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Edición a cargo del autor
Cuentos reunidos
21 x 13 cm; 172 págs.
Rústica cosido
ISBN: 978-84-614-6206-3
D.L.: V-4764-2010
PVP: 12 euros (+gastos de envío)

Portada El desorden de nuestras vidas
El desorden de nuestras vidas
Manuel Turégano

Tras los cuentos que integran El desorden de nuestras vidas hay un impulso, una idea, un motor, un sueño. El autor está indignado por la creciente constatación de que, conforme se ha ido instaurando un orden social más estructurado, lógico, razonable, próspero y aparentemente más perfecto, más crecía entre la gente la desazón, la angustia, la infelicidad y un difuso malestar. Aquel gran orden exterior ha generado un profundo desorden interior. Por debajo de las cifras de incremento del PIB y del crecimiento de la renta per cápita, del número de coches y de casas y de teléfonos, el autor lee otras cifras ocultas: que ya hay tantos muertos por suicidios como por accidentes o por el cáncer, que se venden más psicofármacos que aspirinas; que tras el jijiji jajaja del país de la diversión y la juerga late otra pulsión muy diferente: una angustia profunda e indefinible, que afecta desde a los más jóvenes a los jubilados, a cada uno de una forma. Un desorden profundo y desasosegante que él quiere hacer emerger en estos relatos.

En los protagonistas de estos cuentos (maduros que han perdido el norte de sus vidas y que vuelven a encallar cuando intentan fijarse nuevos rumbos; jubilados a los que todavía les quedan amargas verdades por conocer; jóvenes que tienen que huir de la ponzoñosa influencia de sus mayores; o ese pequeño "grupo salvaje" que se lanza en una furgoneta a Madrid a quemar la sede de la SGAE), en todos ellos advertimos un denominador común: en algún punto del camino se ha producido un descarrilamiento de sus vidas.

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Manuel Turégano Moratalla nació en Albacete en 1955. Realizó sus estudios de bachillerato en las Escuelas Pías y luego inició la carrera de medicina en Murcia. Es licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Valencia. Desde muy joven se interesó por la lectura y la escritura. Entre mediados de los 70 y los 80 desarrolló una activa militancia comunista. Ha trabajado la mayor parte de su vida en el mundo de las artes gráficas. También cuenta con una notable experiencia en el campo del periodismo, sobre todo como crítico y reseñista cultural y literario, bajo el seudónimo de J. Albacete. Una parte significativa de su obra crítica puede leerse en el blog Santuario.

Desde mediados de los ochenta vive en Valencia, donde, en 2010, publicó su primer libro: los cuentos reunidos de El desorden de nuestras vidas.


 



 

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Un día cualquiera

 

 

Llego, como siempre, a las 8.45, media hora más tarde de lo lógico. Antes venía en el metro; ahora, me traen. O mejor, me acercan, me depositan en un semáforo de una de esas avenidas de pesadilla que son como los túneles de un desfiladero inmobiliario, y yo ya me apaño para hacer, a pie, el resto del recorrido hasta la pequeña oficina, el minúsculo taller que, después de tres crisis, aún mantenemos en un pisito escuálido, frío y destartalado de otra avenida periférica.

 Llego con el periódico bajo el brazo. Y prendida de la mano que cuelga al final del otro brazo traigo una pequeña bolsita, en la que traslado alguno de los proyectos en los que estoy “trabajando”. No, no se rían. Las comillas son intencionadas, casi diría que necesarias. Para no engañar a nadie.

 Subo en el inquietante ascensor, que chirría y se bambolea con la intensidad necesaria para recordarme la claustrofobia que me aqueja desde hace unos años, de modo que cuando llega y se para en el sexto, respiro aliviado. ¡Otro día salvado de la catástrofe!

 El piso está frío –sobre todo en invierno– y esgrime su carácter inhóspito, desangelado. Parece deseoso de manifestar, en cada detalle, su desacuerdo con el uso que le damos. Antes fue una vivienda, y proclama a toda hora, no sólo su pasado, sino su voluntad de retorno. Y luego están los recordatorios: el cuarto de baño, la cocina, la despensa..., escenarios de un hogar, no de una oficina.

 Mi cuarto es el último al fondo, donde acaba el interminable pasillo. Un extraño rectángulo con una poderosa ventana que se abre a la ancha avenida, justo frente al edificio de la policía local, al parque del Oeste y, más allá, al perfil homogéneo de las barriadas periféricas: edificios baratos de ocho plantas, donde se hacinan cientos de familias. Y, por encima, un fragmento geométrico de cielo, recortado por los límites del ventanal. Un fragmento que puedo ampliar o reducir, a mi gusto, simplemente subiendo o bajando la vieja persiana.

Mi “mesa de trabajo” (que es una antigua mesa de montador, de la época gloriosa en que las artes gráficas eran un oficio respetable, una artesanía) consiste en un cristal traslúcido enmarcado en madera, quiero decir, aglomerado barnizado de un marrón que envejece, y está situada justo en un rincón del cuarto, junto a la ventana, no frontal, sino rinconera. Para mirar al mundo exterior sólo tengo que girar la cabeza a la derecha.

 Si hay alguien cuando llego, lo saludo e inmediatamente me voy a mi rincón. Aunque traiga algún buen propósito en la cabeza, la idea de hacer algo, de emprender alguna tarea, de poner en marcha una iniciativa nueva, lo primero que hago indefectiblemente es extender el periódico abierto sobre el cristal grisáceo de la mesa y dedicar una buena hora a dar cuenta –normalmente con indignación contenida– de los titulares del diario. Todo va mal. Todo va siempre muy mal. La situación internacional –pese a que vivimos en un país relativamente alejado de todo conflicto– le pone a uno los pelos de punta. Pero no es nada en comparación con lo enervante de la situación nacional, donde todo es disparatado, increíble, desmoralizador.

La mayoría de los días, el “chute de adrenalina” del diario –cuya línea editorial detesto– dura hasta la hora de irse a almorzar, las 10.30.

Entonces bajo –otra vez en el temible ascensor– con las dos teclistas y nos llegamos a una pequeña y aseada cafetería que regenta –como casi todo en el barrio– una china diligente. Los tiempos del bocadillo, la cerveza y el carajillo hace rato que pasaron. Ahora nos limitamos a un amargo y aguado café con leche y una tostada de aceite; mientras ellas repasan animadamente los eventos televisivos de la noche anterior, yo miro con fruición los titulares del diario local. A veces comentamos lo mal que va todo y las escasas perspectivas de cobrar a fin de mes.

El resto de la mañana la cosa no mejora. A veces llama alguien por teléfono a la oficina. Cada dos o tres semanas viene un mensajero. Una o dos veces al mes me pasan para que lea y corrija textos de una o dos páginas: un calendario, la solapa de un libro, el programa de un máster que ha reducido su horario de 500 a 150 horas. Cada mes hacemos, además, una asamblea de diez o doce minutos para corroborar que, quizá, este mes tampoco haya dinero para los salarios. Es de ver la cara que ponemos de funeral en esas ocasiones que, de tan reiteradas, son ya una verdadera “tradición” en la empresa.

Las horas que van del almuerzo a la salida son casi las peores. El furor del diario se ha disuelto. El café, lejos de despejar, deja un poso negro de inacción y abatimiento. Hojeo viejas revistas que acumulo y he repasado mil veces. Me leo una vez más los artículos que escribí in illo tempore, y que ya apenas si resaltan en las amarillentas hojas A4 que forman un montón en la estantería de mi espalda.

Antes tenía uno y hasta dos ordenadores en el cuarto, y me entretenía un rato mirando por internet, pero hace tiempo que se los han llevado para sustituir a otros que se rompieron o simplemente caducaron. Ahora hay dos mesas vacías a mi izquierda, que yo uso para seguir acumulando periódicos. El polvo lo cubre todo, como si fuera un sudario.

Los días que hace sol el cielo proyecta sobre el cristal de mi mesa un rectángulo creciente, con su azul vaporoso, las nubes andarinas y un destello brillante y cegador. A veces pasa un avión. Otras, una bandada de pájaros en formación. Pienso que ya no tardaré mucho en imitarlos, claro que con la suerte cambiada. Aunque a veces me invade el pánico: no sé si desde el sexto será suficiente.

A partir de la una comienzo a mirar el reloj con inquietud. A las dos, agrupo los bártulos que voy a llevarme, para no olvidar ninguno: las llaves, el monedero, el móvil, el periódico, los indicios de lo que traje de casa para hacer y que no he hecho. Mis nervios están de punta, con la tensión acumulada de ese infernal juego de horas con la nada. Y mañana será igual. Y pasado.

El metro vuelve lleno a mediodía. Sobre todo, si trae a la gente del aeropuerto: decenas de turistas que miran con desconfianza a la gente mientras se arrebujan junto a sus maletas lustrosas y bien cerradas. Para evitar la claustrofobia, me leo la página de atrás del diario. Últimamente, siempre incluye referencias gastronómicas. Así voy abriendo el apetito.

Mientras cubro a pie el largo tramo que une la parada del metro con mi domicilio, pienso que mañana podría empezar a hacer justo lo que hoy no he hecho. Eso me anima. Claro que quizás mañana decidamos cerrar la empresa, o jubilarnos, o disolvernos... Mañana, je, je. ¿Quién sabe lo que pasará mañana?