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Novela
21 x 15 cm. 316 págs.
Rústica fresado con solapas
ISBN: 978-84-942292-7-5
DL: V-1564-2014
PVP: 15 euros

Portada Thule
Thule
Adolfo Marzal Mayo

La búsqueda por un profesor de Historia de un cuadro maldito de Rembrandt robado por los nazis durante la ocupación de París, lo conduce hasta THULE, una fundación dedicada al estudio de la arqueología que, bajo esa respetable apariencia, esconde la realidad de una organización de ideología nazi cuyos orígenes se remontan al final de la segunda guerra mundial. Financiada con el inmenso patrimonio personal que Hitler escondió en lo más profundo de las cámaras acorazadas de algunos bancos de Suiza y Liechtenstein, en la actualidad, THULE forma cuadros de dirigentes que después introduce en partidos políticos, la policía o el ejército, tejiendo sobre las democracias occidentales toda una tela de araña silenciosa e invisible. THULE espera la llegada de un nuevo fhürer, tiene toda la paciencia del mundo, y, mientras tanto, crece. 

Tras la muerte de Osama Bin Laden (¿fue el verdadero Bin Laden el que murió en el asalto a la casa de Abbottabad por parte de los Seals estadounidenses o se trataba de uno de sus dobles?), en el seno de Al Qaeda se libró una sorda y cruenta guerra por la sucesión; porque en las organizaciones terroristas no están acostumbrados a las elecciones y los liderazgos se dirimen de otra manera, a su manera. Esta también es la historia de una de esas batallas.

Todas estas distintas tramas confluirán en un final trepidante y sorprendente a la vez, con la ciudad de Zurich como escenario.

Leer Prólogo

 

Adolfo Marzal Mayo (Catarroja. Valencia). Ha publicado El anillo del venerable (Editorial Tropismos. Salamanca. 2007), La Garbo y otros cuentos de cine (VV.AA., Tamaño Natural. Logroño. 1999), y es autor del libro de relatos Ruleta rusa y otros relatos, todavía inédito. Thule es su segunda novela.

 

 

 

 


 



 

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Prólogo

 

Berlín, 28 de abril de 1945. En su despacho del búnker de la cancillería del Reich, Adolf Hitler miraba con atención una fotografía suya obtenida diez años atrás. En la instantánea, captada en Nuremberg durante una de las fastuosas celebraciones del Partido Nazi, estaba de pie en lo alto de una tribuna presidiendo una parada militar, llevaba la camisa parda de las SS, una corbata negra con la insignia del Partido, y como única condecoración colgaba de su pecho la Cruz de Hierro de primera clase, ganada durante su participación en la Gran Guerra; en su brazo derecho, que mantenía levantado durante el incesante desfile de las tropas, llevaba el galón honorífico en forma de V que lo identificaba como perteneciente a la Vieja Guardia —los Alte Kämpfer—, en la que se encuadraban todos aquellos que se habían afiliado al partido nazi antes del treinta de enero de 1933, y de manera especial los que habían intervenido en el fallido y sangriento putsch de Munich el nueve de noviembre de 1923; y en el brazo izquierdo portaba un brazalete de color rojo con la cruz gamada, mientras que con la mano sujetaba la hebilla del correaje. Aquella fotografía le gustaba especialmente porque reflejaba la imagen de un líder en toda su plenitud, la de alguien que en poco tiempo había sido capaz de concentrar en su persona los cargos de Jefe del Estado (Führer) y Canciller al mismo tiempo, y que en el cenit de su poder disfrutaba de un impresionante desfile militar. A pesar de los años transcurridos, en sus oídos todavía resonaban los miles de “Heil, Heil”, lanzados por la multitud, y su retina conservaba el recuerdo de las miles de banderas y estandartes que desfilaron ante él y que contribuían todavía más a la espectacularidad del acto. Alemania se había rendido a su genio y los principales dirigentes mundiales se revolvían inquietos en sus mullidos sillones cuando contemplaban aquella demostración de poder. Ya no se trataba de las bravatas de unos fanáticos a cuyo frente se encontraba un antiguo cabo del ejército, propietario de un bigote ridículo; aquel cabo se había convertido en Führer de Alemania, y cada paso que daban sus soldados sobre el suelo adoquinado de las calles de la antigua ciudad medieval, resonaba de manera inquietante en las cancillerías del resto del mundo.

 

Una década después, Adolf Hitler había prohibido sin demasiado éxito que le tomaran fotos. Se sentía viejo, solo y cansado, muy cansado; era la suya la imagen de un hombre acabado. Desde el desembarco de los aliados en Normandía en junio de 1944, todas las noticias que le llegaban se clasificaban en dos categorías: malas y nefastas. En menos de un año su imperio se había ido desmoronando poco a poco, y con él todos sus antaño incondicionales fueron desapareciendo. Unos, porque habían muerto; otros, habían sido capturados y eran prisioneros de los rusos o de los aliados; y los restantes no habían tenido el más mínimo escrúpulo en traicionarlo con tal de salvar el cuello. Sólo Eva Braun permanecía a su lado.

      Cuando, unos meses antes, ella abandonó la tranquilidad y seguridad de las montañas bávaras de Berchtesgaden y se había presentado en la Cancillería sin previo aviso, Hitler se enfadó, y desde luego no porque no quisiera verla, todo lo contrario, sino porque sabía perfectamente que la situación militar era desesperada, a pesar de que todavía albergaba esperanzas, totalmente infundadas por otra parte, de que su ejercito consiguiese rechazar a sus atacantes. Y a pesar de los múltiples ruegos de Hitler para que se pusiera a salvo cuando todavía estaba a tiempo, la respuesta que encontró de Eva siempre fue la misma. —Me quedo —había dicho ella con firmeza. —Esto no es el Berghof —le había contestado él—, aquí no vas a tener las comodidades, ni los paisajes, ni el aire puro de los Alpes bávaros, todo lo contrario, si te quedas puedes… —¿Morir? —se apresuró a decir ella—, ni tu ni yo le tememos a la muerte, así que por favor no insistas, me quedaré aquí contigo hasta el final.

  

En ese momento, Hitler parpadeó como si repentinamente despertara de un profundo sueño, porque desde la llegada de Eva Braun al bunker una idea no dejaba de rondarle por la cabeza: él, que se había llegado a creer que era invencible, que había proclamado la supremacía de la raza aria, y profetizado el Reich de los mil años, y que para lograr sus propósitos no había dudado en conducir a Alemania a una guerra con el resultado de millones de muertos, ni siquiera se había planteado la posibilidad de su propia derrota, de su propia muerte. Pero la realidad era tozuda por mucho que quisiera ocultarla, y ahora sentía que era su deber el sentar las bases para asegurar que un nuevo nacionalsocialismo renaciese de sus cenizas en un futuro. —Era algo que debería haber hecho mucho antes —pensó—, pero ahora ya no era tiempo de lamentaciones.

Lentamente y con mano temblorosa, abrió un cajón de su escritorio y sacó de él una hoja de papel en blanco de las que utilizaba para su correspondencia privada, en la que en su ángulo superior izquierdo figuraban las palabras “Adolf Hitler” impresas en oro, justo debajo del águila con la cruz gamada. Después, abrió uno de los cajones donde guardaba algunas plumas estilográficas. Se fijó en una de ellas, de oro, regalo de su aliado el dictador italiano Benito Mussolini, y que había utilizado muy pocas veces. La pluma llevaba grabada la inscripción “Per A.H., suo fedele amico e alleato. BM”, y aunque bonita, la encontró demasiado recargada para su gusto. La sostuvo en su mano por unos segundos y finalmente, tras emborronar otro papel hasta que la escritura se hizo lo suficientemente fluida, se puso a escribir.

Escribió todo de un tirón, sin interrupciones, como si alguna voz le estuviera dictando. De hecho, así era. Todo lo que su mano temblorosa escribía en el papel, él ya lo tenía grabado en su cerebro desde hacía días. El destinatario de aquella carta era uno de los dos únicos altos cargos nazis —el otro era Josef Goebbels—, que permanecía todavía a su lado en el bunker. Ese hombre reunía los atributos idóneos para llevar a término la misión, la última pero sin duda la más importante, que le iba a encomendar: lealtad a su führer y al proyecto nacionalsocialista, y la fuerza de voluntad necesaria para mantener vivo en un futuro su legado.

Pero Hitler era consciente de que para llevar a cabo esa tarea se necesitaría dinero, mucho dinero, y esa carta era la garantía de que precisamente el dinero no sería nunca motivo de preocupación.

Cuando terminó de redactar la carta la leyó, cerró por un momento los ojos y, finalmente, la firmó. En el momento de estampar la firma, un estruendo sacudió las paredes del bunker, situado varios metros por debajo de la Cancillería. Berlín estaba siendo bombardeada de nuevo y los obuses soviéticos hacían explosión cada vez más cerca. —Rusos bastardos —gritó, dando un puñetazo en la mesa con su mano izquierda.

Como si alguien hubiera oído sus comentarios, el caso es que el bombardeo cesó de pronto, y Hitler dobló cuidadosamente la carta en tres partes y la introdujo en un sobre blanco que tenía el águila de la Wehrmacht grabada en negro en su parte inferior izquierda; debajo del águila, al igual que en sus hojas para cartas, se leía la inscripción “Adolf Hitler”. A continuación, extrajo del cajón del escritorio una barra de lacre de color rojo y un encendedor. Hitler no fumaba, por lo que utilizaba aquel encendedor únicamente para calentar el lacre con el que cerraba personalmente las cartas más importantes. Aplicó el fuego al lacre y a los pocos segundos este se fue deshaciendo hasta posarse, derretido, en la parte trasera del sobre. A continuación, cogió un sello con la cruz gamada grabada, y lo aplicó apretándolo con fuerza al lacre. Con esa operación daba autenticidad, más si cabe, al contenido de la carta. Después contempló por un momento el sobre, y oprimió un pulsador situado en un extremo de la mesa de la mesa.

En la habitación contigua, Heinz Linge, un fornido miembro de las SS natural de Bremen, que desde 1935 era el asistente personal de Hitler, hojeaba, indolente, un ejemplar atrasado del periódico oficial del partido nazi, el Völkischer Beobachter. Al escuchar el timbre se apresuró a pulsar el botón del intercomunicador: —Linge, venga a mi despacho, por favor —la voz de Hitler se oyó con nitidez.
—A sus órdenes, mein führer —dijo.

El servicial Linge se apresuró a dirigirse al despacho de Hitler, aunque antes de llamar a la puerta se detuvo para comprobar si tenía abotonada completamente la guerrera, para ajustarse los puños de la camisa estirándolos hacia abajo, y por último para alisarse el pelo con las manos. A continuación, llamó a la puerta del despacho con un par de golpes secos.

—Pase —dijo una voz conocida desde el interior.

Linge abrió a puerta, entró en el despacho, y saludó levantando el brazo y dando un sonoro taconazo.

Hitler no se impresionó lo más mínimo por aquella parafernalia, en aquellos momentos del todo inútil, pero necesaria para conservar al menos la apariencia de que en aquel lugar y circunstancias, todavía eran capaces de mantener la disciplina militar.

—Linge, localice al Reichsleitter Bormann y que se presente ante mí enseguida.

El asistente contestó con un escueto “a sus órdenes”, volvió a levantar el brazo, y con otro taconazo dio media vuelta y salió de la habitación.

 

Apenas cinco minutos después tarde, Martin Bormann ya estaba ante Hitler. Bormann era un hombre de complexión fuerte, aunque no obeso, peinaba su pelo lacio hacia atrás, lo que ampliaba su despejada frente, no muy alto (no llegaba al metro setenta), y tenía unos ojos pequeños de mirada enigmática. Después de pasar muchos años al lado de Hitler, Bormann había conseguido ganarse su confianza, hasta el punto de llegar a tener una influencia considerable en las decisiones tanto políticas como personales de su jefe. Su lealtad había llegado al extremo de que en aquellos momentos en que el nazismo se derrumbaba, él era de los pocos que había decidido permanecer con su jefe hasta que llegase el inevitable final.

—Siéntese —ordenó Hitler, señalando con su mano una butaca que había frente al escritorio.

Martin Bormann obedeció, e inmediatamente fijó la vista en un sobre que reposaba encima de la mesa. En ese momento tuvo el presentimiento de que el motivo de su presencia allí estaba relacionado con el contenido de aquel sobre.

—Bormann, la señorita Braun y yo vamos a casarnos hoy mismo, sé que a ella le hace ilusión y yo no estoy en condiciones de negarle nada. Lo único que lamento es no poder ofrecerle una ceremonia como sin duda se merece, pero en las actuales circunstancias tendremos que conformarnos con un acto sencillo en el que doy por sentada su asistencia.

—Permítame que le de la enhorabuena por su boda mein führer —dijo Bormann sin demasiado entusiasmo y sin perder de vista el sobre con el membrete de la Cancillería que en esos momentos sostenía Hitler entre sus dedos—, por supuesto que no faltaré.

—Eva —dijo Hitler, mientras señalaba una pequeña foto enmarcada que colgaba de una de las paredes del despacho, en la que ambos paseaban solos por los jardines del Berghof— me ha demostrado el amor que siente por mí, y también su lealtad. Cuando le ofrecí salir de Alemania en dirección a algún lugar más seguro desde donde contemplar cómo se suceden los acontecimientos ¿sabe lo que hizo?... Venir a Berlín. Ella ha elegido compartir mi destino, no como esa basura de Himmler y Goering —continuó Hitler, que había ido aumentando progresivamente el tono de su voz hasta que, al pronunciar esos nombres, sus ojos enrojecieron de ira—, esos traidores a la patria y a su führer, capaces de negociar mis espaldas con nuestros enemigos con tal de poder salvar sus cabezas.

Bormann, que conocía bien los repentinos ataques de ira de su jefe, asintió con la cabeza, cruzó las piernas, y permaneció en silencio mientras intentaba mantener la tranquilidad.

—¿Desde cuando pertenece usted al Partido? —dijo Hitler, inclinándose hacia delante y señalando a Bormann con el sobre.

—Me afilié en 1925, mein führer.

—Veinte años —dijo Hitler en voz baja, como si hablara para sí mismo—, cuantas cosas han sucedido desde entonces.

—Sí, señor, en verdad han sucedido muchas.

—Y está directamente a mi servicio  personal desde…

—Mil novecientos cuarenta y uno —dijo Bormann.

—En estos últimos años —dijo Hitler—, usted se ha ocupado de mi persona y se ha convertido en algo muy parecido a un protector. Y no lo digo únicamente desde un punto de vista político, sino porque también se ha encargado personalmente de administrar, invertir y poner a buen recaudo todo el patrimonio que he acumulado en los últimos años. Obras de arte, dinero, metales preciosos, joyas, diamantes, y una larga lista de bienes que usted conoce mejor que yo. Por no hablar de su habilidad para negociar con los más importantes empresarios de la nación las generosas donaciones de todo tipo que nos entregaban —en ese momento Hitler esbozó una tímida sonrisa—, de manera absolutamente interesada, y de las que estoy seguro que conserva una relación muy detallada. Porque nadie sabe lo que nos deparará el futuro ¿No lo cree usted así?

Martin Bormann escuchó las palabras de Hitler sin interrumpirlo, tan sólo asintió con un lento movimiento de cabeza. Con el tiempo ya había aprendido cuando era el momento de intervenir y cuando el de callar. Y ahora tocaba callar. Bormann no sabía adonde quería ir a parar Hitler, pero estaba seguro de que no tardaría en saberlo.

Hitler hizo una breve pausa y volvió a la carga.

—Usted y Rudolf Hess eran muy amigos ¿no es así? —preguntó Hitler.

Bormann tardó unas décimas de segundo en reaccionar al repentino cambio de discurso de su jefe. ¿Qué sentido tenía en aquellos momentos recordar a Hess? Pero nunca se sabía lo que sucedía en el interior de la cabeza de Hitler.

Visiblemente incomodo Bormann afirmó lentamente con la cabeza y pronunció un lacónico: “Sí, señor”, a sabiendas de que ante determinadas preguntas lo más razonable eran respuestas breves.

Hitler se levantó de la butaca y empezó a dar vueltas por la habitación, mientras el enigmático sobre permanecía en un lugar visible en el centro de la mesa.

—Han pasado cuatro años desde que Hess se lanzó en paracaídas sobre Escocia, y le confieso que todavía no comprendo qué razón tuvo para cometer aquella locura…

Después de pronunciar esa frase Hitler calló y fijó sus ojos en Bormann, creando así un tenso silencio que conseguía hacer aflorar el nerviosismo de su interlocutor. Bormann conocía muy bien aquella forma de proceder de su jefe porque había presenciado muchas escenas como esa, ni siquiera era la primera vez que la empleaba con él. Pero sin duda era efectiva, ya que al dejar la frase inacabada el interpelado no sabía si en realidad Hitler preguntaba porque no sabía nada del asunto y esperaba una contestación, o más bien porque su intención era dejar claro que era conocedor de hasta el último de los detalles.

Martin Bormann sudaba, su frente se había poblado de forma repentina de enormes gotas de sudor y los nervios amenazaban con jugarle una mala pasada porque no podía ofrecer a Hitler una respuesta convincente,  ya que el único que sabía los motivos de la fuga de Hess era el propio Hess.

Hitler apoyó una mano sobre el hombro de Bormann, y sonrió de manera malévola.

—Da igual, no se moleste en contestar —dijo Hitler, sentándose de nuevo—, no lo he mandado llamar por eso —Bormann tragó saliva y se esforzó para reprimir un suspiro de alivio—, Hess era un lunático irresponsable, pero usted vive con los pies muy pegados a la tierra, aunque solo sea porque tiene una esposa y diez hijos a los que mantener —a Hitler se le escapó en ese momento una sonrisa resignada, tal vez pensando en los hijos que él y Eva no habían tenido y que ya nunca tendrían—. Quiero comunicarle que en mi testamento político voy a nombrar como sucesor en los cargos de Reichspräsident y comandante supremo de las fuerzas armadas al Almirante Karl Doenitz, y aunque estoy seguro de que usted reúne condiciones más que suficientes para asumir, llegado el caso, tan altas responsabilidades —al oír esas palabras, Bormann no pudo evitar que la decepción se reflejase en su rostro; el suceder a Hitler al frente de Alemania, aún derrotada, había sido su mayor y más callada aspiración—, le reservo una misión infinitamente más importante.

—El führer sabe que cumpliré cualquier misión que me encomiende —dijo Bormann, sin dejar de preguntarse sobre la posible relación que pudiera haber entre aquel sobre blanco y la apresurada llamada del secretario Linge para que se presentase de manera urgente ante Htler.

—Usted ha sido mi mano derecha y cree saberlo todo de mí, pero hay algunas cosas que no sabe. Este sobre contiene la relación de todas las cuentas bancarias y cajas de seguridad que tengo abiertas en Suiza y Liechtenstein  —Hitler puso el dedo índice de su mano derecha encima del sobre y volvió a sentarse—, la mayoría de las cuales conoce perfectamente porque fue precisamente usted quien las abrió en mi nombre; pero hay otras de las cuales no ha sido conocedor. Aquí están escritas todas las claves secretas para el acceso sin limitaciones a todo el patrimonio que tengo depositado en las cámaras acorazadas de los bancos. Al tratarse de cuentas numeradas no tendrá ningún problema legal para la plena disposición del patrimonio, pero no obstante y para disipar cualquier tipo de duda, he redactado una carta en la que les recuerdo a mis amigos banqueros las buenas relaciones que hemos mantenido.

—Pero señor, yo… —Bormann intentó articular alguna frase pero Hitler lo hizo callar con un significativo gesto de su mano.

—Todo ha terminado Bormann, los dos lo sabemos, pero hay dos cosas que no voy a hacer: abandonar el bunker y darles el gusto a mis enemigos de capturarme vivo.

—Todavía queda una posibilidad, señor, —dijo Bormann, visiblemente nervioso—, le recuerdo que desde hace meses tenemos preparado un minucioso plan para que pueda escapar con garantías de este bunker, pero cada vez nos queda menos tiempo.

—Conozco perfectamente el plan pero no voy a ser yo quién lo utilice, sino usted —dijo Hitler elevando el tono de la voz para dar mayor énfasis a la frase—. Le ordeno que, en el momento en que ponga fin a mi vida, utilice ese plan de fuga para llegar a Suiza. Su misión en el futuro no será otra que, con todos los cuantiosos medios que pongo a su disposición, poner los cimientos para el advenimiento del cuarto reich. No es necesario, pues, que me extienda en explicarle la importancia del contenido del sobre y de las fatales consecuencias que tendría para el futuro del nacionalsocialismo si cayese en manos de nuestros enemigos, ¿me he explicado con claridad?

—Antes de que eso pudiera llegar a pasar lo destruiré, le doy mi palabra.

Tras un instante de silencio, Bormann continuó: —¿Y qué va a pasar con la señorita Braun?

—La señorita Braun es una persona muy obstinada, y aunque he intentado persuadirla ha decidido acompañarme en este último viaje.

—Pero, mein führer, ella podría escapar conmigo.

Hitler miró fijamente a los ojos a su subordinado y este comprendió inmediatamente que el comentario no había gustado a su jefe lo más mínimo. —Es su decisión y hay que respetarla —dijo Hitler.

Bormann no pudo sostener la mirada de su jefe y cerró los ojos.

—Por mi parte —dijo Hitler levantándose de su butaca—, está todo dicho, tan sólo me queda desearle suerte.

Bormann se levantó y, mirando al frente, saludó con el brazo levantado. —A sus órdenes, mein führer —dijo.

Acto seguido, Hitler se acercó a Bormann, le entregó el sobre, y lo abrazó. Nunca hasta entonces lo había hecho.

 —Antes de que se marche, tengo una última orden que darle Martin —dijo Hitler en otro gesto insólito al llamarlo por su nombre de pila y no por su apellido—, tiene usted que asegurarse de que nuestros enemigos no puedan exponer los cuerpos de la señorita Braun y el mío como si fueran trofeos de caza, de manera que, llegado el momento, deberá disponerlo todo para su incineración. Después, saldrá del bunker utilizando el plan de fuga previsto.

—Así se hará, mein führer, se lo garantizo —dijo Bormann, mientras en sus ojos apenas una lágrima luchaba, inútilmente, por asomarse.

—Y ahora voy a asearme un poco —dijo Hitler—, me caso dentro de un rato y quiero estar lo más presentable posible.

Bormann volvió a saludar, dio media vuelta y salió de la habitación.

Desde el mismo instante en que cerró la puerta del despacho de Hitler, una idea empezó a germinar en la cabeza de Bormann, y lo hizo a tal velocidad que al llegar a su despacho ya había tomado una decisión. Con rapidez se dirigió al escritorio, descolgó el teléfono, marcó un número y dijo a su interlocutor: —Dietrich, localice a Kleist y preséntense ambos en mi despacho, inmediatamente.

Cinco minutos más tarde, dos jóvenes oficiales de las SS, el mayor Hans Dietrich y el capitán Helmut Kleist esperaban sentados en el antedespacho de Bormann.

El mayor Dietrich, con veintisiete años era el más veterano de los dos, provenía de la aristocracia bávara y desde hacía dos años era el jefe de gabinete de Martin Bormann, destino al que fue asignado cuando se recuperó de las heridas sufridas en la batalla de Stalingrado. Del frente ruso se trajo una cruz de hierro con hojas de roble y los agujeros de unas cuantas balas rusas que a punto estuvieron de costarle la vida. En cuanto al capitán Kleist, contaba apenas veintitrés años, y era un producto SS cien por cien. Tenía doce años cuando sus padres lo afiliaron a las juventudes hitlerianas, donde creció y se formó hasta el punto de que en su cabeza no cabía otra ideología que la nazi, y además con un grado de fanatismo superlativo. Kleist, único superviviente de un bombardeo en el que pereció su padre —entonces médico personal de Bormann— y toda su familia, había nacido en Halberstadt, la misma ciudad de donde era originario su jefe, y llevaba al servicio de Bormann desde el principio de la guerra. Al contrario que el mayor Dietrich, Helmut Kleist nunca había pisado el campo de batalla.

—¿Para qué cree que nos habrá llamado con tanta urgencia? —dijo el capitán Kleist mientras observaba sus relucientes botas.

—No lo sé —contestó el mayor Dietrich—, pero cuando habló conmigo por teléfono me pareció advertir por el tono grave de su voz que algo le preocupaba.

En ese momento la cercana explosión de un obús interrumpió la conversación. La bomba sacudió el bunker, que hasta ese momento resistía, pero por la cabeza de ambos soldados rondaba la misma pregunta: ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que la artillería rusa abriese alguna grieta en aquel complejo subterráneo?

Pasaron unos instantes en silencio hasta que el capitán Kleist se decidió a hablar: —Una asistenta de Eva Braun me ha dicho que el führer y la señorita Braun van a casarse hoy mismo, ¿no cree que ya es un poco tarde para eso?

Pero el mayor Dietrich no captó la ironía, o no la quiso captar: —Yo de usted me abstendría de realizar comentarios sobre ese particular, porque, ¿quiénes somos nosotros para opinar sobre ello? —dijo.

Apenas habían terminado de pronunciar esas palabras cuando se abrió la puerta del despacho. Los dos oficiales se levantaron como impulsados por un muelle, se colocaron en posición de firmes, dieron un sonoro taconazo y levantaron el brazo derecho: —Heil Hitler —gritaron al unísono. Martin Bormann no respondió, con una mano mantenía cogido el pomo de la puerta y  con la otra les hizo un gesto para que entrasen.

—Tomen asiento, lo van a necesitar —dijo Bormann mientras se dirigía al mueble bar—, porque lo que les voy a decir es de tal importancia que les obligará a adoptar la decisión más trascendental de sus vidas.

El capitán Kleist frunció el ceño e interrogó al mayor Dietrich con la mirada (“¿sabe usted algo de esto?”), a lo que este último respondió negativamente con un ligero movimiento de cabeza. Los dos se sentaron en dos sillones tapizados en piel, frente a la mesa del despacho.

—¿Coñac? —preguntó Bormann.

Ambos oficiales, abstemios, contestaron negativamente a la proposición.

—Directamente de Francia, se lo recomiendo —dijo Bormann levantando la botella.

A pesar de la insistencia los dos SS se mantuvieron firmes en su negativa a beber.

—Yo sí me tomaré un trago —dijo Bormann mientras se servía una generosa dosis.

Después de paladear el licor durante unos segundos, Bormann depositó la copa en la mesa, se sentó, y empezó a hablar: —Hace unos minutos nuestro führer me ha comunicado que no va a permitir que nuestros enemigos lo atrapen con vida…

—Pero, señor, eso no puede ser —protestó el capitán Kleist—, tenemos que hacer lo posible para evitarlo.

      —No me interrumpa Kleist —dijo Bormann—, la decisión ya está tomada y no tiene vuelta atrás, pero ustedes están aquí por algo más importante incluso que la muerte del führer. El contenido de este sobre —Bormann lo señaló con el dedo, sin tocarlo, y fue entonces cuando ambos oficiales advirtieron que el sobre había estado allí desde el principio, frente a ellos, sin que ninguno de los dos se hubiera percatado de su existencia— es el que permitirá que, en un futuro, un nuevo führer lidere a nuestra nación y al mundo al dictado del ideario nacionalsocialista, por eso es de suma importancia que alguien salga del bunker con estos documentos utilizando el plan de fuga previsto desde hace meses para el propio Hitler. La orden que he recibido es que sea yo mismo el que lleve a cabo esa misión una vez desaparecido nuestro jefe, pero por una vez voy a desobedecer y no voy a cumplir  esa orden; porque quiero que la cumplan ustedes por mí.

—Pero señor, el führer ha confiado en usted —dijo el mayor Dietrich.

—He tenido en cuenta ese particular y precisamente para asegurar el buen fin de la misión es por lo que están ustedes aquí. En este momento todavía se puede salir del bunker y escapar siguiendo el plan establecido, pero puede que mañana o pasado sea ya tarde, y ante la elección de escapar ahora o permanecer junto al führer hasta el final he elegido lo último. Cuando todo haya terminado intentaré salir de aquí y con un poco de suerte podré reunirme con ustedes más adelante; sin embargo, y en previsión de que las cosas no salgan tal y como nos gustaría a todos, prefiero que ustedes se pongan a salvo junto con esa carta. 

—¿Y por qué nosotros? —preguntó el capitán Kleist.

—Podría habérselo dicho a cualquiera de los pocos generales que todavía permanecen en el bunker, pero me he decidido por ustedes por varias razones: en primer lugar por su juventud, lo que garantiza que tendrán tiempo por delante para llevar a término la trascendental misión para la que han sido elegidos; en segundo lugar porque, tanto por su graduación como por su hoja de servicios, sus rostros no son conocidos de los aliados y por lo tanto les será más fácil pasar desapercibidos no solo ahora sino, y sobre todo, después de la guerra, ya que no serán un objetivo prioritario para ellos; y por último, porque ninguno de los dos tiene en este momento lazos familiares, ambos permanecen solteros y sus padres y hermanos están muertos, nadie los espera y nadie los echará de menos. Tengo que advertirles que la decisión que tomen ahora los va a condicionar para el resto de sus vidas, por lo que necesito que me contesten si están dispuestos a seguir adelante o, por el contrario, prefieren declinar mi proposición, lo cual sería perfectamente comprensible.

El mayor Dietrich fue el primero en contestar: —Para mí será un honor cumplir las órdenes señor, le prometo que no defraudaré su confianza.

La contestación del capitán Kleist fue igualmente afirmativa: —Durante el transcurso de la guerra no he tenido la oportunidad de estar en la primera línea de combate, pero estoy dispuesto a defender los ideales nacionalsocialistas hasta el último de mis días: puede contar conmigo.

—Sabía que no me equivocaba cuando pensé en ustedes —dijo Bormann, satisfecho—. Ahora lo primero es explicarles el plan de fuga. Cuando salgan de este despacho se les facilitará ropa de civil, a continuación los fotografiarán para incluir sus rostros en su nueva documentación, y serán trasladados hasta el aeródromo de Gatow por un pasillo de seguridad que atraviesa algunos barrios de la ciudad que hemos logrado mantener aún a costa de numerosas bajas. Ese pasillo de seguridad se encuentra ahora mismo al límite de su resistencia por lo que el tiempo corre en nuestra contra —en ese instante Bormann desplegó sobre la mesa un detallado plano de Berlín y sobre él dibujó con un lápiz una línea que partía desde la Cancillería hasta el aeropuerto—. Como ustedes saben, durante los últimos días han partido no sólo desde Gatow sino también de otros aeródromos como Tempelhof, aviones que han logrado evacuar a gran parte del personal de la Cancillería. Todos esos vuelos han tenido como único objetivo el escapar de una muerte segura si esas personas hubieran acabado en manos de los rusos, por lo que su destino ha sido la Europa ocupada por los aliados, con la esperanza de lograr de estos un mejor trato, si entendemos como mejor trato el hecho de conservar la vida; pero su caso es muy diferente porque no nos podemos permitir que los capturen, de ahí que llevemos a cabo el plan que inicialmente estaba pensado para trasladar exclusivamente al propio führer y a Eva Braun.

—Entonces, si no vamos en dirección a la Europa ocupada por los aliados… ¿cuál es nuestro destino? —preguntó el mayor Dietrich.

—¿Alguna vez han estado en el lago Selenter See? —dijo Bormann.

—Eso está en Kiel —contestó Kleist—, recuerdo haber estado allí de vacaciones hace muchos años junto con mis padres y mis hermanos.

—Nunca llegarán a Kiel. El avión aterrizará en un aeródromo improvisado, muy cerca del lago Selenter See; a su llegada, un vehículo los recogerá y los trasladará a una casa junto al lago habitada por una honrada y temerosa familia formada por una pareja de ancianos aparentemente inofensivos y su hija, viuda de un oficial de submarinos, todos ellos de probada lealtad al führer y al partido. Permanecerán en el sótano de esa casa hasta la medianoche del próximo cinco de mayo, en la que un carguero británico fondeará frente a la playa, en la bahía de Kiel, y enviará una embarcación para recogerlos; después, les espera una larga travesía hasta Argentina donde se les facilitará una nueva documentación y cobijo hasta que puedan trasladarse con seguridad a Suiza.

—¿Ha dicho un carguero británico? —preguntó, alarmado, el capitán Kleist.

—¿Acaso hay algo más seguro que un pacífico carguero de bandera británica? Nadie sospechara de él —dijo Bormann con una sonrisa de satisfacción.

—Pero… —el capitán Kleist quiso expresar su desconfianza al hecho de ponerse en manos de los enemigos, pero su intención fue de nuevo interrumpida por Bormann: —No crea que todos los ingleses ni todos los norteamericanos son enemigos del reich; de hecho, el propietario del barco es un acaudalado comerciante decididamente anticomunista, antijudío,  y ferviente admirador de nuestro führer, al que ve como el único que se ha enfrentado a unos y a otros. En este momento, ese buque se encuentra fondeado en algún lugar del mar Báltico entre Dinamarca  y Alemania, a la espera de captar un mensaje en clave que le indicará que la operación de rescate se ha puesto en marcha.

—¿Puede darnos más detalles del contenido del sobre? —preguntó el mayor Dietrich.

—Contiene una relación, escrita de puño y letra por el propio führer, de todas las cuentas bancarias y cajas de seguridad abiertas en bancos de Suiza y Leichtenstein, así como las claves para su acceso, junto con una carta de presentación para los banqueros. Esos documentos les proporcionarán acceso ilimitado a todas las riquezas acumuladas por el führer a lo largo de estos años. Su misión consistirá en administrar ese incalculable patrimonio y utilizarlo para mantener viva la ideología nacionalsocialista en las generaciones futuras, así como realizar todas las acciones posibles para que el cuarto reich sea una realidad en un tiempo no muy lejano.

—¿Y si el plan sale mal y nos capturan antes de llegar a Suiza? —dijo el capitán Kleist.

—Ni ustedes ni los documentos tienen que caer en manos de nuestros enemigos, me parece que lo estoy dejando bastante claro. ¿Alguna pregunta más?

Dietrich y Kleist se miraron: no había más preguntas.

—Y ahora, señores, es momento de ponerse en marcha, ¡Heil Hitler! —gritó Bormann mientras levantaba el brazo—. Los dos oficiales de las SS imitaron a su jefe y salieron de la habitación.

Al cerrarse la puerta, Martin Bormann apuró el coñac de un trago.

Dos horas más tarde, un avión con sólo dos pasajeros a bordo despegó del aeródromo de Gatow. Fue el último que lo hizo antes de la llegada del ejército ruso.

 

Dos días después, el 30 de abril, se escuchó un disparo que provenía de las habitaciones privadas de Hitler. Inmediatamente, Martin Bormann, junto a Heinz Linge y otros oficiales que todavía permanecían en el bunker, acudieron rápidamente al lugar y encontraron los cadáveres de Hitler y Eva Braun. Él se había pegado un tiro en la cabeza con su pistola, una Walter de 7,65 milímetros; en el momento de su muerte llevaba, como únicas condecoraciones, la insignia de oro del partido, la Cruz de Hierro de primera clase, y la insignia de los heridos de la Primera Guerra Mundial. A su lado yacía Eva Braun, que había ingerido una cápsula con cianuro; llevaba un traje negro con rosas en el escote, el preferido de Hitler. Superado el primer instante de conmoción, entre todos los presentes envolvieron los cuerpos con mantas y los trasladaron al jardín de la Cancillería. Una vez allí, los rociaron abundantemente con gasolina y acto seguido Bormann encendió una mecha. En poco tiempo los cadáveres de Hitler y Eva Braun quedaron completamente calcinados. La última orden del führer se había cumplido.

El dos de mayo, Martin Bormann salió del bunker junto con un grupo del personal de la Cancillería con el objetivo de atravesar las líneas rusas y llegar hasta la zona en poder de los americanos, pero cuando intentaban escapar de los rusos protegidos por un tanque, este recibió el impacto de un obús que alcanzó también a Bormann, causándole la muerte. 

Tres días más tarde, en la medianoche del cinco de mayo de 1945, el mayor Dietrich y el capitán Kleist salieron de su escondrijo del sótano de la granja de Selenter See y se dirigieron a una playa cercana donde un grupo de hombres los esperaban para trasladarlos a un carguero británico que permanecía fondeado frente a la costa. Nada más subir a bordo, el barco levó anclas y puso proa al Mar Báltico, Los dos hombres permanecieron en silencio en cubierta hasta que la oscuridad de la noche les impidió seguir contemplando la costa alemana; ambos sabían que aquella noche abandonaban Alemania para siempre.