Libros de autor

NOTICIAS

 


Libros de Autor: Novela
15 x 21 cm; 270 págs.
Rústica fresado con solapas
ISBN: 978-84-946102-1-9
DL: V-2448-2016
PVP: 17,50 euros

 

Portada Cuando los pájaros entran en coma
Cuando los pájaros entran en coma
R. A. Raga

Cuando los pájaros entran en coma narra la juventud de Jacques, un idealista de familia acomodada cuya permanente insatisfacción y vitalismo guiarán sus impulsos hacia la defensa de unas ideas y la consecución de unos deseos que, en ocasiones, no coincidirán con los de aquellos que le rodean. Su muerte y la posterior investigación descubrirán a una persona atormentada por el fatalismo familiar, la amistad y el amor, todos ellos verdaderos ejes de su existencia.

La novela es un estudio sobre el desgarro y la rebeldía; un retrato psicológico de una generación dibujado a través de los distintos personajes que acompañan al protagonista, una reflexión sobre los sentimientos y el determinismo social. La historia oscila entre el género policíaco, el retrato interior monologado y el políptico antropológico testimonial. Un texto de suspense existencialista cuya coreografía argumental transita de Londres a Camboya.

Leer fragmento

 

R. A. Raga (Valencia 1975) es Licenciado en Derecho y ha realizado estudios de postgrado en Ciencias Políticas en distintas universidades de Reino Unido, Bélgica y Francia. Su trayectoria profesional ha estado siempre vinculada a la esfera internacional en los sectores público y privado, residiendo en ciudades como Londres o México DF.  R.A. Raga ha escrito y dirigido los cortometrajes Historia de un Ciudadano, Canibalismo Otoñal y Mickey Mouse ha muerto, seleccionados todos ellos en distintos festivales de ámbito nacional e internacional. Asimismo, publica periódicamente textos de gastroficción y crítica gastronómica en el blog Diario de un Gourmet en Serie.

Cuando los pájaros entran en coma es su segunda novela después de Sunday Dandy (Ediciones Contrabando, 2015). Ambas forman parte de una serie de tres cuyo eje argumental gira en torno a los hitos de generación, deseo y muerte. 


Reseñas

 



 

Cerrar

SIEM REAP 2013

 

Cada vez que pasaba por delante del hotel Raffles, Rubén sufría un repentino ataque de melancolía, un súbito regreso, un descenso a los más profundos recovecos del alma que le devolvían a los mejores años, aquellos que no quedaban tan lejos y que encarnaban un incierto y bello período de su vida. Cada mañana, la bicicleta de Rubén, sin él quererlo, a pesar de que a veces intentaba evitarlo, le llevaba hacia el Raffles. Frente a su fachada, Rubén suspiraba. En ocasiones se detenía, miraba fijamente, el botones le saludaba con una amplia sonrisa. Él, incapaz de corresponder al amable gesto, realizaba un simple movimiento de cabeza, suave, cansado, afectado por la humedad de aquella ciudad. En otras ocasiones, Rubén pasaba de largo ignorando la presencia de la elegante construcción colonial pero su indiferencia no le impedía pensar en aquello que había quedado atrás, un mundo al que no existía retorno.

No hacía tanto que Rubén, recién llegado a Camboya, se había alojado en aquel hotel junto a su equipaje, sus recuerdos, sus sueños rotos, decaído, con escasas esperanzas de recuperar la ilusión –algún día, alguna tarde–. Durante ese periodo, por las noches –todas ellas sin excepción– Rubén descendía hasta la planta baja, se sentaba en el bar del hotel, al lado de los ventanales cubiertos con venecianas de madera, siempre en la misma mesa, siempre a la misma hora –costumbres poco comunes en un hombre de su juventud–. Desde la misma silla, aquella que ocupara durante casi un año, pedía siempre su Tom Collins, refrescante, dulce, con ligeras notas ácidas. Rubén observaba a los huéspedes del hotel desde la posición privilegiada de quien ya se considera parte del mismo. Cuando no había nadie, imaginaba la estancia repleta, hombres luciendo elegantes trajes de lino –confeccionados en París–, mujeres que no cesaban de utilizar sus abanicos –el intenso calor, la pegajosa humedad del ambiente–. Su mente, estimulada por la ginebra, reproducía conversaciones, disfrutaba con su propia creatividad. 

En el bar del Raffles coincidían turistas –los menos–, hombres de negocios, expatriados, huérfanos deseosos de respirar otro ambiente, evadirse de la humilde realidad del país, transportarse –aunque sólo fuera por unas horas– a otras latitudes más conocidas. Rubén evitaba todo contacto con extranjeros. No obstante, las tres horas que pasaba todos los días en el bar antes de la cena fueron suficientes para conocer a muchos de ellos, escuchar sus anécdotas, sonreír –de manera forzada– con sus aventuras, descubrir aspectos ignotos de la sociedad, del ser humano. Hombres y mujeres fascinantes. Sin embargo, en su interior, Rubén seguía recordando a Jacques. Cada pequeño detalle le recordaba a Jacques. Un insignificante gesto, un rincón, un aroma. Todo le recordaba a él. Incluso las mujeres le recordaban a él. También ellas le recordaban a Jacques, y así se lo hacía saber cada vez que en su expresión reconocía una mueca de su antiguo amigo. Incluso yo le recordaba a Jacques.

Rubén no había estado con Jacques en Camboya. Tampoco en Asia. Los ojos de Jacques, profundamente azules, no eran rasgados como los orientales, ni siquiera su estatura se asemejaba a la del hombre medio camboyano, pero había algo incierto en todo aquello que le recordaba siempre a Jacques. Durante el año que pasó en el hotel, Rubén no dejó de pensar en él. Lo hacía constantemente. El deseo de rememorar su presencia era tan fuerte que necesitaba encontrarlo dentro de todos y cada uno de los objetos y personas que le rodeaban. La memoria de Jacques solicitaba la presencia física del ser querido, de esa criatura desaparecida trágicamente, como si de un personaje de Tennessee Williams se tratara. 

Durante un año, el Raffles, su bar, la humedad tropical, su pulcra suite y los zapatos de rafia le recordaron a Jacques todos los días, durante horas, bajo el intenso sol, junto a la cálida luna.

A las seis de la tarde, el camarero del bar –en su impecable uniforme– le preparaba con asiática ritualidad su Tom Collins. Rubén, colocando con precisión el posavasos en paralelo al borde de la mesa, tomaba la copa y refrescaba sus labios antes de dar el primer trago. Con el segundo, una vez relajado y tras la confortable sensación del anterior, comenzaba a recordar a sus viejos amigos, todos ellos ausentes, desaparecidos. Dubitativo, temeroso, no acertaba a pronunciar ni sus nombres, mudo en un silencio anímico que le impedía expresar sus emociones. Junto a ellos, a los simples amigos, a los meros conocidos, aquellos por los que sentía –por los que había sentido– algún tipo de simpatía, junto a ellos –a los que no recordaba– Rubén mantenía la imagen nítida de su gran amigo, el verdadero. Su tono de voz, el brillo de su mirada, la cadencia de sus pasos, las sonoras risas. Todo parecía real en su mente. Sus noches interminables, sus ardientes discusiones, sus destartalados apartamentos, sus trencas zarandeadas por el viento, sus ilusiones y esperanzas. Sus amigas y novias, sus mujeres. Todo. Al dar las nueve de la noche, Rubén terminaba el Tom Collins y subía diligente a su habitación para cenar amok y un ligero helado de mango.

Todos los días la misma rutina.

La última noche que permaneció en el hotel, Rubén apuró un poco más la copa, dejó que los hielos se derritiesen casi por completo y sorbió con placer, con exquisito deleite, el refrescante poso final. Su equipaje había mermado, sus sueños terminados, su última etapa –antes de dejarlo todo atrás– concluía. Rubén se despidió de los empleados del hotel, besó a las mujeres y abrazó con fuerza a los hombres, con la escasa fuerza que aún le quedaba. Tomó sus pertenencias –dentro de una mochila deshilachada– y montó en su bicicleta. 

Meses después, Rubén sigue pasando todos los días por delante del hotel Raffles. De su elegante estampa –la de Rubén– queda tan sólo el porte erguido con el que pedalea y que, cada mañana, al pasar frente al hotel, parece abandonar por breves instantes, cuando asume todo aquello que ha perdido, cuando evoca lo que ha dejado atrás –para siempre–, allí donde no volverá. Delante de la fachada, Rubén arquea su figura, le recorre un pensamiento siempre fugaz. El botones agita la mano con fuerza, sonríe, una sonrisa amplia, sincera, amistosa. Rubén gira la cabeza y comienza a pedalear, se distancia lentamente, se pierde en la lejanía junto con otras bicicletas y vehículos, en la espesa maraña del tráfico camboyano, en la densa y calurosa atmósfera donde los sueños se desvanecen.