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ediciones contrabando
Narrativa 3
13 x 21 cm; 208 páginas
Rústica cosido con solapas
ISBN: 978-84-940861-4-4
DL: V-1587-2013
PVP: 12 euros (+gastos de envío)

Portada Arquitectura del sueño
Arquitectura del sueño
Fernando Blanco

A orillas del Mediterráneo, con la espuma de las olas salpicando el alféizar del ventanal de su salón, doña Eloísa consume sus atardeceres en interminables diálogos telefónicos con la dudosa excusa de que ha puesto a la venta su casa. Meciéndose, sobre un abismo, entre la demencia senil y una lucidez nutrida de apasionados desengaños, va desgranando un discurso tan plagado de reiteraciones como enriquecido por una imaginación pletórica y soñadora. El lenguaje, como portavoz de esa memoria recreativa, deviene en la sustancia misma de un pasado, que se rehace cada tarde, en cada conversación con esa interlocutora desconocida, pero que tan poco cuesta reconocer. Intentando escapar de la locura que la acecha, tratando de sortear el silencio negro y oscuro que la convoca, teje una y otra vez los hilos descosidos de su(s) vida(s), dando rienda suelta a sus revolucionarias obsesiones: impugnar la realidad, abolir el tiempo, asesinar todas las convenciones, arrancar todas las máscaras, a fin de que podamos bailar desnudos a la luz de la Luna, libres al fin del pecado y del código penal.

Novela-poema, Arquitectura del sueño es una indagación, lírica y narrativa a la vez, sobre la verdadera naturaleza de la memoria y los deseos. Una obra que aspira a hacernos atisbar que hay una realidad distinta al otro lado del espejo.

Leer capítulo 1 (fragmento)

 

Fernando Blanco Inglés. Nací hace demasiados años en la ciudad de Cartagena, milenaria capital del Sacro Imperio Murciano leer más

 

 

 

 

 

 

 

 


Reseñas

 



 

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El precio

 

 

El salón se halla en penumbra, como todas las tardes a estas horas desde hace unos cuantos años. Un gran ventanal desnudo de visillos le separa tan poco del mar que algunas olas llegan a salpicar la parte inferior del mismo. Ella está elegantemente sentada en un sofá, con la mirada perdida más allá de la línea del horizonte, fumando un cigarrillo aromático, expeliendo humeantes aros de extraña perfección… Suena el teléfono…

–Sí, dígame…

–Hola…

–Buenas tardes…

–¿Hablo con doña Eloísa Rodríguez de Maestre?

–En efecto, así dicen todos que me llamo, aunque yo, permítame expresarle sin ambages mi incertidumbre, albergue ciertas dudas después de tantos años.

–Perdone que la moleste…

–No se preocupe… 

–Me han dicho en el pueblo, no sé si será cierto, que ha puesto usted a la venta la Casa en la Torre Derribada.

–Así es.

–Y, bueno, quería saber…

–Déjeme adivinarlo… ¿El precio…?

–Pues sí… el precio.

–Claro, cómo no, ingenua de mí, qué otra cosa podía ser, se halla usted en su perfecto derecho, aunque me embarga la premonición de que quizá, antes de sacar a relucir la cifra desnuda, pueda estar interesada en conocer la historia de la casa…

–…

–¿Quiere que se la cuente?

–Por supuesto.

–Hace no muchos años… supongo que a pesar de su manifiesta juventud se hallará al tanto, La Manga era un paraíso ignoto, un antiguo reino alejado de los mapas existenciales, ubicado fuera de las cartografías en vigor…

–Algo me han contado…

–…una franja de arena kilométrica deshabitada, no hollada por las sucias botas del hombre ni contaminada por la escandalosa emanación de su repugnante aliento. Un sitio al margen de la civilización… en el lejano interior del espejo… al otro lado del Estado… Un hermoso lugar con palmeras, juncos, lirios de agua, cañas de bambú, hierba mora, adormidera, ruibarbo, mirabel, flores de santa Lucía, lágrimas de Job… humedales visitados por grullas, cigüeñas, esbeltos flamencos, garzas impolutas, irisados ánades… con una poderosa columna vertebral formada por montañas inmensas de arena, donde cohabitaban entre matorrales todo tipo de escarabajos, arañas, mariposas, conejos, lagartos, serpientes e incluso zorros y lobos… y, en aquellos tiempos, loado sea el cielo, sobrevolada con relativa frecuencia, a la altura de los ángeles, por majestuosas águilas con las alas desplegadas al viento… Pero déjeme situar la historia en su inicio, si es que alguna de ellas lo tiene: de viaje a Marruecos con mi marido, uno de los más insignes artistas que, y no lo digo, créame, porque se trate de él, he tenido en mi vida el sagrado honor de conocer, se nos estropeó el coche a la altura de Murcia capital. Ya venía dando problemas desde Albacete. Algo creo recordar relativo al embrague, o quizá a la correa de transmisión, aunque no me haga mucho caso porque yo de mecánica, como puede suponer, nada de nada. Efectuados los engorrosos trámites de rigor, quedamos a la espera de noticias… finalmente, nos mandaron aviso del taller notificándonos que la reparación se postergaría durante unos días, sometida como estaba al pedido ineludible de recambios a la casa matriz. Nos instalamos en el Hotel Victoria, a la vera del Segura, y decidimos de común acuerdo sacarle provecho a la indispensable demora realizando excursiones aleatorias por los hermosos parajes de la provincia. En una de ellas, como el niño perdido que tropieza con la botella del genio, vinimos a dar con Cabo de Palos, un pequeño pueblo de pescadores, escasamente habitado y sin apenas turismo por aquel entonces…

–… 

–¿Le aburro, querida, o prefiere que continúe?

–Por supuesto… que continúe… tenga la amabilidad… 

–Gracias. No sé por qué di por supuesto al percibir su exquisita voz que usted sería una candidata ideal para interesarse por lo que le cuento.

–Así es.

–El tono y la tesitura de una voz constituyen desde mi punto de vista el retrato espiritual de una persona. ¿No le parece? 

–Me resulta imposible estar más de acuerdo. Dios entra por el oído.

–Avasallando la conciencia. Iluminando sus sótanos. Despertando con fuego lo que aún no es. No sabe lo que me alegra este tipo de coincidencias…. Me transportan en volandas a la gloria… Cuando dos espíritus de la misma tribu se reúnen todo es posible…

–Y, a veces, lo imposible.

–Bien, siguiendo por donde íbamos, Cabo de Palos nos produjo la embriagadora sensación de ser un sitio aparte, un lugar de otro mundo, un oasis gobernado por un extraño concepto de libertad en el desierto del Régimen. Al margen de su rancia estructura y ajeno a sus disposiciones. Más allá de los estrictos designios de la época y de sus despóticas costumbres. Un paisaje donde respirar sin temor a que nadie te robara el oxígeno del aire. Allí conocimos a toda clase de personajes extraordinarios, imantados por el sitio, impregnados de exultante vitalismo… artistas teatrales, músicos maravillos, excelsos poetas, y cuando digo poetas me refiero a los auténticos, a los intermediarios genuinos, ajenos al vulgar histrionismo de la especie, a aquellos que no necesitan escribir un solo verso para constituirse como tales en todo su esplendor… comediantes de altura, siempre dispuestos a apagar los egos e iluminar cualquier ambiente en el que se hallaran encendiendo las fulgurantes linternas del duende… Como puede imaginar, pasamos unos días fantásticos, no recuerdo época más hermosa, todo el día recorriendo casas de amigos recién conocidos, sin saber nunca dónde ni cómo terminaríamos… practicando todo tipo de estrambóticas locuras: beber hasta tambalearnos, fumar grifa, ingerir anfetaminas, bañarnos desnudos bajo la Luna, olvidar los nombres, enamorarnos con inusitado frenesí de los cuerpos, bajo la inconmensurable gracia de Puck y de sus filtros… en un sueño constante de verano… En fin, que se me va el santo al cielo, por no fatigarle con absurdas nostalgias y extenderme más de lo recomendable, éramos jóvenes, ya sabe, sin prejuicios ideológicos, sin moral establecida, amantes de los excesos, dispuestos a embarcarnos en cualquier experiencia… por peligrosa que fuera… en cualquier aventura de la que se pudiese extraer conocimiento mágico del mundo… todo nos parecía estupendo, fantástico, fabuloso, siempre, eso sí, que se mantuviese en los límites establecidos por nuestra selecta escala de gustos y por supuesto, claro está, no es preciso señalarlo, que no humillase ni ofendiese a nadie… al menos, más de lo debidamente recomendable…

–Me parece oyéndola que esté usted refiriéndose a otro sitio.

–Exacto, querida, veo que me comprende más allá de lo que hubiera deseado… colma usted la copa de mis expectativas y la desborda… le estoy hablando de otro sitio… que ya no existe.

–Por favor, continúe… ardo en deseos de que me cuente el resto…

–Todo era felicidad, diversión, juergas apabullantes, juegos presididos por inverosímiles e insospechados maestros de ceremonia… en los que cualquier cosa podía suceder… en los que lo imprevisto terminaba siempre de uno u otro modo por manifestar su presencia… Una noche, tras larga velada de particular desenfreno y locura, decidimos, capitaneados por Richard, ir a ver amanecer al faro, en fila india, cantando canciones apaches, inventadas ex profeso para la ocasión… de alguna de ellas aún guardo exacta memoria… resuenan a gloria en la bóveda de mis recuerdos… Tras la ascensión en espiral, llegamos a la puerta del mayestático edificio e hicimos sonar la campanilla… el farero era de la banda, uno de los nuestros, y, como presumíamos, no sólo no puso la menor objeción a nuestros deseos, sino que, encantado de complacernos en lo que fuese, él mismo se ofreció como perfecto anfitrión para enseñarnos su más alto secreto, conduciéndonos a través de una sinuosa escalera de caracol al observatorio, a esa majestuosa cúpula de cristal desde la que contemplar las maravillas intactas del mundo. Y, desde allí, entre risas, chanzas y devaneos, tuvimos la oportunidad de admirar extasiados el paisaje más hermoso que yo haya tenido ocasión de conocer en mi vida… un mar en calma, bendecido por la Luna… un cielo despejado, colmado de estrellas, algunas de ellas tan insoportablemente visibles que nos parecía verlas arder… y, perforando la oscuridad, las proyecciones de los focos del faro, como tentáculos geométricos de un pulpo intentando atrapar el caos… efímeras autopistas de luz en el país de las tinieblas que te permitían visualizar durante un instante lo que al siguiente no estaría ya allí… Poco a poco, con lentitud perfecta, fue dando el Sol omnímodas señales de su invisible presencia… generando gradaciones luminosas de sutileza casi mística, que fueron de forma imperceptible transformando sin necesidad de tramoya la magia de los sucesivos escenarios desde el mismo corazón del teatro… “la Aurora emprendió andares con sus sandalias de oro”… hasta que, tras un velo rosáceo, inmaculado de nubes, emergió en todo su esplendor la majestuosa hegemonía de Mitra… sacrificando con certera estocada al toro de la oscuridad… por cierto, ¿no cree usted que nos hubiera ido mucho mejor con el mitraísmo que con esa extraña religión acérrima enemiga de los sentidos que adoptamos?

–Es posible, no le digo que no, pero yo soy más de la Luna… 

–Más antigua todavía… 

–Exacto… pero por favor no me permita distraerla con digresiones de carácter personal que no vengan al caso… continúe…

–A la luz del Sol y en la cúspide del asombro nos fue dado contemplar lo que hasta aquel momento había permanecido en la lejana oscuridad de nuestras entrañas, pugnando por existir, palpitando por comparecer, deseando materializarse… Hacia el norte, entre el Mar Menor y el Mediterráneo, se dibujaba una ilimitada línea de arena virgen cuyo fin se perdía más allá de nuestra vista… En ese mismo instante, mi marido y yo, sin necesidad de superfluas consultas y prescindiendo de cualquier contraste de pareceres, decidimos con mirarnos que ése y sólo ése sería el lugar donde devendría el resto flamante de nuestras vidas… Esa misma mañana, para no dilatar el asunto dejándonos atrapar en las seductoras redes de la desidia, balanceándonos en la sugestiva hamaca de la galbana, ideamos una excursión que nos condujese lo más lejos posible por aquel camino increíble… En aquellos tiempos, le parecerá inaudito, no había carretera que la atravesase, ni tan siquiera un mísero sendero de tierra y piedras… era un lugar no explorado; en cierto sentido, inhóspito, casi salvaje, conservado desde la noche de los tiempos en el arca de lo desconocido… vigilado por ángeles ignotos… virgen… sin mácula… un coto cerrado de Dios… con acceso terminantemente denegado al hombre… para que en apenas un par de décadas, permítaseme la grosera analogía, el tabernáculo se benidormizara en toda su admirable extensión para dolor del orbe terrestre…  (...)