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ediciones contrabando
Narrativa 17
14 x 21 cm; 230 páginas
Rústica cosido con solapas
ISBN: 978-84-947776-9-1
DL: V-2472-2018  Código BIC: FA
PVP: 14 euros 

Portada El cielo de Kaunas
El cielo de Kaunas
Jesús Zomeño

Una mirada descarnada y lúcida de la sociedad postsoviética a través de tres historias cruzadas: un anciano solitario y nostálgico que pretende enmendar la deriva social, el viaje errático de los que nacieron con el cambio de ciclo en un país derrumbado y sin orgullo, y un inspector de policía español que viaja a la ciudad lituana de Kaunas en busca del lugar donde en el Google Street View aparece registrada la mujer de la que estaba enamorado y que ha sido asesinada. Las tres tramas se cruzan a destiempo, sin apasionamiento ni derrota, y para todos los personajes la realidad termina convirtiéndose en otra cosa distinta a lo previsto; una realidad a la que no pueden vencer y con la que incluso se niegan a luchar. 

Lenguaje duro y directo, análisis psicológico y evocaciones líricas de unos personajes crueles e indefensos en la era de la posverdad.

Es la primera novela de Jesús Zomeño, tras una dilatada trayectoria poética y, en los últimos años, en narrativa breve.

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Jesús Zomeño. Nacido en Alcaraz (Albacete) en 1964. Actualmente reside en Elche (Alicante).

Ha publicado los siguientes libros de relatos: Lengua azul (Editorial Sloper, 2008), Cerillas mojadas (Editorial Denes, 2012), Piedras negras (Editorial Lengua de Trapo, 2014), De este pan y de esta guerra (Contrabando, 2016. Premio de la Crítica Valenciana 2017), Querido miedo (Sloper, 2016) y Pan y guerra (Ediciones Contrabansdo 2017). 

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Reseñas

 



 

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En Kaunas, el Google Street View se grabó en los meses de junio y julio de 2012. Ella entonces aún vivía allí.

Mi vecina era lituana, de Kaunas. Lo nuestro fue lo más parecido a un romance, aunque solo tuviéramos sexo una vez. No hicimos el amor para que se convirtiera en costumbre, sino para que fuera excepcional. Luego su marido la mató y yo tuve que matarlo a él. Lo hice con una piedra, que es como deben hacerse estas cosas. Las piedras no hablan, sin embargo esa me la había regalado un amigo, Raúl, como recuerdo de Afganistán. Había sido voluntario de la Legión, pero no le gustó aquello. Desde que regresó ha estado duchándose tres veces al día para quitarse el polvo de Ludina. Aquella piedra la recogió del suelo después de que hubieran lapidado a una mujer por adúltera. Estaba delante del cadaver porque era una de las que habían golpeado y rebotado. Raúl no podía dormir teniéndola en su casa, por eso me la dio. Sospecho que pudo haber sido él quien dejó embarazada a aquella mujer.
Después de haberlo matado, alegué legítima defensa porque soy inspector de policía y mi compañero Paco fue testigo de que yo entré en casa, donde el asesino me estaba esperando, con la única intención de ir al baño. No pudo haber premeditación, ensañamiento ni fuerza desproporcionada.
El que su marido la matara por mi culpa no la hace más mía, ni antes ni ahora. Ella nunca dijo que me quisiera. Yo la amé después de que la mataran, es cierto, la he estado amando desde entonces, quizá porque solo después de su muerte perdí el miedo a que me hiciera daño, que era de lo que yo me protegía.

En Kaunas, el Google Street View se grabó en los meses de junio y julio de 2012. Ella entonces aún vivía allí. 

Me habían aconsejado que fuera a terapia, que me metiera en un círculo de ayuda mutua y escuchase los problemas de todos a cambio de desahogarme de los míos, pero me negué porque yo me basto para imaginar directamente las miserias de cualquiera sin que me las cuenten. Los psicólogos de la Policía no podían obligarme, no encontraron ningún motivo. Según mis antecedentes, para ellos era normal que no hablase con nadie, lo achacaron a una personalidad excéntrica. Pasé unas semanas desorientado, no voy a negarlo, pero al fin encontré una excusa para superar mi desánimo y concentrar mis esfuerzos.

En Kaunas, el Google Street View se grabó en los meses de junio y julio de 2012. Todo sigue intacto desde entonces, en esa secuencia de imágenes panorámicas de las calles, como un laberinto  en el tiempo. Puedes hacer un recorrido virtual por el pasado desde tu ordenador. Ella entonces aún vivía allí y yo tenía el presentimiento de que habría quedado fotografiada en algún rincón de su ciudad. Me propuse navegar por todas las calles de esa aplicación de Internet hasta encontrarla.
Pedí unos días libres en comisaría, aquello se convirtió en una obsesión. Bebía leche y comía bizcocho, nada más. Cuando se acabó el bizcocho, comí pan de molde con mermelada. Empecé a inspeccionar las calles de principio a fin y a registrar sus nombres en una libreta. Intentaba ser metódico, con las calles y con el barrido de cámara. Primero me fijaba en los peatones, después volvía al principio y repetía el barrido subiendo el enfoque, a la derecha y luego a la izquierda, para repasar las ventanas, por si ella estaba asomada, ya que, al fin y al cabo, era verano. Se acabó la mermelada y el pan de molde, habían pasado nueve días y tenía en el contestador muchos mensajes del trabajo.
Entonces la vi, con el rostro pixelado, como si llorase detrás de un cristal, porque Google se ha aliado con el olvido y ha difuminado los rostros; pero estaba seguro de que era ella.
Aparecía caminando por la calle Vilnius, pasaba por delante de dos cabinas de teléfono, con un vestido negro y unos zapatos blancos. Reconocí ese vestido porque lo llevaba puesto la primera vez que coincidimos en el supermercado, me preguntó por un buen vino que regalarle a su marido. Yo cargaba una bolsa de naranjas y un trozo de queso, y miraba la cámara de los congelados. Le aconsejé un vino blanco, afrutado, porque es el que mejor le va al marisco. Sin embargo, ella no me había dicho que hubiese comprado marisco y eso me avergonzó, darme cuenta de que, sin conocerla, fantaseaba con ella, entre vino blanco y marisco. Me aclaró que mejor un vino tinto, porque había comprado dos filetes y un trozo de queso, pero creo que ya había perdido la confianza en mí. Un Rioja, le dije, un clásico para no arriesgar más. Devolví mi trozo de queso a su estante, había dejado de apetecerme, porque me recordaría a ella y me haría sentir muy solo aquella tarde. Aún lo recuerdo, odio el queso sin ella.

A mi compañero Paco le he dicho esta mañana que quiero ir a Kaunas. Me ha contestado que no haga tonterías. No ha comentado nada más, ni siquiera ha insistido para que no me marche.
No tengo ningún plan, ni siquiera sé lo que voy a hacer cuando baje del avión, pero quiero ir a Kaunas.
Después de comer, he pasado por la consulta de Jaime, mi médico, para que me recete la medicación que sigo para el tumor. Jaime es un viejo amigo, con el que coincidí en Vigo durante el servicio militar, por eso le expliqué lo del viaje.
—Persigues un rayo de luna –me diagnosticó.