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Poesía
13 x 21 cm. 100 págs.
Rústica fresado con solapas
ISBN: 978-84-944964-7-9
DL: V-1387-2016
BIC: DCF
PVP: 12 euros

 

Portada El rastro del prodigio
El rastro del prodigio
Enrique González Parra

La paleta con la que se abre y se dibuja este libro tiene todos los colores esenciales. Ellos inspiran al autor en un viaje nostálgico y sensual al interior de sus propias vivencias. Los colores dan brillo y significación a los recuerdos, avivan la melancolía y nos trasladan a distintos rincones de su geografía personal, allí donde el mundo del poeta se funde con el estímulo de una sensación imperecedera. Lecturas, ciudades, escenas familiares, añoranzas del pasado, pinturas y aun sueños, reflexiones, temores y escenarios, amigos y amantes, son los hitos de un recorrido vital en el que el poeta indaga las huellas memorables de lo vivido, los rastros de ese prodigio que es la vida, paleta donde todos los colores se combinan y donde todos los misterios se expresan. Del blanco al negro, pasando por el azul, el verde, el rojo y el amarillo, el viaje de Enrique González Parra recorre los puntos cardinales de una existencia que se interroga a sí misma con pasión y verdad. Todo se funde en un lenguaje claro y transparente, donde se cumple otro prodigio: aquel que crea la palabra exacta, la flecha que atina en el blanco. 

Leer poemas

 

Enrique González Parra (Michoacán, México, 1951). Si bien desde los 25 años se empeña en escribir poesía, no publicó su primer libro hasta 1987: Ajena biografía (Dioscuros). Tras otra larga pausa editorial apareció Como quien deja un cuerpo (Ediciones sin nombre, 2009). Con Mi padre y otros muertos (Textofilia Ediciones, 2013) avanzó en su obsesivo afán de escarbar en sus propias experiencias. Doctor en Historia por la UNAM, en 2010 obtuvo una beca Guggenheim. Ambos oficios, la historia y la poesía, lo llevan a escribir y a reflexionar en torno al pasado. Desde hace una década participa en la tertulia literaria del Konditori, en la Ciudad de México.

El rastro del prodigio es el primer libro de poesía que publica en España.

 


 



 

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Vilo

Kilómetros abajo,
el mar se agita.
Ásperas turbulencias
nos llenan de inquietud
cuando empieza el descenso.
Rachas de nubes bajas
al moverse proyectan
imágenes opacas
hacia el líquido gris. 

Un litoral
con su definitivo
dique de arena
separa al suelo firme
del agua sin reposo.
Se aproximan un bosque,
prados, ondean colinas. 

El avión pareciera
decidido a estamparnos
cuando súbita luz
rojísima, hace explotar
otra mañana. 

 

Szymborska

Con mi oído fatal
nunca podré siquiera
decir con propiedad su nombre. 

Para que me llegara
noción de que existía
hubo necesidad del Nobel.
Entonces unos cuantos traductores,
seguros de acertar,
me dieron un vislumbre
de su metálica ironía. 

Me conmueve ante todo
cuando afirma
que No hay mayor lujuria que el pensar.
No hay nada sagrado para aquellos que piensan.
Pero me quedaré ignorando
si en sus líneas hay rima,
el modo
como se desenvuelven los períodos
en su lengua natal.
¿Puedo decir
que amo un alma
aunque todo lo ignore de su cuerpo?

 

El premio

Como el que juega
a la ruleta y mira
con atención
esa bolita
que tal vez parará
donde hay un premio,
mis ojos siguen
las líneas de un poema
y hacen pausa de pronto
al hallar una frase
que me llena a la vez
de asombro y luz.

 

El rastro del prodigio

El cielo puso azul
la cal de las paredes
del claustro al mediodía,
la luna dejó en ellas
añil fosforescente. 

Mis ojos llevan,
como un resumidero
de blancos,
de lodos
y de azules,
el rastro del prodigio.