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Libros de Autor
Novela
15 x 21 cm. 352 págs.
Rústica cosido con solapas
ISBN: 978-84-942292-4-4
DL: V-1364-2014
PVP: 15 euros

Portada Confidencias
Confidencias
Fernando Navarro Tarín

Juventud y madurez: ¿son las dos caras de una misma moneda?

Seis amigas que se conocieron en plena juventud durante las fiestas de un pueblo se reúnen, treinta años después, para recordar y revivir alegremente aquellos idílicos momentos en que descubrieron la libertad y el amor, y pasar juntas un fin de semana inmersas en la más dulce y soñadora de las nostalgias.

Pero un pequeño “juego” propuesto por una de ellas va a dar un giro radical a la situación. El reto de que cada una cuente su más íntimo “secreto” va a dar pie a que entre en escena, como un verdadero ciclón, la “prosa áspera de la vida”.

Confidencias indaga en el reverso del triunfo y el éxito social, y nos invita a pensar en el alto precio que se paga por ellos. 

Leer Capítulo Primero

 

Fernando Navarro Tarín (Cheste, 1953). Cursó sus estudios de bachillerato y universitarios en Valencia. Trabajó en el Instituto Social de la Marina y en la actualidad es médico de atención primaria en la ciudad de Valencia. Su permanente inquietud por conocer mundos le ha llevado a viajar por los cinco continentes. Esas experiencias quedan reflejadas como pinceladas a lo largo de su obra. Su pasión por la lectura le ha llevado a descubrir a grandes escritores: Thomas Mann, S. Zweig, Coetzee, H. Hesse, B. Brecht, Kafka, Benet, Cela, Gógol... Ha publicado con anterioridad las novelas: La mujer azul (2010) y Locos de atar (2011).

 


 



 

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Londres

 

De pronto la tierra se abrió y todo se derrumbó a mi alrededor. Entre un mar de sangre, ruinas y llamas huía Eneas, quien alejándose de la barbarie y arrastrando a su anciano padre, Anquises, y a su hijo Ascanio, partía errante camino de las tierras del Lacio… y yo, aunque de lejos, seguía sus pasos.
Atrás quedó Troya, destruida, avasallada, humillada y derrotada, sin que Paris supiera defenderla. Y todo por culpa de una mujer, una mujer bella, excepcionalmente bella: la espartana Helena.
Subyugada por la tragedia y empapada por la sangre derramada de los valientes troyanos, tras Eneas, sorteando el peligro, escapaba yo, aturdida y espantada por el miedo, intentando olvidar cuanto antes mi secreta y esotérica odisea.
Conmocionada por la tragedia, me detuve, miré atrás y contemplé con rabia cómo la ciudad se consumía entre el humo de las llamas... y, lejos, mucho más lejos, descubrí confusa la abrumadora sorpresa de un arqueólogo alemán, el protestante Heinrich Schliemann, cuando en el sexto estrato de Hissarlik, la solitaria colina visible desde el Helesponto, rescataba de sus ruinas a la impresionante Troya.

 

De manera súbita, un terrible dolor de cabeza me despertó sobresaltada. Una vez más, mi habitual dolencia interrumpía el alucinante sueño que machaconamente me atormentaba noche tras noche desde hacía tiempo. Esa retorcida fantasía, en la que actuaba como protagonista, me perseguía desde que cayó en mis manos un artículo en el que se relataba cómo Coleman Silk comenzó su primera clase de lenguas clásicas. Aquel mismo día se había hecho cargo de ese departamento en la universidad de Athena, una facultad situada en el condado de Clarke, del estado de Georgia. El profesor judío de Newark inició su presentación con una pregunta retórica: 

“¿Cuál es el origen de la literatura europea?”.

Sin esperar respuesta, él mismo se contestó aludiendo a un suceso tan primario como la disputa de dos hombres por el ansia de poseer a una joven y hermosa mujer: la lucha entre el colérico Aquiles y el rey de los hombres, Agamenón, por la esclava Briseida, o la del presumido Paris y el espartano Menelao por la hermosísima Helena. Estos hechos, que Homero relató en una de las obras cumbres de la literatura universal, la Ilíada, eran el origen de toda la inspiración del viejo continente. 

Aún confusa, de un salto me acerqué hasta la ventana, donde encontré a la causante de mi insoportable cefalea. Una vez más, las bajas presiones producidas por la tormenta que desde hacía días arreciaba sobre la ciudad habían sido el desencadenante de mi insufrible migraña.
A pesar de la obstinada periodicidad de mi jaqueca, lejos de acostumbrarme a ella, me rebelaba indignada a cada brote de dolor, y esa desagradable sensación todavía alteraba más mi carácter, que de por sí ya era bastante complicado. Pocas veces había tenido una crisis como esta. El pulso latía en mis sienes, un escotoma centelleante me cegaba con sus vibrantes destellos y el dolor era tan intenso que hasta yo misma me sentía insoportable. Para colmo de males, me encontraba en uno de los peores días que una mujer puede desear. Precisamente cuando más ayuda necesitaba de mis estrógenos, mi trastornado ciclo menstrual me la había vuelto a jugar inundándome de progesterona. Yo, que era perfectamente consciente de mi naturaleza ciclotímica, sabía que me quedaban al menos dos días de incontrolada e insufrible irritabilidad.
Si hay días en los que presientes que las cosas sólo pueden empeorar, ese era uno de ellos. Me encontraba en plena ducha cuando comenzó a sonar insistentemente el teléfono. Aquella inoportuna llamada me anunciaba que la deseada reunión en la que, desde hacía tiempo, tenía depositadas todas mis esperanzas, se iba a adelantar una hora sobre lo previsto. En un solo segundo habían cambiado todos mis planes.
¡Perfecto! Se presenta una mañana estupenda, me dije, entre sorprendida y contrariada.
Abrí la maleta, agarré la bolsa de las medicinas –que invariablemente me acompañaba en cada viaje–, la volqué bruscamente sobre la cama y busqué con avidez un ansiolítico, un analgésico y un betabloqueante. A pesar de que este último me lo había recomendado mi amiga Luisa para los momentos más críticos, puse los tres comprimidos en la palma de la mano y de un solo trago me los tomé todos juntos. No podía permitir que una maldita migraña me privara de un éxito tan necesario precisamente en un momento tan complicado para mí, pero también para toda mi familia, ya que del resultado de mi gestión dependía el futuro de nuestra empresa. Tenía perfectamente controlada la situación. Incluso había previsto las circunstancias más inverosímiles. Había estudiado meticulosamente cada detalle, y por nada del mundo estaba dispuesta a consentir que algo tan normal en una mujer como una simple menstruación alterara mis planes. Tampoco podía consentir que un mero proceso fisiológico fuera interpretado como un signo de debilidad femenina por mi voraces competidores. Más de uno hubiera deseado que me presentara alicaída y desanimada, justificándome en mis connotaciones de mujer. De ser así, me habrían devorado ipso facto. Pero mi orgullo me impedía dar carnaza a unas alimañas que esperaban ansiosas saciar su canibalismo con mis despojos.
Contrariamente a lo que pensaban los cretinos de mis contrincantes, era yo, sin que ellos pudieran siquiera imaginarlo, la que los tenía a ellos arrinconados contra las cuerdas.
Convencidos de un éxito seguro, con su altiva mirada, me observaban con un cierto desprecio, cuando en el fondo no eran más que un par de ingenuos que, deslumbrados por su engreimiento, eran incapaces de ver más allá de sus propias narices; y, sin saberlo, acababan de meterse en la misma boca del lobo.
Aquellos individuos representaban a la distribuidora danesa Knudsen Books, con la que competíamos para adjudicarnos la campaña de lanzamiento y edición de un libro que pretendía promocionar en Europa la firma noruega Gjertsen & Myklebust. Se trataba de la novela “Un agradable engaño”, de una desconocida escritora italiana, Giulia Muratti. Una obra de limitada calidad que trataba sobre infidelidades matrimoniales. A lo largo de la trama, su autora diseccionaba con brutal naturalidad la amargura del protagonista cuando, tras sentirse indispuesto en el trabajo, al regresar a su casa, se encuentra a su mujer yaciendo con su mejor amigo. Después de varios días emborrachándose en la solitaria habitación de un hotel, decide regresar para llevar a cabo su venganza. Pero en lugar de reprocharles su traición, opta por organizar una cena a la que invita a su amigo y a la mujer de éste, quienes, ajenos a la conspiración, aceptan, como tantas otras veces, encantados.
Mientras su mujer y el amigo se ausentan para realizar unas compras, él le declara a la mujer de su amigo el gran amor que siempre ha sentido por ella. Ella le confiesa la reciprocidad de sus sentimientos y le relata cómo desde hace tiempo están siendo traicionados por sus parejas. La novela concluye de una manera demasiado previsible, semejante a la fábula del cazador cazado, aunque sin mayores pretensiones.
Pues bien, del resultado de aquella negociación dependía el futuro de nuestra empresa y el fracaso sería el final de mi efímero intento por salvar a mi familia.
 Durante el tiempo que permanecí en Londres me sentí atenazada por la responsabilidad, por el temor a fallar a todos los que habían depositado su confianza en mí. Pero saqué fuerzas de flaqueza y eché mano de mi más que probada capacidad de persuasión, el arma secreta a la que recurría en las circunstancias más complicadas.
Tras dos días de partirme el pecho en arduas negociaciones logré convencer a la compañía noruega de la superioridad de nuestra propuesta, arrancándole el contrato a los daneses de Knudsen Books que ya lo estaban celebrando.
El acuerdo significaba la puerta de la esperanza que necesitábamos abrir para lograr la viabilidad de nuestra empresa y saldar el montón de facturas impagadas que acumulábamos en los cajones. En una situación tan crítica, antes que resignarnos a una inevitable quiebra, habíamos optado por lanzarnos en busca de una solución en el exterior. Ese angustioso panorama fue el que nos decidió a presentarnos a la convocatoria de Gjertsen & Myklebust. Y lo había conseguido.

Tras una estratégica e insufrible guerra de nervios que duró toda la mañana, al fin pude lograr el contrato. Sólo faltaba formalizarlo con una rúbrica que debía llevarse a cabo a la mañana siguiente, tras la llegada de varios miembros del consejo de administración de la empresa noruega.
Dormí una buena siesta, y para celebrarlo decidí ir al teatro. Desde hacía tiempo tenía ilusión por ver el musical de Andrew Lloyd Webber “El fantasma de la ópera”. Terminada la sesión en el Her Majestys, y aunque era tarde, aproveché para ir a tomarme una pinta en Lowlander, un pub a unas pocas manzanas, en Covent Garden. A pesar de la música en directo, no encontré nada que no hubiera conocido y sufrido ya con anterioridad en España. Aquello parecía un “ganao” repleto de desechos de tientas, la mayoría pasados de cerveza y que, al verme sola, se esforzaban por rivalizar en cuál de todos hacía más el ridículo. Cuando me cansé del patético espectáculo, salí a la calle, tomé un taxi y regresé al hotel.
A la mañana siguiente, orgullosa por mi trabajo, y convencida de un éxito que tenía prácticamente asegurado, decidí bajar a desayunar. De camino a la única mesa que quedaba libre junto al ventanal, desde el que se divisaba la calle, agarré el New England para ponerme al corriente de las últimas noticias acaecidas en el país. Me tomé dos bollos, un zumo de naranja y le pedí a la camarera una taza de café; necesitaba cafeína para sobreponerme. Mientras observaba la lluvia desde el mirador, absorta en mis pensamientos y con la mirada fija en el exterior, contemplé la celeridad con la que se movían los transeúntes para resguardarse del chaparrón. Rondaba los seis grados y el aguacero todavía convertía el día en más desapacible. Subí a la habitación, recogí la roller y después de realizar el check out en recepción me subí al primer taxi que esperaba en la puerta del hotel.
Veinte minutos después llegué al St. Mark en Kensington, en el Club Quarters de Trafalgar Square, en el mismo centro de la City, donde se encontraba la sede londinense de Gjertsen & Myklebust.
A mi llegada, una nueva e inesperada sorpresa confirmó los malos augurios que presagié desde el mismo instante en que me levanté de la cama. La reunión en la que debía llevarse a cabo la firma del contrato había sido cancelada. Se había pospuesto para la semana siguiente en la capital noruega. Una tormenta de nieve en el aeropuerto de Oslo había impedido el despegue del vuelo que tenía que trasladar a mis clientes.
¡Otro día perfecto!, repetí irónicamente para mis adentros.

Con ganas de llegar a España, tomé un taxi en la puerta del hotel. El conductor era un hindú enorme, cercano a los dos metros de altura, serio, imperturbable y con un turbante blanco que le envolvía la cabeza. Sin apenas intercambiar una sola palabra, me condujo directamente a Heathrow. Deseaba llegar cuanto antes al aeropuerto para canjear mi billete por el vuelo más próximo que pudiera trasladarme a casa.
No sólo no pude adelantar el viaje, sino que sufrí un retraso de casi cuatro interminables horas, debido, según anunciaban constantemente por los altavoces, a una tormenta de nieve que estaba afectando a toda la parte occidental de Europa.
Mi llegada a Barajas, seis horas después, fue recibida por una lluvia torrencial que tenía colapsado el tráfico de Madrid y desierta la parada de taxis. Casi veinte minutos tuve que esperar hasta que conseguí uno que me llevara a casa, en la plaza de la República Argentina.
Pero de nuevo se volvió a cumplir la ley de Murphy y, en efecto, lo que parecía insuperable todavía empeoró más.
El instante en el que me apeé del coche en República Argentina, coincidió con una nueva versión del diluvio universal. El paraguas, el gorro, el maletín de mano, el ordenador portátil, el bolso, la roller y el miedo a mojarme hicieron que al bajar del vehículo tropezara bruscamente con una mujer que salía a toda velocidad de la boca del metro para tomar el mismo taxi que yo acababa de dejar libre. Sin poder evitarlo, presencié cómo todos mis documentos se desparramaban en mitad del mayor charco de agua que había en la calle. Una incontrolada furia, sólo semejante a la cólera de Aquiles cuando se enteró de que Agamenón le había raptado a su amada Criseida, se desencadenó en mi interior. Absolutamente rabiosa, me encaré de manera casi agresiva con aquella desconocida que, por otro lado, no tenía más culpa que yo de aquel desaguisado. Con la mirada fija en los documentos que flotaban sobre el agua y sin el menor respeto por la causante de aquel estropicio, mi primera reacción fue la de negarme a aceptar las disculpas que de manera tan insistente aquella mujer me intentaba ofrecer. Sin embargo, en medio de aquel embrollo, y mientras atribulada me ayudaba a recuperar mis empapados papeles, me gritó a la cara:
–¡Julia! ¡Julia Gabarry!
Absolutamente trastornada por aquella esperpéntica situación, no acertaba a comprender cómo alguien me llamaba por mi propio nombre. En ese instante, despreocupándome de los impresos, dirigí la mirada a la causante de mi desastre; y por un segundo dejó de molestarme la lluvia, mientras sorpresivamente ella se acercó hacia mí para abrazarme.
–¡Venus!, ¡no podía ser otra! Ayúdame a recoger todo esto y vamos a algún sitio donde podamos resguardarnos -dije, entre la cólera y el asombro.
Tras las oportunas frases de disculpa y bienvenida, mientras nos calábamos en mitad de la calle, decidimos cobijarnos en el Starbooks Coffee de la esquina. Durante casi dos horas estuve sin dejarle pronunciar una sola palabra, algo inverosímil tratándose de ella. Con una delirante verborrea le detallé cada una de las peripecias que me habían ocurrido a lo largo del día. Necesitaba contárselo a alguien y, como caída del cielo, apareció Venus, a quien utilicé como paño de lágrimas. Después, más sosegadas y tras una humeante taza de café, comenzamos a rememorar viejos recuerdos, momentos de nuestra juventud, y sobre todo aquel verano en el que juntas descubrimos los oscuros secretos de la adolescencia y forjamos la amistad sincera que todavía manteníamos. Un verano ya muy lejano, en un pueblo aislado, callado, pero cuya evocación aún me provoca una vertiginosa sensación de mareo y que, como un beso apasionado, nos sedujo para siempre.
Lo que inicialmente preveíamos como un verano indiferente y aburrido resultó ser –o así nos lo pareció a toda la pandilla, cuando indeseadamente llegó a su fin–, el más encantador, carnavalesco y atrevido de cuantos habíamos vivido.
Como hechizadas por un encantamiento, nos sentimos inmediatamente cautivadas por el agradable ambiente rural que nos fascinó desde nuestra llegada.
Allí nos conocimos y juntas, en plena pubertad, aprendimos a soñar, a descubrir la libertad y la amistad, la verdadera y sincera amistad, esa amistad capaz de perdurar a través de los años. 

Desde el momento en el que depositamos los pies en el andén de la estación de aquel pueblo, comenzamos a experimentar un cambio sustancial de comportamiento, una ruptura radical con nuestra modosidad habitual.
Hoy, desde la distancia otorgada por la edad, sólo puedo recordar aquellos días como las vacaciones más extraordinarias, aleccionadoras, impactantes y entrañables de mi vida.
Aquel “impasse” en su vida, como lo calificó Cris en una ocasión, fue la maravillosa coincidencia de nuestro inesperado aterrizaje en Fresnedal. La diosa fortuna dispuso que, como un sortilegio irresistible, irrumpiera en nosotras la suerte, porque fue una suerte que seis adolescentes, de tan distintos orígenes, mostráramos tanta empatía entre nosotras como admiración por aquel lugar. Después, el cautivador calor de sus gentes contribuyó a que nos uniera un cariño y un afecto del que todavía hoy nos sentimos orgullosas.
Pasado el aguacero, henchidas de nostalgia y con la extraña sensación de haber logrado detener el tiempo, a pesar de que llevábamos casi dos horas sin dejar de hablar, nos despedimos para comer al día siguiente.
Hacía años que no veía a Venus López, si bien es cierto que en alguna ocasión había tenido noticias suyas a través de Luisa Freixas, nuestro esporádico nexo de unión.
A la salida de la cafetería la acompañé hasta la parada de taxis. Cuando se marchó crucé la calle, entré en el portal y, como cada vez que llegaba a casa, fui directa al buzón para recoger el correo. Extrañamente estaba vacío.
En el espejo del ascensor contemplé el aspecto deplorable que traía; la imagen que vi reflejada fue tan deprimente que se me hizo eterno el trayecto hasta la duodécima planta en la que vivía.
Al abrir la puerta de mi casa noté su frialdad habitual, una frialdad a la que no acababa de acostumbrarme. Desde que mi hija decidió independizarse, cada vez que cruzaba el umbral tenía la sensación de que vivía instalada en la fría y desangelada habitación de un hotel.  
Nunca me resultó una casa confortable. Pero Diego, mi marido, se empeñó en que tuviera un diseño rompedor y modernista al que de ningún modo llegué a habituarme. Por no negarme en su momento acabé aceptando, una vez más, sus extravagantes sugerencias y desde entonces no he dejado de arrepentirme. Nunca la consideré mi propio hogar, sino una residencia ajena, impuesta por Diego, a quien insustancialmente me recordaba. Un lugar de paso hacia otro todavía desconocido, pero que mantenía vivo en mis sueños. El impactante contraste de colores negros, grises y blancos de sus paredes, desnudas, lisas, deslucidas, recordaba más a una fría exposición de art decó que a una vivienda familiar.
Los destellos glaciales de las luces indirectas, los muebles oscuros de bordes cortantes, austeros y el suelo a dos alturas, la hacían todavía más impersonal. La parte más baja del salón desembocaba en un ventanal que ocupaba de un lado a otro toda la habitación y que, al abrirlo, se transformaba en una enorme terraza, desde la que se divisaba una maravillosa panorámica de la plaza. Allí, con las luces apagadas, disfrutaba observando las estrellas del firmamento durante los meses de primavera y verano. Era mi lugar favorito, a pesar de que sólo lo utilizara una parte del año. Pocas cosas más formaban parte del mobiliario de aquella casa excesivamente espaciosa para mí.
La pared más grande simbolizaba un barco a la deriva, representado en un atrevido y original mosaico de colores, que por sus tonos metálicos y oscuros impactaba. La esquina estaba revestida por una rinconera casi vacía de libros. Sobre uno de los estantes descansaba una cadena musical y, en el más alto, mi colección de discos de vinilo.
Una lámpara metálica emergía desde un rincón arqueándose hasta descender sobre el único espacio práctico y habitable, mi sillón. Era la zona más cálida, y mi preferida, de la habitación.
Dejé la maleta sobre el sofá, abrí el maletín y extendí sobre la enorme mesa de cristal todos los papeles, aún húmedos, para que se secaran durante la noche. A continuación llamé a mi padre para comunicarle que ya había llegado. Con la sensación del deber cumplido, me desnudé, me duché, miré en la nevera y al no encontrar nada medianamente apetecible, extenuada por el cansancio, me fui directamente a la cama. Era la mejor manera de olvidar un día aciago. Sólo recuerdo que me quedé dormida con una dulce ensoñación: la imagen de Venus López.