Libros de autor

NOTICIAS

 


ediciones contrabando
Narrativa 4
13 x 21 cm; 120 páginas
Rústica cosido con solapas
ISBN: 978-84-940861-6-8
DL: V-2415-2013
PVP: 12 euros (+gastos de envío)

Portada Maldita seas tristeza
Maldita seas tristeza
Carlos Michel Fuentes

"Maldita seas tristeza" es un libro formado por dieciocho relatos, unos muy breves, otros no tanto, en los que palpita un corazón roto y una memoria cargada de episodios llenos de vida y dolor. En cada episodio, en cada relato, descubrimos una mirada lúcida, despiadada a veces, y un lenguaje apasionado que se apropia de la realidad a borbotones. Cada palabra, cada frase (incluso en la sintaxis torturada de estos textos) respira autenticidad, ausencia total de impostura: arrancadas de su vida desmesurada, conservan aún un aliento conmovedor.

Recordando y parodiando a la vez el título de aquella mítica novela de Françoise Sagan Bonjour, tristesse ("Buenos días, tristeza", 1953), que sin duda leyó en su adolescencia habanera, fascinado por aquel universo de vida fácil, coches rápidos, residencias burguesas, sol, y esa mezcla tan francesa de cinismo, sensualidad, indiferencia y ociosidad, Carlos Michel Fuentes construye ahora, sesenta años después, un texto en las antípodas de aquel deslumbramiento tempranero y engatusador.   

Leer relato

 

Carlos Michel Fuentes (Cuba, 1968). Unas tempranas cataratas le alejan del béisbol, su verdadera pasión leer más

 

 

 


Reseñas

 



 

Cerrar

Termómetros y flores 

Carlos Michel Fuentes

Se acerca un diluvio. Está todo prieto. Una vieja camina contra el viento, va de portal en portal Reina arriba en dirección al puerto. Las sombrillas se viran al revés. Huele a ciclón. Cuando salgan las chiquitas del colegio lucharán contra la ventolera para evitar que se les levanten las sayas y se les vean los blúmers medio desteñidos y tendrán también que hacer malabares con los libros y las libretas y seguro se divertirán y se reirán como locas. Viene una guagua pero no tiene intenciones de parar. Uno sabe eso. El que vive aquí en La Habana sabe cuando una guagua va a parar o cuando seguirá de largo. No me pregunten cómo, pero uno lo sabe. Empieza una llovizna alfiletera. No recuerdo si cerré la ventana del cuarto. Mi jicotea está perdida por la casa. Hace días que no la veo, ni la siento. Tampoco la he buscado mucho. No le he puesto nombre. La tengo porque dicen que recoge todo lo malo. Yo soy hijo legítimo de Changó. Eso se nota. Ahora la gente también cree en lo de los signos. Yo soy Sagitario. Mitad hombre, mitad caballo y tengo un arco o una ballesta, no sé bien, una flecha en todo caso. Dice mi madrina que tengo que hacerme santo, que ando muy desprotegido y que ese solar donde vivo terminará tragándome. A mi lado hay un señor con una caja agujereada llena de pollos piando y cagando, tiene una mano dentro del bolsillo del pantalón y una roleta de meao seco en la portañuela y no para de hacer sonar el menudo y sus dedos se impregnan del olor a níquel. Es verdad que el dinero es sucio como dicen, pues va de mano en mano y no se detiene nunca. Acaban de pasar dos mujeres. Me propusieron que les comprara unos rollitos de esparadrapo. También vendían termómetros y piedras de fosforeras. Yo no fumo. Eso les dije. Nunca he fumado. A veces un tabaco los diecisiete de diciembre. Deben haber asaltado una botica. Una está mejor que la otra. Pero ni los pezones erizados por el frío y la lluvia les ayudan mucho. Del uno al diez: una un dos y la otra un tres, o un dos y medio. Está apretando. Me meto en un portal. Hay mucho churre y peste a ratas y una blanca con una blusa de flores y unas sandalias. Blanca como un pomo de leche. De brazos gruesos, y se ve que estuvo sobre la cama con la radio puesta, oyendo la novela de las dos mientras se pintaba las uñas de los pies y se cortaba las cutículas, pues los dedos le brillan como si fueran los foquitos del Atelier. No me mira. ¿Qué me va a mirar? Pero sabe que la estoy mirando. Las mujeres siempre saben cuando uno las está mirando. Cuando se inclinan hacia delante nunca olvidan protegerse el escote, ni abren excesivamente las piernas cuando se sientan. Esta no tiene una cadenita en el tobillo ni mucha teta. Parece una testigo de Jehová o una evangelista. Aun así me gusta. Igual quema petróleo. En la calle empieza el charquerío y los carros a salpicar las aceras. Los que andan en bicicletas sin guardafango esquivan los baches como pueden. Un perro sarnoso que arrastra su pellejo se me planta al lado con la lengua afuera y lo azoro de una patada y unos chasquidos. Ahora sí me mira de reojo. ¿Qué quería? ¿Qué lo acariciara? Seguro que no quiere a los animales más que yo. Una vez crié palomas, llegué a contar más de cien buchonas. Un halcón se encarnó en ellas y las fue eliminando una a una, hasta que lo velé y lo cacé yo a él. También tuve un puerco a medias con mi hermano y a la hora de sacrificarlo no pude estar presente y se me aflojaron las piernas y me dio un apretón en el pecho y un temblequeo y no me quedó más remedio que salir del solar a respirar y me la pasé repitiéndolo todo el día y con diarreas y esa noche tuve un mal sueño. Soñé que mi abuela Berta -que en paz descanse- se había envenenado con una guayaba y que estaba echando espuma por la boca y después se convertía ella misma en una guayaba. Un carro soltó un tapacubos de una rueda, llegó tambaleándose hasta el contén justo frente a nosotros, por un instante creí ver el reflejo vago de la mujer sobre una abolladura del metal. Me pareció que se rió un poquito antes de desmayarse. Las que vendían termómetros regresaban empapadas por la acera de enfrente. Se desplomó como un saco de papas y el florerío de la tela se tiño del gris-fosa del portal. El señor de los pollos paró un carro vociferando y agitando la caja y yo cargué a la mujer y la metí en el asiento de atrás y le ordené al chofer que nos llevara corriendo para el Fajardo. La arrastré y la acomodé sobre mí y en el traqueteo se le levantó la blusa y se le vio el ombligo. Del retrovisor colgaban tambaleándose unas botas tejanas en miniatura. Guajiro zapateo sobre el cucarachero de esta maldita ciudad, medio podrida y medio viva, y a través de él, se empequeñecía el hombre con su caja agujereada. Noté que le faltaban algunos dedos de la mano, asumí que se trataba de la mano con que sonaba las monedas, la mano oculta. No se por qué, pero imaginé en ese momento a sus pollos, bajando despetroncados de las ramas de unos naranjales y llegar hasta mi madre, que les convidaba con un griterío de ¡jiid…jiid…jiid! a un banquete de falanges y granos de maíz tierno que revolvía en una palangana apoyada a su cintura. También es verdad que el espejo y su don de invertir todas las cosas me desorientaban un poco y me llenaban de dudas, que desaparecieron de golpe cuando se hundió la máquina en el túnel. Jadeando. Entre el amor y las luces de artificio, atravesando a cuentagotas los setecientos metros de bahía. Despechada. Teñida de petróleo y de semen, de semen y de petróleo. En la gran curva que precede a la salida, el cuerpo derrengado de la mujer se enquistó al mío como un quitón al diente de perro. ¿A quién se le ocurre ponerse pantalones blancos un día de lluvia? La vida es del carajo. Un día somos el parabrisas de un carro y otros el insecto diminuto que se estrella contra él. El chofer es un hombre gordo que apenas cabe en el asiento y está lleno de caspa, conduce volcado sobre el timón y a cada rato desempaña el cristal con un trapo que esconde en la entrepierna. Una especie de estopa. No dice nada. Es buen chofer. El otro tiene un diente de oro y una gorra con una consigna bordada y la mano de Orula en la muñeca. Está girado hacia nosotros y no deja de preguntar si mi esposa es diabética, si padece de presión baja o si es hipertensa, si son frecuentes estos desmayos, si ha tenido convulsiones, si se quejó antes de dolor de pecho, si se mareó, si llevaba parada mucho tiempo. Arrastra la erre. Parece médico o policía. Yo no le respondo. ¿Qué podría decirle? Aparto un mechón de pelos de los ojos de la mujer y aprovecho para acariciarle suavemente su frente. Está fría como una rana. Pálida. Huele a colonia y a talco. Se me está acalambrando un poco una pierna. La derecha. Casi todo su peso reposa sobre ella. Está totalmente desfallecida. Las cosas pesan menos debajo del agua. ¿Estará muerta? Mi mano es como una mariposa bruja revoloteando entre las flores marchitas de su blusa. Posándose al final sobre un girasol delicado y fofo, latiendo a destiempo junto a mi corazón, tan salvaje como un tambor batá convulsionando entre las negras del solar y los gallos decapitados y los flashes de los franceses peste a grajo, que no pueden creer que del pellejo estirado de un chivo muerto pueda brotar tanto alboroto y ritmo, y mueven las cabezas descompensadas de un lado para otro y todo lo retratan y nada entienden, con sus codos colorados. Echándonos en cara su puñetera hemoglobina. El desodorante de pastica produce golondrinos. Huele a ciclón. En el hospital expliqué que yo no era nadie, que sólo estaba a su lado cuando le dio el soponcio. Que se trataba de una casualidad. Que no sabía su nombre ni su edad, ni su grupo sanguíneo. Entonces me hicieron salir de la habitación. Seguramente le desnudaron y le auscultaron y registraron en una hoja sus signos vitales. Blanca como el coco, como el algodón, como los ojos de los muertos y de los que eyaculan en los autobuses, como las mallas delicadas y elásticas de las bailarinas, como los aviones, como la fana. Alguien sentenció desde dentro que en Cuba aún quedaba gente buena y noble refiriéndose a mí, a la naturaleza altruista de mi acto. Entré al baño y oriné. Estoy enamorado de mi pinga. Vivo para ella, para complacerla, para mimarla. Es una pinga gruesa, recta, parejera, tersa y obediente. Una rama que conduce a una flor abetunada y exótica que perfuma y embriaga cuanto roza. No hay amor más verdadero que el amor de un hombre hacia su pinga, como no existe tragedia mayor que cuando este amor se torna odio o rencor, o si fenece. Con aire caliente me sequé las manos. En la sala de espera una señora muy encopetada se sentó a mi lado. Por los altavoces una y otra vez intentaban localizar a un tal doctor Lorenzo y había un cartel que propugnaba las ventajas de la lactancia materna, donde una mulata con unos pezones oscuros como cucarachas amamantaba a un recién nacido. Su propio hijo, supongo. Aquí la medicina y los entierros son gratis. Vivir, nos cuesta muy caro. Aún llovía un poco. De la sombrilla plegada de la vieja se escurría un hilo finísimo de agua. Eran las cinco en punto de la tarde. No me gusta aceptar nada de nadie. Uno nunca sabe. No tomo café por ahí y por nada del mundo me dejo medir con una cinta métrica. Pueden convertir tu vida en un infierno con un bilongo bien hecho, irreversible. Aun así acepté de la vieja dos caramelos. Uno para mí y otro para mi esposa según dijo. Esperé a que escampara un poquito y me marché andando por Zapata. La ochenta y uno me deja relativamente cerca de La Copa. El sol se dejaba ver timidísimo entre las nubes. La fachada de la estación de policía estaba recién pintada de ese gris tenebroso y brillante con que las pintan siempre. Da miedo. Todo lo tienen calculado estos sinvergüenzas. Hice sonar el celofán que envolvía los caramelos en mi bolsillo, uno era verde y otro blanco, paz y esperanza, eleke de Oddua. No me supo a nada. A jarabe quizás. Lo lancé junto a un escupitajo de mi boca. Lo vi caer y detenerse entre la hierba de un cantero. ¿A santo de qué tenía que darme algo esa señora? Fui imprudente. Seguramente dentro de poco será descubierto por una hormiga exploradora que correrá a su cueva con la noticia del hallazgo, exhausta heroína para el muchedumbroso enjambre, que se movilizará tan rápido como lo hace el pueblo a veces a la plaza, y cubrirá el blanco candoroso del azúcar con el negro inapelable y lujurioso de su piel. No quiero nada de nadie. Sólo deseo llegar a casa cuanto antes y quitarme esta ropa húmeda de encima.