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Libros de Autor
Novela
15 x 21 cm. 168 págs.
Rústica fresado con solapas
ISBN: 978-84-942292-8-2
DL: V-1678-2014
PVP: 12 euros

Portada Tempestad en Baltimore
Tempestad en Baltimore
Yolanda París Tudela

¿Es la vida una pequeña tempestad en un vaso de agua? ¿O pueden las olas arrastrarnos hasta playas desconocidas?

La protagonista y narradora de Tempestad en Baltimore -una mujer de 36 años perdida en medio del oleaje de la vida y con los nervios deshechos- busca los estímulos necesarios para no hundirse, salir a flote y continuar su navegación. Pero cada día es un pozo de incertidumbre, y el vaivén de la vida nunca cesa. Esperanzas e ilusiones conviven a cada instante con decepciones y fracasos. A pesar de los contratiempos, ella no se rinde. Tiene un sueño al que no quiere renunciar: escribir y ser feliz. Y, cuando todo va mal y anuncia tormenta, tiene un salvavidas al que agarrarse: el gran mito de Baltimore, el mejor nadador de la historia, el increíble Michael Phelps, el hombre que más medallas de oro ha ganado en las Olimpiadas, el nadador incansable que demostró a todos que “los sueños se pueden cumplir”.

 

Leer Capítulo Primero

 

Yolanda París Tudela. Madrid (1974). Licenciada en Derecho, trabajó durante siete años para la organización SOS Racisme. En los últimos años ha centrado su actividad en la producción literaria, dando cursos de poesía y escribiendo, sobre todo, relatos cortos y alguna novela. Trabajo que le ha reportado algunos premios, como el “Francesc Bru” del ayuntamiento de Canals y el primer premio del certamen de narrativa para mujeres en la Comunidad Valenciana, así como el premio juvenil “Cruzando Culturas”. A pesar de su dedicación a los relatos cortos, no ha abandonado la poesía -por la que recibió el premio Miguel Hernández-, ni las novelas. Tempestad en Baltimore es la primera que publica. Su libro de relatos Algunas historias de amor (Tundra Ediciones, 2009), condensa mejor que nada su gusto por las historias cercanas y llenas de emoción.

 


 



 

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I

 

Acabo de cumplir los treinta y seis y desde hace ocho -como ya saben- escribo con una regularidad casi enfermiza. Me levanto por las mañanas, me tomo un café con leche, saludo a mi madre, me voy a trabajar y cuando vuelvo, me siento frente al ordenador a tratar de dibujar un mundo mejor, o por lo menos distinto. No siempre lo consigo, esa es la verdad, pero lucho todos los días para que mis palabras se acerquen a esa realidad que yo quisiera habitar.

Trabajo a media jornada en un despacho de abogados: reparto correspondencia, atiendo el teléfono, ayudo con las demandas y entretengo a los clientes. Me gusta mi trabajo, es ameno, divertido y me deja tiempo libre para dedicarme a lo que más me gusta: escribir.

Y aunque podría trabajar como abogada -porque tengo la carrera terminada, eso al menos asegura un papel- desistí de tal propósito después de seis meses de prácticas en un despacho. No es lo mío. Lo siento mucho por mi madre que está desempeñada  en verme desempeñar esa profesión, pero lo cierto es que, a parte de escribir, pocas cosas hay con las que pueda ganarme la vida. Y eso que he desempeñado todo tipo de empleos: he sido canguro, cajera y también telefonista ¡ah! y camarera durante dos días, pero, una vez, crucé el umbral de la madurez -alrededor de los veinticinco- descubrí que si no quería padecer todo tipo de enfermedades psicosomáticas tenía que desempeñar una jornada laboral parcial y dedicar el resto del tiempo a tareas más efímeras. Así que sueño vidas mejores y trazo en papel historias que me hagan la realidad un poco más llevadera.

He publicado dos libros de relatos y estoy intentando terminar mi segunda novela, pero después de la crisis del verano las cosas van un poco lentas.

Este último año ha sido un poco difícil para mí. He tenido problemas, sobre todo sentimentales, la verdad es que son los únicos que me afectan realmente porque como soy poco dada al mundo real, ni el dinero ni la caída de las bolsas ni las hipotecas me quitan el sueño, son los temas relacionados con el amor los que me producen taquicardia por la noche y me hacen perder el rumbo. No quería hablar de este tema -ya escribí anteriormente una novela sobre ello y creía que lo tenía superado- pero ahora que estoy siendo sincera me doy cuenta que no, que todavía me queda mucho trabajo por delante.

Bueno, como iba diciendo, he tenido un año un poco complicado. Empezó el mes de septiembre del año pasado -había venido de París un poco cansada, agotada más bien. Voy todos los veranos a cuidar ancianos con una ONG- y cuando regresé no me tomé las vacaciones que debía así que fui arrastrando el agotamiento la mayor parte del año. Ese fue el primer problema.

El segundo resultó que ese año no me publicaron ningún relato, tampoco las novelas que había presentado a los concursos ni los libros de relatos, por lo que mi autoestima estaba por los suelos, además me detectaron un problema de anemia, mi madre pasaba una época difícil y se dedicó a cuestionar mi afición a la lectura y a la escritura y por último, el futuro padre de mis hijos no me había llamado, había estado en París y no había ido a verme y no contestaba mis e-mails.

Como verán la situación no era especialmente favorable y aunque así agrupados parecen una serie de contratiempos sin importancia, espaciados en el tiempo lograron afectarme seriamente y fue en el mes de marzo cuando descubrí que las consecuencias para mi salud habían sido nefastas. A todo esto tengo que añadir un dato muy importante y que olvido mencionar con cierta frecuencia, soy una persona altamente sensible. No sensible a secas. No de esas que se emocionan viendo una película o cuando sucede una desgracia. No. Mi sistema nervioso percibe todo aquello que a los demás les pasa inadvertido. Veo. Y, a veces, me resulta una tortura. Porque en esta sociedad en la que vivimos eso de ser diferente, delicada, no está bien visto y si además te niegas a correr de un lado a otro las cosas no hacen sino complicarse.

Debido a estas circunstancias que he mencionado anteriormente mi sistema nervioso estaba gravemente alterado, alteradísimo diría yo. Y así me resultaba difícil concentrarme y ver el lado positivo de la vida.

Así que a los dos meses de volver de París empecé a darme cuenta que las cosas no iban bien. Lloraba en cualquier rincón, escribía con más frecuencia de la que debería poemas de amor, escuchaba música triste y sólo quería permanecer en la cama, acostada La verdad es que mi situación se complicó tanto que el médico de cabecera me recetó un poco de reposo, que me tomara las cosas con más calma y yo -que no quería agravar mis angustias- decidí hacerle caso.

No me sirvió de nada. 

Refugiada en casa, lo único que hacía era mirar el ordenador para saber si el futuro padre de mis hijos me había escrito, para ver si aún me recordaba o había decidido olvidarme.

Puesto que no recibí ninguna respuesta, a las dos semanas de permanecer en la cama, decidí volver a trabajar porque temía que sino acabaría sumida en una depresión. Así que cogí el alta y regresé a mi lugar de trabajo. 

No sé por qué, pero las tareas se habían multiplicado, empezaron a acudir montones de clientes, la gente no dejaba de llamar por teléfono y después de presentar la última demanda en el juzgado de instrucción número 7, sufrí un desvanecimiento. Se armó tal bullicio que tuvieron que llamar al médico y trasladarme a urgencias y allí me dijeron que, además, del estrés padecía una anemia de caballo. Me recetaron hierro y vitamina B-12 y volvieron a mandarme a casa, esta vez con una baja mucho más larga.

Me metí en la cama de nuevo -estaba tan débil que apenas tenía ganas de escribir- y comencé a leer para distraerme. Me aventuré con una novela que me habían dejado -sobre una rata que lee-. Firmin creo que se llamaba y cuando me levanté de allí me pareció que después de todo no era una chica tan rara, que en algún lugar había alguien que me comprendía, aunque fuera un roedor. 

Y como estaba más animada tras la lectura, decidí olvidarme de la baja y regresar a trabajar. No saben cómo me arrepentí.

En cuanto llegué al despacho me comunicaron que íbamos a cambiarnos de local y que en menos de un mes teníamos que trasladar todos los expedientes, los documentos, ordenadores, muebles y demás equipos y que como estaban muy escasos de personal tendría que ir también por la tarde.

Sufrí un nuevo desvanecimiento en mitad de la sala principal. Un escándalo, porque al caerme me golpeé con una esquina de la mesa de cristal que hay delante del sofá y me hice una herida en el ojo, total que comencé a sangrar y una señora -que tenía cita para firmar su separación- se desmayó de la impresión.

En urgencias volvieron a firmarme la baja y me advirtieron -por si sufría nuevas recaídas- que no fuera a trabajar por lo menos en dos meses, que era imprescindible para mi recuperación total y que ellos lo agradecerían enormemente.

Así que, de nuevo, regresé a mi hogar. 

He olvidado mencionar que no vivo sólo con mi madre sino que mi hermana, ocasionalmente, también convive con nosotras. Y aunque pasa largas temporadas en casa de alguno de sus novios, en esa época había roto con su pareja, había dejado el trabajo y había decidido regresar a su antigua habitación con el consiguiente disgusto de mi madre, que no estaba muy dispuesta a asimilar que sus dos hijas estuvieran en casa sin trabajar. Debido al estrés que se acumuló en las dos semanas y media que mi hermana permaneció allí, tuve que llamar a mi psicólogo y pedirle cita porque el asma me impedía respirar y ya apenas sabía qué hacer con mis nervios.

Antonio y yo nos conocemos hace más de diez años -desde que mis padres se divorciaron- y es junto con la literatura, una luz en mi horizonte. Voy a visitarle de tanto en tanto -no quiero interferir en sus otros pacientes- y siempre que me encuentro perdida o mi sistema nervioso se niega a recibir más órdenes, acudo a su consulta.

Me recibe sin quejas, sin cuestionamientos y me escucha con una paciencia que nadie más me concede y siempre salgo de allí con la sensación de que no soy una persona tan distinta. Recibió mi llamada con total naturalidad -es el único que no se siente amenazado con mi sensibilidad- y quedamos para el lunes siguiente. 

Llegué puntual a la cita, a eso de las dos y cuarto, y cuando me senté enfrente de él -tras tanto estrés acumulado las últimas semanas- después de un hola cordial, cercano, amistoso, no pude evitar echarme a llorar. No me gusta ir derramando lágrimas por ahí, me desagrada enormemente perder el control pero al hallarme delante de una de las pocas personas que considera mi alta sensibilidad como una bendición, mi alma no pudo soportarlo más y explotó.

El pobre aguantó con estoicismo mi desazón, y sólo cuando dejé de llorar me preguntó qué me había ocurrido esta vez, le relaté de la mejor manera que pude los últimos avatares de mi vida : las bajas laborales, la vuelta a casa de mi hermana, mis novelas sin publicar, el padre de mis hijos que no me escribía y conmocionado antes los acontecimientos, me aseguró que no tenía nada de qué preocuparme, que todo se arreglaría, que mis novelas se publicarían, que me recuperaría y que si el padre de mis hijos no me llamaba era un idiota puesto que yo era una persona estupenda. 

Levanté la vista y comencé a llorar de nuevo, normalmente sus palabras logran reconfortarme pero al oír en labios ajenos aquello de que yo era una persona estupenda, no pude contenerme.

Me pidió que me calmara y debido a que mi situación actual era especial y necesitaba un poco de ayuda exterior, me recomendó que me apuntara a clases de yoga y que me comprara un libro titulado "El don de la sensibilidad" que me ayudaría en la vida cotidiana y me serviría cuando tuviera alguna consulta y él no estuviera a mi lado. Se lo agradecí. No podría explicar cuánto. Hablamos durante más de una hora y cuando salí de allí -como en pocos lugares me sucede- me sentí libre y bendecida. Porque en el mundo había alguien que consideraba que era especial y, además, estupenda. Y eso no me ocurre todos los días, ni siquiera con las personas que me quieren.

Me dirigí a la librería más cercana a comprar el libro que me había recomendado y tuve que recorrer varias de ellas hasta encontrarlo, estaba descatalogado y una vez sentada en la cafetería de la librería descubrí que en el mundo había otros seres como yo, que se sentían desubicados, que no encontraban, a veces, su lugar y que no era culpa suya que fueran así, al contrario, se trataba de que su sistema nervioso era simplemente distinto. Respiré aliviada. Y decidí volver a casa para explicarle a mi madre que mis diferencias tenían un origen genético. 

Había discutido con mi hermana, nuevamente, y tras la última discusión ésta se había marchado a casa de su novio y mi madre estaba pintando las rayas del cuarto del baño. Me asusté. 

La limpieza en profundidad significa intolerancia a los problemas ajenos y las rayas del baño están incluidas en esa categoría así que pasé de puntillas por el pasillo para que su furia no me alcanzara.

Dejó lo que estaba haciendo y me siguió hasta mi habitación y me recordó que, exceptuando ir al médico, no había hecho nada productivo en toda la semana, que estaba cansada de verme en la cama y que debería volver a trabajar. Comenzaron a temblarme las piernas, tuve que sentarme y explicarle que el médico me había recomendado reposo. No parecía oírme, sus ojos recorrían la habitación buscando ropa sucia, algo desordenado, los zapatos fuera del sitio o cualquier destello de caos que pudiera restablecer. No encontró nada. Afortunadamente había ordenado la habitación y todo estaba en su sitio. Salió de allí, malhumorada, y siguió con las rayas del cuarto de baño mientras yo encendía el ordenador y comenzaba a redactar un cuento porque no sabía cómo equilibrar mi sistema nervioso. 

Comimos en silencio, enfadada ella y sorprendida yo. Porque tras la marcha de mi hermana pensé que iba a encontrarse más relajada, pero no. Me comunicó que pensaba pintar el comedor y hacer limpieza a fondo de la casa y que tenía que permanecer encerrada en mi habitación. No me importó. Claudiqué a cualquier entendimiento y me refugié en mi cuarto.

Supongo que todos aquellos que llevan un buen rato siguiendo la historia se preguntarán por qué sigo viviendo con mi madre si son tantos los desencuentros, es una buena pregunta, la verdad, que no tiene una respuesta sencilla.

Mi trabajo en el despacho de abogados no me permite vivir por mi cuenta y los pocos relatos que he publicado junto con los libros de poesía me han dado más satisfacciones morales que económicas; total, que no tengo dinero.

Y debido a mi sensibilidad extrema y a que necesito cierta soledad para escribir no sé si me resultaría beneficioso marcharme a compartir casa con cinco desconocidos.. Necesito espacio, cierta calma y algo de tranquilidad para poder escribir y aunque no me da los resultados que yo esperaba, mis condiciones son inamovibles. Por eso convivo con mi madre, y aunque la quiero mucho y hemos pasado situaciones difíciles juntas -incluido su divorcio- a veces no me entiende y no logra ponerse en mi lugar. 

No la culpo por ello, no sería justo la verdad, su visión de la vida es distinta a la mía y eso no siempre resulta fácil de reconciliar.

Como estaba seriamente deprimida tras la discusión con mi madre me fui a visitar a Carmen -una de mis mejores amigas- propietaria de una tienda de regalos, que entiende mis frustraciones porque ella también es una persona sensible.

La tienda estaba vacía -raro a esas horas de la tarde- y cuando me vio llegar se asustó porque pensó que había tenido una nueva recaída -estaba enterada de los pormenores de mi enfermedad- la tranquilicé, tenía mucho trabajo y no quería darle más quebraderos de cabeza, sólo me apetecía charlar -le dije-. 

No tenía un buen día -me advirtió- había discutido con su madre y su tía porque no quería ir a una cena a la que estaban invitadas. Tuvo que litigar durante un buen rato y al final, como no sabía decir que no, había acabado aceptando. Luego se había pasado media tarde reprochándose su comportamiento, total, un nuevo melodrama al que tuve que asistir. 

Me reí, no pude reprimirme, llevaba una semana tan mala que al ver a mi amiga, sentada en una silla, con ojeras, el rostro tenso, sin apenas energías, no pude contener la risa porque formábamos un buen equipo. Se enfadó. Comprensible. Le pedí disculpas y le dije que no tenía nada que ver con ella, pero que como andaba tan estresada y no quería volver a mi casa porque mi madre estaba haciendo limpieza general y era capaz de desinfectarme tenía que reírme para no acabar subida a la azotea con intención de lanzarme al vacío.

Se relajó y a partir de ese momento pudimos mantener una charla animada -más o menos- le hablé del libro que me había recomendado el psicólogo y ella me respondió que hacía tiempo que lo había comprado, que estaba muy bien pero que, a veces, no servía frente al mundo. Menudo panorama. 

Cerramos la tienda, nos fuimos a tomar un café y a lo lejos divisamos a su ex-novio. Venía a traer la invitación a la boda y Carmen -que no tenía su mejor día- me pidió que nos marcháramos. Pagamos y nos fuimos y dejamos a su ex, parado delante del escaparate intentando ver si había alguien dentro.

Cogimos el coche y acabamos en un restaurante cercano a su tienda que no está nada mal, sirven bocadillos y ensaladas y el ambiente es agradable. Sentadas en un banco de madera, delante de la ensalada de queso y nueces y el bocadillo de salmón evocamos uno de nuestros últimos viajes juntas.

Hemos realizado varios  y nos han ido muy bien aunque Carmen tiene más aguante que yo y no se entretiene en los detalles.

Yo estaba en París visitando a mis ancianos, y ella fue a verme una semana. Corrimos tanto por la ciudad que, a veces, tengo la sensación que aquello sucedió hace más de mil años. No tanto. Sólo sé que por las noches llegaba tan cansada a casa que tardaba más de dos horas en dormirme y que de todos los monumentos que visitamos -imagino que muchos- apenas tengo una noción efímera del conjunto.

Estuvimos en Distneyland y recuerdo aquel día como uno de los más mágicos de mi vida. Lo sé, parecerá una tontería eso de visitar a Mickey y el castillo rosa y las calles con árboles cuadrados, pero a mí me encantó. Qué le vamos a hacer. Las princesas, Peter Pan, ese castillo rosa enorme, todavía lo evoco emocionada. Carmen se ríe cuando se lo recuerdo porque tuvimos algunos percances con la montaña rusa que no quiero mencionar porque fue una de mis experiencias más cercanas a la muerte. Intenté lanzarme cuando estaba allí subida al comprender que ese dichoso aparato nos ponía boca abajo y giraba hacía atrás. Horroroso. 

Cuando descendí, tuve que sentarme en el suelo durante unos minutos porque temía que hubiera llegado al infierno y nadie me hubiera avisado. Una de los encargados se acercó hasta mi lado para saber si me encontraba bien. No lo estaba, en absoluto. Pero no quería agravar más la situación. Me levanté con la ayuda de Carmen y me senté al lado de Minnie para intentar recomponerme. Fue una jornada dolorosa que Carmen recuerda con humor y yo con  cierta congoja.

Después de bebernos una botella de vino y charlar con nostalgia del pasado decidimos volver a casa -yo era un poco reacia porque no estaba muy segura de que mi madre hubiera terminado la limpieza, nunca se sabe hasta dónde son capaces de llegar sus energías- y aunque eran pasadas las doce, la acompañé hasta su casa para cerciorarme de que cuando abriera la puerta todo estuviera tranquilo. En efecto. 

Cuando llegué - cerca de la una y media- mi madre ya estaba acostada y se respiraba en el ambiente un cierto olor a limpieza. Por primera vez lo agradecí. Porque yo no había participado en esa revolución y me sentaba bien aquel perfume a lavanda.

Al despertarme la cabeza me daba vueltas y aunque seguía de baja no quería levantarme muy tarde porque la conversación con Carmen me había animado y pensaba empezar una nueva novela. A eso de las ocho y media escuché ciertos ruidos y como debido a mi sensibilidad no puedo dormir con tanto ajetreo me levanté, mi madre tenía la intención de pintar el comedor y estaba moviendo muebles de un sitio para otro.

Le pregunté si se encontraba bien porque eso sobrepasaba cualquier limpieza cotidiana, se giró, me fulminó con la mirada y me dijo que ella sí que sabía emplear su tiempo. Mal asunto. Si ya estaba así a las ocho y media no quería ni imaginar cómo acabaríamos a las once. Imaginé que la noche anterior había hablado con mi hermana y que habían discutido, no quise hacer más preguntas. Volví a mi habitación, desayuné, me vestí y decidí marcharme a la biblioteca, tal vez si veía otros rostros y escuchaba nuevos sonidos todo me resultaría más sencillo.

Era tiempo de exámenes y la biblioteca estaba llena, aún así encontré un hueco junto a la ventana y me senté. Desde allí podía contemplar los árboles y toda la avenida y me invadió tanta paz que sentí ganas de llorar. Me contuve. No era el lugar ni las horas. Decidí ir a buscar un libro en francés para amenizar la jornada -como he vivido tanto tiempo en París no puedo dejar de emocionarme cuando escucho esa lengua, veo alguna película o un reportaje o leo en su idioma, qué le vamos a hacer, tengo un espíritu galo- y cogí uno de una escritora que me gusta bastante Anna Gavalda, también de Romain Gary y de Irène Nemirovsky, por supuesto. Se me pasó el tiempo volando y cuando regresé a casa no me importó que mi madre siguiera con su lucha contra el caos. Yo había vuelto a París y allí nadie podía hacerme daño.

Al día siguiente fui a hablar con el médico de cabecera para saber qué pensaba él de mi retorno al trabajo. Me miró de arriba a abajo -nos conocemos desde hace mucho- y me dijo, con muy buenas palabras, que no consideraba que estuviera recuperada. 

Pero si ya casi no lloro, le aseguré, y él me respondió que lo creía pero que no le parecía  conveniente -dados mis antecedentes- que volviera al trabajo tan pronto, una nueva recaída podía resultar fatal. Además todavía no estaba recuperada de la anemia y así no podría hacer frente a nuevos desafíos. Desistí de convencerlo porque es un hombre testarudo y, a veces, no siempre, lleva razón.

Así que fui al despacho a llevar el parte y a comunicarles que, de momento, seguía de baja. 

Me acogieron con amabilidad y cierto desazón, desde el último desmayo, la verdad, me tenían un poco de miedo y no me dejaron pasar de la entrada. No se lo echo en cara. 

Lo más importante eran los clientes y tenían que salvaguardar su buen nombre. Me invitaron a un café y me aseguraron que no tenía nada de qué preocuparme, que habían contratado a una chica en prácticas y que yo tenía mi puesto asegurado. 

Estas últimas palabras las pronunciaron con un acento que no me dio buena espina, pero debido a que estaba baja de defensas y a que todavía sonaban en mi cabeza los ruidos del traslado de los muebles, no quise indagar más. Dejé el parte, me despedí y me fui a la librería más cercana. Estuve hojeando las novedades, apuntando los que podría sacar de la biblioteca y los que pensaba regalar. 

Después tenía pensado visitar a Denis -un amigo mío búlgaro- le llamé por teléfono y me aseguró que estaría encantado de recibirme. Anda un poco delicado de salud y siempre está feliz de recibir visitas. 

Vive con su madre -una anciana de noventa años, encantadora- en la otra punta de la ciudad. Es aficionado al cine y siempre que voy a verlo, regreso a casa repleta de energía. Quizás porque no dramatiza y se toma la vida de otra manera. Me sirvió una manzanilla y galletas de chocolate y estuvimos hojeando las últimas novedades. Su madre mientras tanto seguía una novela por televisión y aunque no habla castellano me aseguró que comprendía todo lo que sucedía. La creí.

Repasamos los últimos estrenos y Denis se negó a ver ninguna película que no fuera americana -dice que el cine europeo es demasiado realista- se niega a ver ningún filme en el que no salga gente guapa. Le acusé de ser poco objetivo y me dio la razón, pero no pensaba cambiar de idea, él iba al cine para evadirse no para seguir contemplando la realidad.

A mí me tiene como un caso perdido -dada mi afición a historias trágicas- y aunque he seguido su consejo y he acudido en más de una ocasión a ver películas americanas, no puedo evitar sentir inclinación por dramas nacionales o europeos donde los protagonistas padecen todo tipo de contratiempos. Será que tiene razón cuando asegura que estoy condenada al cine social. Nos reímos un buen rato de los programas del corazón y de la televisión actual -él había sido periodista en Sofía- que consideraba sumamente aburrida, tenía razón, y antes de despedirme le prometí que volvería, que le llamaría  y que seguiría escribiendo largas historias.

Regresé a casa cuando casi estaba anocheciendo y mi madre ya había pintado el comedor y colocado los muebles en su sitio. Increíble. Es tanta la energía que tiene esa mujer -que ya está jubilada- que no logro entender a quién me parezco yo... a ella seguro que no, así que me quedan pocas opciones.