nos sentamos en aquel sofá. No oímos cómo cerraban las puertas y las ventanas, cómo giraban la llave. Nunca podrán contar cómo empezó el espectáculo macabro, ni cuándo sentimos el primer forcejeo, ni cuándo nos dimos cuenta de que aquella casa era el infierno. Pantalones blancos, americana a cuadros, sin corbata. La mano sobre el hombro acercándome hacia él. La mano sobre el cuello. La mano sobre mi mano agarrándome con fuerza mientras intento zafarme todavía entre risas.

   Nadie podrá hablar del desconcierto. Nadie podrá precisar en qué momento perdí la complicidad de la mirada de Rosaria, en qué momento desapareció engullida por las sombras en un laberinto de manos y de gritos. Estoy atada de manos y pies en el maletero de un coche. Nada me impide hablar, ni siquiera esta mordaza que apenas cubre mi boca como un lazo aflojado por el roce y por las horas en que he estado gritando a través de ella. Nada me impide hablar, pero no tengo palabras. Recuerdo algunas escenas, sus caras, y eso me vale para reconstruir los pasos que me han traído hasta este agujero donde empieza a faltar el aire. Recuerdo el primer golpe a Rosaria. Recuerdo su cuerpo cayendo al suelo sin protesta. La furia de risas en medio del silencio de la noche. Los ojos desorbitados mientras me rompía el vestido y me retorcía el cuello. Estoy atada de pies y manos después de días, de semanas muriendo poco a poco en medio de la fiesta. El tiempo es una categoría imprecisa, incapaz de enmarcar la magnitud del horror. Incapaz siquiera de empezar a contar qué sucedió aquella noche. 

   Hablarán de ellos, de lo que hicieron, de las familias de apellidos ilustres de Parioli que de repente se convirtieron en demonios. Pero nadie hablará de nosotras. 

   Nadie ha vuelto de ese infierno para contar cómo se bajaban los pantalones, cómo nos agarraban las manos mientras otro nos abría el vestido, mientras unas manos sin cuerpo nos golpeaban hasta perder el sentido. Nadie ha vuelto del infierno para ver de nuevo la bañera donde sumergían nuestra cabeza, la cama donde arrojaron nuestro cuerpo, el maletero del 127 donde dejaron caer nuestros despojos después del festín. Nadie ha vuelto del infierno para contar cómo en el 127 recuperé el sentido y me vi atada de manos y pies. Ni cómo los oí de nuevo conducir en la noche, bajar como un relámpago hacia Roma, discutir mientras paraba el coche, mientras el motor descansaba de su runrún monótono, de la puerta golpeando al cerrarse, de cómo se evaporaban esas voces y se alejaban los monstruos. 

   Estoy atada de manos y pies, encerrada en el maletero de un 127, esperando que vuelvan a matarme. 

   Mi cuerpo empieza a temblar porque van a descubrir que sigo viva, que la mujer que habían cargado a hombros y habían arrojado sin cuidado sobre el maletero del coche en realidad continúa respirando y está consciente. Oigo sus carcajadas, pero no descifro ninguna palabra. Hablan en un lenguaje misterioso que debe de ser el que emplean los demonios cuando arrastran a los condenados hacia las profundidades del infierno. Mi cuerpo tiembla. Las puertas se han cerrado de golpe y aprieto los ojos para fingir la muerte y que sigan creyendo cuando levanten la tapa del maletero que las dos chicas con las que se han estado divirtiendo ya no podrán decir nunca sus nombres. Pero mi cuerpo tiembla. No lloro. No gimo. No pienso. Soy un cuerpo inerte que se agita entre las sombras.

   He recuperado la consciencia cuando bajábamos a toda velocidad del Circeo y he sido capaz de distinguir que lo que tengo pegado al rostro son los pies atados de Rosaria. He descubierto dónde estamos y he adivinado adónde nos llevan. Estamos muertas y conducen de noche por las afueras de Roma para lanzar nuestros cuerpos en cualquier basurero de Ostia, para darnos sepultura en cualquier campo abandonado del otro lado del Gianicolo, para dejarnos en una plaza del extrarradio de esta ciudad llena de cadáveres. Pero mi cuerpo se conmueve en esta extraña muerte, se agita y se retuerce de dolor. En cualquier momento van a abrir el maletero y van a cargar con Rosaria, primero, y luego conmigo. Van a ver que todavía respiro, que la carga sobre sus hombros está temblando. Que el corazón que creían detenido para siempre está bombeando sangre hacia las sienes palpitantes, desbocado, atronador, incrementando el calor de este cubículo, asfixiándome esta vez sin sábanas, sin almohadas y sin bañeras.

   Pero no sucede nada. Ha pasado un minuto y mi corazón sigue alertándome del peligro. Mi mente me devuelve las imágenes de estos tres chicos, altos, guapos, deslumbrantes. Pero no sucede nada. Hace un minuto, dos, tres, que no oigo sus risas ni sus canciones. Hace tres, cuatro minutos que el coche permanece parado quién sabe dónde y que en la oscuridad de este encierro recorro mentalmente las escenas de la noche anterior, los golpes contra la bañera, el despertar violento, mi cuerpo magullado junto al de Rosaria, que no se mueve. Estamos muertas porque no oímos nada ni nada sucede. Mi cuerpo sudado y consumido lucha por no ceder al sueño, por no sucumbir a este calor hermético. La única certeza de estar viva es este dolor permanente. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que este silencio se ha impuesto y sin que ahí afuera, en la calle, se oigan sus risas o sus conversaciones. No hay nadie afuera. Mi corazón va a explotar. En medio de la nada noto de nuevo el pánico y es entonces cuando oigo que mi voz emerge con un aullido inhumano. Un grito de ultratumba. Me cuesta reconocer que ese lamento histérico, al borde de la locura, es el mío. Es entonces cuando mi cuerpo pierde todo control y grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito, grito...