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ediciones contrabando
Narrativa 11
21x14 cm; 93 páginas
Rústica cosido con solapas
ISBN: 978-84-944964-3-1
BIC: FA
DL: V-964-2016
PVP: 14 euros

Portada Manigua - El artista sanitario
Manigua - El artista sanitario
Carlos Ríos

Tanto en Manigua (novela swahili) (2009) como en El artista sanitario (relato, 2012), Carlos Ríos (Santa Teresita, Buenos Aires, 1967) se revela como un autor imprescindible "de libros oscuros y al mismo tiempo maravillosos" (Sergio Chejfec).

"Hipótesis poética del apocalipsis"; "un mundo donde se reúnen lo arcaico y lo moderno"; "breve como un mito"; "de una belleza concentrada e inusual"... Para la crítica argentina, Manigua condensa, de forma fragmentaria, "una historia de una belleza hipnótica sobre un mundo que se desintegra".

Situada en un tiempo impreciso y en un lugar indeterminado (África es el escenario más plausible), Manigua relata un viaje iniciático destinado a cumplir un inexorable mandato paterno: Apolon debe conseguir una vaca para sacrificarla en el nacimiento de su enésimo hermano o morirá de sed atado a un palo. En un plano paralelo, la novela se hace eco del diálogo de Apolon con su hermano, ya gravemente enfermo y a las puertas de la muerte, sobre las vicisitudes de aquel viaje increíble, que discurre entre pavorosas guerras de clanes, epidemias de peste, hambrunas y saqueos, atravesando desiertos o en una ciudad de plástico y cartón.

Manigua, como reflexión sobre la disolución, sobre la aniquilación, "nos brinda también un lugar desde donde pensar el mundo".

Un extenso relato del año 2012 (El artista sanitario) completa este extraordinario díptico con el que Carlos Ríos hace su irrupción literaria en España, de la mano de Contrabando. 

Leer Prólogo de Sergio Chejfec

 

Santa Teresita, 1967 (Buenos Aires, Argentina).
Es autor de los libros de poemas Media romana (2001), La salud de W.R. (2005), La recepción de una forma (2006), Nosotros no (2011), Perder la cabeza (2013), leer más

 

 

 


Reseñas

 



 

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Sergio Chejfec

Si basado en los rasgos de su escritura uno jugara a asignar oficios a los escritores, a Carlos Ríos le cabría el de relojero. Aun cuando sea un trabajo en desuso, más bien precisamente por eso, la baja población del oficio no habla tanto de una tarea asumida por pocos como de esa condición fuera del tiempo normal, ensimismada, que se adivina en quien se vuelca hacia adelante por el peso de su monóculo. Voy a tratar de explicar brevemente este símil que encuentro entre Ríos y los relojeros. En primer lugar, sus textos son acotados aparatos de precisión. Cuando digo aparatos no quiero sugerir que sirven para algo más que para ser leídos, y sin embargo funcionan como si fueran imprescindibles para dar forma a aquello que recogen de alguna dimensión de la realidad y que hasta ese momento no se veía --y por lo tanto, uno cree, estaba y no estaba--. ¿Cómo funcionan esos artefactos? Según sus propias reglas: un mecanismo de mención de las acciones, unas contiguas a las otras organizan así un cuadro funcional, al igual que esas máquinas cuya utilidad no se pone enseguida de manifiesto, como los juguetes. En segundo lugar, así como un relojero no relata el tiempo sino que asigna esa tarea a su creación, Ríos no cuenta directamente lo que sus relatos describen sino que se pone un poco por encima de ellos, como si de otro modo corrieran el riesgo de tornarse falibles. Ríos ve el cuadrante (la página), las agujas (los personajes), las marcas de las horas (lo contingente) y decide mencionar lo que ocurre antes que prestarle alguna voz. Luego se asoma a la parte de atrás, el llamado mecanismo, y lo regula de modo que funcione con parsimonia, a una misma velocidad, siempre. En tercer lugar, las historias de Ríos parecen pertenecer a un tiempo profano imposible de conjugar en pretérito, presente o futuro. Tienen un aliento del pasado, tal como es propio de todo reloj atribuirse un mismo funcionamiento inmemorial aun cuando sea recién fabricado. Imagino la voluntad de Ríos como la de una deidad sin nombre que actúa a favor de la sincronización, de las tragedias sublimadas por la simultaneidad, del continuo presente que nos convierte en sísifos de aquel otro reloj --el de la prolija y cruel historia--, que ha dejado de socorrernos y en donde se resumen como una letanía todos y cada uno de los dramas del pasado.