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ediciones contrabando
Narrativa 7
13 x 21 cm; 112 páginas
Rústica cosido con solapas
ISBN: 978-84-943103-8-6
DL: V-1011-2015
PVP: 12 euros (+gastos de envío)

Portada Tableaux Vivants
Tableaux Vivants
Javier Navarro

Los tableaux vivants o “cuadros vivientes” fueron una forma de representación artística y de entretenimiento muy popular a finales del XIX y principios del siglo XX. Un grupo de personas (actores profesionales o aficionados, vestidos para la ocasión) posaba recreando pinturas o esculturas conocidas, escenas históricas, legendarias o de la vida cotidiana. Cuando el telón se alzaba, permanecían inmóviles y en silencio para fijar en la retina del espectador la imagen evocada.

La elección del título de este libro va más allá de su coincidencia con el de uno de los relatos que lo integran. Hay en todos los cuentos que conforman esta antología una cierta confluencia, una evocación común de atmósferas y temas. A través de estos "cuadros" el autor aspira a captar algo así como una instantánea de la imaginación: esos instantes precisos en los que parecen desvanecerse las certidumbres de nuestra realidad.

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Javier Navarro Navarro (Valencia, 1969). Doctor en Historia y profesor de la Universitat de València, ha investigado sobre el anarquismo, la Segunda República y la Guerra Civil, entre otros temas. Leer más

 

 

 

 


 



 

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Intruso

 

Sé que te preguntas qué me ocurre; si estoy preocupada, inquieta. Darías lo que fuera por saber qué me ronda la cabeza, por qué no duermo apenas, por qué me levanto exhausta todas las mañanas. Intuyo que haces esfuerzos por no interrogarme –hemos aprendido a vivir entre silencios– cuando me hablas y no respondo, cuando me encuentras ausente, con la mirada vacía y perdida. No sé si habrás descartado que te engaño. No se trata de otro hombre. Aunque, bien pensado, no sabría qué decirte; el asunto no deja de tener cierta ironía. Nunca he estado segura de nada, y menos ahora.  

Si te lo pudiera explicar, si hicieras entonces un esfuerzo para entenderlo, quizás me ayudarías. Pero ni yo podría contártelo ni tú me creerías.  

Y mientras tanto, él sigue ahí, sin que ninguno de los dos podamos contemplarlo ahora, esperando que llegue la noche para hacerse visible. Se ha interpuesto entre los dos, e imagino que así lo quiso desde el primer momento. Para tenerme para él solo, sin que os entrometierais ni tú ni nadie. 

Podría mentirte, decirte que una noche estaba asomada al balcón y de repente lo vi venir hacia mí desde una estrella, dando grandes saltos, como en aquellos tontos relatos que solía escribir hace tiempo. Quise imaginarlo de esa manera, pero no fue así. 

Ha ido creciendo, ganando su espacio y su tiempo cada noche, sobre el suelo, debajo de nuestra cama. Allí lo encontré la primera vez, en la penumbra del dormitorio, asomando un hombro. Un hombro blanco, como todo él: un blanco brillante, casi fosforescente, que no puede ser el de una piel, y de una textura blanda, acuosa. La luna dibujaba un charco de luz en el suelo. Como puedes imaginar, el pánico –estaba segura de hallarme despierta– me paralizó al principio. Tú ya estabas dormido y, todavía no me explico cómo, conseguí no gritar. Tras reponerme, me incorporé un poco y me agaché para mirar; jamás podría volver a conciliar el sueño si no me aseguraba de que aquello era una alucinación. 

Él ya no estaba. Pero no se olvidó de aparecer a la noche siguiente y a la otra, descubriendo cada vez una parte mayor de su cuerpo. Ahora todo él está ya fuera. Sigue acostado boca arriba sobre el suelo; parece tener la estatura de un hombre normal. Yo me coloco de espaldas a ti, mi mejilla sobre la almohada,  y observo cómo se asoma poco a poco, sin que parezca arrastrarse, sino surgir lentamente y, de repente, el blanco está ya allí. Al principio no quería mirar; enterraba mi cabeza bajo las sábanas hasta casi ahogarme, sabiendo que, si emergía de esa profundidad salvadora, lo tendría justo bajo mis ojos. 

Nunca hace nada, no inicia ningún movimiento para incorporarse. Permanece inmóvil, sumido en un letargo que, sin embargo, le va haciendo cada vez más fuerte. A mi costa, aunque no le reprocho nada.  

Ahora nos reconocemos en esa extraña convivencia nocturna, sin sonidos, sin gestos. Él me reclama sin palabras ese espacio, esa vida a la que, por fin, tiene derecho. Yo soy testigo de su despertar noche a noche, de cómo se graba poco a poco cada surco y cada arruga en la blanca gelatina de su piel. En su rostro, antes vacío e informe, se van dibujando con minuciosidad unos rasgos: aquí una nariz y unos ojos, allá una boca, con un orden que, sin embargo, parece frío y ausente de vida. Mantiene cerrados los ojos; me pregunto qué hará al abrirlos. 

Se siente a gusto a mi lado, y yo empiezo a acostumbrarme a su presencia. Intuyo que él me había escogido mucho antes, sin que yo pudiera imaginar nada. Encontró aquel lugar recóndito, sobre el suelo de nuestro dormitorio; el calor que yo le proporciono vela su descanso y su –así me lo imagino– doloroso crecimiento. 

A veces, sobre todo al principio, tenía ganas de llamarte, de despertarte a susurros para que pudieras verlo como yo; otras veces, la rabia de mi soledad me impulsaba a sacudirte, a golpearte, a gritar con fuerza para que contemplaras por fin qué cosa crecía debajo de nuestra cama. Al verlo allí, lo entenderías todo, compadecerías mis insomnios, el cansancio de mis días derrumbándose en una larga pendiente hacia la noche, mi dolor ante tus mudos reproches (¿no tendremos hijos?). Así me comprenderías y lo arrancaríamos por fin de nuestra vida. Sin embargo, ahora el miedo y la ira han desaparecido; se han diluido en una extraña espera, en la incógnita de sus movimientos y de su nueva apariencia cada día. 

Por otro lado, me resigno; sé que él nunca dejaría que lo descubrieses. Al encender la luz, se escondería rápidamente, se agazaparía plegándose en un rincón como hace siempre de madrugada, cuando todavía no ha comenzado a amanecer. Más aún: sé que aunque pudieses encontrarlo allí, jamás lo admitirías. Inventarías cualquier argucia para negar la evidencia. Eres incapaz de compartir mi miedo; siempre ha sido así. Me devolverías una mirada bienintencionada y compasiva, pero tras ella, de nuevo, la extrañeza, la incomprensión, la imposibilidad de ver lo que veo, de sentir lo que siento. 

Podría decirte, casi estoy convencida de ello, que se alimenta de mí como un vampiro. No come; permanece quieto, esperando. Pero, entonces, ¿qué va dando color a su piel y dibuja las venas azuladas que distingo en su cuello y su cara? Por otro lado, mi apatía, mi cansancio infinito de cada mañana, el vértigo al despertar, y esa extraña sensación de ingravidez, al notar cada vez más ajeno mi propio cuerpo, abandonado ya a su suerte... Poco a poco, sobre el suelo de nuestro dormitorio, él bombea mi sangre a cada una de sus arterias, mi aire recorre sus pulmones... 

Su respiración, aunque suave, es cada vez más perceptible. Últimamente le escucho de cuando en cuando algún gemido; más que de sus cuerdas vocales, parece venir de algún lugar de sus pulmones. Es el eco de unos pitidos, como los que producen los bronquios enfermos de un tuberculoso. 

Mientras lo contemplo esta noche, agachada en posición fetal, con las manos plegadas bajo mis piernas y la cara un poco fuera de la cama en dirección hacia él, aguardo impaciente a que despierte. Sucederá ahora, lo sé. Al cabo de un rato, y después de observar palmo a palmo su cuerpo ya palpitante, me vuelvo hacia su rostro y me fijo en sus ojos, clavados directamente en mí. Su mirada no es fría ni amenazadora, sino triste y angustiada. Entonces lo comprendo todo en un instante. En este punto, acabado ya su trabajo, su futuro no es el de la vida, sino el de la muerte, la desaparición y una nueva espera, quizás más larga que la que lo ha llevado hasta mí. Me mira suplicante, pero creo captar también resignación en sus ojos; sabe que no puedo hacer más por él. 

Alégrate, puedo darte una buena noticia. De nuevo volveremos a estar los dos juntos. Y solos, como siempre.