Libros de autor

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Libros de Autor
15 x 21 cm; 212 págs.
Rústica cosido con solapas
ISBN: 978-84-943103-9-3
DL: V-1009-2015
PVP: 14,20 euros

Portada SUNDAY DANDY
SUNDAY DANDY
R.A. Raga

Un grupo de jóvenes de vida ociosa y despreocupada, imbuidos por un radical hedonismo, alterna sus días abandonándose a los innumerables placeres que les permite su holgada situación pecuniaria, con el alcohol y el sexo como referentes totémicos de su generación. Este frenético ritmo de vida se ve sorprendido por la llegada de la crisis económica, que afecta de distinta manera a cada uno de ellos y provoca importantes cambios en su relación de amistad y en su entorno sentimental. La mayor parte sufrirá una profunda quiebra que modificará sus propias vidas y las de todos aquellos que los rodean.

Sunday Dandy es un grito de desgarro generacional, una reflexión sobre la pérdida de referentes, un relato donde el conflicto entre las expectativas y la realidad desemboca en la ausencia de sueños, en la materialización de pesadillas. Un libro de oscuros deseos y nítidos rencores, de anónimos actores y excelsas pasiones. La novela discurre por un espacio temporal circunscrito a un entorno económico en declive, a una sociedad en precario equilibrio, a unos hitos vacuos por inexistentes.

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R. A. Raga (Valencia, 1975) es Licenciado en Derecho por la Universidad de Valencia y ha realizado estudios de postgrado en Ciencias Políticas en distintas universidades de Reino Unido, Bélgica y Francia. Su trayectoria profesional ha estado siempre vinculada a la esfera internacional en los sectores público y privado residiendo en países como México. R. A. Raga ha escrito y dirigido los cortometrajes Historia de un ciudadano, Canibalismo otoñal y Mickey Mouse ha muerto, seleccionados todos ellos en distintos festivales de ámbito nacional e internacional. Como escritor, ha realizado crítica artística y gastronómica, colaborando en la elaboración de distintos catálogos de artista y exposiciones individuales o colectivas. Sunday Dandy es el primer libro de una serie de tres novelas cuyo eje argumental gira en torno a los hitos de generación, deseo y muerte. 

 


Reseñas

 



 

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Madrid. Noviembre 2011 

 

El reloj marcaba las doce en punto. Las doce de la noche. La hora en la que las madres observan con ternura a sus hijos dormir, en la que los maridos diligentes acarician a sus dulces esposas, en la que los oficinistas guardan reposo a la espera del próximo día, ese que confían no llegue nunca. La hora en la que los noctámbulos comienzan su azarosa vida sentimental, los adolescentes escriben mensajes a sus amadas o amados, o a simples amigos a los que desean, en toda su extensión, más allá del pulcro sentimiento de amistad. La hora en la que la realidad se convierte en sueño y el sueño en fotografía de un deseo. La hora en la que los amantes se despiden y, ya vestidos, se encaminan a sus respectivos hogares, a sus infiernos particulares, a su solitaria existencia, lejos del ser amado.

Caía una lluvia intensa. Desde mi posición, guarecido de un agua que no lograba evitar y que comenzaba a calar mis botas, observé una figura que andaba de manera apresurada. Un hombre. Alguien que llegaba tarde, alguien a quien esperaban en casa, alguien que, por sentirse culpable, aceleraba sus pasos y, nervioso ante su propia tardanza y su inseguridad, trataba de evitar el agua que arreciaba, en tanto que mancha, en tanto que deshonor. A medida que se aproximaba al portal me fui acercando a él. De su bolsillo sacó unas llaves y abrió. Con un movimiento rápido logré entrar tras él. Ante mí, el rostro estupefacto de mi víctima. Cerré la puerta violentamente y lo empujé al suelo. Atemorizado, con la cara desencajada, me ofreció todo su dinero, las tarjetas, el reloj, las llaves del coche. Guardé silencio y lo miré fijamente. Era él.

Del interior de la gabardina saqué una barra metálica y le asesté un golpe en el pecho. El hombre se movió bruscamente con un sonido ahogado, con un gemido, un quejido desesperado, un llanto de angustia profunda. Erré el segundo golpe y uno de los extremos de la barra, más punzante, se clavó en su cuello de donde brotó un viscoso chorro de sangre. En una reacción instintiva –tratando de protegerse, de buscar una huida, auxilio– dio la vuelta sobre sí mismo arrastrándose boca abajo y dejando un reguero de intenso granate mientras intentaba subir los escalones que separaban la entrada del portal marmóreo del ascensor. Lo agarré de los pies. Lo arrastré sin que emitiera un solo sonido, una sola mueca. Únicamente sus ojos, su mirada, irradiaban un indómito terror a una muerte que consideraba segura, que desesperadamente suplicaba.

Tendido en la alfombra, probablemente del siglo XIX, me miró fijamente e imploró una piedad que yo no estaba dispuesto a dispensar. De su boca no dejaba de manar sangre. Su repentina cobardía resultaba insoportable. Su esquiva mirada, su falta de valentía. ¡Inaceptable! Un hombre de su arrojo y altanería, de su insolencia y actitud engreída. Con dureza, con toda la fuerza que me permitía el pesado objeto de metal, machaqué su pecho y su garganta. A cada envite se movía bruscamente, convulsionándose, expulsando por la boca bilis, sangre y toda serie de fluidos infectos.

Le golpeé en la sien, una y otra vez, con suma rabia, con verdadera impotencia, como si fuera un acto liberador, en la más profunda de las inconsciencias vitales que permiten a nuestro verdadero yo expresarse y materializar todo aquello que hemos soñado, una especie de orgasmo anulador, una disociación mental que facilitaba mi tarea, dejándome  llevar, golpeando de manera sincera y precisa el cráneo de mi víctima, que se movía de un lado a otro por efecto de los golpes recibidos.

Exhausto y satisfecho, henchido de orgullo, permanecí inmóvil durante unos momentos. Admiré mi obra maestra, mi redención hecha arte. La sangre extendiéndose lentamente a través de la trenzada alfombra decimonónica mientras los personajes de los tapices que colgaban en las paredes parecían gozar con la escena presenciada. Sus rostros, su expresión, sus gestos permanecían inalterables, atónitos ante lo acontecido. Espectadores privilegiados de un delirio mayúsculo –digno de admiración– que repetían enajenados sus ansias de obtener más, una nueva aria, una nueva demostración vocal de su tenor, de su grandísimo intérprete. Questa o quella.

Despacio, lentamente, en la oscuridad, mientras la lluvia impasible continuaba cayendo en el exterior, un charco de rojo burdeos recorría sin obstáculos toda la estancia. Perplejo y exultante, disfruté un último momento de la escena, de la gloria momentánea, de los aplausos, reverencias y vítores. Me di la vuelta y salí del portal habiendo recogido la ovación del público, abandonando el escenario consciente del éxito alcanzado. Fuera llovía intensamente y bajo el aguacero nocturno saboreé el triunfo, deslumbrado por el cariño de un público inexistente pero entregado, solícito por retener mi presencia unos instantes más, cerca de ellos. Querían sentir mi calor. Eran las doce y media de la noche. Faltaba un día menos para el domingo.