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Edición e ilustración del autor
Publicado en Valencia en 2012
19,5 x 12,5 cm;  140 págs.
ISBN: 978-84-615-8951-7
D.L.: V-2135-2012
PVP: 12 euros (+gastos de envío)

Portada Anabah
Anabah
Carlos Michel Fuentes

En Anabah navegamos mucho rato a ciegas y sin rumbo. No sabemos dónde vamos. ¿Es una excursión? ¿Es una huida? ¿Es un sueño? ¿Un deseo formulado en voz alta? Alguien sueña despierto un viaje, una fuga. Detalla sus movimientos, sus sensaciones, sus pobres y limitados recursos, el mundo que le rodea, el mundo del que ha escapado. Ve cosas, recorre escenarios inéditos, se tropieza con otras personas, sigue remando... sí, este hombre -¿pero quién, tal vez un doble del autor?- debe ir a alguna parte, pero ¿adónde? Como todo viajero literario, el autor ha emprendido un viaje al corazón de sí mismo; y, como Ulises, no hará sino retornar al punto de partida. Pero antes de que eso ocurra lo vamos a ver demorarse en las encrucijadas esenciales: el territorio sagrado y poderoso de la infancia (donde quedó enterrada para siempre nuestra poca o mucha felicidad verdadera), las huellas ineludibles de nuestra vida familiar (eso sello impreso que siempre llevaremos en el cuerpo, grabado a fuego), la vida infantil en la calle, y en la escalera, y en la escuela, y en el barrio, los escarceos amorosos, los miedos, las prohibiciones... todo eso que constituye, en realidad, si lo pensamos bien, la sustancia auténtica de la vida. Y también está ahí, claro, el lacerante descubrimiento de que lo que creías tu refugio sagrado es en realidad una cárcel; los barrotes que te protegían anulan tu libertad, ahogan la vida. Y al fondo, y delante y en medio, empapando toda esa maraña de recuerdos, está la ciudad, La Habana, ese escenario de ensueño y pesadilla que nunca se deja atrapar del todo.

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Carlos Michel Fuentes (Cuba, 1968). Unas tempranas cataratas le alejan del béisbol, su verdadera pasión. Hijo único. Creció entre mujeres y escaseces en un apartamento muy céntrico del Vedado. Abandona Cuba a principios de los años noventa tras un largo período de desilusión y desconsuelo. No regresa jamás. Graduado en Bellas Artes. Devenido pintor escenográfico, trabaja para el cine, el teatro y la televisión en los Estados Unidos. Diseñador gráfico. Ilustrador. Escritor compulsivo. Actualmente vive en Valencia.

 

 


 



 

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Anabah

 

No puedo evitar echarme a correr cuando es de noche y regreso a casa solo. Estoy seguro de que alguien me persigue y de que alguien persigue a su vez a quien me persigue a mí. Soy el primero de una larga lista de valientes guerreros perseguidos, de futuros cazadores de insectos nocturnos. Voy corriendo junto a una mariposa bruja a ver quién llega primero a la luz fría, que para colmo parpadea y parpadea hasta fundirse y perder el sentido para ambos. Subo las escaleras de diez en diez. La gente escupe  a veces sobre la baranda. Desde lo más alto escurren la saliva y gana quien llega intacto al suelo. A veces yo lo hago; a veces gano y otras pierdo. Odio perder. Que sea la savia de otro la que explote alegre al final sobre la marquesina. En cada descanso de la escalera, sobre las paredes, han dibujado con crayola un enorme pene muy erecto y chorreante de semen. Es un dibujo muy sintético. Uno casi exacto en cada piso. Bertica no puede verlos porque es ciega desde los cinco años. Ella canta con un grupo junto a otros ciegos y toca la guitarra. A veces cuando nos visita se apoya en un testículo del dibujo. Yo no le digo nada. A su reloj se le levanta una tapa transparente que cubre la esfera y entonces con sus dedos y una mueca se entera de la hora y los minutos. Ha marcado la baraja con un punzón; sólo debemos decirle la última carta que está en juego. A veces se embarra de saliva cuando sube y protesta y Dulce me abre los ojos. No me gusta acompañarla de vuelta. Está muy oscuro y es mucha responsabilidad. Le pregunto si no le teme a la oscuridad y me responde que no tiene la más mínima idea de qué es la oscuridad. No debe ser tan terrible entonces la ceguera. La dejo en su puerta, me despido y corro lo más rápido que puedo de regreso a casa. No creo que de tanto masturbarse pueda quedarse uno ciego como dicen. Cuando apaguen las luces aparecerá un pintor sordo y un samurai ciego y un carro que vuela y una mujer desnuda apuñalada en la bañera y un hombre que se envuelve en dinamita y un doctor atormentado que se transforma en un monstruo y una señora que cocina y un pez que cumple cualquier deseo y unos polvos que te duermen y dos hermanos - uno rico y otro pobre- y una rueca y unos juguetes que cobran vida en la noche y un ejército de hombres voladores y un gato que ríe desde la rama de un árbol y un cuchillo en el agua y un gánster que llora y una pareja de ladrones y una armónica y otro que corre por la palma de su mano y una mangosta en el jardín y alguien que se orina en la escalera y un hombre que respira bajo el agua y otro que es sacrificado y un torero herido y un baile y unos amigos que salen a cazar y una mujer que se pierde en una isla y un pirata que besa a una muchacha y que tiene un mono que le acompaña siempre y doce hombres solos sentados a una mesa y el zumo de un limón sobre sus senos y un trineo y unos pájaros y un mendigo y un liguero y un lunar y un oso panda y un disparo en un ojo y un navajazo en un ojo y un cohete en el ojo de la luna y un niño corriendo por la playa y unas fresas y un hombre en una moto con su perro y su guitarra y un indio enorme y un plato de barro y una barra de mantequilla y una bicicleta y un gorila y una daga y un taxista y un fumador de opio y un espejo y todo esto se evapora con la luz, con tan sólo un giro en la palanca. Y al calor nuevamente y a la nada.