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ediciones contrabando
Colección CHE BOOKS nº 6
21 x 14 cm; 140 páginas
Rústica fresado sin solapas
ISBN: 978-84-948468-3-0
DL: V-2585-2018
PVP: 10 euros

Portada La memoria del alambre
La memoria del alambre
Bárbara Blasco

El alambre posee memoria. Una vez doblado tenderá a su posición combada, no importan los esfuerzos que se hagan por enderezarlo.

La protagonista, una cantante de orquesta que reniega de las canciones comerciales que difunden como virus, recibe un mensaje de la madre de Carla, su amiga de adolescencia.Quiere saber qué pasó entonces, recuperar su historia.Entonces es la amistad que vale más que cualquier familia, son las drogas que derriban puertas a patadas, es el sexo, el más oscuro de los misterios, y son las canciones de los años 80, la música como el más potente conductor de emociones, el último hábitat donde sobrevive la adolescencia.

Reconstruye así su propia memoria hasta llegar a la ruta del bacalao, donde la muerte de la melodía coincide con la muerte de la inocwncia. Hasta ese momento en que el alambre se tuerce definitivamente.

Leer fragmento inicial

 

Bárbara Blasco Grau (Valencia, 1972) es licenciada en periodismo con premio extraordinario. Ha ganado el premio de relatos Ángel Herrera. Ha publicado la novela Suerte (Ediciones Contrabando; 2013 1ªedición, 2015 2ªedición) que fue finalista del Premio Lengua de trapo. Habitualmente imparte talleres de escritura creativa y escribe en la guía hedonista de Valencia Plaza.

 

 

 


Reseñas

 



 

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Se ve tan distinto el siglo XXI desde el siglo XX.

  Es viernes por la tarde. Me visto, me maquillo, esparzo sombra de ojos morada por el párpado móvil, colorete morado a lo Sioux, pintalabios morado. Es viernes y como todos los viernes por la tarde, hemos transitado por una vía señalizada hasta tropezar con un cartel que anuncia: fin del mundo conocido. Audaces como somos, nos preparamos para saltar, nos preparamos para salir. Tenemos trece, catorce años. No tenemos edad. Yo visto minifalda negra, medias de red, botines de ante fucsia, calentadores de lana. Carla lleva unas mallas de lycra negra y un body azul eléctrico. Su figura delgada se engrosa en la base por los calentadores, rematados en botines azules. Se llevan los botines con calentadores. Se llevan las hombreras. Se llevan los años ochenta, uno encima de otro. 

  Intercambiamos un botín, como piratas con principios para caminar con pasos de distinto color. A nuestra edad, la felicidad se mide en unidades de extravagancia. Carla gasta un número menos que yo y con cada paso que doy, mi pie izquierdo se hace presente. Revolvemos en nuestros bolsillos. Apenas logramos juntar ochocientas pesetas entre las dos, lo justo para un par de entradas a Distrito 10, que incluyen cubata. Decidimos que sí, entre risas histéricas que ni siquiera vienen a cuento. 

  El portero de la discoteca, mayor hasta decir adulto, nos da los tickets con desprecio mientras deja resbalar su pegajosa mirada por nuestros cuerpos adolescentes. Y sabemos que somos unas niñatas, que apenas poseemos nuestro sexo para contraatacar, nuestro sexo que orientamos al mundo como un potente imán, El eterno femenino que canta La mode.

  En la pista, bailamos Boys don´t cry. Pedimos vodkas con limón y nos los bebemos como si fuera zumo de frutas. Glup, glup, con qué alegría se precipita el líquido por nuestras jóvenes gargantas. Bebemos sin mesura, despreciamos la previsión como la peor de las enfermedades degenerativas y nos complace hacerlo. Ya encontraremos a quien nos invite a más, y si no, siempre queda la opción de rebañar los restos de cubatas que alguien descartó sobre la barra. 

  El aburrimiento es sin duda el peor de nuestros males; la fantasía, la droga más poderosa. El resto de sustancias, meros sucedáneos que se exacerban al contacto con nuestra imaginación. 

  Nos drogamos, todo lo que podemos: ese es el límite. Mientras, el destino nos extiende sus brazos elásticos como telarañas, donde miles de vidas por suceder pueden quedar pegadas. 

  Qué distinto se ve el siglo XX desde el siglo XXI.

  Fumamos bajo techo. El humo de los Fortuna purifica nuestros pulmones, nos eleva con su halo por encima de la pista, donde los altavoces, donde las luces de colores. 

  Se acerca el pelirrojo con el que me enrollé el viernes pasado. Pero hoy me da asco su nariz chata, su gesto blando, sus pecas hacinadas sin sentido, su manera gomosa de bailar, sin apenas mover el tronco. Ni siquiera se arrima con convicción.

  Yo no quiero repetir porque repetir es la muerte, y la rutina, el infierno que sigue a esa muerte. Pero sobre todo porque ha venido solo, sin el colega con el que se enrolló Carla el otro día, desoyendo una ley no escrita por la que nosotras siempre, siempre, elegimos los rollos a pares. 

  Compactas, huimos de la pista hacia el piso de arriba.

  Apenas permanecemos diez minutos a solas. Ellos son altos, mayores —por lo menos dieciocho—, y eso es suficiente atractivo para nosotras. En dos movimientos, se han repartido la mercancía y cada cual nos rodea con su brazo, a pesar de que no se andan con rodeos. El mío planta su zapato mod sobre la mesita baja y es como una barcaza de gamuza que hace tintinear el vidrio. No sé qué dice, no le escucho bien. Por una parte, está la música alta, que mordisquea las palabras y por otra las palabras, que apenas consiguen mordisquear mi interés. No me interesa conversar, no tengo mucho que decir sobre ningún tema. No poseo opiniones, no poseo juicios, apenas un puñado de sensaciones. 

  Su lengua se aproxima ahora hacia mi boca, despacio, como una de esas garras metálicas de las máquinas de premio que hay en las ferias. Desciende a velocidad constante y una vez en el fondo, comienza a removerlo. 

  Me concentro en hacer círculos perfectos. Pienso que debería cerrar los ojos y los cierro pero todo me da vueltas, y los abro y me topo con los ojos de Carla que asoman tras otra cabeza. Y todo va bien, extraordinariamente bien, no sé si por el túnel protector que construyen los besos, que engullen las palabras, o es el alcohol, que ha empezado a distribuir placer por mis venas. O son simplemente los ojos de Carla, negros, brillantes, a punto de desbordarse, como esas piscinas voladas sobre el mar.

  Entonces aún se sorteaba el paraíso, como dice la canción que ha empezado a sonar en el recuerdo. Para ti, que estás de morros esta noche/ que descubres los secretos de tu cuerpo. Es una de nuestras canciones y queremos bailar, queremos desesperadamente bailar. 

  Carla es la primera en deshacerse de su lengua y, como en un paso de tango, me estira del brazo para liberarme de la mía. No es coquetería, no se trata de exhibir la mercancía fresca como dos caprichosas Lolitas, es que nos morimos por bailar. 

  Sin más explicaciones, nos lanzamos escaleras abajo hacia la pista, donde el pelirrojo, donde las luces de colores, donde el paraíso. Para ti, que sólo tienes quince años cumplidos/ para ti que no desprecias ningún plato lindo/ para ti que aún careces de prejuicios bobos/ para ti queremos sortear el paraíso. Coreamos el estribillo a voz en grito, qué importa si ni siquiera hemos cumplido los quince. 

  Y cuando acaba, bailamos otra, y otra, y una más. Perdemos la cuenta, perdemos la noción del tiempo y hasta de dónde vienen las luces de colores que dibujan caracolas intermitentes, verdes y azules, en el rostro de Carla, en mis manos, haciéndome creer que podemos existir y dejar de existir, para volver a existir de nuevo. Olvidamos que esos dos nos están esperando. 

  Y resulta incómodo, unas canciones más tarde, reconocer sus gabardinas mods acechando desde la barra, sus pupilas haciendo diana en nuestros cuerpos, tratando de trabar nuestro baile con los dardos de la culpa. Cada vez son más mods desde la barra, con sus mini corbatas negras, sus flequillos volátiles, sus gabardinas de paño. Y un poco más feos. Insisten en frenar nuestro ritmo y arrastrarnos hasta la barra. 

  Apenas nos dejamos, el tiempo justo para beber de su copa y volver a la pista a sucumbir bajo los rayos catódicos. 

  Hasta que nos encontramos bailando muy cerca Carla y yo, a esa distancia en que las formas se desdibujan y lo abstracto empieza a clarear. Ella posa sus brazos sobre mis hombros, yo acoplo los míos a sus caderas. Y nos besamos. Con los ojos cerrados nos besamos, una sola vez, como una manera de entornar suavemente la puerta, de diluirnos en la música.

  

    Te diré que el mundo era mucho más sencillo entonces: se dividía en pijos, en rockers, en mods, en punks. Compartimentos estancos y bien definidos. Los mods odiaban a los rockers, los rockers odiaban a los punks, los punks odiaban a los pijos, los pijos odiaban a todos los que no fueran pijos. Nosotras escogíamos tribu en función de lo mucho o lo poco que nos favoreciera el estilo. Nos cardábamos el pelo, nos gustaba el cuero por rudo, por suave, por inalcanzable, los pañuelitos de topos anudados al cuello, las medias de red transgresoras. 

  Y por supuesto estaba la música que aún nos pertenecía, el dios de la melodía que aún no había muerto. En los 80, todavía se escuchaban guitarras en las discotecas e incluso cuando sonaban esos niñatos de Hombres G, por más que arrugáramos la nariz con mohín despectivo, no podíamos dejar de corear que quiero comprarme un jersey a rayas. 

  Fue justo antes de que se pusiera en marcha la trituradora de emociones, la máquina, la electrónica, el house, el trance, los miles de nombres para aludir a la victoria del frío.  

  Vista desde el presente, Para ti ni siquiera es una gran canción, apenas cuatro acordes, su intérprete no domina la técnica vocal ni de lejos. Es ñoña, es simple. Es una gran canción Para ti porque es pura emoción.

  Me pregunto si, despojadas de la emoción del recuerdo, las canciones significan algo.  

  Es inevitable: asocio el final de Carla al final de la música.

  Desde que recibí tu mail hace tres semanas, me asaltan los recuerdos de adolescencia, recuerdos que han permanecido dormidos en algún pliegue oscuro de mi memoria y que despiertan de pronto aturdidos. como tras un largo coma. 

  Me pides que te cuente de Carla, de tu Carla, de algo que sucedió hace más de veinte años, como si detentarás un derecho legítimo sobre mis recuerdos por el mero hecho de ser su madre. 

  Vosotras, que erais tan amigas —escribes—, delimitando los bandos en conflicto, trazando las líneas de batalla, previendo los asaltos. 

  Quieres saber qué pasó entonces, como si entonces no fuera una ficción, un tiempo imaginario, imposible de localizar entre la infancia y la edad adulta. Un limbo sin coordenadas fijas al que no sé bien cómo regresar, del que no sé bien cómo salir. 

  Y siento que hurgas en mi boca en busca de tus propias palabras. 

  Preguntas con insistencia qué sucedió el día anterior, qué llevaba Carla en los bolsillos cuando la encontraron. Y no sé si es literal o estás jugando a las metáforas. 

  De alguna manera te culpo de lo sucedido, creo que te he odiado todos estos años, levemente, sin conocer la razón exacta. 

  Me pides que te cuente qué ha sido de mí, esa frase me produce vergüenza, no sé por qué. Tampoco sé bien por dónde empezar.

  

  Desde que recibí tu mail, observo mi rutina con ojos nuevos, que no son exactamente los tuyos, pero tampoco los míos. Me he convertido en espectadora y en protagonista de mi propia vida, como si me hubiera retirado a unos pocos centímetros de la realidad para corregir los defectos de la vista cansada.

  Y cuando hablo hacia dentro, a menudo te sorprendo, acomodada en algún rincón de mi cabeza, escuchando atenta. 

  ¿Qué pretendes de mí? ¿Qué quieres saber? ¿Por qué me escribes ahora? ¿Por qué después de tanto tiempo? 

  Aún no sé si me decidiré a responder a tu mail pero he empezado a contestarte mentalmente.