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ediciones contrabando
Narrativa 13
14 x 21 cm; 124 páginas
Rústica fresado con solapas
ISBN: 978-84-946102-5-7
DL: V-522-2017
PVP: 14 euros (+gastos de envío)

Portada Lo normal
Lo normal
Rafael Camarasa

Con humor, ironía y ternura Rafa Camarasa (Valencia, 1963) consigue que los diecisiete relatos que integran este libro reflejen un mundo donde lo normal es ser "anormal".

Un mundo reconocible pero sacado de quicio en el que, a través de las grietas que nos ofrece una realidad astillada, podemos asomarnos y contemplar los curiosos e insólitos conflictos que dibujan el presente.

Partiendo de situaciones y contextos muy cotidianos, el autor incide en temas tales como la soledad, el desamor, la frustración, la fragilidad humana o la incomunicación. Y lo hace con un lenguaje claro y transparente, veteado aquí y allá por alguna imagen surrealista y, a veces, una sabia gota de vitriolo.

"¿Qué tipo de escritor es Rafa Camarasa? No es un poeta, no es un narrador, no es novelista (seguro que no lo es), no es un ensayista, no, es todo esto reunido y destilado. Sí, porque una de las características destacables y originales de su obra es la capacidad de sintetizar en un pequeño texto grandes historias y grandes temas, y hacerlo de una manera que parece liviana, casi descuidada, pero que es todo lo contrario. compleja, sólida y trabajada" (Cisco Fran) 

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Rafael Camarasa, nacido en Valencia en 1963. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Irreverentes goces menores  (Universidad de Valencia, 1987), La ciudad sin mar (Editorial Aguaclara, 1991), Algunos corazones solitarios (Editorial Lunara, 1992), leer más

 

 

 


Reseñas

 



 

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LA PLAYA

 

Sintió que una mano se posaba en su hombro y se volvió. Un joven con rastas y un fular al cuello le preguntó si le ocurría algo. 

     -Paseaba con mi papá y me he perdido. Lo estoy esperando. Seguro que me busca por aquí- dijo ella, aferrándose a una farola. 

     Con una sonrisa que trataba de inspirar confianza, el chico le preguntó por su nombre y dónde vivía, pero ella no contestó. Aun así, se ofreció a acompañarla a una comisaría que había a dos manzanas, asegurándole que allí se encargarían de encontrar a su padre. 

     -Me tiene dicho que si alguna vez me pierdo, me quede en un lugar y no me mueva de ahí, que así es más fácil que me encuentre- replicó expeditiva. 

     El joven sacó del pantalón su teléfono móvil e hizo una llamada. Ella, mientras tanto, pegó la cara a la farola y cerró los ojos, esperando que el frío del metal le sacudiera los malos pensamientos. ¿Y si su padre no volvía a por ella? ¿Y si, cansado de sus despistes, había decidido abandonarla? Ese mismo verano le  pasó en la playa algo parecido. Jugaba sola en la orilla y cuando quiso volver con sus padres, se desorientó en un laberinto donde todas las sombrillas le parecían iguales. Estuvo vagando hasta que una señora mayor, adivinándola perdida, se interesó por ella. La mujer le propuso que los esperaran juntas haciendo un castillo de arena. Al rato, aparecieron los dos con la cara pálida de los muertos. Aquella fue la primera vez que vio llorar a su padre y aún recordaba el abrazo de su madre, que casi le cortó la respiración. No. Definitivamente, su papá no sería capaz de algo así. Estaba claro que el haber salido corriendo sin avisarle entre el gentío para mirar los escaparates de juguetes le iba a costar una buena regañina, pero, como ese día en la playa, no tardaría en aparecer. 

Al abrir los ojos, separó su rostro de la farola y vio al chico del pelo extraño hablando con dos policías locales. Detrás de ellos, sobre el techo del coche patrulla, un par de luces azules alternaban sus destellos. Los policías dieron las gracias al joven, que antes de irse le dedicó una sonrisa. El que parecía mayor se llevó dos dedos a la gorra, a modo de saludo, y le preguntó por su nombre. Ella, desconfiada, igual que antes hizo con el muchacho, no respondió. Con el tono condescendiente que se utiliza con los niños para ganárselos, el policía le prometió que si los acompañaba a comisaría, él mismo se encargaría de localizar a su padre. 

     -Me tiene dicho que si me pierdo no me mueva de donde esté, que él ya me buscará –dijo, con la lección bien aprendida. 

     El agente miró a su compañero y este comprendió que era su turno. Suavemente le tiró del brazo para que se separara de la farola, lo que hizo que se aferrara con más fuerza. Aunque le hubiera sido fácil hacer que la soltara, desistió ante el amago de ponerse a llorar. Dando un paso atrás, optó por registrar los bolsillos del abrigo gris que le cubría hasta la rodilla y apenas dejaba ver un trozo de falda a cuadros. Ella no se resistió. Volvió a apoyar su cara en el tubo de metal y se entretuvo con los destellos azules del coche. El policía no tardó en encontrar algo. En el bolsillo derecho halló lo que al tacto parecía una tarjeta y resultó ser una estampa de la Virgen del Carmen, con una etiqueta pegada en el reverso. Después de leer lo que llevaba escrito, se la entregó al otro. Este le echó un vistazo y se aproximó a ella, que seguía embelesada con el azulado centelleo. La tocó en el hombro para llamar su atención y le preguntó si le gustaría dar una vuelta con ellos en el coche de la luz azul. Ella lo miró, dudó unos segundos y, abriendo mucho los ojos, dijo:

      -¿Pondrás las sirena?

      -Por supuesto- contestó él.  

     Entonces sonrió por primera vez y se soltó de la farola. Tomó la mano que le ofrecía el agente, y los tres caminaron hacia el coche. Mientras el compañero la ayudaba a acomodarse en el asiento de atrás, el hombre miró la estampa de la Virgen y, dándole la vuelta, leyó otra vez lo que decía la etiqueta: Agripina Escribano Ariza. 71 años. En caso de perderse, llamen a alguno de estos teléfonos. Y tras los números, una lacónica frase: Enferma de Alzheimer.

El policía entró por la parte del conductor y cerró la puerta. Aún no se había puesto el coche en marcha cuando empezó a sonar la sirena.