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ediciones contrabando
Narrativa 2. Segunda edición
13 x 21 cm; 199 págs.
Rústica cosido con solapas
ISBN: 978-84-943103-6-2
DL: V-641-2015
PVP: 12 euros (+ gastos de envío)

 

Portada Suerte
Suerte
Bárbara Blasco Grau

Suerte es una palabra extraña, diversa; un territorio vasto y complejo disputado, a la vez, por lo fortuito (el azar) y el éxito (la fortuna). Pero “suerte” es también la casualidad a la que se fía la resolución de una cosa.

Adela, un ama de casa en las puertas de la madurez, con los hijos ya criados, hastiada de la rutina y de una vida vacía (“robada”), descubre un día que ya no soporta a su marido, Raúl, un profesor de literatura francesa, enterrado en sus propias rutinas y alimentado de citas en las que está dejando de creer.

Arrastrada por su propio desconcierto, Adela recurre al azar del tarot para que le ayude a escapar de su destino. Pero la irrupción de este elemento, ajeno por completo a ellos, va a desencadenar un insólito vuelco en sus vidas.

Suerte indaga en el laberinto inconmensurable de la vida moderna, donde todo el mundo está perdido, y tan fácil es buscar salidas absurdas. 

Con un lenguaje vigoroso y actual, moderno e intuitivo, Bárbara Blasco traza en ésta, su primera novela, un retrato vivo y certero del naufragio contemporáneo.

Leer Capítulo Uno

 

Bárbara Blasco Grau (Valencia, 1973). Estudió Dirección cinematográfica en el CECC (Centre    d´estudis cinematogràfics de Catalunya) y guión en la escuela de cine de San Antonio de los Baños en Cuba, y en la UIMP, en la escuela de guionistas Luis García Berlanga. Leer más

 

 

 


Reseñas

 



 

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UNO

La televisión escupía incansable sus mensajes: dos figuras exasperadas discutían sin pudor en el canal siete, risas enlatadas tras un chiste fácil en una telecomedia americana, calculadamente ácida, en el seis. El dedo de Raúl se detuvo en el cinco, en el pseudodebate sobre las infidelidades del marido de una folclórica, cansado de la errante búsqueda. Pero pronto la presentadora, de escote vertiginoso, cortó limpiamente a sus invitados para dar paso a unos breves consejos publicitarios. 

No nos dejen, volvemos en un suspiro. 

Millones de anuncios publicitarios. Curiosamente, fueron ellos los que lograron captar su atención, atrapándolo entre sus cálidas promesas, aislándolo en un dulce vacío. Se sorprendió, los ojos fijos en la pantalla, hipnotizado por una leve música, observando con extrema atención cómo un coche, del que más tarde no recordaría la marca ni el modelo, se deslizaba por la calzada de seda, al ritmo de una suave canción pop interpretada por una voz aniñada, susurrante de pasión. Sólo una voz. La prodigiosa voz de una Lolita atemporal, vestida de algodones, los labios dulces como el algodón dulce, la mirada velada de una sutil nostalgia que ninguna de sus sonrisas adolescentes podría ocultar. 

La opresión en la vejiga lo conminó a salir de su ensoñación. El sonido del chorro de orín reverberó en las paredes alicatadas. Con la banda sonora de su Lolita resonando dentro, observó su imagen rebotada en el espejo: cuarenta y nueve años de tez morena, de facciones marcadas, de ojos hundidos, sombreados por los bordes, como los de un mapache inofensivo. No le gustó lo que vio. Tampoco le desagradó. 

Había llegado en el vuelo de las 8.40, en un día que amaneció gris, custodiado por espesas nubes que terminaron por desplomarse sobre la pista de aterrizaje. Y nada más traspasar la puerta de la habitación 412, con la placentera anestesia que producen los días nublados, se había tendido sobre la cama y le había dado al mando, dejando que el tiempo se enredara indolente entre las 625 líneas. No sabía qué cantidad exacta de tiempo. 

Odiaba la televisión. Le encantaba ver la televisión en los hoteles. Le gustaban los hoteles, le gustaban los viajes de trabajo, escapar a la rutina y adentrarse en las fauces de la ciudad extraña. En ese espacio doblemente ajeno –ciudad extraña, habitación extraña– sentía más que nunca que pertenecía a este mundo, que sus raíces se aferraban con desconocido vigor a la tierra. Que encajaba por fin en algún lugar, de manera casual aunque perfecta, como esas piezas que encastran los bebés con sus torpes manos en el vacío que desaparece con su forma. 

Menos por menos es más. Desde que aprendió esa regla matemática siendo niño, no había dejado de aplicarla a su vida. Y no fue un descubrimiento fácil, no, a su pequeña lógica le costó comprender que el resultado de multiplicar dos números negativos fuera positivo. La misma perplejidad que al dividir su número mágico, el ansiado y perfecto diez entre tres, y hallar de pronto el infinito. 

Con el tiempo, se había acostumbrado a convivir con la paradoja, a hallar infinitos placeres en actos aparentemente banales y hasta repudiables, como ver televisión basura por la mañana comiendo una latita de cacahuetes del minibar, o sentirse como en casa, mejor que en casa, en un hotel extraño de una ciudad extraña. 

–Ella sabía que él la engañaba, pero la pregunta es: ¿sabía él que ella sabía que la engañaba? 

Los enormes pechos habían vuelto. La presentadora inclinó su cuerpo hacia delante, dejando asomar el canalillo, mientras esperaba respuesta al trabalenguas por parte del tertuliano de su izquierda, uniformado con traje y corbata impecables. 

Raúl se tendió de nuevo sobre la cama, en línea con el imaginario azarbe que discurría entre aquellos senos, mientras se imaginaba a sí mismo respondiendo de forma razonada una de aquellas preguntas. 

En un par de horas, él mismo estaría frente a un auditorio, impartiendo su conferencia: “El compromiso social y la fantasía en los autores del boom latinoamericano”. Y tras ella, abriría a su vez un turno de preguntas, no menos estúpidas, que masticaría lentamente antes de escupir respuestas, no menos estúpidas, con su traje y su corbata igualmente impecables. Podía haber elegido otro título, pero eso era lo de menos. A menudo, a partir de estúpidos encabezamientos se llegaba a importantes conclusiones. 

Lamentó haberse perdido la respuesta del tertuliano con sus disquisiciones. Atisbó la posición de las manecillas del reloj. Aún quedaba casi una hora para que vinieran a por él. Se aferró con fuerza al mando a distancia y navegó sin rumbo fijo. Transitó del canal de deporte al de cocina macrobiótica, del de música latina al de leones tumbados al sol, haciendo escala en un magazín chileno que presentaba el hombre con la cara más triste que jamás hubiera visto. 

Un toque más y su dedo quedó anclado en la tecla Pr+, y su mirada varada en una gorda de pelo seco como la paja, que le habló directamente a los ojos mientras una segunda voz sin rostro le atravesaba las entrañas, con el furor de un cohete espacial. 

En un movimiento instintivo, apartó los pies calzados de la cama. 

–Tenía muchas ganas de hablar contigo, Morgana. 

–Hola de nuevo, Piscis. Te echábamos de menos esta semana. ¿Cómo estás? 

–… Bien. Estoy bien. 

El tono de Piscis contradecía vivamente sus palabras. 

–Un poco más animada que la última vez. Puede que sea la primavera, o puede que sea porque él está fuera unos días. Pero ya no aguanto más esta situación, Morgana, no lo soporto.

Silencio. Tal vez Piscis estuviera estrangulando lágrimas en su garganta para seguir alumbrando más palabras. 

–Venga, querida Piscis, quiero que te animes. Vas a hacerme ese favor, ¿verdad? Tú me prometes que te vas a animar, y nosotras vamos a ver qué nos dicen las cartitas… 

La gorda le hablaba a la voz etérea como a una niña estúpida pero eso no parecía molestar a Piscis que, más bien al contrario, parecía hallar consuelo en sus palabras. 

–¿Quieres que miremos cómo se presenta el panorama en el tema amoroso? ¿A ver si llega pronto esa separación que tanto deseas?, ¿si se avista otra persona en el horizonte? 

La vidente comenzó a barajar las cartas y a desplegarlas sobre el tapete de terciopelo negro en el que estaban impresos los doce signos del zodíaco. Con cada movimiento de sus extremidades superiores, bailaban sus flanosas carnes. Cada vez que extendía su brazo rematado en cinco uñas rojo sangre, se producía un ligero seísmo, cuyo epicentro se localizaba bajo el tectónico pecho. 

–No. Prefiero que esta vez me mires cómo me va a ir en el terreno laboral. Creo que es la única forma de librarme de él. 

–Como quieras, corazón.

Las cejas de la vidente se fruncieron formando un acento circunflejo para, acto seguido, volver a su línea recta original. 

–Parece que no se presenta nada mal, amiga Piscis. Aquí tenemos la carta de la sacerdotisa, junto con la de la rueda de la fortuna, que apuntan a un cierto equilibrio económico. Veo algunas dificultades iniciales, no te lo voy a negar, la carta del loco está actuando como un poderoso freno. Pero veo algo, puede que no sea el trabajo de tu vida, puede que no vayas a cobrar un sueldazo, pero es un principio. Y ya sabes, hasta Amancio Ortega empezó vendiendo batas de guatiné. 

La vidente rio su propia gracia. Piscis no rio. 

Tras unos cuantos consejos más que no encontraron contrapunto sonoro alguno, despidió a su interlocutora para dar paso a una nueva llamada, como quien gira una esquina por la que jamás volverá a pasar. 

Raúl permaneció inmóvil, los ojos anclados en la pantalla, sin escuchar lo que la gorda decía pero viéndola hablar a la cámara, desencadenar nuevos microseísmos con el movimiento de sus brazos. 

En la esquina derecha de la habitación, su Lolita le sonreía ahora con una tristeza tres tonos más amarga mientras le susurraba su canción, que sonaba cada vez más lejana, cada vez más metálica. 

El tiempo se espesó hasta quedar comprimido en una pequeña cápsula. 

Por fin, el dedo de Raúl, provisto de una sobrevenida autonomía, apagó la tele y su cuerpo se desplazó hasta el portatrajes. 

Se vistió, siguiendo un preciso ritual: deslizó roll on por las axilas, se abotonó la camisa rosa palo, se anudó la corbata granate, se enfundó los pantalones gris marengo, se caló la chaqueta a juego, se peinó las cejas con el índice ensalivado. 

Pero fue otro el que descendió al vestíbulo del hotel, otro el que esperó un tiempo indeterminado hasta que Miguel Ángel, el corpulento profesor de literatura hispanoamericana, con aspecto de camionero bajo el traje, apareció para conducirlo hasta la universidad donde impartiría su conferencia. Otro el que habló del compromiso social en la obra de Cortázar, de su fantasía solidaria, de la actualidad de su Fantomas contra los vampiros multinacionales. Otro el que estuvo brillante a tenor de los comentarios posteriores, aunque él, ni aun sometido a la más concienzuda de las torturas, hubiera sido capaz de recordar una sola de las palabras pronunciadas ante el nutrido auditorio. 

Otro el que regresó al hotel, ansioso de recuperar su empeñada soledad. 

Sólo entonces pudo comprobar cómo se unían por la cola dos momentos distantes en el tiempo. Y ese otro supo que el lapso transcurrido entre ellos no había sido más que un amable paréntesis, una ristra de anuncios publicitarios entre programa y programa, un bonus de vida regalada, tan falsa como la de un videojuego. 

Lo peor de todo es que su mujer ni siquiera era Piscis. Pero hubiera reconocido su voz entre miles de voces. Con una sola palabra, con la leve aspiración para tomar aire.