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Libros de Autor
Novela. 2ª edición
15 x 21 cm; 340 págs.
Rústico cosido con solapas
ISBN: 978-84-943103-2-4
DL: V-2741-2014
PVP 15 euros

Portada Locos de atar
Locos de atar
Fernando Navarro

"Sólo el que conoce el pasado es dueño del presente", dice la atinada cita con que se abre este libro, que es a la vez una entretenida obra de ficción (repleta de peripecias, acción y personajes), unas memorias noveladas (en las que el autor ha integrado, fundiéndolas, muchas experiencias vividas y, sobre todo, oídas) y una soterrada y persistente reflexión sobre los fatídicos errores que llevaron a los españoles a un enfrentamiento trágico, que amputó la vida de varias generaciones y dejó un país exangüe.

Fiel al espíritu de esa cita inicial, el libro -segundo de los que publica Fernando Navarro Tarín, tras "La mujer azul"- huye de cualquier propósito o afán vengativo, de inútiles y desfasados ajustes de cuentas y de cualquier pretensión de verdad absoluta, para zambullirnos en la realidad singular y concreta de una mujer, Clara Antúnez, y de una familia, que vieron sus vidas y sus sueños truncados a causa de una guerra fratricida que nunca debió tener lugar, y que se nutrió de un odio que nunca más debemos dejar crecer ni alimentar.

Que nos adueñemos de esa poderosa y sencilla verdad parece ser el propósito último de este libro, que, en todo caso, reivindica en cada línea su verdadera naturaleza de obra de ficción, su cariño y su respeto por la literatura.

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Fernando Navarro Tarín (Cheste, Valencia, 1953). Nieto e hijo de médicos. Estudió el bachillerato elemental interno en el colegio de La Salle de Paterna, y después el superior en los Agustinos de Valencia. Médico desde 1980. Trabajó como ayudante de equipo quirúrgico en otorrinolaringología y más tarde en el Instituto Social de la Marina. En la actualidad es médico de atención primaria en la ciudad de Valencia. Mantiene una deuda pendiente con África: las dos veces que intentó viajar como cooperante no fue posible por culpa de sendas guerras. En 2010 publicó su primera novela: La mujer azul


 



 

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1

Aquella tragedia cambió el rumbo de mi vida. Hubiera preferido cien veces estar muerta a tener que pasar por el calvario de ver sufrir a mi familia. Sin embargo, los acontecimientos casi nunca suceden como los teníamos planeados. Y harta de escuchar, decidí hablar.

Un ridículo sentido de vergüenza invade mi ser simplemente de recordarlo. La sola sensación de tener que presentarme como inmerecida protagonista de este trágico relato, me produce estupor. A lo largo de esta historia, actúo expectante ante unos  acontecimientos que sin desearlo yo cambiaron el rumbo de mi vida. Su huella marcó a unos personajes que nunca desearon formar parte del devenir de esta oscura parte de la historia, que mereció quedar oculta en la noche de los tiempos.

Durante varios lustros de mi nonagenaria vida ha persistido en mí la duda de si debía, o no, escribir, en primera persona, unos hechos de los que fui testigo silencioso, entre una caterva de personajes de diversa índole, que hicieron aflorar en mí unos contradictorios sentimientos que durante tanto tiempo me tuvieron desconcertada. 

Por otro lado, justo es reconocerlo, fueron muchos más aquellos para los que no encuentro suficientes palabras de agradecimiento por todo lo que de ellos aprendí. 

Pude observar cómo, durante aquel periplo perturbador, se conmovieron los sentimientos más nobles de una sociedad que, por no saber reaccionar en su momento, transitó estremecida y resignada durante décadas.

Tras un largo período de dudas y profundas reflexiones, y apoyada en la autoridad otorgada por la edad, he decidido, de motu proprio, relatar una versión real, sincera y cierta que revela el sufrimiento de una familia, la mía, que no fue sino un ejemplo de tantas otras que vieron sacrificado su destino de manera antinatural.

Un artículo de prensa fue la espoleta inicial a la que inconscientemente recurrí para justificarme. Aquella lectura despertó en mí una velada reminiscencia que utilicé como pretexto para acometer mi réplica.

La verdadera razón de sacar a la luz estos sucesos es la de puntualizar que la verdad absoluta jamás está en poder de nadie, aunque siempre habrá convencidos de que el fin justifica los medios. También pretendo dar a conocer la frustración de una generación que se vio envuelta en una contienda que jamás deseó, y que quedó marcada por una huella indeleble, que ni el paso de los años consiguió borrar definitivamente de su memoria. 

Yo, que sufrí el escarnio en mis propias carnes, sólo años después pude desgranar sin sobresaltarme aquellas evocaciones que con tanto esfuerzo mantuve escondidas en el baúl de los recuerdos. Sin embargo, no pude evitar indignarme al escuchar cómo impunemente se culpaba a una de las partes, con la misma determinación con la que se exoneraba a la otra, pretendiendo reabrir, con intereses espurios, viejas y cicatrizadas heridas.

Quede como reflexión que nada justifica revolver el pasado para utilizarlo en beneficio propio, cuando en ambas partes hubo innegables dramas familiares, pues el dolor y el sufrimiento, al menos durante la contienda, se repartieron por igual en ambos bandos. 

No me faltaron momentos de desánimo en los que intenté desoír los consejos de mi conciencia, pero tras una lucha tenaz dejé vencer a los impulsos sobre mi racional e insatisfecha mente.

Creí que podría recordar aquellas vetustas páginas con la justa acritud. Sin embargo, me exasperaba al comprobar como a lo largo de todo ese tiempo, con exclusivos afanes propagandísticos, se manipulaba la historia al antojo de sus autores. Primero fueron los vencedores, y más tarde los vencidos, los que al más puro estilo nacionalsocialista de la Alemania de los años cuarenta, aplicaron el dogma de Goebbels: “repite una mentira mil veces y acabará siendo verdad”.

No obstante, todo seguiría aún adormilado en mi conciencia si no hubiera sido porque una inesperada llamada de mi sobrino Marcos desenterró de mi amnesia unos recuerdos que me retrotrajeron a la edad infantil.