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Libros de autor

NOTICIAS

ediciones contrabando
Narrativa 20
14 x 21 cm; 156 págs.
Rústica fresado con solapas.
ISBN: 978-84- 949666-1-3
DL: V-292-2019
PVP: 15 euros

Portada Naturaleza muerta
Naturaleza muerta
Juan Bravo Castillo

Naturaleza muerta es una autoficción en la que un profesor universitario de literatura narra una jornada habitual de trabajo, desde que llega a la facultad por la mañana hasta que la abandona al anochecer.

Observador incansable de lo que ocurre en ese mundo cerrado y claustrofóbico, el narrador va trazando el bosquejo de lo que acontece a su alrededor y haciendo partícipe al lector de una realidad que ha perdido no ya su atractivo y su interés, sino cualquier atisbo de sentido, incluida su función esencial: trasmitir el saber. Desencantado de la deriva universitaria y decepcionado del entorno, sigue sin embargo tomando el pulso a la vida y contemplando, con ironía y hasta buen humor, los avatares de un mundo que cada vez le resulta más extraño. 

Naturaleza muerta es un retrato ácido, vivo y realista de la universidad española, pero también la compleja visión del mundo de alguien que, en medio de las ruinas, aún sueña con paraísos perdidos, y se ve asaltado constantemente por la nostalgia de lo que pudo haber sido y no fue. Siempre a la sombra de una noticia que puede aniquilarlo todo.

Pocas novelas de hoy llegan tan lejos en su mirada crítica y en su ambición de retratar una vida y conferirle sentido. Aun a sabiendas de que, como sostiene Sterne en Tristram Shandy, “una vida no cabe en una novela”.

 

Leer fragmento inicial

 

Juan Bravo Castillo (Hellín, 1948), catedrático de Filología Francesa y Literatura Comparada, es un apasionado de la literatura. Durante años ha alternado su vocación docente con la investigación, la traducción, la crítica literaria y la creatividad.

Fundador y actual director de Barcarola, decana de las revistas literarias españolas, ha dedicado más de veinte años a la elaboración de Grandes hitos de la historia de la novela euroamericana, publicada por Cátedra en tres volúmenes (2003, 2010 y 2016). Leer más 

 

 


Reseñas

 



 

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Algo ha empezado a cambiar en mi vida, para peor sin duda. La vejez es una gangrena que empieza a actuar súbitamente. Ayer mismo alcancé la edad en que mi padre moría con sesenta y tres años y trece días; y justo esa tarde, mi hijo Juan cogía su maleta y, como los viejos emigrantes españoles de antaño, viajaba a Estrasburgo en busca de una solución a su vida, ya que España, por culpa de la política equivocada de unos gobernantes irresponsables, ha dejado sin porvenir a más del cincuenta por ciento de su juventud. Es como una maldición: durante años ansié tener un hijo varón en quien proyectarme y apoyarme, ya que siempre había echado de menos al hermano que jamás tuve. Cuando mi esposa Judith estaba embarazada de él de cuatro meses, mi padre fallecía tras cinco infartos consecutivos. Nunca, pues, se llegaron a conocer. Por si eso no fuera suficiente, sólo un milagro de la medicina consiguió que mi hijo sobreviviera ese mismo año 1982 por culpa de una septicemia ocasionada por unas tijeras infectadas con las que le cortaron el cordón umbilical. Ahora, cuando ya he superado la edad de mi padre, tengo la sensación de que también he perdido a mi hijo, y eso me destroza. Lo había esperado todo de él, pero jamás logramos la ansiada comunicación. La víspera de su partida, cuando estábamos cubriendo la piscina y haciendo los últimos preparativos para su marcha, experimenté una congoja aún más profunda que cuando perdí a mi padre y a mi madre. La vejez llamaba a mi puerta con estrépito y sin miramientos. Es duro quedarse sin puntos de anclaje, aunque uno tenga a su esposa junto a él. Hace años que vengo escribiendo mi autobiografía en un intento de justificar mi existencia, pero mucho me temo que al final me pase como a Tristram Shandy, que tenga que desistir porque la vida es inabarcable. “Llevo escritas doscientas páginas y aún no he nacido”, dice el protagonista de esta hermosa novela, sorprendido de su inaudita facundia. Yo, ciertamente, he nacido, he vivido, pero no sé dónde empieza y dónde acaba lo esencial, ni dónde está el mensaje, ni dónde el sentido; soy como un náufrago irremediablemente perdido. Pero un ciego impulso me insta, no obstante, a terminarla. Me puse como meta los sesenta y cinco años para dar a luz el libro, en un intento de emular a Joyce cuando, con cuarenta años justos, publicó su Ulises con las tapas del color de la bandera griega. Uno vive la literatura con tal intensidad que no puede desprenderse de tanto tópico. Ver la vida bajo el prisma de la literatura ha sido al mismo tiempo mi perdición y mi salvación: perdición porque, como a Don Quijote o a Emma Bovary, me ha hecho perder mil veces pie en la realidad; salvación, porque, gracias a ella, he logrado superar la edad de mi padre sin apenas perder la capacidad de asombro, tan imprescindible para vivir sin caer presa del tedio. Es posible que a la mayoría de mis amigos –los que aún me quedan– y conocidos, únicamente les interese el libro por lo que pueda decir de ellos –siempre la consabida morbosidad–, pero qué importa. Uno, como Stendhal, escribe con la esperanza de que, al menos, haya una Madame Rolland que lo lea, o unos cuantos happy few; los demás, que conserven el volumen como adorno –procuraré que no desentone–. Mi colega de Facultad, Bárbara Fernández, aseguraba que no merecía la pena sacrificar la vida a la literatura, que lo importante era vivir por más que en ningún  sitio quedara constancia del hecho, aunque también es posible que dijera eso porque intuía su inmediato fallecimiento. Yo, sin embargo, siempre fui de la opinión de Sartre –la literatura como salvación–, o de Lampedusa, cuando decía que habría que instar a todos los ciudadanos a escribir sus memorias antes de morir, puesto que de ese modo, en muy pocos años, los Estados dispondrían de una cantidad de vivencias tal, que servirían de modelo y de ejemplo a las nuevas generaciones. Pero todo eso no dejan de ser ilusiones de seres humanos. El escritor se nutre de un sustrato mítico acumulado en cierta edad de su vida, como si hubiera un momento en su existencia en que el sol alumbrara con la intensidad con que hubiera podido hacerlo en el instante de su nacimiento, como cuando las nubes, de repente, se separan y el disco solar, reverberante, irrumpe con fuerza iluminando la naturaleza con vivísimos colores. Hay seres optimistas que creen que las cosas siempre serán así, hasta que un día constatan la cruda realidad. Algo dentro de nosotros, con los años, se desgasta convirtiendo en vulgar hasta lo más hermoso. La capacidad de asombro tiene sus límites y la misantropía acecha en cada curva del camino. Ayer mismo, coincidiendo con la marcha de mi hijo, mi esposa Judith se prejubilaba, recién cumplidos los sesenta. La jubilación aparentemente entraña altas dosis de júbilo, en especial cuando el trabajo que has venido realizando se asemeja a la monótona e insufrible condena de Sísifo, pero qué decir de aquellos que, como el médico, el profesor o el ingeniero, realizan una eminente labor social. Para éstos, la amenaza del vacío, siempre omnipresente, se torna todavía más acuciante, haciéndolos vulnerables. Y es que, tras la alegría y el deleite de los primeros meses, el nuevo edificio puede empezar a agrietarse, y en lo más íntimo del jubilado puede muy bien abrirse paso un sentimiento de inutilidad, de nada amenazante, de vejez irremediable. No todos los cánceres atacan al cuerpo; hay cánceres del alma, y ésos son refractarios a todo tratamiento, como muy bien lo he podido comprobar esta mañana al llegar a mi Facultad.