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Edición de la autora
Publicado en Valencia en 2011
21 x 13 cm; 112 págs.
Rústica cosido
ISBN: 978-84-615-0005-5
D.L.: V-1749-2011
PVP: 12 euros (+gastos de envío)

Portada Ana en el autobús
Ana en el autobús
Verónica Díaz

El pasado y la memoria son fuentes esenciales de la escritura. Pero hay distintas formas de beber en ellas. A veces se hace bajo el tamiz de una ideología o el imperio de una política. Otras buscando una justificación... o un propósito de enmienda. Y en ocasiones lo que inconscientemente se anhela es oscurecer aún más el recuerdo, desfigurarlo.

En los relatos de éste, su primer libro, Verónica Díaz viaja al pasado e invoca la memoria sin emplear ninguna de esas argucias: sencillamente, se lanza a tumba abierta, sin ninguna red de protección y corriendo ella sola todos los riesgos. El premio de ese valor inaudito es la nitidez del recuerdo y la viveza de la narración.

De regreso a su niñez y a su adolescencia, rememorando "esas mujeres luminosas que salvaron nuestra infancia", o reviviendo esos momento súnicos de la juventud, cuando nos asalta "el vértigo del deseo" en medio de una realidad inconmensurablemente hostil, la autora logra, con un lenguaje preciso, un ritmo sincopado, la alternancia de las voces narrativas y una preciosa atadura a los detalles, sumergirnos en lo más hondo de unas vivencias que, al actualizarse con la escritura, adquieren un destino nuevo. Un destino al que nosotros, sus lectores, quedamos vinculados ya para siempre.

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Verónica Díaz nace en Madrid en 1957. De familia andaluza, se crió a caballo entre Madrid y Valencia. Educada en las monjas, como los tiempos demandaban, fue una "niña rebelde" por su independencia de criterio, forjada a partes iguales por una visión aguda e irónica de la realidad y una heredada socarronería andaluza. Verónica ha escrito siempre. Ya de niña acumulaba decenas de poesías, cuentos y diarios. Ahora, en su madurez, emerge como una escritora dotada de un estilo absolutamente propio y una poderosa y emotiva fuerza narrativa.


 



 

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El autobús rojo

La lluvia suena en la chapa vieja y roja del autobús. Nosotras dentro. Sobre la chapa del autobús tamborilea la lluvia; dentro las niñas hablamos de nuestras cosas. Todas las niñas que vivimos por Tránsitos, las que recoge el autobús a las ocho menos cuarto de la mañana. Todas –las más pequeñas con coleta o trenzas, peinadas por sus madres que, a tirones, con prisa, les dejan el pelo estirado desde la frente de sus cabecitas hacia atrás–, todas con cara de sueño. Los primeros días no importa, aunque la segunda semana ya empiece a pesar como una tortura en los párpados durante las mañanas de todo el curso. Y llueve, en octubre, con una violencia inusual aunque ya sepamos que es así todos los octubres. Somos tres o cuatro, atrás, y además Ana. Antes yo no, aún no. Después –nos conocemos de la parroquia, pero ella es más mayor–, Ana me guarda un sitio a su lado. Algunas veces nos peleamos y hay quien se queda un rato mirando por la ventanilla, sola, aislada. Nunca Ana y yo, las burgalesas. Siempre estamos de acuerdo, nos buscamos, hacemos frente contra las demás. Brevemente, porque Ana rompe con su risa, con su conversación, el aire espeso que nos ha separado de las otras, y así quedamos todas, otra vez cautivas del timbre de su voz en los labios carnosos.

 También le pasa lo mismo a Remedios de la Concepción cuando en el recreo se acerca a nosotras, al corrillo nuestro, y la llama. También cuando al poco de ir paseando las dos por el patio, Remedios se para y deja sus ojos de beata joven sobre los labios de Ana, clavados en su boca, pendientes de su voz.

 Y a Antonio, a Tony; se quedará mirando su cara, o sus ojos, oyéndola; aunque lo que ella le cuente no sea lo mismo que lo que nos cuenta a nosotras, las del autobús, los lunes, los martes, todas las mañanas de colegio que, durante la semana, mientras nos levantamos, mientras nos estamos vistiendo cada una en su casa, deseamos; mientras me visto yo. El ala blanca de la combinación que me entro por la cabeza y se me escurre por el cuerpo adormilado; sobre ella ahora estiro la aspereza de la tela azul que huele a goma de borrar, retestinada con el olor de la clase, la tela del odioso uniforme. Lo tapo todas las mañanas echándome colonia, mucha colonia sobre el pelo para que el perfume quite el tufo, el olor a colegio de la tela del uniforme.

 Así vestida, con el bocadillo en la cartera llena de libros, bajo las escaleras de casa y espero al autobús que habrá recogido a Ana, que ya me estará esperando en la parte de atrás, guardándome el sitio; esta mañana de final de octubre como las otras mañanas, las que han pasado y las que vendrán, aunque la lluvia es hoy una sábana gris y destemplada que nos enfría con su ruido oscuro los jirones de sueño presos en las pestañas, la piel atirantada de la cara.

 Después, cuando el autobús cruce el puente del río, veremos al pasar el agua turbia, marrón, que llega de una parte del pretil hasta la otra; sentiremos otra vez la aprensión, el miedo a la riada que nos han contado tantas veces en casa. Llorarán las pequeñas, las haremos llorar anticipándoles la catástrofe: el agua arrancará el puente sobre el que pasamos, no volveremos esta tarde a casa. Nos dejarán en el colegio muchos días, dormiremos allí, oyendo a Ana contar lo que ahora, con el susto del agua desatada, ha dejado interrumpido sólo un momento, el momento del miedo que se nos mete en el cuerpo, el de asustar nosotras a las pequeñas.

 –Ahora sigo.

 –¿Y qué?

 –Nada.

 Nada hasta que Ana retoma el hilo, el momento anterior al puente, el que ella revive cuando lo recuerda en voz alta para nosotras, el que le va levantando el color a los labios y cambiándole el fuelle de la respiración; a veces cierra los ojos, se ríe, se pone una mano en el escote, pide tiempo con el gesto; y nosotras esperamos, por un momento detenido el ardor, los ojos nuestros en la cara de Ana; recomponernos nosotras también, deseando su voz. Y qué.

 Y qué. Se había enfadado con ella; “no te pongas la faja”, le había dicho cuando la llamó, pero ella llevaba la faja al sentarse con él en la fila de atrás del cine Versalles, y él se enfadó.

 Irse, salir de la sala a oscuras buscando el aseo, entrar y echar el pestillo; con la falda levantada buscar las manos la pretina de la faja hincada en la carne de la cintura, bajarla contra la resistencia de la prenda hasta los muslos, la piel blanca de las caderas, del culo, el pelo rubio del bajo vientre, desnudo el cuerpo ahora debajo de la falda, en el aseo mostoso del cine de sesión continua; meter la faja en el bolso con la otra mano sobre el picaporte de la puerta y no, todavía salir no. Sacar la blusa remetida en la cinturilla de la falda, desabotonarla, vislumbrarse en el espejo turbio el sostén blanco de encaje; desabrocharlo, bajar los tirantes de los hombros, guardarlo también donde la faja; los pechos redondos sin la prisión de los aros sienten ahora la suavidad de la blusa sobre las puntas duras. Arreglarse; ahora sí, salir.

 Y qué. Ana hace una pausa, mira las caras nuestras recién salidas del recuerdo de su cuerpo reflejado en el azogue del espejo; nosotras tomamos aliento; tenemos todas una tensión fiera, Ana, y qué. Bajo el metódico repicar de la lluvia sobre el techo del autobús, y qué, y qué, que estamos dejando la circunvalación y ya vamos por el desvío que nos lleva al colegio.

“Entrar otra vez, a tientas cruzar todo el pasillo hasta la última fila buscando mi asiento al lado de Tony, pasar por encima de dos parejas, mirar de reojo entre los refilones de luz que salen de la pantalla y saberme enseguida como están ellas; sin verlas casi y adivino el desorden de la ropa, oigo la saliva de los besos. Me siento, Tony mira la película y yo le veo el perfil de dureza que tiene cuando se enfada. Yo, sentada al lado suyo, con la ropa interior en el bolso, mientras me noto el aflojamiento del cuerpo bajo la falda de mi hermana, «Tony, qué te pasa». Media película y todavía no me ha dirigido la palabra, se me pone en la garganta un nudo de llorar, «Tony, qué te pasa»; y entonces sí, se vuelve hacia mí, serio, noto la mirada suya, dura sobre mí, «desabróchate la blusa, que te vea». Encuentro los botones y los paso por los ojales como he hecho antes en el cuarto de baño; con la mano me retira la tela y me deja los pechos al aire, destapados en la oscuridad del cine, esperando la luz que la película deje caer sobre mí. Sin tocarme, sólo me mira. Durante un rato eterno tengo vergüenza pero no me tapo, estoy azarada pero no me tapo. Después se inclina sobre mi lado, me besa el cuello mientras las manos suyas me acarician, me aprieta con los dedos, me acaricia el pelo hasta que se me suelta la hebilla de la coleta; pone una mano sobre mi rodilla, la sube, la falda es demasiado estrecha para seguir con la mano hacia arriba, «súbetela, Ana, súbetela».”

El chirrido del freno del autobús disuelve el aire que se ha ido espesando en los asientos de atrás, y arrojadas bruscamente del aliento que Ana ha ido entretejiendo con nosotras, salimos, bajamos los escalones, nos mojamos los zapatos en el barro del aparcamiento del colegio; las carteras entre los brazos, en fila ahora de dos en dos, la cola para entrar en el aula: “Buenos días, niñas”.

Las horas cansinas, el aburrimiento de las clases, las horas que no pasan, la comida. No buscaremos a Ana en el recreo; lentas, a veces cogidas del brazo que les agrupa las cabezas bisbiseantes, el paso emparejado en el ritmo de la confidencia, pasan, Remedios y ella, bajo la cubierta del porche del patio. Una hebra de sol va dejando manchas secas en la superficie de porlan del campo de baloncesto.

Suena el timbre. Renovadas y curiosas nos dirigimos al bordillo del aparcamiento encharcado. La puerta abierta y los escalones son los mismos que bajamos al llegar por la mañana; ahora, al subirlos, nos recogen de la intemperie. Recorremos el tubo del pasillo para ocupar nuestros asientos, atrás. Esperamos.

Remedios sube en el autobús precedida por Ana; hay en ella un gesto de disculpa, hacia nosotras, probablemente referido a ella misma, o tal vez a la monja, que se le ha pegado. Remedios adelanta hasta el fondo, hasta nuestros asientos. Las cuatro que le guardamos el sitio a Ana le sonreímos; nuestros labios como navajas. Cuando nos vamos, cuando llevamos unos minutos rodando por el desvío de vuelta a casa, Remedios se encamina hacia el asiento del chófer, vuelve. De su manita de mona cuelga el asa escocesa de la funda de la guitarra. La saca, y con una humildad que se impone entre nosotras, coge el mástil del instrumento, lo frota, busca en él los acordes, precipita una cascada de notas y cantan las dos, ella y Ana. Las otras cuatro, tensas curiosas que no sabremos finalmente hoy si Ana se sube o no la falda, tarareamos el estribillo, angelicales: “Dominique, nique, nique”.

Volvió a ser por la mañana, volvió el cielo a vaciarse sobre las calles empapadas; el autobús recorrió las esquinas en donde esperaban, borrosas contra el paisaje urbano emporcado de barro, cada una de las niñas que vivían en el tercer cinturón de la ciudad. Fue recogiéndolas.

Circulaba por el ensanche nuevo. El barrio, de finales de los cincuenta, permutaba campos baldíos por obras; se levantaban trabajosamente entre golpes de polvo cuando el calor apretaba y lodazales oscuros en cuanto llovía; se cubrían aguas, aparecía una mañana la bandera española en las estructuras terminadas, y poco a poco se iban incorporando a la costumbre de los ojos las fachadas baratas, desaseadas, salpicadas de terracillas grises que parecían caries contra la dentadura urbana.

La ciudad, como una madre mala, acogía a sus nuevos habitantes. Llegaban a oleadas, venían de la Mancha, del Bajo Aragón, hartos de cosechar sabañones entre los surcos de un secano exhausto, y en la ronda de Tránsitos los iba ubicando, apilando, sirviéndose de aquella masa viva para entibiar las entrañas de sus edificios. Los atraía, los engañaba como a típulas con su resplandor y en los ojos deslumbrados de aquella multitud destilaba en pago a su esperanza una sustancia triste que les iba borrando los contornos del campo, haciéndoles olvidar el sitio del que venían. Los hacía suyos, y entre las nervaduras de sus calles sin adoquinar iban creciendo los hijos que venían con ellos. Desterrados de una niñez de lagartijas e higueras, en los días de fiesta se les veía recorrer los rumbos imprecisos, sueltos o haciendo corros en las puertas de los recreativos, principiando adolescencias que delataban en los bares los distintos acentos que componían aquella población.

El autobús rodaba entre los charcos marrones que también pisoteaban recuas de burros ociosos, recorriendo su último camino. Iban ilusos hasta el matadero, absurdos ya, dóciles hacia el degüello. Paró por última vez y enfiló la salida de la ciudad mientras las niñas, atrás, volvían a la conversación que desgranaba Ana otra vez, al principio con menos emoción y que después, paulatinamente, fue tiñendo de rosa su piel dorada, el óvalo de la cara, los pómulos que se levantaban cuando extendía la risa y en ella prendía la atención de las amigas.

Vuelven a oír del armario de Ana, del detalle menudo de la pata de gallo verde y crema de la falda que le roba a la hermana mayor. Repasan otra vez la blusa, el jersey verde de escote en pico; el arreglarse, el salir de casa; entrar en el ascensor y pararlo entre dos pisos, sacar de la bandolera el pintalabios, el eye liner de la madre y dibujar una línea sobre cada párpado, y sí, ahora llegar a la calle traspasando el zaguán de la casa; la boca roja sobre el hoyuelo de la barbilla, la naricita carnosa que bebe alegremente el aire de la tarde, los ojos verdes con su reto de rabos bajo las cejas espesas, la mata de pelo tirante, contenida con una hebilla la coleta que se apoya en la espalda, que marca el eje del cuerpo, respingona, acompasando su movimiento al trote enfajado del culo que retiene con dificultad la falda estrecha, forzosamente obligada a evidenciar la línea partida de las nalgas; disfraz de mujeraza aupada en los zapatos de tacón, también robados, que se apresuran camino de la cita.

Las niñas se impacientan; y qué. Le hacen adelantar, a tropezones, porque todo lo demás ya se lo saben del día anterior, porque se habían quedado en lo del cine, en la sala oscura, cuando Tony le pasaba la mano tibia por el interior de las rodillas, súbete la falda, Ana, súbetela. Ahí estaban.

Ana se subió la falda mientras Tony dejó ir una mano desde el interior de los muslos hacia arriba, asegurando con la otra, algo más atrás, la separación de las piernas; hasta que fue innecesario precaverse porque ella, abandonada ya, bajó la cremallera de la falda dándole más holgura y con aquel desahogo quedó la tela ociosa, enrollada sobre el ombligo y dejando ver, bajo el fulgor cambiante de la película, el vientre desnudo, el vello leve, la laxitud de los muslos de Ana. Después, sin resistencia ya de su voluntad, Tony le condujo una mano hacia los botones del vaquero que él se había desabrochado y Ana lo acarició, al principio con vergüenza. Y más tarde, seducida, no le sorprendió que el hombre le inclinara el cuerpo sobre el suyo, le tomara con suavidad la cabeza y, retirándole la barbilla hacia abajo para abrirle los labios le hundiera en la boca el sexo duro y excitado.

Salieron del cine y a Ana le hirió en los ojos la tarde mortecina. Pudo desandar otra vez las aceras descascarilladas, el recorrido hacia su casa por las mismas calles y los mismos portales que ya conocía; pudo escuchar las voces de sus hermanos en el cuarto de estar, ayudar a su madre en la cocina, ponerse el camisón, irse a la cama. Pero no permitió que nada se colara en la trabazón de las horas pasadas con Tony, de los besos, de las salivas, de la piel en donde aún pervivía el olor de sus cuerpos; ninguna otra cosa habitaba su pensamiento. Y se durmió sintiendo que la memoria le dejaba en la boca un resto de caricia.