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ediciones contrabando
Narrativa 9
21 x 13 cm; 226 páginas
Fresado con solapas
ISBN: 978-84-943944-4-7
DL: V-1757-2015
PVP: 12 euros

 

Portada Marero
Marero
José Luis Muñoz

Marero, encabezado por el relato homónimo que obtuvo en 2013 el prestigioso premio Ignacio Aldecoa, está integrado por diecinueve relatos, entre los que domina el género negro. Pero no en exclusiva: todo el libro está sazonado con ingredientes de literatura erótica e incluso fantástica. 

Una ironía, que a veces es sutil y elegante, y otras de grueso trazo (sin despreciar la caricatura, y hasta lo grotesco), empapa una escritura que es siempre amena, estimulante y divertida.

Muchos de los relatos que integran este libro han obtenido galardones literarios, formaron parte de antologías y libros colectivos de relatos o han sido publicados en revistas como Interviú o Penthouse.

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José Luis Muñoz (Salamanca, 1951) escribe novelas, casi siempre negras, artículos, críticas literarias y cinematográficas, imparte conferencias y viaja. Es autor de las novelas Lluvia de níquel, El mal absoluto, La Frontera Sur, La pérdida del paraíso, leer más

 

 

 


Reseñas

 



 

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SED NEGRA

 

Los Monegros volvían a ser desierto. Los últimos cultivos que habían cubierto aquella llanura pedregosa de fresca hierba habían fenecido a la escasez de todo muchos años atrás. Como las ciudades. Como los surtidores de petróleo que habían dejado de gotear combustible. 

La culpa del caos la tenía el petróleo. O las guerras que se habían hecho por controlar el petróleo del mundo. Desde que un cowboy había llegado a liderar el Holding que dominaba la Casa Blanca, una sucesión de guerras sin fin habían devastado el planeta de norte a sur y de este a oeste. Al principio la excusa era el terrorismo y lo crearon, y lo provocaron. Pero luego ya se olvidaron las excusas, porque ya no hacían falta, y el Holding con sus empresas y sus tropas dominaba el mundo. El petróleo se acababa y quien tuviera sus soldados colocados junto a los pozos ganaría la partida. ¿Pero de qué partida estábamos hablando cuando ya no había mundo? Ese era el absurdo, que la ambición desmesurada se autodevoraba. Las guerras por la posesión del crudo habían diezmado el planeta con infinidad de pequeños artefactos nucleares que habían disparado por mil los casos de cáncer en el mundo. Los sobrevivientes  de la locura comenzaron a reaccionar cuando ya era tarde. ¿Qué planeaba el Holding mundial regido por una cúpula de empresarios sin escrúpulos? Reducir la población, sin duda, a la mínima expresión, para poder sobrevivir ellos solos, unos pocos, a costa de exterminar a medio mundo. 

Se libraba la guerra número 360 de la era empresarial  y se suponía que las bajas eran cuantiosas, pero todo eran suposiciones, porque no había medios para conocer la realidad; la prensa, la radio y la televisión estaban en manos del poder omnímodo de los elegidos. Y los Monegros no era zona protegida por el Holding.

¿Qué quedaba de aquellos Monegros? Un toro de Osborne, una marca de coñac –una bebida obsoleta del siglo pasado– batido por el viento y al que le habían rebanado los huevos. El toro también era un fantasma. Habían desaparecido de la Península, como las corridas de toros, como los fumadores, como la mitad de la población.

Greco conducía con aquel desvencijado coche por la antigua autopista convertida en un infernal camino de tercera lleno de baches. El último asfaltado se remontaba a principios de siglo. Las piedras y los matojos salvajes habían horadado con saña aquella extensión antaño oscura con líneas blancas discontinuas que ahora había que imaginar. Llegó al área de servicio de Pina de Ebro con el motor gruñendo. Se acababa la gasolina y aquel oasis era la última esperanza. Pero la estación estaba vacía, los postes desahuciados con las mangas por el suelo y un viejo mascaba un palitroque sentado junto a la puerta destrozada de lo que había sido antiguamente un supermercado.

–¿Y la gasolina?

El viejo comenzó a reír.

–La última gota la dispensé hace diez meses. Ya no hay, amigo. Queme el coche. No le va a servir de nada. O quizá sí, para refugiarse en él y dormir por las noches. Cuando se va el sol refresca mucho. Aún llega el frío del Moncayo. 

–¿Ni una puta lata le queda?

–No, joder, claro que no. ¿Adónde va? ¿O es que va huyendo?

–¿No se ha enterado?

–¿De qué voy a enterarme? ¿Y cómo?

–Barcelona ha sido cerrada por zona catastrófica. Una puta epidemia. Pero malas lenguas hablan de que la propagó el Holding que controla los cementerios. 

El viejo se levantó y desenfundó un arma. Era un viejo revólver lleno de polvo, pero parecía estar en condiciones de abrir fuego, por lo menos el tambor giraba. 

–No se acerque más, amigo, o le tendré que dar el pasaporte. Allí detrás tengo enterrados a media docena que no me hicieron caso.

–No estoy contaminado.

–¿Cómo lo sabe?

–Salí antes. No tema. Sólo quiero petróleo.

–Pues aquí no hay.

–Le pagaré lo que quiera. Llevo dinero en el coche.

–¿Ha atracado un banco?

–Vacié mi cuenta corriente.

–No vale nada el dinero. ¿No se ha enterado? Vuelve el trueque. No me va a engatusar con papeles de colores. 

–Esperaré

–¿A qué?

–Puede que venga un conductor con un depósito más lleno que el mío.

–¿Y qué hará con cinco, diez, veinte litros?

–Llegaré a Zaragoza con un poco de suerte.

–¿Y allí qué?

–Es zona segura.

–Por poco tiempo. Hace dos días pasó una familia entera que huía en dirección a Barcelona.

–Pues no saben lo que se van a encontrar.

–Usted mismo. Pero no se me acerque. No quiero malgastar una bala con usted.

–¿Me puede dar comida?

–¿Y qué me va a dar cambio?

–Dinero, ya le he dicho que llevo dinero en el maletero.

–Y yo le he dicho que no quiero papeles de colores. Bull negro, butifarra de payés, hogazas de pan, tomates. Eso es dinero.

A media tarde, cuando el sol ya estaba bajo y la temperatura, tras una mañana abrasadora que reventaba las piedras y las convertía en arena, descendía a un ritmo de cinco grados por hora, Greco distinguió una columna de tierra que avanzaba desde el horizonte. Era un coche. Lo estuvo observando y rezó para que el que conducía aquel vehículo se detuviera en la gasolinera. Alguien debió oírle, o quizá fue la casualidad. Un todoterreno enfiló el desvió de la estación de servicio, se detuvo junto a los postes y de él descendió un tipo alto, musculoso y polvoriento. 

–Eh, amigo. Lleno.

El viejo estalló en una carcajada y no se movió.

–Hace meses que este pozo está vacío. Búsquese otro. O haga prospecciones por su cuenta. 

El tipo musculoso se quitó las gafas de sol y reparó entonces en el otro automóvil y en su conductor.

–¿Y usted?

–Me he detenido por la misma razón. ¿Le queda mucha gasolina?

–Unos cuarenta litros, pero con eso no llego a Barcelona. 

–Me podría prestar la suya –dijo el primer conductor al segundo, acercándose.

–¿Está de broma? 

–Yo con su gasolina puedo llegar a Zaragoza.

–¿Y cree que se la voy a dar?

El conductor recién llegado no reparó en que Greco escondía su brazo en la espalda. Cuando se dio cuenta ya era tarde. La llave de cruceta para cambiar ruedas le golpeó con fuerza en la cabeza y, aunque era un tipo corpulento, se tambaleó con el rostro inundado de sangre, reacio a caer. El segundo golpe fue con el pico de la llave, directo al corazón. Cayó entonces cuan largo era sobre el suelo terroso, junto a las ruedas de su vehículo.

–Porque sabía que no me lo ibas a dar por las buenas, amigo.

–¿Lo ha matado? –chilló el viejo, acariciando el revólver entre sus dedos trémulos.

–Creo que sí. Ha dejado de parpadear. Ahora necesito una goma para pasar la gasolina de un depósito al otro y me largo. ¿Me la da, abuelo?

–Con tal de que se largue, cualquier cosa. Pero entiérreme a ese fiambre. Cuando salga el sol se llenará de moscas y empezará a oler mal.

Se metió dentro del destartalado almacén. El conductor iba detrás de él. El viejo no soltaba el revólver, miraba las estanterías alumbrando la oscuridad con el haz de una linterna.

–En cuanto se jodan las pilas volvemos a las velas. ¡Qué tiempos! ¿Una manguera le sirve?

–Una manguera, de acuerdo.

Le tendió una manguera de plástico de cuatro metros, roja, de jardinería. Pero antes de dársela se lo pensó.

–¿Y qué me da a cambio?

–El todoterreno.

– Hace trampa, amigo. No es suyo.

–Ya sí. Me lo ha dejado en herencia.

–Se cree gracioso. Y además, no me sirve sin gasolina.

–Pero no siempre estaremos con esta escasez.

–Ahora me doy cuenta de que es un ignorante. Esto es territorio desahuciado, perdido irremisiblemente. No le interesa al Holding reabastecerlo. Las últimas noticias eran que la Península les iba a servir como campo de tiro nuclear. Así es que mucho futuro no tenemos, con manguera o sin manguera.

–¿Me la da? –Alargó la mano, impaciente. 

–¿Y si le vuelo la cabeza?

–Tendrá dos muertos para enterrar.

–Veo que es listo. Bien, se la doy, pero me entierra  a su muerto. No lo quiero ver.

Con la manguera Greco hizo sifón y el petróleo del todoterreno pasó al de su desvencijado utilitario sin perderse ninguna gota por el camino. Luego, cogió a su víctima por los pies y la arrastró hasta la parte trasera de la estación de servicio.

–¡Abuelo! ¡Una pala!

–Ya va, ya va. Tengo ganas de que se largue. ¿Sabe qué? Estaba muy tranquilo hasta que llegó usted.

–Le creo.

El anciano se aproximó arrastrando una pala enorme de obra por el suelo. Dejaba un rastro ancho en la arena que cubría lo que antaño había sido aparcamiento asfaltado. Se la alargó. Y no bien la soltó recibió un tremendo golpe en la frente que lo derribó al suelo. 

–Cabrón –rechinó entre dientes el moribundo desde el suelo–. ¿Por qué me matas?

–Empezaba a estar harto de tus exigencias, viejo plasta de mierda –y presionó con el filo de la pala el cuello del caído hasta que dejó de respirar. 

Decidió enterrar más tarde a sus víctimas. Tenía todo el tiempo del mundo. Regresó, con la pala ensangrentada a rastras, que dejaba un surco rojo en la arena, al almacén y prendió la linterna buscando bebidas en los anaqueles. Le había entrado, de repente, una sed brutal. No encontró cervezas, ni refrescos del Holding, ni agua, ni siquiera licor. Anduvo revolviendo todos los estantes y allí no había nada que fuera líquido. 

–Hombre, leche –pero cuando abrió el bote se dio cuenta de que era leche en polvo.

Fue directamente a los inodoros. Primero al de hombres, luego al de mujeres. Por mucho que abrió los grifos del lavabo no salió una miserable gota de agua. Y su sed crecía.

–¿De dónde sacaba el agua este viejo plasta?

La noche caía y no descubría el depósito de agua que debería haber en la estación. Al final, rendido, agotado y sediento, volvió junto a su cadáver con la esperanza de que no lo hubiera matado para preguntarle, pero estaba bien muerto, ambos lo estaban. 

–Intentaré llegar a Zaragoza, como sea.

Se puso al volante de su coche y arrancó. Salió lentamente a la autopista y dejó atrás la estación fantasma. Condujo durante kilómetros a oscuras, para no gastar más combustible, y sin pisar el acelerador. De cuando en cuando encendía una cerilla para ver por dónde iba la aguja del indicador de la gasolina, y se dio cuenta de que bajaba en picado.

–Tengo una fuga, maldita sea. Tengo una fuga en el depósito. 

Empezaba a amanecer y los letreros que señalaban Zaragoza le advertían que todavía faltaban 70 kilómetros. El coche empezó a temblar, avanzó, se detuvo, arrancó de golpe, se detuvo, y ya no volvió a arrancar por mucho que giró la llave del contacto. 

–¡Puta suerte la mía!

A las once el calor era tan sofocante que tuvo que abandonar el coche. Miró a su alrededor. La aridez del paisaje avivaba su sed. Y no había árboles en el horizonte, ni una triste sombra. Abrió el maletero del coche, cogió la maleta llena de dinero y se puso a andar siguiendo el trazado de la socavada autopista. A los quince minutos se detuvo agotado y se sentó encima de su maleta. El sol le caía en perpendicular sobre la cabeza y le hacía delirar. 

–¡El Ebro! ¡Coño! ¡El Ebro! –gritó, propinándose una palmada en la frente.

Dejó la autopista desahuciada y se internó campo a través. El río debía de estar a pocos kilómetros de aquel trazado, en línea recta calculaba como mucho cinco o diez kilómetros. Con esa idea retomó fuerzas para andar. Anduvo durante quince minutos más y cayó al suelo al tropezar con un pedrusco. Se rasguñó la frente, se abrió los labios, se enharinó la cara con la arena. 

–Un esfuerzo más, un esfuerzo más.

Cruzaba antiguos campos de cultivo abandonados que eran pasto de alacranes y serpientes. Pasaba ante las alimañas sin enterarse, mirando hacia el horizonte, creyendo ver brillar el agua en cualquier momento, con la maleta colgada del brazo que le servía en las paradas como asiento. El terreno adquiría una cierta pendiente y ese accidente le subió los ánimos.

–El río está próximo, lo huelo.

A punto de desfallecer tropezó con un cartel que indicaba “Curso del Ebro”. No leyó, o no quiso leer, el nombre de la empresa que había plantado en tierra aquel indicativo: Petróleos Holding. Los cantos rodados que ya pisaba le indicaban que se hallaba dentro del cauce, pero el agua no aparecía. Siguió andando, zigzagueante, incapaz de hacerlo ya en línea recta, con la cabeza ardiendo, los ojos fuera de las órbitas y la lengua estropajosa dentro de la boca. Y se detuvo, abriendo todo lo que pudo los párpados.

Lo que veía le parecía el fruto de una pesadilla, la última alucinación. El río había desaparecido, su agua se había evaporado, quizá muchos años atrás, y en su curso se alzaban, cada cien metros, los gigantescos taladros perforadores de los pozos petrolíferos. Un hilo negro, de petróleo, discurría  curso abajo. Aun así se acercó al Ebro, autoconvenciéndose de que aquel trazo oscuro, pese a las apariencias, tenía que ser agua. Y, arrodillándose, hundió la boca en aquella masa espesa, oleosa, que se deslizaba entre los cantos rodados. A los dos minutos abrió la mano derecha y soltó la maleta. 

 

 

* “Sed negra” recibió el premio Cuentos junto a la Laguna de la Laguna de Gallocanta, en 2010 y formó parte de la antología "Lava negra" (Editorial Verbum, 2013) junto a relatos de Raúl Argemí, Juan Ramón Biedma, Elidio La Torre Lagares, Dante Liano, Andreu Martín, Francisco Alejandro Méndez, Nahum Montt, Guillermo Orsi, Cristina Rivera Garza, Carlos Salem, Karla Suárez, Justo Vasco y Javier Vásconez.