Libros de autor

NOTICIAS

 


ediciones contrabando
Narrativa 8
15 x 21 cm; 416 págs.
Rústica fresado con solapas
ISBN: 978-84-943944-3-0
DL:1638-2015
PVP: 15 euros

Portada Panamá split
Panamá split
Ernesto Endara

En los agitados y tormentosos años 30 y 40 del siglo XX, mientras el mundo se despedaza en las cruentas batallas que preceden y jalonan la Segunda Guerra Mundial, el niño/adolescente Perusín Centella (alter ego del autor) traza su camino y busca su identidad en una Panamá insólita para el lector. Una ciudad dulce y pacífica como un postre azucarado. Un escenario alegre, confiado y bullicioso, que vive de espaldas a los desastres de la época.

Panamá split es la recreación de un mundo perdido. La memoria de un tiempo olvidado. La infancia y juventud de un panameño de a pie que se desliza sin cesar por el tobogán sinuoso de la vida. Las peripecias de una existencia rica en episodios memorables, que el autor convierte en motivos para la reflexión. Ernesto Endara, el más laureado de los escritores panameños, construye con un lenguaje ameno y lleno de encanto una de las más sugestivas Bildungsroman de la literatura hispanoamericana.

Bajo un título que nos recuerda que Panamá es un país dividido (split) por la cicatriz del Canal. Y que evoca, asimismo, el despectivo concepto de "repúblicas bananeras" que se aplica habitualmente a Centroamérica y que al autor le gustaría borrar para siempre.

Leer capítulo

 

Ernesto Endara, bien conocido por sus amigos como Neco, es uno de los autores más querido por los panameños y, sin duda, el más premiado.

Nació en la ciudad de Panamá el 29 de mayo de 1932. Se graduó en la Escuela Náutica de Venezuela en 1952. Leer más

  

 

 


Reseñas

 



 

Cerrar

III. "A buen gusto, buen susto"

¿Quién sopla las páginas de la vida? El tiempo. Sí, el mismo que inventamos nosotros.
Para taparle la boca al tiempo, para evitar la aspereza de su aliento y eludir el empuje de su hombro que nos quiere obligar a tomar su paso, indiferente e inexorable, nada como escribir. Cuando escribes sobre tu vida es como si la cubrieras con nitrógeno líquido: la congelas. ¡Qué efecto, mi hermano! Cualquier escena queda taladrada en la página, mejor que una fotografía. Es fácil guardarla. El milagro de conservación es todavía mayor si, con suerte, la publicas. Escritas, las páginas tienen diferentes duraciones: la del periódico, que tu vecino aplaude y olvida, apenas si dura medio día; el poema a los quince años de tu hija, que ella guardó con mucho esmero, puede durar varios años, incluso lustros, hasta que en una descuidada policía desaparece entre un poco de papeles viejos. ¿Para qué guardas las colaboraciones periodísticas si tú mismo no las reelerás nunca? Cuando mueres y te conviertes en algo menos que una sombra, podría suceder que un estudioso rebuscara en los papeles que tus descendientes no quemaron. Le interesarán más por curiosidad que por el valor que realmente tengan. Tu filosofía, como la ciencia de Galileo, está siempre en descomposición y renovación. Nada puede simbolizar tan exactamente la melancolía de un pasado sin importancia como el recorte de un periódico viejo. Y para que alguien se acerque a ellos, amigo mío, hay que ser muy famoso. Con el libro pasa igual. A menos que sea lectura obligatoria en las escuelas, hasta los mejores escritos desaparecen. Incluso si se considera un clásico, será siempre menguante su marea de lectores. Los clásicos son para hablar de ellos por referencia, no para leerlos. Es una de las venganzas que toma el tiempo cuando no puede pulverizar algo.
Entonces, ¿por qué escribo?
Ahhhh. No sé. Me gustaría saber qué piensas tú que estás al otro lado de la página. Tú, el que lees.
Probablemente escribo este capítulo porque tengo un afán incontrolable de defender la sexualidad del ser humano. El sexo, y los placeres que nos depara, los considero hermosos, nunca pecaminosos. Las consecuencias del sexo desenfrenado y descuidado son las que pueden convertir el placer en pesadilla: una enfermedad terrible o un hijo indeseado. Reconozco sus defectos. Aun así siento que tengo la obligación de dejar constancia de esta experiencia; después de todo lo hago por mí más que por nadie. Así me indago y me respondo con la mayor sinceridad posible: yo y la página; perdón, la página y yo. Del otro lado, tú.

Varios de mi salón vivían por los lados de Perejil: Toti, Marcelo, Cucho, Calín, Chente, Pepe, Chinto y yo. Todos éramos amigos, unos más de otros, como suele suceder. Mi mejor amigo era Chente. Mi otro buen amigo vivía en la Calle del Estudiante: Tití. Un viernes en la tarde fui con Chente  hasta la Calle del Estudiante a devolver la visita que una vez nos hizo Tití.
¿Qué podía haber en la Calle del Estudiante que nos llamara la atención? Una chiquilla a quien le decían “Rutiputi”.
Tití nos había echado unos cuentos de la Rutiputi que nos dejaron temblorosos y con la paletilla colgando de los labios. Tan exagerados eran los cuentos de Tití que Chente dijo que eran puras mentiras. Tití nos retó, dijo que podíamos ir y comprobarlos. Y fuimos.
Ese tarde Chente inventó que iba a estudiar a mi casa y yo inventé que iba a estudiar en la de él. Eran pasadas las seis cuando tomamos una chiva Hospital-Chorrillo. Nos bajamos en la Calle Monteserín y nos encontramos con Tití en la esquina del Teatro Tropical.
De  la calle “I” doblamos a la calle del Estudiante subiendo por el Instituto Nacional. Allá, al fondo, bordeada de árboles, empezaba la otra manzana, la de las Quíntuples, donde vivía la tía Rosa y donde Regina Cecilia y yo habíamos vivido por más de tres años. Sentí lo que sienten las personas con memoria: un cosquilleo en el estómago. Una vez más debo aclarar que las mejores sensaciones las recibo en el estómago. Con el corazón solamente siento el miedo y el cansancio.
Nos encontramos con un grupo de tres muchachos y dos muchachas. Reconocí a dos: Calito y Ovi; el otro era un desconocido. Las dos chicas eran caras nuevas para mí. Una era trigueña, de pelo liso muy largo, suelto; la otra, pálida, delgada, de pelo muy corto, nariz respingada y el color de su piel me recordó el del maíz nuevo. Chente  puso cara de tonto tal como había recomendado Tití.
—¿A qué juegan? —preguntó Tití.
—Todavía lo estamos pensando —contestó el desconocido.
—¿Qué tal si jugamos a la lata?
—¿Otra vez? —reclamó la chica del pelo largo.
—Me parece muy bien que juguemos la lata —dijo la muchachita pálida de pelillo corto.
—Oye, Ruti, a ti sí que te gusta ese juego —dijo Calito a la muchacha pálida.
Conque esa es la famosa Ruti. Chente y yo intercambiamos una mirada que no quería decir nada. Esa muchachita no parecía nada sensual. Lástima que no era la otra, la del pelo negro, la heroína de las pornográficas historias.
—Está bien, juguemos a la lata —dijo Ovi.
—¿Cómo te llamas tú? —preguntó Ruti.
—Chente ...
—¿Oyeron? Él se llama Chente. ¿Y tú?
—Yo soy Perusín.
—Ah, tú eres el famoso Perusín... Tú vivías por acá, ¿no?... —sin esperar respuesta continuó—: Bueno, ya saben cómo me llamo... ella es Virginia —señaló a su amiga—. Vamos a ver quién queda... Contaré en tu honor  —dijo Ruti mirándome fijamente.

 Nos reunió a su alrededor, empujó a Calito hacia su derecha y recitó, comenzando por ella misma: Perusín - Marín - de dos pingué - cúcara - mácara - títiri - fue.
Quedó Calito.
Apareció una linda lata de leche crema Carnation que Tití lanzó lo más lejos que pudo hacia los lados del Jardín El Rancho.
—Tú te escondes conmigo —dijo Ruti, agarrándome por un brazo. Nos fuimos hacia la fábrica de Levadura Fleichmann. Los demás habían desaparecido como por encanto.
Corrimos, cogidos de la mano, entre la fábrica y una cerca de alambre ciclón, por un corredor oscuro. Fuimos hasta el fondo. Tras unos barriles nos escondimos. Rutiputi no perdió el tiempo:—Sácatela —me ordenó.
Me hice el tonto. ¿Me hice? Muchas veces estoy seguro de que lo soy de remate.
—Sácate ¿qué?
—Esto —y me tocó donde ya estaba la estaca como una estaca— ¿qué más?
Hacía tres semanas que se había ido Simona y extrañaba aquella sensación de avisperos en el coco, me hacían una falta atroz los estremecimientos y los vértigos. Pero algo se cruzaba en el umbral del gozo: sentí cierta repugnancia por tener que obedecer el mandato de una muchachita tan insignificante y, además, ejercido de esa forma, sin el paliativo de la ternura. No iba a responder bien. El palito se secó un poco.
—¿Qué te pasa? —urgió Rutiputi.
—No sé —le dije. Y era cierto. En ese tiempo no sabía que jamás querría responder al acoso sexual, ¿cómo iba a imaginar que podía haber siquiera acoso sexual de parte de una mujer si nos hemos levantado en una sociedad de supermachos? Bueno, estas son las cosas que lo ayudan a uno a entender lo humillante que es para una mujer tener que responder con sumisión a un apremio de esta naturaleza.
Si para algo sirven los pantalones cortos que todavía estaba obligado a usar es para orinar rápidamente sacándola por un costado, y también para sacarla de manera que una Rutiputi haga lo que tantas ganas tenía de hacer: metérsela en la boca.
Hace dos párrafos dije que “jamás respondería al acoso sexual”. No tardo mucho en contradecirme. Esa ha sido mi vida. Una contradicción tras otra. No es mala cosa esto de contradecirse. Me consuela pensar que un gran tío como Unamuno dijo que él defiende “su santa libertad, hasta la de contradecirse cuando lo crea necesario”. Así soy yo. Aunque mis contradicciones no solamente son cuando lo creo necesario sino cuando me conviene y me gusta. Cómo no contradecirme, Rutiputi era una maestra felatriz, maravilla de precocidad en la irrumación. Se me olvidó Simona —a quien nunca se le ocurrió que el agujero bucal podría usarse en semejante acto—; se me olvidó la instintiva reacción machista contra la mujer que decide por uno cuándo se le debe una erección; se me olvidó que estábamos jugando a la lata; se me olvidó mi nombre. Con las manos le di ritmo a su cabeza. ¡Qué rápido se aprende!
¡Ruuuuaaaaaammmmmmp!
¡Entumecimiento y relámpagos!
¡Diablos, eran ciertas las historias de Rutiputi!
Como un sonámbulo me asomé para ver a cuántos había capturado Calito. Bajo el farol sólo estaba Chente. Enseguida pensé que estaba exagerando su papel de tonto. Calito me vio, corrió hacia la lata y golpeándola en el suelo cantó:
—Uno, dos, tres, Perusín en el corredor de la Fleishman.
Salí con las manos detrás de la nuca porque me parecía que se me iba a caer la cabeza. Yo también soy un tonto.
Calito se arriesgó a dejar la lata sin protección y caminó hasta la entrada misma del callejón. Pensé que vería a Ruti, pero no la vio. Ella, como si hubiese sido invisible apareció más allá del corredor y corrió hacia la lata que parecía una bailarina impávida bajo el farol. Calito también corrió pero Ruti llegó primero y pateó la lata. Con esto liberaba a Chente , y me liberaba a mí. Ruti se llevó a Chente hacia el zaguán del edificio Cécile en las Quíntuples. Chente era su nueva presa. Yo corrí sin ganas otra vez al callejón de la Fleishman. Sentí un ruido a mis espaldas y me viré. Era el muchacho que no conocía.
—Me llamo Jairo. Soy colombiano —esto último era innecesario explicármelo, hablaba igualito de feo que el torero que estuvo brevemente casado con mi madre.
—Me llamo Perusín, soy panameño.
—Vi que te escondiste con Ruti...
Como me quedé callado añadió, como para entrar en confianza:
—¿Sabroso verdad?
Estaba pensando “este tipo no me cae bien”, cuando oí a Calito y a Ovi que daban unos gritos que no eran de juego sino de alarma. Salimos corriendo hacia ellos.
—¿Qué pasó —pregunté jadeando. Tití salió de su escondite y se nos unió.
—Agarraron a Chente en el zaguán de la casa con Ruti.
—¿Quién? —preguntó Tití.
—El papá de Ruti —dijo Ovi.—¡Chuleta! —se me salió esa presa sin querer.
—Míralos, ahí están —señaló Calito.
—¡Ay, qué lío! —gimió Virginia saliendo por el corredor opuesto.
El hombre tenía a Chente agarrado por el cuello de la camisa de manera que casi lo ahogaba. Ya la cara de tonto había desaparecido de Chente, lo vi bien, no estaba asustado —pocas cosas en el mundo son capaces de asustar a Chente—, esperaba el momento apropiado para actuar. Estoy seguro de que ya tenía algún plan.
—¿Qué hacemos? —pregunté a Tití.
—¡Dora! ¡Dora! ¡Asómate! —gritó el papá de Ruti, mientras la niña color de maíz nuevo ponía una cara parecida a la de Santa Librada.
—¿Qué pasa, Ruperto, qué escándalo es ese? —gritó la mujer asomada al balcón del tercer piso del Cécile.
—Que este maleante estaba violando a nuestra hija, ¿qué te parece?
—¡Oh, Dios mío, hay que llamar a la policía!
Chente, un fulito de sexto grado del Colegio Miramar, hijo de familia honorable, se había convertido de pronto en un violador degenerado a los ojos de los ingenuos padres de Rutiputi. Tal vez lo parecía. Chente fue siempre muy desarrollado para su edad. Me sentí culpable. Tienen a Chente así, agarrado por el pescuezo como un criminal, por mi culpa, porque yo lo llevé ahí. Y Tití también tiene un real de culpa. Tenemos que hacer algo.
—Vamos por detrás del Ivonne —le dije a Tití y salimos disparados. Entramos al callejón entre el Ivonne y el Émilie. Desde abajo lancé dos piedras a la ventana de la tía Rosa. Esperé y se asomó la señora pelirroja que tanto yo quería.
—¿Cómo está, tía Rosa? —murmuré.
—Yo estoy bien, Perusín, ¿y ese milagro que estás por aquí?  —ella también murmuró.
—Necesito unos fósforos —volví a murmurar esta vez con algo de súplica en la voz.
—Te los daré si me dices por qué estamos hablando como en secreto —murmuró.
—Porque no quiero que el señor Ruperto sepa que estamos aquí —le dije, sabiendo que era inútil tratar de mentir a la tía Rosa.
—Espérate.
No demoró nada en volver a asomarse y dejó caer una cajetilla de fósforos Parrots.
—No quiero saber para qué los quieres —me dijo y se metió en la casa.
Dimos la vuelta para quedar ahora en el callejón que separa el apartamento Cécile del Ivonne. Frente al basurero recogimos unos periódicos viejos y con ellos hicimos una bola. Titubeé un poco antes de prender el fósforo; me atacó un miedo atroz de que se desatara un verdadero incendio. Estaba con el fósforo inmóvil en la mano cuando apareció Beto diluido entre las sombras y me dijo con tranquilidad: “Anda, préndelo, Perusín, que no va a pasar nada”. Y lo prendí. En ese momento no era consciente de que Beto había muerto hacía casi un año en un incendio, a veinte metros de allí. Cuando el fuego cogió cuerpo y vimos que no podría regarse al resto de la basura, Tití y yo salimos dando brincos:
—¡Fuego, señor Ruperto, fuego!
—¿Dónde? —gritó el buen hombre.
—Allí, allí —Tití gritaba y saltaba como un grillo loco, señalando el corredor.
El señor Ruperto, sin soltar a Chente, se acercó al corredor y vio la bola de fuego. En ese momento Chente le dio una patada en la espinilla que hizo que lo soltara inmediatamente. Salimos disparados. Ni un regimiento de la Policía Montada Canadiense nos hubiera podido echar garra. Tuve tiempo de mirar al balcón de la tía Rosa. Allí estaba la querida señora, inventora de un dulce maravilloso conocido como “el tenteallá”, con su revuelta cabellera roja absorbiendo el brillo de las llamas del corredor. No lo podría jurar, pero estoy seguro que sonreía.
“¡Adiós, tía Rosa!”, pensé en un grito interior.
Y una mano se alzó en el segundo piso para decirme adiós.

(Capítulo III de la Primera parte de Pantalones largos)