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ediciones contrabando
Textos y contextos 1
13 x 21 cm; 120 pág.
Rústica cosido con solapas
ISBN: 978-84-940861-8-2
DL: V-2819-2013
PVP: 12 euros (+ gastos de envío)

 

Portada Tan intertextual que te desmayás
Tan intertextual que te desmayás
Ariana Harwicz & Sol Pérez

Este libro es dos mujeres. Dos mujeres que hablan como escriben y escriben como hablan. Es una novela-ensayo, es un diálogo. Un péndulo hipnótico, de tal modo que al final de la noche ambas se confunden en el punto inmóvil del amanecer que suprime el dos para que no sea posible distinguir cuál es cuál ni quién es quién. Se miran a los ojos y, sin leer ninguna obra, ven la historia que la otra quiere contar y aún no es, las ya contadas y sus lecturas que las atraviesan. Son dos personajes/textos que con su mirada oblicua sobre los hombres y su abismarse en la escritura se dedican a morder la realidad con los feroces colmillos de la teoría. ¿Cuál es su secreto? ¿Por qué se ríen? ¿Desde qué extraño sitio nos contemplan? ¿Qué febril vida reclaman? ¿Qué dicen esas dos? Ellas consiguen que nos olvidemos de nosotros. Con un imperioso conjuro nos seducen para que renunciemos al mundo y nos dediquemos únicamente a dejarnos envolver por la fragancia que dejan sus pasos (Isabel Mellado).

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Sol Pérez nació en Buenos Aires. Es Licenciada y Profesora en Letras por la UBA (Universidad de Buenos Aires) leer más

 

 

 

 

Ariana Harwicz nació en Buenos Aires. Es egresada en Realización en el CIEVYC (Centro de Experimentación para video y cine) leer más

 

 

 

 


 



 

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A: Escucho a Beethoven, cuando tenía veintiocho años fracasó estrepitosamente en una declaración de amor a Magdalena. Ella al escuchar su declaración, según las palabras recogidas por el biógrafo de él, dijo: “fue una espantosa declaración, rápida, inconsistente, en donde me pedía matrimonio”. Por supuesto, ella le dijo que no. Él le parecía feo y medio loco. Él se deprimió y a los veintiocho años escribió una pieza para piano, y los críticos coinciden en que es genial, tiene ingenio y dicen también que a veces el ingenio musical (sorpresas, giros, el final) es igual a la construcción del ingenio en la escritura. Él no se preparó para declarársele, entonces, luego se culpó a sí mismo por su fracaso. Beethoven jamás volvió a declararle su amor a una mujer, por falta de ánimo. Todo me impresiona de esta anécdota. Era joven. Ahora está muerto. Magdalena existe en mi mente porque le dijo que no a un hombre. Y además, los amores que al no ser vividos se convierten en obras vivientes. La obra para piano está escrita, ellos dos, muertos hace casi dos siglos. Me digo qué importa Magdalena o ¿importa Magdalena? ¿Y?
S: Te dejé hablar, eso que decís en sí mismo se lo podés decir a un tipo y es una declaración de amor bella. Pero, ¿te dejará hablar? ¿Te otorgará el silencio? Y si lo hace, ¿importa? La calidad artística de una declaración no influye en el resultado.
A: A veces sí. Él fue torpe en su declaración, ella no accedió a la obra.
S: Es lindo pensar que si hubiera escuchado la obra, habría cambiado de opinión, pero lo dudo.
A: Sí importa entonces Magdalena, el decirle que sí o que no.
S: Claro, uno dice: escucho la pieza eterna, ellos están todos muertos, ¿qué diferencia hacen treinta años en compañía de Magdalena o solo? Y viene Beethoven, te toca el hombro y te dice, vos no naciste, metete en tu vida, yo la quiero tocar a ella, ahora. A: Y tiene razón.

                                           *     *     *

S: ¿Cuáles son las de manteca y cuáles las otras?
A: No te puedo creer que todavía no sepas.
S: ¿Estas son las de manteca?
A: ¿Ves que sabés?
S: Pero me olvido. ¿Me dijiste que esta es de grasa, no? Tengo dislexia con las medialunas.

                                           *     *    *

S: “Mierda por el capitalismo”, él hablaba así, francesito idealista. Yo cansada, dos escaleras: una común, otra mecánica. Yo amo las escaleras mecánicas, cada vez que hay una me pongo contenta, como un bono que me da la vida. Encaro a la escalera mecánica, subo. Él la mira y diciendo, y cito: “Mierda por el capitalismo”, despreció la escalera mecánica y se subió a la común.
A: Él tenía ropa fina, había venido a Sudamérica en una buena compañía aérea, no estaba peleado con las drogas livianas, fumaba. Tenía como corresponde, una fascinación condescendiente por Latinoamérica.
S: Todos los símbolos del capitalismo esperando con un pucho a ver si él los dejaba pasar. Drogas, ropa, cigarrillos. Y viene la ropa: ¿yo paso? Él, adelante por favor, y así con todo. Hasta que la escalera mecánica apaga su pucho medio confiada, porque la verdad es que se tenía fe: ¿Yo paso? Él: Para nada, vos escalera mecánica simbolizás el capitalismo. Ajá, dice la escalera mecánica. 

                                              *     *     *

A: El encuentro con el millonario merece ser narrado en diez cafés. No tuve el sentimiento que se tiene cuando uno va al encuentro de un hombre. Me pareció que había que vivirlo de un modo irreal, como si se tratara de una tesis. Y todo, mis modales, la manera de reírme, de dejar la cartera, de sacarme el abrigo, de beber los tragos, todo era observado por él, sentí que estaba frente a un personaje creado para que yo lo observara. Era delicado, elitista, y cuando hablamos de la excelencia él dijo que era una obligación moral buscarla. Tenías que verlo, vive en Rusia, Londres y París, con su reloj de oro, mirándome, y hablándome de que él compró su piso en París con diecisiete ventanas, en la Place de la Concorde, por un coup de foudre. Y siento que esa relación a la vez estética y ética con las cosas, con los lugares, con la comida, es igual a lo que siempre dijimos, quiero esa remera, pero porque esa remera me llevará a una habitación a la que no hubiera entrado. Y siento que es lo mismo que me llevó a viajar a Estambul, por el coup de foudre con una calle. El tipo me dijo: “hay que vivirlo todo”. Ya sé que él puede como millonario llevar a cabo físicamente sus deseos y volverlos acto y nosotras, ehhh no, pero la idea, el concepto es el mismo, el deseo de absoluto. Después era como si se tratara de una princesa hermosa y no de un hombre ya casi viejo y teñido. Desde que lo vi pensé en Gustav Aschenbach, se lo dije, no se asombró, me dijo: “odio aburrirme” y yo ya lo sabía.
S: La contrapartida, lo inevitable, ellos se aburren, ellos pagan sin mirar, ven el mar del Caribe con sopor.
A: Nosotras no tenemos tanto como para aburrirnos, pero tenemos Islandia. *
S: Ah sí, claro, nosotras siempre hacemos negocio.
A: Hablamos de las “atmósferas”,  él elige los países, los restaurantes y los hoteles por las atmósferas, como si uno pudiera elegir cada noche qué época de la historia habitar, eligiendo atmósferas medievales, etc. Hablamos de les imbéciles y yo hice la distinción (no puedo con mi genio) entre elitismo y creer que el otro ser humano, por ejemplo el que te sirve la copa de champagne, es inferior. Me dio la razón intelectualmente, pero tenías que ver con qué rictus alargaba el brazo para que le sirvieran más Martini rouge. 

                                                *     *     *

S: ¿Por qué una mujer no puede chamuyar, copa en mano, leyendo a Nietzsche? Ellos abren Así hablaba Zaratustra, te leen un popurrí, un picadito de aforismos escépticos mientras se comen una aceituna y terminan la noche en el telo de la vuelta.
A: Parece que a ellos no se les activa el morbo con Nietzsche.
S: Yo a los diecisiete años era capa, estaba en mi viaje de egresados y un pelado se trató de levantar a mi amiga con Nietzsche y yo, tan chiquita y todo, pensé, a mí con eso no me vengas, dejá, dejá, papi, que lo leo yo. Lo único que faltaba: que te manosee un pelado chanta para glosarte mal (aunque glosara bien no importa) un autor que vos podés leer perfectamente.
A: Ellos no tienen el monopolio del chamuyo con carnet académico, pero en los papeles pareciera que firmaron mejor que nosotras. ¿Por qué no podemos mirar a un morocho bello como un hombre mira a una rubia en minifalda? Y una vez que lo chequeamos, ¿por qué no nos es dado chamuyar con Nietzsche? Ya lo dijiste, ya sé, a ellos no se les activa el morbo.
S: Pero es verdad, es injusto, tanto libro, tanta lectura y no poder versear con Derrida, con Foucault.
A: No se te abre el telo al grito de: ¡panóptico!
S: Nada, de nada, por más que uses mucho la palabra “devenir”.

                                                *     *     *