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ediciones contrabando
Narrativa 12
21 x 14 cm.; 200 págs.
Rústica fresado con solapas
ISBN: 978-84-946102-3-3
DL: V-3012-2016
PVP: 14 euros

 

Portada Nuestro mismo idioma
Nuestro mismo idioma
Alejandro Espinosa Fuentes

Tiene usted en las manos un dispositivo tragicómico de la violencia mexicana, la transición de lo que ya no existe y los añicos de un futuro roto. Su intromisión no aliviará las soledades que habitan este libro, tan sólo lo hará cómplice de su secuestro. 

Bienvenido a Saltillo, bienvenido al Norte. 

Mapa de recuerdos mutilados, carta de amor y odio al lenguaje, alegoría del proceso de escritura, Nuestro mismo idioma explora la intimidad de cuatro personajes incomunicados que buscan una voz para darle sentido a su aislamiento. Pero tales iniciativas, en un país devastado por una guerra invisible, suelen tener consecuencias. 

Considerada por su autor una “novela de desaprendizaje”, la ganadora del Premio José Revueltas 2015 es un mosaico discursivo donde los versos de Ramón López Velarde conversan con las tramas distópicas de Philip K. Dick, la narrativa lúdica de George Perec y los soliloquios atormentados de Thomas Bernhard en la angustiante escenografía del desierto mexicano.

Esta primera edición española del libro cuenta, además, con un epílogo de la poeta y narradora mexicana Aline Pettersson. 

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Alejandro Espinosa Fuentes. Es narrador, poeta y ensayista. Nació en la Ciudad de México en 1991. Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la UNAM y se especializa en el estudio de la ironía narrativa. Leer más 

 

 

 


Reseñas

 



 

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Si bien a Marina Henestrosa le hubiera gustado partir con rumbo a Saltillo desde el invierno anterior, es cierto que no fue hasta el último día de la primavera cuando tuvo noticia de la dolorosa causa que, en un santiamén casi literal (Spiritus Sancti, Amen), la llevó a conjuntar bien dobladas sus mejores prendas dentro de la maleta gris, a darle un beso y borrar el rastro en el retrato de su difunto esposo y a llamar a su hija mayor para que le comprara un boleto de avión de inmediato. Así era ella, sacaba el paraguas antes del aguacero y, aunque no advirtiera una sola nube, lo mantenía firme y en lo alto, por si las dudas. Esa misma tendencia al nerviosismo y a la obsesiva precaución tampoco le permitió pegar ojo durante la noche ya que, bien pendiente del teléfono, se quedó atenta a la llamada de su hija quien le comunicaría los detalles y minucias de cómo, cuándo (la hora exacta restándole tres de anticipo) y con quién viajaría a Saltillo. El teléfono sonó pasadas las diez, según Marina Henestrosa, «bien entrada la noche», pues llevaba ya dos horas en vela. 

—¿Diga? —atendió en forma interrogativa, extendiendo la última vocal de manera que el tono no delatara histeria ni apuro. De joven solía contestar como se acostumbra en México, formulando la palabra «bueno» a manera de pregunta. «¿Bueno?», interrogaba su coqueta voz de veinteañera en el teléfono público de la calle Nebraska, colonia Nápoles, Ciudad de México, 1953. Dejó de hacerlo a partir de que Jacobo Arizpe, el hombre que se convertiría en su esposo, le replicara:

—¡Qué bueno ni qué ocho cuartos! ¡Bueno el pescado y cuando está fresco! 

Así era Jacobo, bromista, excéntrico y a ojos y oídos de Marina Henestrosa, infaliblemente encantador. Suspiraba el almíbar de su aliento al escuchar esa voz grave, y si lo miraba en persona, incluso con sólo ver su fotografía —tan guapo, ojos verdes, quijada prominente, ancha espalda—, tenía que llevarse una palma al pecho para amortiguar los bruscos latidos. 

—¿Mamá? ¿Bueno? ¿Mamá? —indagó la voz al otro lado del hilo. 

—¿Qué pasó? —dijo Marina a punto de exponer otras preguntas de rutina, ¿cómo sigue don Álvaro?, ¿ya eligieron el mosaico de Xochitepec?, para, al fin y al cabo, dilatar el palique y fomentar, como se usaba antes, una verdadera conversación no menor a los diez minutos, cuando su hija mayor la interrumpió: 

—Mamá voy de carrera, a ver, te explico. Ya reservamos los pasajes para mañana, salen a las diez, o como diez y media, pero antes hay que ir a pagarlos al Sanborns. Tomás te va a acompañar. 

Marina se vio asaltada por las dudas. ¿Pasajes de qué?, ¿de avión?, ¿de camión? ¿Diez, o diez y media de qué? ¿Y en cuál Sanborns?, pero sólo pudo inquirir con respecto al último detalle. 

—Tomás, tu hijo —aclaró para no confundirlo con el yerno—, ¿me va a acompañar a pagar al Sanborns? 

—No, mamá —aclaró su hija mayor—. Tomás va a ir contigo a Saltillo, dice que le gustaría. ¿Y la escuela? Bien gracias. Pero en fin, él te va a acompañar. Pasamos por ti a las siete. 

—¡Oye, pero por qué hasta las siete! 

Las siete era tentar mucho al destino, podía haber algún imprevisto, el tráfico, la lluvia, un temblor. 

—No te me pongas como manojito de nervios —la refrenó su hija—; ahorita duérmete, haz tu maleta y pasamos por ti a las siete. ¿Ok? Te quiero. 

Ofuscada, Marina le intentó responder que ella también la quería, pero la llamada se cortó a media frase. 

—Te qui... iero. 

Le pareció muy curioso que un sonido fuera capaz de intercambiar el querer por el herir, al fin y al cabo, conceptos hermanados desde el principio de los tiempos. ¿Me habrá escuchado?, se preguntó Marina, para luego darle rienda suelta a su imaginación. ¿A dónde irían a parar esas letras sin respuesta? Pip, pip, pip, resonaba aún en el auricular. ¿Alguien las oiría? ¿Se quedarían atoradas a la mitad del cable telefónico?, ¿y si alguien cortara, abriera ese cable? ¿Saldrían disparadas en todas direcciones las palabras sin remitente? Colgó y se rio para sus adentros por las bobadas que la inquietaban. Así solía denominarlas su marido, «puras bobadas». Él había sido abogado y economista, y siempre estaba inmerso en disquisiciones políticas de estricto valor argumentativo; en cambio, a ella casi sólo se le ocurrían ese tipo de cosas. 

A pesar de las dificultades, se agachó y siguió con la vista el cable telefónico, lo tomó y lo persiguió hasta dar con el hueco al que estaba enchufado. Sintió ganas de desconectarlo, quizá al hacerlo oiría aunque fuera un murmullo. No lo hizo. De un momento a otro, aunque resultaba imposible, ya que vivía sola, comenzó a sentirse observada y el puro presentimiento la inhibió, le exigió soltar el cable, enderezar el cuerpo y volver a la cama como todas las noches. 

Para su disgusto, soñó por enésima vez con el panteón donde estaba enterrado su marido. Le molestaba en particular del sueño, en primera, que la tumba de Jacobo Arizpe (1928-2001) no tenía flores, y ella no podía ir a comprarlas a causa de la segunda razón de su desencanto; en éste ella era una niña, una chiquilla de seis o siete años con su vestidito blanco de flores lilas, una niña extraviada en el cementerio. Se despertó con los ojos enfadados, no le parecía correcto, no que fuera una niña, lo que le disgustaba era que nadie la hubiera acompañado, que nadie más visitara la tumba de ese magnífico caballero. Marina se prometió que lo primero que haría en Saltillo, claro, después de llegar a la casa y regar las plantas, sería pedirle a su nieto que la acompañara al panteón. «¿Cuánto nos irá a cobrar el taxi?», se preguntó en seguida, «veinticinco, no, treinta, porque ya no es zona centro, máximo treinta y cinco y no más, esos taxistas luego son bien abusivos». Columbró el reloj como quien busca una estrella fugaz y al no poder enfocar las manecillas se decidió a mirarlo sin aspavientos. Ya eran cuarto para las seis, qué rápido se le iba el día, ni siquiera había desayunado.

Almorzó un pan con mermelada de chabacano y puso la pitadora para prepararse un Nescafé. Permaneció de pie junto a la estufa repiqueteando con las uñas en el borde del fregadero. Comenzó a impacientarse, no por la pitadora, lo que la traía inquieta era que aún no hubieran llegado su hija mayor y su nieto, aunque faltaban todavía veinte minutos para que dieran las siete. «¿Y si ya llegaron y me están esperando en la avenida?», se dijo llevándose una mano a la sien. Emprendió una veloz caminata, en la medida de lo posible, a la puerta principal. Salió a la calle mirando a babor y a estribor, pero no distinguió ningún coche parecido al de su hija ni al de su yerno. Se planteó la idea de esperarlos allí un ratito, segura de que no tardarían en llegar. 

A los pocos minutos oyó el silbido de la pitadora como un eco lejano. Otra vez se llevó una mano a la sien y, de la misma forma en que salió, intentó volver a su hogar, pero la puerta estaba cerrada. Tras buscarse en todas las bolsas del saco, se palmeó la frente al percatarse de que había olvidado la llave dentro. El ruido de la pitadora se intensificaba y la imagen del agua evaporándose le provocaba escalofríos a lo largo de las vértebras, como un dedo al recorrer de grave a agudo las teclas de un piano. «Ay, qué tonta», se reclamaba, «pero qué tonta soy, y ahora qué voy a hacer». Inspeccionó los muros y buscó (aunque de inmediato desechó la idea por absurda) algún modo de treparse y acallar la algarabía proveniente de su cocina. 

Con la vista en lo alto, destensó el cuello y se distrajo al advertir unos cables que sobresalían al extremo izquierdo de la barda. Se preguntó si no sería uno de ésos donde estaban atoradas las voces inconclusas. Negó al recordar que los cables del teléfono suelen ir por debajo de la tierra, o por lo menos así los habían instalado cuando Jacobo construyó la casa de Saltillo. «Entonces no sólo están atoradas en el cable», se dijo, «además están sepultadas como los ataúdes. Ha de ser horrible que a uno lo entierren vivo, ni para qué gritar». Se imaginó su cuerpo encajonado bajo tierra, su rostro pidiendo auxilio, incluso visualizó una lápida coronada sobre su futura tumba y el ruido de la pitadora al interior de la casa sólo propiciaba que la figuración fuera más cruda e histriónica. Quiso levantar los brazos y los sintió pesados al igual que las piernas y el cuello, sus extremidades se rebelaron en una creciente languidez y a Marina la fue envolviendo el mareo. Se le obnubiló la vista, poco a poco los negros devoraron toda señal de luz y poco antes de ceder de lleno a su angustia alcanzó a oír, a lo lejos, la palabra «carajo». 

—¡Mamá!, ¿qué haces ahí parada? —exclamó su hija desde el interior del automóvil. 

Marina Henestrosa, aparentando aplomo, confeccionó una sonrisa discreta y dio media vuelta. No tuvo fuerzas para explicarle lo ocurrido, tampoco quería que su hija se percatara de que el tumor, como el de hace cuatro años, ya le estaba alterando el raciocinio. Se limitó a encogerse de hombros y dejó que su hija dilucidara el resto.

—Las llaves, ¿a ti se te olvidaron la llaves? —le cuestionó sorprendida su hija. 

Marina se mordió los labios y desvió la vista hacia Tomás que estaba desparramado, roncando a boca abierta en el asiento trasero del automóvil. En vez de preocuparse por lo que resultaba evidente, que los síntomas ya se estaban presentando otra vez y que había que irse preparando para lo peor, su hija pasó por alto el incidente y se metió a la casa con su propia llave.