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ediciones contrabando
Narrativa 14
14 x 21 cm; 84 páginas
Rústica cosido con solapas
ISBN: 978-84-947120-7-4
DL: V-2386-2017  Código BIC: FA
PVP: 10 euros 

Portada Guerra y pan
Guerra y pan
Jesús Zomeño

Durante más un lustro, y en tres libros de relatos: Cerillas mojadas (Denes, 2012), Piedras negras (Lengua de Trapo, 2014) y De este pan y de esta guerra (Contrabando, 2016), Jesús Zomeño ha erigido un verdadero monumento literario al arte de sobrevivir.

Ambientados en los escenarios imborrables de la Primera Guerra Mundial (desde la trinchera a la retaguardia), los cuentos de Zomeño no recrean hazañas bélicas ni exaltan hitos militares, sino que nos transportan, lírica y narrativamente, al corazón mismo de algunos de los enigmas esenciales de la condición humana.

El autor ha hecho de la guerra un laboratorio de hallazgos infinitos. Un escenario en el que todo lo humano muestra su esencia y sus límites. La guerra, la muerte, el hambre... exhiben la aspera crueldad del mundo, mientras los hombres despliegan sus sorprendentes mecanismos de supervivencia.

Pensado inicialmente como un simple Anexo a De este pan y de esta guerra (libro ganador del Premio de la Crítica Valenciana 2017), Guerra y pan -con su deliberada reminiscencia tolstoiana- ha devenido al final en un libro autónomo y autosuficiente. Los nueve nuevos relatos que lo integran (ilustrados por Miracoloso) son otras tantas pruebas de que el filón continúa vivo y que el autor aumenta, libro a libro, su madurez y su maestría narrativas.

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Nacido en Alcaraz (Albacete) en 1964. Actualmente reside en Elche (Alicante). Ha publicado los siguientes libros de relatos: Lengua azul (Sloper, 2008), Cerillas mojadas (Denes, 2012), Piedras negras (Lengua de Trapo, 2014), De este pan y de esta guerra (Contrabando, 2016) y Querido miedo (Sloper, 2016). Leer más

 

 

 


Reseñas

 



 

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BALADA DEL SOLDADO RUSTY 

      (Montana, 1917)

      A Rusty Rust

       Contó cinco dedos en cada mano y no tuvo motivos para quejarse de que no fuesen cuatro o de haber perdido el sexto. Eran cinco dedos. Siempre aceptaba las cosas como eran y se mostraba comprensivo con lo que no entendía.      

      Cuando Rusty miró al suelo en Montana, vio la punta de sus pies. Señalaban al frente. No había equívoco: tenía que seguir adelante. Un paso detrás de otro.

      -Ser feliz –se dijo- no admite marcha atrás.      

      Cuando decidió alistarse llegó el primero a la oficina de reclutamiento aquella mañana, golpeó la puerta pero le pidieron que esperase. Lo hizo, se sentó en el banco de madera bajo el porche y vio pasar a Bob Harley en su carro, camino del almacén a comprar grano. Le explicó que estaba allí para alistarse, pero Bob no entendió lo que le dijo. Uno estaba orgulloso, el otro preocupado por si la guerra subía el precio del grano. Hay cosas sencillas que a veces ocurren y que no tienen ningún significado. Rusty imaginó que Bob recordaría siempre aquel momento.      

      Cuando Rusty se alistó, el pueblo era muy pequeño para convocar un desfile y contratar a una banda de música. Alguien lo comentó en la cantina del aserradero, pero había demasiado ruido. El alcalde propuso un desfile de los niños del colegio escoltando a Rusty, pero la maestra se opuso porque hacía demasiada calor. Los demás pensaron que era mejor dejar a aquel héroe sin memoria en el pueblo, no fuera que lo mataran y luego tuvieran todos que acordarse de él.       

      Cuando llegó la víspera de marcharse, se despidió de su amigo Jack, el aprendiz de la serrería; de su tío Michael, que pescaba salmones aquella tarde, y, por último, acompañó hasta el cruce a  Peter, su mejor amigo. Se dieron la mano y se desearon buena suerte, eso fue todo. No se abrazaron, pero a los diez pasos Rusty se giró para ver a Peter alejarse, pasar la valla del jardín y subir las escaleras del porche hasta entrar a casa, renqueando a salvo con su pierna ortopédica.

      Por la alameda, de regreso a su granja, comenzó a llover aunque fuese agosto. Rusty se detuvo a orinar pero también le entraron ganas de llorar. Mientras lo hacía, sintió que no era nada, que la lluvia pasaba a través de él sin detenerse.    

      Cuando Rusty cogió la sartén por el mango aún era de noche. En la planta de arriba de la casa toda su familia simulaba dormir. Un huevo frito, unas lonchas de jamón, pan y un vaso de leche. Lavó el tenedor, su plato y el vaso. Dejó lo suyo en su sitio para que todos supiesen que iba a volver. Después salió de casa sin maleta y vistiendo ropa vieja porque le habían advertido que en el campamento le darían el uniforme y tirarían lo que llevara. Se marchó con manchas, zurcidos y ojales sin botones.

      Al alejarse encendieron a su espalda todas las luces de la casa, pero él nunca lo supo. Otros cuentan que ninguna luz llegó a encenderse.

      Cuando le dieron botas nuevas en el campamento, le apretaban pero en previsión de fatigas peores decidió seguir caminando con ellas hasta que el cuero cediese y la horma ensanchase. Se abrió la camisa y sintió que todo el aire le cabía en el pecho.

      -Las personas avanzan, porque tienen voluntad y los objetos ceden, porque carecen de ella –se dijo.

      Cuando los pies empezaron a sangrarle, se abrochó la camisa y aceptó de nuevo las cosas como eran. 

      Cuando al recluta Rusty le ordenaron pelar patatas aprendió a hacerlo recortando la piel en una sola tira.

      -Pide un deseo –les ofrecía a sus amigos.

      Todos querían saber si llegarían vivos al final de la guerra y le llevaban patatas para leer su futuro. Rusty pelaba la de cada uno y luego exhibía la monda entera en una cinta -había conseguido salvar a otra persona-, sonriendo como hubiera hecho el genio de la lámpara si alguien le hubiese pedido solo un vaso de agua.      

      Cuando un soldado negro llamado Jimmy le pidió agua de su cantimplora, Rusty la tenía vacía pero estiró el brazo para que comprobase que no mentía y en ese momento comenzó a llover. 

      Jimmy, aquel soldado negro con sed, creía en Dios y en el milagro de los panes y los peces y supo que había hallado a un amigo.      

      Cuando Rusty masticó tabaco por primera vez lo escupió luego con todas sus fuerzas, sin saber que dibujaba en el suelo, a tres metros de distancia, la forma del mismo lunar en la espalda de la que sería su esposa, con la que tendría tres hijos y a la que cerraría los ojos por un cáncer de pecho en 1964.      

      Cuando Rusty perdió la virginidad fue en el prostíbulo de la carretera. El campamento estaba en algún lugar de Dakota, pero él no sabía dónde estaba Dakota y tampoco a dónde se dirigía esa carretera por la que nunca pasaba nadie. Aquella tarde, cuando llegó al prostíbulo, conoció a Mary, la única que atendía a todo el cuartel. La mujer se inclinaba hacia delante sobre una mesa para que los soldados la penetrasen de pie por detrás, sin tener que olerles la boca. La habitación no tenía puerta, para que los clientes se diesen más prisa, y había una vieja en el pasillo para asegurarse de que todos se colocasen antes el condón. Sin embargo, a Rusty no le importaron los detalles.     

      Cuando le pidieron que dibujase un mapa de Europa, dibujó en la pizarra una silueta de mujer. La guerra parecía deseable.

      Nadie sabía en ese mapa dónde estaba Francia y dónde Alemania, pero aquella mujer dibujada tenía unos pechos enormes y ellos eran hombres valientes.      

      Cuando a Rusty le ordenaron disparar, aquel día acertó en la diana. El rancho era potaje de patatas con carne, su plato favorito.  Había mucho pan en la mesa. Se comió además la ración de Peter, que estaba desganado por un dolor de muelas. Tenía la tarde libre. Se acercó a la capilla silbando por el camino y a la vuelta encontró una moneda en el suelo, cinco centavos. Era un gran día y la buena suerte un trébol de cuatro hojas en su mirada. 

      Pero, como era un hombre temeroso de Dios, se acostó temprano por no seguir tentando a la suerte.      

      Cuando subió al barco que le llevaba a Francia, Rusty golpeó con los nudillos tres veces el fuselaje del buque y sintió que los peces abrían paso porque los soldados americanos partían para cambiar el mundo. 

      El publico gritaba eufórico desde el muelle y ellos saludaban matando enemigos a lo lejos.      

      Cuando a primeros de septiembre el regimiento inició su marcha a la primera línea de fuego en el Argonne, Rusty se preguntó por qué salieron al atardecer para ir a las trincheras.      

      No ha contado nunca lo que encontró, lo que hizo, todo lo que vio.

      Tantos años después, sigue pensando que todo fue un sueño, que al anochecer se quedó dormido, que nunca estuvo en la guerra. El alzhéimer, por fin, lo ha liberado.