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ediciones contrabando
Narrativa 16
14x21 cm: 122 páginas
Rústica fresado con solapas
ISBN: 978-84-947776-6-0
DL: V-1317-2018
PVP: 14 euros

Portada Heidelberg y otros relatos
Heidelberg y otros relatos
Diego Alfonsín

La lectura de los cuatro relatos que componen Heidelberg se puede asociar al descubrimiento de cuatro joyas de inquietante belleza talladas por un orfebre delicado, un artesano laborioso y obsesivo capaz de arroparnos con la suavidad de su prosa y su exquisito uso del lenguaje al tiempo que va sembrando misterios, vacíos, dudas y sutiles sugerencias.

El primero, Cuando ella no está (Premio Max Aub de Relatos 2014) nos ubica ante una cuestión de rabiosa actualidad: ¿de qué hablarán mis amigos cuando yo no estoy presente?... cuya solución o corolario tendrá consecuencias nefastas entre las protagonistas. 

En el segundo, La aspiradora inteligente, de nuevo la amistad y las relaciones urbanas son el telón de fondo perfecto para reflexionar sobre aquello que no nos atrevemos a decir y las profundas influencias que personas de nuestro entorno pueden acabar teniendo sobre nosotros. 

Heidelberg, relato más largo y auténtico corazón del libro, toma como protagonista inolvidable a un personaje que está definitivamente en las afueras de todo, una especie de inútil social que- al igual que el célebre príncipe Myskin de Dovstoievki o los losers profesionales de Robert Walser- se revela como un verdadero héroe moral y faro luminoso en mitad de un mar de mediocridad y deriva. 

Con el último cuento, Elogio de la lentitud, resulta muy difícil no emocionarse ante el retrato que Diego Alfonsín dibuja sobre su abuelo, otro personaje que sin duda perdurará en la mente del lector. 

Leer Inicio del relato

 

Diego Alfonsín Rivero (Tui, Pontevedra,1980) se licenció en Filología Gallega en la Universidad Nova de Lisboa. Entre 2008 y 2016 vivió en Alemania, donde trabajó como lector de gallego y español en las universidades de Heidelberg, Mamnheim y Aquisgrán. Leer más

 

 


 



 

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Heildeberg

 

Nadie te espera en casa. Ni siquiera sabes si llamar casa a ese lugar al que sueles ir a dormir. Te quedas en la biblioteca hasta que cierra. Te gusta asistir al lento desalojo de las salas, al silencio que se va instalando en su interior. Los encargados del edificio te reconocen con un hábito callado en la mirada al encontrarte una vez más en el lugar de siempre, a la hora habitual. Van de aquí para allá devolviendo los libros a su lugar, ordenando revistas y periódicos, recorriendo pasillos, apagando luces y cerrando puertas y ventanas.

Hay momentos durante la tarde en los que te quedas dormido sobre algún periódico. A veces sorprendes a alguien observándote que te sonríe con bondad. El rumor apagado de la gente entrando y saliendo te ayuda a dormir. Quizá esta sea tu casa, piensas al despertar en paz, aunque no puedas quedarte durante la noche. Una casa de la que te tienes que ir para dirigirte a otra en la que no te apetece mucho estar. Son muchos los que vienen a este lugar buscando algo cercano a estar vivo. No suelen hablar con nadie. Sentir cerca a los otros es todo cuanto pueden tener que se parezca a una vida en compañía. Con el tiempo van encontrando calor en ciertas miradas, sobre todo en las de aquellos que, como ellos, frecuentan la biblioteca y se adormecen por los rincones. Tú, sin embargo, todavía eres otra cosa, te dices; aunque hay días en los que no ves la diferencia.

Cuando sales al comienzo de la oscuridad, en la calle en penumbra todavía hay algunos estudiantes hablando en grupos frente a la puerta principal de la biblioteca. No sabes muy bien en qué te has convertido, cómo llamarlo ni cuándo empezó. Te gustaría saber qué piensan de ti cuando te ven, porque tú, o bien lo has olvidado o has perdido la noción de llegar a comprenderlo. La verdad, piensas, es que tampoco te apetece mucho saberlo. Bajas la mirada cuando sabes que vas a ser observado y sientes sus ojos juveniles y atrevidos tratando de indagar en ti mientras no dejan de hablar de sus cosas, se despiden, se ríen, se suben a sus bicicletas y se van, adentrándose en las sombras. Cuando llegas a casa acaba de comenzar a reinar la más absoluta oscuridad. Mientras abres la puerta, agradeces haber podido recorrer el breve trayecto sin encontrarte con nadie por la calle. No enciendes la luz. Para qué prolongar el día. En la calle se oirán todavía durante un tiempo las voces de los que pasan. Después se hará el silencio. Tú ya estarás dormido. También en casa las voces de los otros te ayudan a conciliar mejor el sueño. No son pocos los amaneceres en los que te despiertas vestido con la misma ropa del día anterior y una memoria pegajosa en los ojos y en los labios que hace mucho que no te deja.

Hubo un tiempo en el que pasabas la noche en la biblioteca. Hace mucho ya de eso. Guardabas cosas detrás de los libros: un poco de azúcar para el café, el cepillo de dientes y la pasta, un paquete de galletas, un plátano, algún dinero para las emergencias. Incluso algún libro amado que no querías que nadie se llevara y ocultabas detrás de los otros para cuando necesitaras acariciarlo, sentir su peso en las manos, abrirlo al azar y muy despacio recorrer alguna frase para después volverlo a esconder. Dormir entre los miles de volúmenes se parecía mucho a una felicidad que sabías que algún día recordarías con cariño. Durante aquella época te despertaba la mujer de la limpieza con el sonido de la aspiradora poco antes del amanecer. Dormías en el suelo de los estrechos pasillos de la parte alta de la biblioteca, donde los libros llegan al techo y hay que agacharse para leer los títulos. Son libros olvidados que suelen ofrecer una resistencia mayor a abandonar el hueco que ocupan y hay que arrastrarlos con fuerza y suavidad hacia afuera. Son como un bloque compacto que forma parte ya de la estructura de las paredes del edificio. Puedes sentir cómo algo oscuro y callado se resiente muy adentro cuando los mueves. Sus páginas se resisten a abrirse. Hay que acariciarlos despacio para que se dejen doblegar y explorar. Para llegar allí hay que subir una larga escalera de caracol.