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ediciones contrabando
colección Marte nº 4
21 x 13 cm; 118 páginas
Rústica fresado con solapas
ISBN: 978-84-947120-2-9
DL: V-1439-2017
PVP: 12 euros

Portada Vía subterránea
Vía subterránea
Juan Carlos Torres Ochoa

Vía subterránea nos propone una suerte de viaje órfico por los inframundos externos e internos, sociales e individuales de la cultura contemporánea, con una mirada desprejuiciada, descarnada y vertiginosa que el autor denomina “poesía negra”.

Viaje iniciático y terapéutico que a modo de Divina Comedia “portátil”, nos zambulle en algunos de los oscuros laberintos que, precisamente porque tanto tememos y evitamos, tanto nos definen.

Como libro de viaje, Vía subterránea es una singular “guía turística” por ciudades abisales, templos remotos, regresiones y derivas subconscientes, infratiempos inconfesables, que toma como mentores a María Zambrano, Sófocles, San Juan de la Cruz, Cernuda o Beckett, y nos extravía por ciertas paradojas del pensamiento trágico, en oposición beligerante a las corrientes psicológico-literarias imperantes de la autoayuda cognitiva y la inteligencia emocional.

Poesía negra es libertad de explorar sin temor las negruras de fuera y dentro que determinan nuestra vida, libertad de mirarlas a los ojos, de escucharlas con serenidad aunque derritan nuestro oído. Porque es en la negrura donde yacemos indefensos, sin respuestas, y con el solo vislumbre de algunas preguntas, donde se esconde el misterio de lo que somos.

Poemas como concretas mordeduras, como concretas caricias, como concretos latidos, como concretas memorias musculares archivadas en la biblioteca infinita de nuestra electricidad sanguínea, y traducidas a la biblioteca finita de las palabras.

Leer Prólogo de Ioana Zlotescu

 

Juan Carlos Torres Ochoa (Sabiote, Jaén, 1967) desarrolla un trabajo interdisciplinar entre la música, el teatro y la poesía. Titulado superior de guitarra, estudió composición en la Universidad de Alcalá de Henares y es profesor titular de Armonía y Fundamentos de Composición, actualmente en el Conservatorio Profesional de Música “Federico Moreno Torroba” de Madrid. Como compositor ha estrenado sus obras en el Círculo de Bellas Artes, Centro de Arte Reina Sofía o Auditorio Nacional de Música, siendo parte de ellas grabadas y emitidas por Radio Nacional de España o publicadas. En relación al teatro ha escrito la música para diversos espectáculos estrenados en el Festival de Otoño de Madrid; y estrenó la ópera de cámara Un millón de muertecitas sobre textos de “Poeta en Nueva York” de Lorca (1999). El trabajo con la poesía, que ha sido protagonista estos últimos años, ha dado como fruto la publicación de tres libros: Sin párpados, Marzo súbito (poemas del 11-M) y Vía Subterránea.

 


Reseñas

 



 

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El texto que sigue no pretende ser más que una vía de aproximación (¡entre tantas otras posibles!) al mundo poético de Juan Carlos Torres Ochoa, un mundo rico en matices, muy subjetivo, expresado de una manera muy personal y, por esto mismo, “abierto” a las múltiples interpretaciones surgidas de la subjetividad de cada uno de sus lectores. El autor no cae en la tentación de una escritura fácil, indicadora de rumbos claros, si no que se arriesga a ofrecer una perspectiva insólita, distinta a la habitual visión de la realidad, lo que invita al lector a ir superando el extrañamiento ante el texto y a proceder a su desciframiento, estimulando de esta manera su perspicacia interpretativa.

En fechas muy recientes, Vicente Verdú, en el comentario en torno al discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de la catedrática y ensayista Estrella de Diego titulado “A propósito del malentendido”, resaltaba la idea de que las “zonas de sombra” de una obra artística y los posibles malentendidos que puedan despertar en el receptor se convierten “en destellos de inteligencia activa“ y son en definitiva “una exaltación de la chispa que llega, paradójicamente, de algún punto oscuro en el texto, la pintura o la música” (“Virtudes del malentendido. Aquello que asimilamos sin esfuerzo no deja rastro”, El País, 2/12/16). 

Sobra decir que tal receptor, en este caso tal lector, tendría que pertenecer (en expresión de Julio Cortázar), a la categoría del lector “cómplice” en la interacción constante con el texto hasta incluso llegar a su recreación, algo, por otra parte, característico en cuanto al “horizonte de expectativa” y al “espíritu del tiempo” de la postmodernidad artística.

En este sentido, y ya en nuestro –tan huidizo– presente, Enrique Vila-Matas subraya y enaltece la colaboración autor/lector: “La secuencia central de toda lectura activa contiene el gesto más profundamente democrático que conozco. Es el gesto de quien sabe abrirse al mundo y a las verdades relativas del otro, a la sagrada revelación de una conciencia ajena. Si se exige talento a un escritor, debe exigírsele también al lector. Porque el viaje de la lectura pasa muchas veces por terrenos difíciles que reclaman tolerancia, espíritu libre, capacidad de emoción inteligente, deseos de comprender al otro y de acercarse a un lenguaje distinto del que nos tiene secuestrados. (“El lector activo”, El País, 27/9/09).

                                   ***

Vía subterránea es un breve e intenso libro del yo, de la búsqueda del yo, monólogo de la mismidad, en el cual el ritmo y la cadencia de los versos en libertad alternan con breves prosas, y cuyo conjunto enlaza directamente con el primer libro del autor, 25 poemas Sin párpados (2008), en el sentido de matizar y complementar su visión poética, fundamentada en el anhelo incesante de “Hallarse” –título de un poema del libro que comentamos–. Hallarse a sí mismo en cuerpo y alma, angustias y gozos, peligros y salvación, es la meta de los accidentados recorridos de dentro hacia fuera y al revés, para que por fin armado de sí mismo, el poeta se abra fortalecido al mundo circundante y pueda enfrentarse, como veremos más adelante, junto a tantas “almas”, a la intemperie. En el comentario previo a la aparición del libro, publicado en su página web (jctorresochoa.com), Juan Carlos Torres declara que en este largo camino:

La poesía es nuestra cálida linterna, el ojo de cíclope que nos alumbra en la travesía de las grutas.

Esencialmente anticonvencional, el texto se estructura a partir de fragmentos en continuos vaivenes entre inframundos de distinta naturaleza. De un lado, en “Ciudad abisal”, el ambiente exterior de una ciudad inhóspita, brutal, poblada por “primates” agresivos y ”lobos aullantes”, antesala del “Cadalso” ineludible de la muerte o, tal como se presenta en “Templos”, una ciudad simplemente amorfa en sus costumbres convencionales; de otro lado, el “Inframundo segundo” marcado por las “Regresiones” del poeta al mundo interior de su identidad, lugar secreto de su ingenio; discretamente, pero con plena conciencia de su creación poética, apunta:

Entonces, qué hay de los tallos florecidos en lo subterráneo, sin escritos que atestigüen su vibrar perceptible, sin declarantes que recuerden con precisión el momento verídico de su floración.
   Hemos florecido en silencio.
   Pero quién lo sabe, quién va a creerlo.

  (“Epílogo”, Inframundo segundo).

No se olvida el poeta de la compenetración de su ser con la naturaleza, impulso que recuerda la idea del serse orteguiano, aquel mutuo existir del hombre y el mundo…

Sin embargo, la poesía de Juan Carlos Torres no es una poesía abstracta, no pretende ser filosófica, es directa y, al margen de buscar el sentido de lo que nos rodea, se deja invadir por aquella compleja sensación de lo que se podría llamar vivirse y cuyo lugar central es, evidentemente, el cuerpo y sus sensaciones. Como tal cuerpo viviente, el poeta aspira y llega a una fusión con toda la naturaleza, se siente parte de ella, nada más ni nada menos. Y si en el último verso de “Hallarse” proclama:

    También son naturaleza
    mis sentidos

los versos de “Desprenderse” van más allá, llegan hasta la metamorfosis de sí mismo, al ser “preñado” por el agua del mar:

   Y respiraré con el cuello
   joven collar ya
   de branquias

Pero fundirse con la naturaleza no significa perder su identidad. Juan Carlos Torres declara ser un “mamífero vivo atiborrado de memoria” y, algunas veces, su escritura misma sea ella poética o musical –como veremos a continuación– se convierte en corpórea, en un lenguaje del cuerpo, en una prolongación del cuerpo. A raíz de un fructífero intercambio de ideas en torno a su obra poética, escribió en su ya mencionado comentario:

Poemas como concretas mordeduras, como concretas caricias, como concretos latidos, como concretas memorias musculares archivadas en la biblioteca infinita de nuestra electricidad sanguínea y traducidas a la finita biblioteca de las palabras.

  (“Vía subterránea, Luz y poesía negra”).

Esta apelación al cuerpo se emparenta con el expresivo impulso de Ramón Gómez de la Serna, al afirmar que la literatura auténtica tiene que ser manifestación también del “ESTADO DE CUERPO” (mayúsculas del autor, en “El concepto de la nueva literatura”, 1909).

Aunque sacudido por tonalidades angustiadas, el yo del autor se recompone debido al empeño de “saberse vivo” (“Infratiempos” VII) y se desbloquea mediante una catarsis solidaria con la Vida, expresada con palabras íntimas, orgánicas (diría Gómez de la Serna), palabras salidas de sus órganos:

   Los pulmones son una biblioteca de palabras
   no nacidas.
   Toman impulso en el diafragma (…)

   Tengo un verbo para expresar
   el interior de un centímetro de carne (…)
   Con el silbido de un insecto
   he de narrar mi océano.

   (“Busco la voz”, Sin párpados).

Esta atención prestada a la carne, al cuerpo, como receptáculo de sensaciones y como fuente primordial de una futura elaboración artística no es nueva en la estética del autor. Así, en su página web, afirma que el propósito compositivo de su obra para quinteto de saxofones Dos caras de un instante (2000) es:

Unificar el material musical con el movimiento y el sonido de la respiración de los intérpretes, buscando una organicidad respiratoria, contexto en el que se difumina la frontera entre intérprete, instrumento y discurso, de forma que el saxofón es una prolongación del cuerpo, y el cuerpo, el verdadero instrumento-intérprete.

A través de la fusión entre los distintos “instantes”, el músico se asocia a aquel fluir de la audición que, de por sí misma, no se interrumpe por razones orgánicas, la escucha es continua, el fluir del oído no pone frenos. Sin embargo, en el mundo de la visión, el anhelo poético de percibir desde el sistema sensorial receptor de su propio cuerpo la realidad circundante, de una vez y en perpetua continuidad como en una vigía sin fin, se ve impedido por uno de los órganos del mismo cuerpo, por aquellos pliegues de piel, en incesante cerrar y abrir, que son los párpados, cortina de carne de los ojos, pantalla ante la cual se detiene la mirada.

Si superar el parpadeo, forzar la continuidad de las visiones a través de un ímpetu que elimine pausas y diferencias, a través de la unificación de lo “subterráneo” con lo exterior, es meta de Vía subterránea, en su libro anterior ya citado, 25 poemas Sin párpados, este intento de superación es tema confesado.

Sin párpados, título insólito, osado, podría, a primera vista, entenderse como un remite a historias de ciencia ficción o a cuentos fantásticos, poblados por seres inquietantes. Pero no se trata de esto, sino de la aspiración del poeta a vencer a su propia carne, vencer a su propia piel, encontrar “un modo de adaptarse” para que “los ojos puedan prescindir de los párpados”. El propósito de educar la “retina” a que alcance “una facultad nueva: contemplar sin pausas (…) el contorno completo de cada emoción en su vaivén constante”, es, de hecho, una metáfora para incitar también al lector a dejarse invadir por imágenes no interrumpidas por la razón y a saber pasar de continuo de un mundo a otro, hasta llegar a unificar la mirada interior con la exterior, impregnada por la interioridad.

Todo llega a ser visionario –realidad y ficción– y así, a través de la deformación emocional de la realidad, se realza también el carácter expresivo del lenguaje. El mundo exterior queda subordinado a una continua, no interrumpida mirada personal, abierta a una incesante elaboración poética.

En este mismo sentido de ecos y resonancias, de interferencias entre su creación musical y su creación poética, hay que señalar que el cambio de tonalidades angustia /catarsis, señalado más arriba, hace pensar también en otra de sus obras musicales. Me refiero a En la Intemperie II, en donde, según explica en las notas al programa del estreno:

El reto era describir una paradoja trágica, el proceso de nacer y el proceso de morir hermanándose en el canto de un violín y un clarinete entremezclados, para hallar el sonido del que llega y del que deja la intemperie.

La intemperie se entendería así como el lugar ocupado por el ser humano, esto es, la vida.Si el “hallarse”, en dura pugna con sus propios fantasmas interiores, es para Torres Ochoa la raíz de su poética, la intemperie es en cambio un tema fundamental de su inspiración artística, declarado como tal en su ciclo de obras musicales titulado En la Intemperie (1995-1996) y también sugerido en su poesía. Condición fundamental para vencer la intemperie es, justamente, “hallarse”, rodearse de sí mismo, para después presentarse a pecho descubierto, tan humano, al mundo, a los demás.

Estar a la intemperie es una expresión que tiene muchos sentidos, desde estar a la intemperie climática, a la de los exiliados a la intemperie de su destino, a la de los pobres animalitos o seres humanos a merced de la naturaleza o a la intemperie de las calles en ciudades inhóspitas… en definitiva, sentirse indefenso, desamparado. Impresión que se describe precisamente en la prosa “Extraviarse” (“Inframundo segundo”):

En la noche cerrada, salí campo a través. Olvidé los caminos, olvidé la noción misma de camino (…). Abandoné cualquier certidumbre, me entregué a la desubicación total. Y comprendí su desconcierto, su desamparo.

También, en las notas al programa del estreno de En la Intemperie I, Torres escribe que esta obra quisiera recoger:

Lamentos que nunca se publicaron pero sonaron una vez, no importa cuándo. Es la intemperie, el espacio ilimitado de las voces, la memoria profunda que no conoce el olvido de ningún infinitesimal hecho.

Y, siguiendo ese hilo, en Un millón de muertecitas (1999), obra de teatro musical sobre textos de Lorca, deja entrever su compasión por las “pequeñas criaturas doloridas y desvalidas”…

A primera vista, los textos de Vía subterránea pueden conducir al lector a un malentendido, esto es, a pensar que se trata de una visión negativa de índole narcisista sobre la vida y sobre el estado anímico del autor, desde la inhumanidad presente en “Ciudad abisal”, pasando por “Alucinación”, donde se autorretrata al estilo de Francis Bacon:

   caracol enorme
   espiral de carne

Agazapado en una bañera sin agua, o enfrentado a la indolencia, a recuerdos desagradables, a la consciencia del tiempo imparable, a pesadillas y si no, al “Insomnio”. Rodeado por la ciudad inhóspita, el poeta, un ser expuesto a la intemperie de sus vivencias, de su desasosiego:

   recuerdo cejas felinas
                          ojeras coaguladas (…)
   la noche trae piezas del puzzle inmenso
                          ¿cuántos inventarios posibles? (…)
   y la gravedad me embelesa
   y me succiona

Pero, sin embargo, en las páginas siguientes estalla por fin la “Visión”, limpia de pesimismo, llena de luz y de esperanza, el posible malentendido del lector apresurado en torno al ensimismamiento negativo del poeta, se disipa:

   el mediodía absorto se dilata
   –no llegará la noche–
   el destello está suspendido
   ¡y perdura!

Ya fuera del subterráneo y con una cita de San Juan de la Cruz como encabezamiento, se extravía de sí mismo, se siente libre hasta afirmar:

   Respirar, ya es un camino. (“Extraviarse”).

En “Infratiempos”, a pesar de algunos ratos de melancolía, reta lo efímero y anima al lector a lo más importante, a lo único seguro que tenemos, esto es, a “saberse vivo”, a olvidarse del tiempo, sea el pasado o sea el futuro:

   Cabalga este minuto
   olvida la quimera
   de las horas futuras (…).

   Eres un mamífero vivo atiborrado de memoria (…)
   cuando estés por fin hueco estarás no ya recién nacido
   sino recién fecundado piensa en eso
   tendrás de nuevo y no son metáforas manidas
   toda la vida por delante

Consciente él mismo, del posible malentendido que podrían provocar algunos de sus versos al despertar –en una primera lectura– una angustia sin salida, Juan Carlos Torres intitula en su página web el comentario previo a la publicación de este libro, como Luz y poesía negra (apuntes para una poética) (el subrayado es mío):

Poesía negra es libertad de explorar sin temor (…), libertad de indagar en las negruras de fuera y dentro que determinan nuestra vida, de mirarlas a los ojos, de escucharlas con serenidad aunque derritan nuestro oído. Porque es en la negrura, en ese abismo ante el que yacemos indefensos, sin respuestas, y con el solo vislumbre de algunas preguntas, donde se esconde el misterio de lo que somos.

El poeta acompaña su texto con algunas de las pinturas negras de Goya. Entre ellas está la del conmovedor Perro, misterioso “poema visual” (como lo denomina Rafael Canogar), en el cual asoma la cabecita de un perro semihundido, agazapado e iluminado por su lado izquierdo por un color ocre… posiblemente, la imagen más adecuada para simbolizar la intemperie de la vida, la esperanza después de haberse hundido en las “negruras”… Pero el animalito de mirada atónita, tan expresiva, ¿se está hundiendo o está emergiendo, ¿vuelve del viaje a las negruras del “túnel” de su mismidad a la luz dorada de la vida? O, quizás simplemente, y como todo ser vivo, está “entre el nacer y el morir”, entre miedos y ratos felices, muy felices… como el patito feo del cuento recordado por Antonio Saura en relación con este cuadro, para él, el “más bello del mundo”: “Desde niño me he sentido fascinado por esta imagen extremosa que, por extraños vericuetos, ha permanecido siempre asociada al recuerdo del patito feo del cuento infantil y a su manifestación de asombro al surgir del redil y contemplar la vastedad del mundo”.