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Libros de Autor
Narrativa
21 x 15 cm. 360 págs.
Rústica cosido con solapas
ISBN: 978-84-944964-4-8
DL: V-963-2016
Cód. BIC: FA
PVP: 15 euros

Portada La huella de las hormigas
La huella de las hormigas
Leonor Albalate

El sorprendente suicidio de un médico de espléndido futuro sacude la palpitante vida cotidiana del Hospital. Su reciente ex, Clara, intenta recomponer su vida, pero las insistentes indagaciones del perseverante detective Manuel llenan de dudas y desasosiego su existencia.

Cada uno por su cuenta pero con incombustible tesón, irán enfocando poco a poco las sombras de una muerte absurda que les llevará a descubrimientos, completamente inesperados, sobre los daños colaterales de uno de los grandes poderes en las sociedades globales de hoy: los laboratorios farmacéuticos.

Leer Capítulo Uno

 

Leonor Albalate nació en Binche (Bélgica). Hija de emigrantes españoles del franquismo se traslada con diez años a Valencia. En 1986 acaba la Licenciatura en Ciencias de la Educación. Sin embargo, es en el mundo de la Sanidad donde va a desarrollar su carrera laboral. Obtiene plaza de funcionaria administrativa en 1993. Años de arbitrarias experiencias le llevan a fundar junto a un grupo de compañeras dinámicas e inconformistas un sindicato que pronto se hace un respetado sitio en el mundo laboral. Delegada sindical durante varios años, ante las dudosas derivaciones de la política interna de la organización y demasiado amante de su independencia de pensamiento decide volver a su puesto de trabajo. Actualmente trabaja en el H. Pare Jofré.


 



 

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CAPÍTULO 1

 

Encontró el cadáver ya frío…, recostado en el sofá del salón. Las cortinas corridas y la luz entrando a raudales. Lo recordaba porque le llamó la atención la aparente alegría de las motas de polvo revoloteando, ingrávidas, alrededor del cuerpo de su antiguo novio. Un aura amarilla y brillante le envolvía y parecía a punto de levitar. Una jeringa colgaba de su brazo, como en el brazo de un yonqui. A su lado, destacando sobre la mesa de centro, limpia y vacía, un sobre del color del papel reciclado, blanco mortecino, casi gris. Llevaba membrete del hospital donde trabajaban. Un nombre escrito destacaba, el suyo. Algo se le desgarró por dentro. Como si una negritud repentina hubiera descendido sobre ella, dejándola suspendida en la nada, en el vacío, instantes antes de caer en picado. Sólo aquellas letras definidas ante ella. Letras mayúsculas, casi perfectas, simétricas. Negras. No le cupo ninguna duda. Era una carta de despedida. “CLARA”. 

A su lado, olvidada, una botellita vacía. Una ampolla de medicación con el tapón agujereado. 

 Un relámpago estalló en su interior y fue como si la tierra se abriera a sus pies. La luz desapareció y una extraña oscuridad se posó sobre todas las cosas como una película de profanación pavorosa. Sus pies la aproximaron hacia el cuerpo y sus manos se elevaron hacia él tocándolo como alas de mariposa. Cogió el sobre con mano vacilante. Lo rasgó. A partir de ahí perdió la noción del tiempo.

Recordando lo que sucedió después se veía a sí misma en estado de sonambulismo, buscando su móvil, que no aparecía, en un bolso infinito. Telefoneando a emergencias, 112. Rememoraba cómo todo ocurrió con rapidez, con eficacia sobrada, pues Antonio, no cabía duda, estaba absolutamente muerto. La ambulancia, veloz. Aparcando a la salida misma del portal, rotunda y tan fuera de lugar. La miró por la ventana como un estorbo. Parada en doble fila. La calle atestada de coches. No quedaría sitio para un coche funerario. El que en verdad debería hacer acto de presencia, el coche para muertos. Veía al médico y al enfermero que, puesto que estaban, comprobaban mecánica y meticulosamente el estado del cuerpo. Se diría que buscando suplir su innecesaria presencia con la redacción de un informe exhaustivo sobre el grado de defunción del cadáver. Sobre si el cuerpo presente estaba templado o simplemente helado. Era una fría mañana de invierno. El cuerpo estaba rigurosamente frío. Y su mejilla, cuando la rozó suave y ligerísimamente con los dedos, gélida.

“Clara, querida amiga, sé que esto te va a doler…”

Los sanitarios no pudieron ponerse de acuerdo, así de buenas a primeras, y calcularon la hora de la muerte con vaguedad. Llevaba muerto más de seis horas. Tal vez había ocurrido de madrugada o incluso estaba allí desde la noche anterior. 

Cuando llegó la policía, otro coche obstaculizando la calle, el revuelo era general. La gente miraba hacia los balcones y se lanzaban, unos a otros, preguntas y respuestas incongruentes, fantaseando a sus anchas. La realidad, sin embargo, era más dura. Los agentes se dirigieron directamente hacia ella, la única presencia no formalizada. Antonio absolutamente solo, a no ser por ella ahora. La soledad de la muerte. Sabía que esto no era exacto. Antonio ahora ya no estaba solo. Antonio simplemente ya no estaba. Tras unas breves respuestas a las preguntas generales sobre su filiación. Qué hacía allí. Cuál era su relación con el fallecido. Significativa, si se atenían al detalle de su nombre escrito en el sobre que había dejado el suicida. Pasó un tiempo que no pudo definir. Y abrumada, no pudo aguantar más. Pidió irse a casa, por favor. Accedieron a darle la carta. Sólo quería cerrar los ojos. Irse y cerrar los ojos para no ver lo que a partir de hoy sería una imagen, lo sabía con seguridad, que la acompañaría siempre.

Inmersa en la ciudad de Valencia, en la estación del invierno, los días pasaban lentos y las noches llegaban rápidas.