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ediciones contrabando
colección CHE BOOKS nº 1
21 x 14 cm; 144 páginas
Rústica fresado sin solapas
ISBN: 978-84-946102-6-4
DL: V-889-2017
PVP: 10 euros

Portada El collage de Orsson Beans
El collage de Orsson Beans
Vicente Marco

 

Con la novela negra como base, combinando géneros como la epístola o el guión teatral, el autor esboza una trama compleja donde ningún cabo queda suelto y cuyo resultado final es un collage literario con final sorprendente.

La novela, que esboza la insignificancia del hombre, el esfuerzo por encontrar su identidad y el papel del arte para preservar su recuerdo, transcurre entre Valencia y Lausanne y obtuvo en 2010 el segundo premio Ateneo de Valladolid con mención especial del jurado por su alta calidad literaria.

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Vicente Marco, novelista, cuentista, dramaturgo y profesor de talleres literarios, ha publicado el ensayo Manual de Escritura Creativa y Premios Literarios (Ed. Berenice 2015), las novelas Murmullos (2000), Los trenes de Pound (2009, Premio Tiflos), Ya no somos niñas (2012, Finalista Premio  Logroño), Ópera Magna (2013, Premio Jaén de novela) y Mi otra madre (2015 Premio Valencia Alfons el Magnànim), así como la recopilación de cuentos Los que llegan por la noche (2010), las piezas teatrales Viernes trece y sábado catorce y Los guanchu guanchu. Como dramaturgo, obtuvo el Premio Nacional de Teatro de Castellón a Escena 2013, el accésit del Premio Lope de Vega en 2013 y el Premio Fray Luis de León de Teatro 2014. En el género de narrativa ha obtenido más de cincuenta galardones literarios entre los que destacan, además de los mencionados, el Premio Unamuno, el Premio Julio Cortázar, el Premio Alberto Lista o los Premios Hucha de Oro.


 



 

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AVISO  PARA  NAVEGANTES

 

Uno nunca sale ileso cuando es miembro de un jurado literario. Más aún, uno nunca queda impune: siempre termina sintiéndose a disgusto consigo mismo..., y culpable. En mayor o menor medida, por exceso o por defecto..., pero culpable.

Lo sabía cuando acepté formar parte del correspondiente a la edición 2010 del “Premio de Novela Ateneo-Ciudad de Valladolid”. Pero nunca como en esta ocasión, tras leer las cuatro finalistas, me había revelado esta función toda su condición de laberinto o tela de araña, sitios mágicos y seductores pero de los que es imposible salir dignamente o sin dejar en ellos eso que ahora se llama “víctimas colaterales”.

Y más tarde, cuando nos reunimos, pude darme cuenta de que esto mismo es lo que sentían los demás miembros del jurado.

La cosa era tan complicada como todas las que admiten un enunciado demasiado simple: dos de las novelas se merecían el premio holgadamente. Y, peor todavía, se lo merecían por motivos totalmente diferentes, casi antagónicos: imposible establecer comparaciones entre universos literarios que no tenían elementos en común.

Pero había que elegir. Es decir, había que asumir el posterior mal sabor de boca, el consiguiente desagrado con las propias decisiones, el deseo de anonimato o de no haber estado allí.

O sea, teníamos un problema. Y le dimos una precaria solución: el jurado y las entidades convocantes decidimos que, a la entrega del galardón, debían asistir los autores de ambas obras. Y así se hizo, por primera vez en toda la trayectoria de ese Premio que es el segundo más antiguo de España.

De una de ellas procede decir aquí que era una muy buena historia, impecablemente escrita, y narrada según los principios más ortodoxos y depurados de lo que se podría considerar la narrativa tradicional.

La otra era... La otra era otra cosa.

La otra era una novela a la que se le pueden aplicar, sin reservas, todos esos adjetivos (original, arriesgada, valiente, ambiciosa...) que han perdido su significado por las muchas veces que se han colgado de engendros simplemente caóticos.

La otra era una obra compleja, sutil, con la complejidad y sutileza que tienen las  cosas que se te aproximan con disimulo antes de encerrarte con su abrazo, y de las que no consigues desprenderte ni cuando estás cepillándote los dientes.

La otra era algo escrito con gran libertad, desde la libertad y para lectores libres, capaces de deshacerse de cualquier atadura con lo mil veces trillado, con lo convencional.

La otra era una novela rotunda, construida para ese lector activo y nada pasivo al que le gusta entreabrir esas puertas del propio interior que los demás eluden; al que le gusta internarse por vericuetos que no sabe a dónde conducen; al que le gusta mirarse en espejos que deforman la imagen que tiene de sí mismo, porque sabe que esa es la realmente deformada.

La otra era un desafío lanzado con verdadera inteligencia a todos aquellos cuya inteligencia no les permitiría rechazarlo.

La otra era un nuevo eslabón contemporáneo de ese libro multiforme que siempre andamos buscando entre tanta maleza, entre tanto ruido, entre tanta repetición..., entre tanta cosa simple que cruza sin reparos la frontera con la simpleza.

La otra era una de esas obras adecuadas para todos los lectores que nos quedamos perplejos cuando nos hablan de lecturas para el verano, porque esta nos interesan los libros que nos hacen olvidarnos del tiempo climático y del cronológico.

La otra era..., ya lo he dicho: otra cosa.

La otra era El collage de Orsson Beans. 

Hay libros que gustan. Así, sin más. Son libros amables y dóciles, que puedes dejar en la mesilla de noche sin temor de que te asalten mientras duermes, y dispuestos a que los retomes cuando te venga en gana o no tengas nada mejor que hacer.

Pero hay otros libros, como éste, que, con su temporalidad fragmentada, con sus personajes en permanente mutación, parecen llegar desde un sueño, y pueden pasar a formar parte de los tuyos, como todas las aguas que quieren volver a su cauce.

Hay libros, como éste, con los que es necesario familiarizarse, saborearlos con paciencia, que te atrapan según perseveras..., hasta que ya no puedes ponerte a salvo.

Hay libros, como éste, que comienzas a recorrer notando una sospechosa, pero agradable, vibración en tu inteligencia, un temblor que, conforme avanzas, se convierte en un movimiento permanente. Y entonces lo agradeces, porque comprendes que no hay nada peor que una inteligencia quieta.

Hay libros, como éste, en los que uno intuye desde el principio que va a encontrarse con la vida y la muerte. Y sabe que ambas van a ir apareciendo con desasosegante ritmo y creciente protagonismo, colándose a codazos.

Hay libros que, como éste, te invaden, te acometen.

Hay libros, en fin, como El collage de Orsson Beans: libros con los que, a una mente despierta y receptiva, le puede pasar algo de todo esto.

Por eso, aquí dejo caer este aviso para navegantes: al que le den miedo esas cosas, o piense que no está preparado para ellas, no debería leerlo.

Llego al final de este prólogo y me doy cuenta de que no he explicado nada de su trama, no he resumido el argumento, no he anticipado las conclusiones que pueden extraerse tras hacer la deriva por sus páginas (una deriva errática, porque a veces hay que volver atrás para retomar el rumbo y darse cuenta de que habíamos tomado el equivocado). Pero es que siempre he creído que en un buen libro hay que entrar desnudo, y salir de él vestido con las propias impresiones. Y que a un libro que pudiera resumirse satisfactoriamente, le bastaría con ese resumen y le sobraría todo lo demás.

Esta vez revelaré algo: si tenemos la sensibilidad permeable, notaremos que sus personajes están muy próximos a nosotros, son muy iguales a nosotros, porque ninguno de ellos es lo que parece. Como nosotros. 

En fin..., aunque demasiadas veces tenga mis dudas, me alegra pensar que algún día habrá de agotarse este ciclo de convencionalismos y estilos insípidos, tan alejado del de esos otros tiempos en que la innovación era un aspecto que se comentaba y discutía.

Y seguramente soy un ingenuo pertinaz, porque también me gusta imaginar que volverán los libros que merecen relecturas, y que, como me ha pasado con éste, ganarán en interés al volver sobre ellos.

Ya no creo que, en mi caso, se pueda decir nada mejor de un libro.

Ni nada más, salvo lo que expresa uno de sus personajes: “No puedo contentarme con los tópicos que han manchado cientos de páginas”.

Vicente Marco es indudable que tampoco puede hacerlo. Y con estas que ha escrito da buenos motivos para que nadie caiga en semejantes tonterías.

                                                                                  Javier Sarti.