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ediciones contrabando
Narrativa 18
21 x 14 cm.; 208 págs.
Rústica fresado con solapas
ISBN: 978-84-94xxxx-x-x
DL: V-3201-2018
PVP: 14 euros

Portada Agenbite in inwit
Agenbite in inwit
Alejandro Espinosa Fuentes

Dos jóvenes mexicanos se conocen en Madrid cursando un  máster de literatura. No congenian y sus caminos se separan pronto. Pero el destino volverá a unirlos de forma sorprendente cuando, ya de regreso a México, uno de ellos reciba inesperadamente en su casa de Cuernavaca un manuscrito con un extraño título: Agenbite of inwit.

¿Qué es Agenbite of inwit? ¿Un género literario medieval que practicaba la escritura como autoflagelación? ¿La frase con la que James Joyce designaba el peor remordimiento de la conciencia? ¿Una falsa autobiografía de Franz Kafka, escrita por alguno de sus personajes? ¿O la tierra prometida que buscaba el poeta tabasqueño José Carlos Becerra antes de morir accidentado en el sur de Italia?

El estudiante Esteban Gullit quiere desenterrar este enigma a través de la escritura de sus propias memorias, guiado por la brújula de la culpa y el arrepentimiento. Su objetivo será finalizar el viaje que no pudo concluir el poeta José Carlos Becerra para trazar un mapa de sus errores y, de paso, salvar a la literatura del mercado editorial y los moldes convencionales.

En esta segunda novela, Alejandro Espinosa Fuentes vuelve a emplear el lenguaje como un personaje más y prosigue su intento de comprender cómo nos transforman las palabras con las que inventamos el pasado y si existe alguna posibilidad de reescribirlo.

Agenbite of inwit confirma a un autor irreverente, obsesivo y felizmente disparatado.

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Alejandro Espinosa Fuentes  (Ciudad de México, 1991). Vive entre Ciudad de México, Sevilla y Madrid.
Es narrador, poeta y ensayista. Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la UNAM, cursó el máster de Escritura en la Universidad Complutense y realiza el Doctorado de Literatura Comparada en la Autónoma de Madrid.
Obtuvo el Premio Nacional de Relato "Sergio Pitol" 2015 y el Premio Nacional de Novela Joven "José Revueltas" con Nuestro mismo idioma (FETA, 2015), publicada en España en 2016 por Ediciones Contrabando. Leer más


 



 

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NOTA PRELIMINAR

Conocí a Esteban Gullit en la Universidad Complutense de Madrid, en el aula 204 de la Facultad de Ciencias de la Información. Me hice su amigo tal vez porque llegué dos semanas tarde al curso por unos problemas con mi visado y, como era el desconocido del grupo, preferí introducirme en el contexto social por medio del otro mexicano que había en el aula. A Esteban lo consideré un genio el día que lo conocí, pero el hechizo perdió efecto durante los días consecuentes. Conforme socializaba con el resto, él me iba pareciendo cada vez más incómodo, quizá un estorbo para desenvolverme a mis anchas en ese continente de ensueño, que también era nuevo para mí. 

Poco antes de que finalizara el primer cuatrimestre, el profesor de Temas de Literatura Inglesa, el doctor Francisco Ávila, nos encargó a Esteban y a mí una breve exposición sobre el primer capítulo del Ulises de James Joyce. Mentiría si dijera que su amistad, a esas alturas, seguía siendo una de mis prioridades. Esteban Gullit no sólo era un mal estudiante, también padecía esos delirios de grandeza que afectan a los jóvenes amantes de las letras —gente que habla de la gloria literaria, la trascendencia y de un legado—, y de repente sufría unas odiosas depresiones que lo dejaban catatónico cuando más le convenía. Recuerdo que le pedí al doctor Ávila que me dejara cambiar de compañero para la exposición final, la nota de ésta valía el cincuenta por ciento de la calificación y no podía correr el riesgo de bajar mi promedio y complicarme el acceso al doctorado. El profesor me pidió que por favor no abandonara al joven Gullit, que mejor tratara de integrarlo en este nuevo mundo (no sé si se refería a España o al mundo académico); como si yo no tuviera mis propios problemas intentando adaptarme a una vida sin tacos ni picante, sin buen clima y sin amigos ni familiares. Meses después comprendería que Esteban tenía problemas mucho más complejos que los míos, pero eso no lo supe gracias a él, ya que, desde el día anterior a nuestra exposición —en la cual me dejó plantado—, no lo volví a ver más por la universidad. 

A partir de entonces, lo poco que supe de Esteban Gullit fue gracias al doctor Francisco Ávila, quien mantenía correspondencia con él y no sé por qué me buscaba con ahínco entre semana para darme las buenas nuevas de su paradero. Ávila me contó que el joven Gullit, como solía llamarlo, estaba viajando por toda Europa, había estado en Bucarest, en Berlín, en Praga, ciudades en las que se inmiscuía en gloriosas aventuras y sobrevivía a terribles peligros. Tres meses más tarde, me informó que el joven Gullit publicaría un libro, una ambiciosa novela con una importante editorial cuyo nombre aún era muy pronto para revelar. No sé si sentí envidia, pero desde ese día, cuando distinguía la silueta flacucha del doctor Ávila en las inmediaciones de la Facultad, prefería tomar otro rumbo, o volver sobre mis pasos y encerrarme en un aula o en el baño hasta que se esfumara. Me daba igual la gloria y grandeza de un tipo al que apenas conocía y con el que sólo me había relacionado por la casualidad de que ambos proveníamos del mismo país. No obstante, nuestros mundos eran distintos, y ni siquiera me interesaba la idea que él tenía de la literatura. Cuando nos reunimos en su cuartucho de La Latina para preparar la conferencia, él no prestó la más mínima atención a ninguno de mis apuntes. Le daba lo mismo la relación de la obra de Joyce con la Odisea, no le preocupaba en lo absoluto que la Torre Martello, donde acontecía el primer capítulo del Ulises, aún existiera en Dublín, ni siquiera le conmovía que Joyce hubiera elegido el 16 de junio como tema y escenario de la novela más importante del siglo XX porque ese día se enamoró de Nora Barnacle, quien se convertiría en su esposa. A Esteban sólo parecía importarle un extracto, y ni siquiera eso, una pequeña frase incomprensible que Stephen Dedalus enunciaba sin pena ni gloria en una de las primeras páginas. La frase era “Agenbite of inwit”. Me explicó que en inglés antiguo significaba “remordimiento de la conciencia”. Si bien me dio curiosidad, no le seguí mucho el rollo y le pedí que se centrara para que sacáramos un sobresaliente en la asignatura y que, por favor, también desarrollara otros temas esenciales del primer capítulo, como las metáforas de la mitología griega y el simbolismo del color verde que parodia la tierra irlandesa. Tal vez para callarme, me prometió que lo haría, que no me preocupara, y yo observé apesadumbrado el desastre de su cuartucho, el piso lleno de botellas de vino barato y sobre su escritorio el único libro que había a la vista, uno del poeta mexicano José Carlos Becerra. A mí nunca me interesó mucho su poesía y Esteban eso no podía aceptarlo. José Carlos Becerra era su ídolo moral y lo creía el responsable de las más brillantes observaciones en materia literaria y también su guía y brújula a la hora de interpretar la razón de su existencia en una vida en la que se sentía ajeno. Ninguno de mis argumentos lo convenció de lo contrario y tal vez esa fue la razón por la que al día siguiente no se presentó en clase. 

De cualquier modo, saqué un sobresaliente en la asignatura del doctor Francisco Ávila, a quien no volví a ver sino hasta el final del curso. El día de la graduación yo mismo me acerqué al profesor y le pregunté si sabía algo más de Esteban Gullit. Ávila escondió unos ojillos traviesos tras sus enormes gafas de catedrático y me reveló, como si llevara meses queriendo hacerlo, que nuestro joven Gullit se había casado y ahora estaba viviendo en Portugal con una mujer hermosa de la que, además, esperaba un hijo. Seis o siete meses de embarazo tenía su mujer, según Ávila. Para entonces yo estaba tan contento por haberme graduado (y algo melancólico ya que ese fantástico año en el extranjero iba a llegar a su fin) que me sentí alegre por mi viejo amigo y consideré que no sería malo tomarme una copa con él antes de volver a México. Tan nostálgico estaba que, después de la fiesta de graduación, decidí darme una vuelta por su antiguo barrio. Aunque sabía que él no estaría ahí, visité el edificio en cuyo sótano solía delirar hasta altas horas de la noche. Tardé en encontrar la callecita del Barrio de La Latina y, cuando por fin di con su casa, más que sorprendido o incrédulo, me quedé consternado. A ras de piso, en la ventana que desembocaba al cuarto subterráneo, vi a Esteban Gullit sentado de frente a su escritorio. Llamé a la ventana y él tardó en escuchar los golpecitos. Giró la cabeza con gesto maquinal y me dedicó una mirada desposeída, la mirada del que ya lo ha visto todo y no tiene ninguna expectativa en las cosas que lo rodean. Devolvió la vista al escritorio y yo volví a llamar. ¡Esteban Gullit!, grité. Se levantó de un salto y con un palo de escoba deslizó la ventanilla. Desde lo bajó me preguntó quién era, qué quería. No te hagas, le dije, creía que estabas en Portugal, güey, ¿es verdad que vas a tener un hijo? Me miró como si fuera un recuerdo de otra vida. Creía que estabas en Portugal, güey, me arremedó y soltó una carcajada aguardentosa. Le pregunté si se encontraba bien, si necesitaba algo. Lo veía flaco, sucio y desmejorado. ¿Quieres ir a tomar una caña? Vamos aquí a Tirso, le propuse. Él castañeó los dientes, volvió a coger el palo de escoba y gritó con la voz de un niño revoltoso: ¡Domicilio desconocido! Acto seguido, cerró la ventana y la cortina. Ya no contestó por más que lo llamé. El silencio de la calle me hizo sentir indecoroso por andar gritando a esas horas de la noche, quizás él estaba borracho y no quería ver a nadie, o quizás tan sólo no quería verme a mí. Mi duda se convirtió en preocupación al día siguiente. Pensé que los dos debíamos haber cambiado mucho a lo largo de ese año de estupores y sorpresas. De cualquier modo, acudí al edificio al día siguiente y volví a llamar a su ventana. Las cortinas estaban abiertas y al interior no parecía haber nadie, sólo un caos generalizado de cenizas, botellas, papelitos, envolturas y restos de comida. Yo estaba en cuclillas, de frente a su ventana, cuando una anciana me llamó la atención. Me dijo que era la casera de Esteban y que no sabía qué hacer, pobre chico, dijo, pobre chico. Lo repetía como una letanía: pobre chico. Le pregunté qué había pasado. La anciana volvió a murmurar que no sabía qué hacer y me contó que Esteban la había despertado en la madrugada para darle las gracias por todo y devolverle su llave. Tenía las maletas hechas y salió andando con dirección al aeropuerto. Una hora después se presentó la policía en el edificio. De pronto la casera recapacitó sobre a quién le estaba contando qué cosas y me preguntó, con brusquedad, si yo lo conocía, si era su amigo. Le expliqué que nos conocimos en la universidad a principios del curso. El chico estuvo todo el año aquí solo, encerrado, me dijo la casera. ¿Está segura?, le pregunté. No salía ni para hacer la compra, aseveró. Entonces me contó que, según la policía, Esteban había bajado al andén del metro con sus maletas en brazos, esperó los cinco minutos que indicaba la pantalla, se acercó a un banco donde dejó caer todas sus pertenencias, gritó algo, según la policía, una frase incomprensible, una frase en otro idioma, y en cuanto apareció el metro en la estación, saltó a las vías. Y eso fue todo. 

Ahora estoy otra vez en México, tengo una novia y un trabajo acá. A veces voy los fines de semana a Cuernavaca e intento escribir para no perder la vieja costumbre. En ocasiones me acuerdo de que una vez le hablé a Esteban de mi casa en Cuernavaca a la que me iba cada vez que se me olvidaba para qué servía la literatura y por qué demonios me dedico a ella. En esa casa suelo reencontrarme con mi vocación de escritor y, por lo general, funciona. Lo que no sé es de dónde sacó Esteban mi dirección postal, pues hace unos meses recibí un paquete y dentro había un manuscrito, un fajo de casi doscientas hojas con un título impreso y un millón de garabatos, apuntes a lápiz, frases encriptadas o incomprensibles, dibujitos, una fotografía y centenares de clips sueltos o enganchados en secciones sin el menor sentido. Si no hubiera estado buscando una historia, lo más seguro es que esos mnemotrectos elizondianos hubieran terminado abandonados debajo de mi cama, o en la basura, pero lo cierto es que me puse a descifrar los milimétricos caracoleos en prosa y me volví parte de todo esto. Quizá sólo fue una broma que quiso gastarme Esteban hace tiempo. Hay que tener en cuenta que el correo mexicano es tan ineficaz que a veces pueden pasar meses o años antes de que un paquete proveniente de Europa encuentre a su destinatario. Sin embargo, yo lo consideré una invitación o un grito de auxilio para que lo ayudara a terminar su historia. Desde entonces me he informando exhaustivamente sobre ese último año que pasó Esteban Gullit en Madrid. Contacté al profesor Francisco Ávila, a los familiares de Esteban y algunos amigos en común para tratar de entender los vacíos fantasiosos y los galimatías literarios que constituyen su biografía. Quiero agradecer a todas esas personas que me ayudaron a entender la vida y obra de mi viejo amigo. Por supuesto, he de aclarar que ninguno de los personajes y hechos que forman parte de esta recreación son del todo reales ni del todo imaginarios. 

Alejandro Espinosa Fuentes

Ciudad de México, 2018