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Libros de autor

NOTICIAS

ediciones contrabando
Narrativa 19
14 x 21 cm; 214 páginas
Rústica fresado con solapas
ISBN: 978-84-949666-0-6
DL: V-4-2019
PVP: 15 euros 

Portada Villa
Villa
Luis Gusmán

Argentina, mediados de la convulsa década de los 70. Perón ha muerto y el ascenso al poder de José López Rega alias “El Brujo” es inminente. Desde el ministerio de Bienestar Social, el doctor Villa asiste a las transformaciones políticas y sociales de Argentina hasta el momento en el que deberá ser un actor más de los acontecimientos. 

Luis Gusmán consigue sumergirse en la mente del hombre gris, activo y cotidiano, el hombre de la calle, un ciudadano normal, aquel que normalmente la Historia y hasta las novelas, omiten. Y de este retrato complejo, plagado de matices, surge uno de los personajes más inquietantes y memorables de la literatura argentina contemporánea. 

Villa parece orbitar entre estas dos célebres reflexiones: “Peor que el verdugo, es su ayudante” (Victor Hugo) / “Para que el mal triunfe, basta con que los hombres buenos no hagan nada” (Edmund Burke) y, sin duda, permitirá a los lectores españoles conocer uno de los periodos más ominosos de la reciente historia argentina, etapa que, por desgracia, guarda también ecos y resonancias con nuestro pasado. 

Leer primer Capítulo

 

Luis Gusmán (Buenos Aires 1944). Es narrador y ensayista. Ha publicado y co-dirigido las míticas revistas Literal, Sitio y Conjetural. En sus faceta de narrador destacan, entre otros: El frasquito (1973), libro de ruptura con relación a la literatura más realista y lúdica de su tiempo; Brillos (1975), En el corazón de junio (1983), La rueda de Virgilio (1989), Villa (1996), Hotel Edén (1999), El Peletero (2007) y Hasta que te conocí (2015). Leer más

 

 


Reseñas

 



 

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I

Esa mañana había entrado en su despacho por la puerta privada. Nos dimos cuenta después cuando, como en los viejos tiempos, me llamó por mi nombre para pedirme que le llevara el diario.

     —Villa, La Prensa.

     Era el único en la oficina desde que me había recibido de médico que ni una sola vez me había llamado doctor. Miré el reloj y le dije a su secretaria:

     —Como en los viejos tiempos. Firpo, el doctor Firpo, llegó temprano.

     Me demoré mirando por la ventana hacia la Plaza. Había una manifestación, había muchas últimamente. Esta era por los presos políticos. Me corrió un poco de miedo por el cuerpo. La Plaza tan escolar, con la Casa Rosada, la Pirámide, el fuego eterno de la Catedral, súbitamente se comenzaba a llenar de gente, y se volvía desconocida. Probablemente tuviesemos que actuar. Nunca me gustó actuar. Esa mañana era el único médico de guardia, no había otro. Solo yo y Firpo, el director. Me fui a fijar al panel de instrucciones y verifiqué que el helicóptero y las ambulancias estaban en servicio.

     Firpo me volvió a llamar. Entré y comencé a leerle los titulares. Parecía abstraído. En los últimos meses se enteraba de cómo iba el mundo solo a través de algún diario. Le hice una señal para que se acercara a la ventana. Prefirió preguntarme:

     —¿Qué pasa, Villa?

     —Hay una manifestación. Por lo que gritan me parece que va a ser violenta.

     —¿Qué gritan?

     —Piden la cabeza del Ministro.

     —Ya lo escuché otras veces. ¿Qué más?

     —Nada. Las ambulancias y el helicóptero están en servicio.

     —Y los aviones.

     —No me fijé. ¿Para qué servirían los aviones?

     —Nunca se sabe.

     Ya no miraba. Su mirada se había perdido en el paisaje de esa foto familiar que estaba sobre el escritorio y donde aparecía con su mujer y sus hijos: un paisaje selvático que siempre me intrigó hasta que me enteré de que era un tabacal. Una plantación de tabaco en el límite con Paraguay, la plantación de Nobleza Piccardo. “Donde hacen los 43”, me dijo aquella vez, mientras mis ojos se adentraban en la selva interminable donde estaba el misterio de los 43 con filtro. Los 43 fueron mi marca desde la juventud, y fue un 43 el cigarrillo que prendí a la entrada de la morgue la primera vez en mi carrera que vi un cadáver.

     Firpo era parte de ese mundo. Y desde que su mujer había muerto, parecía lentamente dejar de serlo. Una mujer con un apellido francés, y con un parentesco con los Piccardo, sostenía el mundo de Firpo que parecía resquebrajarse desde que ella había dejado de estar en él. Ya no dormía bien y tomaba más whisky que de costumbre. Tenía en la cara unas ojeras profundas. Pero hoy parecía haber recuperado su porte. Su elegancia no la perdía nunca. Traje Príncipe de Gales, camisa celeste grisácea casi al tono del traje. Una corbata levemente azul, tan leve como para que se notara el alfiler de corbata. Esa cabeza de caballo reluciente que admiré tantos años. “Tengo el caballo de oro”, solía decir mientras se acariciaba el alfiler de corbata.

     

     Esta vez su manera de detenerse en el alfiler fue casi automática, se notaba que tenía que hacer un esfuerzo para hablar. Me preguntó por lo que sucedía en la Quinta, y para que me diera cuenta de que estaba al tanto de los asuntos del Ministerio, dijo:

     —¿Alguna noticia de Olivos?

     —Ninguna. Hay un operador en la radio las veinticuatro horas.

     —¿Cómo sigue Perón?

     —Algunos dicen que es cuestión de horas, otros de días.

     —¿Y usted qué dice, Villa? Usted es médico.

     Era la primera vez que me trataba como a un médico. Sentí un poco de vértigo y comencé a marearme. Creí que me caía. Le respondí vagamente:

     —No sé, doctor. El diagnóstico es confuso. Yo no estuve cuando lo internaron de urgencia en el Cetrangolo. Usted sabe que estaba tratando de conseguir el oxígeno. Era sábado y no había por ningún lado.

     —Sí, conozco la cosa, tenía un cuerpo médico permanente al lado y no habían previsto tener tubos de oxígeno. Pero usted, Villa, debería averiguar algo más que las noticias de la radio. Mire si llama el Ministro y me pregunta si hay alguna novedad del estado de Perón.

     Su mirada se volvió a perder en el tabacal. Y yo comencé a caminar con él por la plantación. Los dos queríamos perdernos, los dos, por motivos diferentes. Él, porque hacía rato que habían dejado de consultarlo; yo, porque no me habían consultado nunca. Quizá tampoco lo hubiese querido, pero cuando él brillaba, yo brillaba con él. Como esa pequeña cabeza de caballo.

     —Trataré de hablar con el jefe de la custodia de Perón.

     —Dígame, Villa, qué tiene que ver el jefe de la custodia con un parte médico.

     —Ya sabe, doctor, ellos trabajaron con nosotros. Trabajan. Quizá si uno se lo pide como un favor... de manera confidencial. Tal vez puedan...

     —Antes prefiero no enterarme. Nunca fui peronista, pero las jerarquías existen. Él es un Presidente y yo un director. Usted sabe que fui médico del sha de Persia y de Charles de Gaulle cuando estuvieron en la Argentina. ¿O cree que esos diplomas al mérito que me otorgaron y que hoy cuelgan de estas paredes están de adorno? Mi mérito no empieza con los diplomas que están ante sus ojos. Viene de antes. Desde el día en que tomé la decisión de casarme con una Piccardo emparentada con los Larreta, gente de campo y tabacales. ¿Sabe lo que es casarse con una Piccardo y que el edecán del Presidente y dos embajadores, el de Francia y el de Paraguay, vengan a la fiesta? Entonces debía tener unos años más que los que usted tenía cuando empezó a trabajar con nosotros. Toda la familia de la novia estaba en la iglesia: Nuestra Señora de las Victorias. Un nombre auspicioso. Me temblaban las piernas. Pero, ¿sabe, Villa?, desde que había jurado como médico sentía una fortaleza interior desconocida. Fue lo que me dio valor para caminar hasta el altar.

     Ahora era yo el que miraba la foto y quería escapar por el tabacal. Por la cabeza se me cruzó un 43. No me animaba a prender un cigarrillo en su presencia desde que él había dejado de fumar. Miré el rostro de su mujer. Anita, como la llamaba él. La mirada dulce y segura, la confianza que transmitían sus manos delicadas, una manera de estar en la tierra como si siempre estuviese en la plantación de sus padres. Vi los lunares avanzando por las manos de Firpo. Vi cómo quería disimularlos con esos gemelos brillantes que hacían que uno desviara la mirada hacia ellos, sus manos temblaban un poco. Vi todo eso y yo también me fui del mundo.

     

 

 

Caminaba rumbo al Congreso. Entonces era el cadete de Firpo. Las calles estaban de fiesta porque había llegado el héroe de la Resistencia contra los alemanes. Yo le había pedido a Firpo que me llevara con él. Mi tarea consistiría en cargar su maletín de médico. Recuerdo que me pusieron una credencial que me colgaba del pecho y el corazón me latía de orgullo. Firpo vestía traje de día o traje de noche, según la etiqueta. Todos los otros médicos estaban con guardapolvo blanco.

     Fue la primera vez que lo oí hablar en francés. Las palabras brotaban fluidamente de su boca. Le gustaba conversar y conversó largamente con gente de la comitiva que acompañaba a De Gaulle. Ese era el trabajo que más le gustaba hacer. Contar anécdotas banales y apropiadas. Hablar de comidas y de lugares. Todo ese mundo era el mundo de Anita. También entonces habló de las plantaciones y de las diferentes clases de cigarros y tabacos.

     Fue cuando De Gaulle se marchó que Firpo nos contó lo que había conversado con él. En ese momento la conversación me pareció íntima, hoy tal vez podría pensar que Firpo no era más que uno de los tantos invitados a una recepción oficial, aunque sabía que por su mujer mantenía relaciones formales con la Embajada de Francia. Quizá lo que hacía más misteriosa y emotiva la anécdota era que también nosotros volábamos, como De Gaulle, en aviones de la Segunda Guerra, y nos sentíamos un poco héroes. Íbamos a buscar a un político que había tenido un accidente en la provincia y al que había que trasladar en avión a la Capital. En los viajes importantes el médico era Firpo, y yo una especie de secretario en vuelo. Le servía el whisky, iba a comprarle gotas para la nariz, le acomodaba la ropa o le llevaba la valija, también era su valet. Pero esa noche estábamos en el aire y el avión se movía debido a un temporal. Nuestro destino se volvía incierto, lo que hacía interesantes nuestras vidas. La anécdota también estaba dedicada a un político de turno y a un comodoro que era familiar del accidentado, y que nos acompañaban en el vuelo.

     “De Gaulle me felicitó por mi francés y me preguntó dónde lo había aprendido a hablar tan bien. Le dije que había ido al Liceo, y además que mi mujer era de familia francesa. En la plantación que tenían en Paraguay, el padre daba las órdenes en francés y en guaraní. También agregué que había adquirido vocabulario leyendo a Bichat —un libro de la biblioteca de mi padre— cuando estudiaba anatomía patológica. Lo leía en su idioma original.” Me miró y se sonrió. Tan alto como era le volvió a surgir la voz de trinchera, y con ese mismo vozarrón casi gritando, me dijo: “Era mi autor preferido durante la guerra. Para él, la enfermedad era una guerra contra el organismo, por lo tanto planeaba cómo defenderse y cómo atacarla. Tenía una visión de conjunto que me resultaba útil. En Bichat aprendí más estrategia militar que en otros libros dedicados al tema.”

     Por un momento fue como si hubiesemos cambiado de paisaje, y era el Mar del Norte el que estaba bajo nuestros pies. Entonces yo era joven y confiaba tanto en las cosas que tenía menos miedo que hoy. Firpo era una de las cosas que me impedían tener miedo. Y ahí estaba seguro volando en ese avión a hélice, en medio de la oscuridad y de la tormenta. Firpo y Villa, con el mundo a sus pies.

     Lo del sha fue una cuestión más íntima. En esa ocasión no lo pude acompañar. Me lo contó una noche en que le hice de chofer. Nunca había manejado un auto oficial y me daba la impresión de estar metido en un ataúd negro y brillante. Firpo parecía tan inalcanzable, perdido en algún lugar del mullido asiento tapizado en gris, que tuvo que subir el tono de voz para que lo pudiera oír, íbamos a su casa en la calle Paraguay. Vivía en una especie de residencia, era su pequeña plantación en medio de la ciudad.

     A pesar de la corta distancia, el viaje se hacía lento. Era un auto oficial y tenía miedo de chocarlo, por lo tanto iba a poca velocidad. La anécdota duró lo que duraba el viaje, el tiempo justo para que Firpo pudiera discurrir sin aburrirse con el chofer, como si tuviese preparada una anécdota para cada viaje que hacía puntualmente, salvo alguna emergencia a las siete de la tarde, desde el Ministerio hasta su casa. Cuando todavía tenía el automóvil oficial a su disposición y Salud Pública no se había convertido en Bienestar Social. “Ahí perdió su carácter asistencial y se transformó en una vulgar forma de la caridad”, nos decía Firpo, añorando el antiguo nombre que era más heroico y elegante.

     Cuando entré como cadete todavía tenían las insignias con las alas, y me dieron unas de metal que lucía orgulloso en la solapa del saco. Mientras tanto, Firpo viajaba hacia su plantación envuelto en el humo de un espeso cigarro. Nunca me ofreció uno. Eso sí, me regalaba las cajitas de madera en que venían, y yo las coleccionaba con devoción.

     Cuando Firpo nombró al sha de Persia, el Oriente se vino de golpe a mi cabeza. No lo contó por casualidad, sus anécdotas siempre tenían que ver con algo de lo que uno estaba hablando, creo recordar que le hablaba de la primera vez que revisé a un enfermo y lo que experimenté al palpar un cuerpo vivo. Firpo, a su vez, me habló de la primera vez que revisó a un príncipe.

     “Todo comenzó después de un asado en la Quinta de Olivos. El sha sufrió una ligera indisposición que no vacilé en diagnosticar como un cólico. Por lo tanto, como se hace en esos casos, indiqué Buscapina inyectable.

     ”Estábamos en las habitaciones reservadas a los huéspedes de honor, y el sha se encontraba tendido sobre un canapé de época. Era evidente que disimulaba el dolor delante de los extraños, y lo siguió disimulando aun cuando el número de personas que lo rodeaba se fue reduciendo. Servicio de inteligencia, gente de la custodia de Olivos y de la propia, hasta que nos quedamos el médico personal y yo. Me conduje naturalmente, aunque no desconocía la jerarquía del enfermo. Todos los enfermos son iguales ante los ojos del médico, Villa, pero a la vez cada uno es diferente. Yo no olvidaba que estaba ante un príncipe.

     ”El sha no probaba bocado sin que antes lo probara una persona que siempre estaba a su lado, y que también entró cuando nos quedamos a solas con su médico. Como le dije, yo actuaba naturalmente, y naturalmente preparé la jeringa para aplicarle la inyección. Y hasta hice un movimiento para acercarme al cuerpo del sha. El hombre que era su sombra me detuvo de golpe con un movimiento brusco que hizo que la jeringa se cayera al piso. Le expresé en francés mi desaprobación. El médico trataba de explicarme algo, sus palabras se mezclaban con el árabe. Así en esa media lengua me dijo que nadie tocaba el cuerpo del sha porque era un cuerpo sagrado, y que el sha no desnudaba su cuerpo delante de un extranjero que era ajeno a la religión del Corán. La situación se volvió incómoda dada la jerarquía de los personajes, ¿quién se iba a inclinar para recoger los vidrios rotos? Como leyéndome el pensamiento, se inclinó y comenzó a recogerlos. Mientras tanto, busqué de nuevo una jeringa y una aguja para preparar otra inyección. Hice todo ante los ojos del médico para no generar desconfianza. Frente a mi decisión, el hombre no volvió a intervenir. Cuando terminé de prepararla se la di y le dije: ‘Lamento que con nuestro malentendido hayamos hecho esperar a un enfermo. Por otra parte, jamás se me hubiera ocurrido dañar el cuerpo de un príncipe.’ El sha, por un momento, pareció salir de su dolor. Su cara contraída comenzó a relajarse, y al ver que iba a marcharme, le hizo una seña al médico para que me detuviera, el sha me había autorizado a permanecer en la habitación.

     ”Lo volví a ver el día en que se iba cuando saludó a todos los colaboradores. No sé si fue una impresión mía porque él no dijo una palabra pero sentí, como se dice en criollo, ‘que me daba un apretón de manos’”.

     En el viaje de vuelta, solo en medio de ese automóvil fastuoso, sentí que el mundo se agrandaba ante mis ojos, se agrandaba tanto como los ojos de Firpo detrás de sus lujosos anteojos de carey, y en cada semáforo que me detenía me acariciaba las alas de metal y volaba. Volaba lejos de ahí, no con el vuelo de un insecto sino de un águila, un águila del mismo color de las plumas que lucía el sombrero de Firpo.