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ediciones contrabando
colección CHE BOOKS nº 3
21 x 14 cm; 172 páginas
Rústica fresado sin solapas
ISBN: 978-84-947120-0-5
DL: V-1175-2017
PVP: 10 euros

Portada Cautivos
Cautivos
Jerónimo García Tomás

Cuando Gerardo responde a la petición de ayuda de Nino no espera encontrarse con algo tan feo. Nino ha robado un sobre del buzón de su vecino. Un sobre que contiene un pequeño dedo amputado. Seguirle la pista a ese dedo, o a la criatura de la cual el dedo formó parte en primer lugar, empujará a Gerardo a explorar el lado más oscuro y sórdido de su barrio, a confrontar de una vez por todas un pasado que nunca terminó de cerrar y a conocer las diversas caras del cautiverio.

En Cautivos, Jerónimo García Tomás recupera a los personajes de El favor, uno de los relatos de su Trama de grises, para llevarlos al límite en una historia violenta y descarnada. La prosa concisa del autor penetra bajo el tejido urbano de un entorno trágicamente reconocible, un extrarradio prototípico de cualquiera de nuestras ciudades.

Leer Capítulo I

 

Jerónimo García Tomás, nace en 1977. Técnico Superior en imagen y sonido y Licenciado en filología inglesa. Ha escrito para la cartelera Turia, haciendo crítica y análisis de series de televisión, y ha colaborado con publicaciones como Canibaal o La bolsa de pipas. En el año 2012 realizó el cortometraje El arma, que homenajeaba al poliziesco italiano y al thriller norteamericano de los años 70. Ha participado en diversas antologías y es autor del libro de relatos Trama de grises (Ediciones Contrabando, 2014). Ha sido finalista del I Concurso Internacional de Novela La Orilla Negra. Publica artículos sobre género negro en el blog Suburbios de Poisonville.

 


 



 

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1

En un principio, no había distinguido bien lo que era.

Parecía una habichuela rancia, con un extremo entero y romo

y el otro como mordisqueado. Verlo sobre el pedazo de algodón

en que iba envuelto me había hecho pensar en alguien

tratando de hacer germinar una legumbre. Una estupidez.

Estaba claro que de allí no saldría ningún tallo. Lo que

mosqueaba conforme se miraba mejor, era la diminuta corteza,

brillante y lisa, incrustada en la parte sana. Por pocas ganas

que le echase uno, al final acababa identificándola con una

uña.

—¿Y el tío no tiene hijos?

—Qué va.

—¿Seguro?

—Te lo he dicho. Creo que ya estaba en el edificio antes de

nacer yo. Y nunca ha vivido con nadie.

—Podría tener una novia por ahí.

—Me extrañaría.

—¿Por qué?

Nino encogió sus hombros huesudos y siguió mirando el

dedo.

—¿Y sobrinos? —pregunté.

—Ni puta idea. Pero yo diría que no.

—¿Por qué dirías que no?

—¡Y yo qué sé! Parece que me estés interrogando.

—Tranquilízate. Estoy aquí porque tú me has llamado.

—Vale, joder, Gerar… Perdona. Es que la mierda ésta me

pone de los nervios.

Se puso a dar vueltas por la habitación. Quizás para demostrarme

lo muy nervioso que le ponía aquella mierda, o

quizás porque de verdad lo estaba.

Si era una cosa o si era la otra, para mí no tenía demasiada

importancia.

Junto a la minúscula falange acunada en algodón sobre la

mesa había un sobre marrón de papel manila. No tenía sello ni

marcas de franqueo. Ni siquiera llevaba escrita la dirección del

destinatario. Tan sólo se leía un nombre. Juan Gómez Puente.

—Algún pariente tendrá —dije.

—Puede. Pero el tío está más solo que la una. Mi padre

dice que no se le han conocido novias ni nada. Y que nunca

tiene visitas. Creo que trabaja en algo oficial. Registros, o lo

que sea. Supongo que con ordenadores. Es un enfermo de los

ordenadores.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque casi todos los paquetes que le mandan son de

cosas de esas. Tarjetas de memoria, complementos, programas…

—¿Cuánto hace que le abres el buzón?

Sus ojos recorrieron la pared como si buscaran apoyo en

los pósters de deportivos y chicas en ropa interior. Se tiró

hacia atrás el pelo rojizo y se presionó las mejillas pecosas y

hundidas.

No iba a inquietarme porque se sintiese juzgado. Solo me

faltaba eso.

—Yo qué sé —dijo, cediendo a su propia presión—. Unos

meses. Desde que descubrí lo de la llave.

—¿Qué llave?

—¡La mía, joder! Todo fue por esa vez que volví ciego.

Pasaba de meterme en seguida en la cama porque me podían

entrar ganas de potar. Si mi padre se despierta, monta el pollo.

—Y ¿qué hiciste?

—Me quedé en el patio, andando en círculos como un

capullo. Solo con que te pares, la cabeza ya te empieza a

zumbar. Ya sabes…

—Vale, vale. Y lo del buzón…

—Eso. Me agobié y se me empezaron a ocurrir cosas. Las

típicas gilipolleces que se le ocurren a uno cuando está así. Y

me dio por sacar la llave del buzón y probarla en los demás, a

ver qué pasaba.

—¿Cuántas puertas tiene esta finca?

—¿Entre las dos escaleras? Cincuenta y seis.

—¿Probaste tu llave en todos los buzones?

—Sí.

—¿Y?

—Abría dos, sin contar el mío.

—Ah, ¿sí?

—Ya te digo. Y sé lo que vas a pensar. Que tengo un montón

de llaves maestras y que sé forzar cerraduras y eso. Pero

¿en mi edificio? Ni de coña, tío. No soy tan imbécil. Aquí

nunca haría nada ilegal.

—Robarle el correo al vecino es ilegal.

—¡Pero si casi no le he cogido nada! Los paquetes que le

abro, se los vuelvo a cerrar y a meter en el buzón. Seguro que

ni se entera, porque me lo curro para no romper el sobre y uso

cola de esa de puta madre para que no se note. Sólo me quedé

una vez con una tarjeta de memoria. Lo juro. Y luego, ni

siquiera me servía.

El pomo de la puerta rechinó un poco. Lo vimos sacudirse,

tratar de girar a un lado y a otro.

Instintivamente, Nino se abalanzó sobre la mesa y ocultó

el dedo bajo un catálogo de lencería abierto por la mitad.

—Nino —llamó una voz.

—¿Qué?

—¿Para qué te has cerrado?

—Estoy con un colega, papá.

—¿Y qué tenéis que hacer ahí, que no se os puede molestar?

—Estamos hablando, joder. No te preocupes, que ya salimos.

—Tengo que echar tu ropa a lavar.

—Vale. Ahora en seguida te dejamos pasar.

La voz del otro lado no volvió a hablar.

—Se cree que nos estamos fumando un porro —dijo Nino.

—¿Te has pensado lo que vas a hacer? —pregunté, haciéndolo

bajar del limbo de su vida doméstica.

—Para eso te he llamado, ¿no?

—¿Por qué a mí?

—Bueno… Ya sé que no nos conocemos de hace mucho.

Pero tú eres un tío inteligente y eso. ¿No?

No supe si se trataba de una pregunta retórica o si de verdad

esperaba que le confirmase lo inteligente que era.

—¿Y contárselo a la poli? ¿No lo has pensado?

—Claro, hombre. Tan imbécil, no soy. Pero, ¿no van a querer

saber cómo me he hecho con eso?

—Creo que van a tener cosas más importantes en las que

pensar, si lo ven.

—Bueno, ya. Pero… Sin saber de qué va, da un poco de palo,

¿no? Quiero decir… Has visto lo que pasa en las pelis, ¿no?

—Sí —admití. Yo también había recordado lo que pasaba

en las películas.

—Imagínate que de verdad hay un secuestro y que al tío le

han dicho: “si avisas a la poli, nos cargamos al crío”. Entonces,

si ahora voy yo y aviso a la poli…

—Se cargan al crío.

—Claro.

Tenía sentido. Yo dudaba que ese fuese su auténtico motivo

para no recurrir a las autoridades. Pero tenía sentido.

—Y ¿por qué tendrías que hacer algo, de todas formas?

—¿Qué coño…? ¿Tiro el puto dedo a la basura y me olvido

de haberlo visto y ya está?

Lo miré fijamente, dejando que él mismo contestara a su

pregunta.

—Vale… Pero, yo qué sé. Imagínate…

—Me lo imagino.

—Yo qué sé. Si al final va y pasa algo. O sea… Dentro de

unos días, imagínate… se encuentran un crío muerto por ahí.

Y la poli investiga y por alguna de aquellas... Joder, al final

todo el mundo sabe que nosotros nos enteramos de la movida.

Que podíamos haber hecho algo y pasamos. Imagínatelo.

Mi viejo me mataría.

—Está bien. Dices que antes habías visto otros sobres iguales

a este. Sin dirección, ni sello, ni nada.

—Sí.

—O sea, que pueden haber sido los secuestradores enviándole

notas.

—Y lo del dedo…

—Para que vea que van en serio.

—Como en las pelis.

—Ya.

—Joder. ¡Me cago en la madre que me parió! ¡¿Por qué

coño no habré dejado el jodido paquete donde estaba?! Ya me

mosqueaba a mí, que no llevara dirección.

—Tranquilo.

—Vale. Pero, ¿se te ocurre algo?

Dejé que esperase mi respuesta durante un rato.

Otra vez empezó a caminar en círculos para matar la tensión.

Su cuarto no era muy grande, así que no tenía demasiado

espacio para hacerlo. A cada vuelta, su pierna rozaba el

lateral de la cama deshecha. Antes, se había molestado en

sortear la ropa sucia diseminada por el suelo de linóleo. Ahora la

pisaba sin ningún escrúpulo. Tan pronto cruzaba los brazos

sobre su pecho encogido como los dejaba balancear a los costados

y se ponía a chasquear los dedos.

Sus chasquidos empezaron a pellizcarme las neuronas.

Retiré a un lado a las modelos de lencería e intenté concentrarme

en el dedo para no perder yo también los nervios. El

corte se había realizado más arriba del nudillo, en mitad de la

articulación intermedia. Acerqué el rostro. Me llegó un olor

ácido. Volví a coger el sobre marrón. Estaba vacío, como ya

sabía. Usé una de sus esquinas para rascarme la barbilla.

—Lo único que tiene sentido para mí —dije— es que sea

de algún familiar.

—Entonces, ¿la cosa va de secuestro?

—No se me ocurre otra explicación. ¿Y a ti?

—¿A mí qué coño se me va a ocurrir?

—Ya.

—¿Qué hacemos si…?

—Estoy pensando.

—Vale.

—¿Dices que lo puedes volver a cerrar? —le pregunté.

—Sí. Pero…

—¿Sin que se note?

—Bueno… Siempre lo hago, ¿no? Pero ¿y si ahora va y se

fija? Yo qué sé.

—No importa.

—Entonces, quieres…

—Hablar con él no parece una buena idea.

—Ostia, no. Ni de coña.

—Creo que lo mejor va a ser devolverlo. Y ver qué pasa.

—¿Cómo vas a ver qué pasa?

—¿Voy?

—Bueno, vamos. Quería decir “vamos”.

—En su casa no nos podemos meter. Eso está claro. ¿Tienes

el coche disponible?

—Sí —dijo, algo reticente—, pero…

—No tienes nada que hacer, ¿verdad? Ahora mismo, estás

sin trabajo. Igual que yo.

Nino asintió con la cabeza, cada vez menos a gusto con la

ayuda que le estaba ofreciendo.

—Vigilaremos el portal. Y cuando salga, lo seguiremos.

—¿Tú crees que…?

—Yo no creo nada. Pero si no vamos a ir a la policía y queremos

saber de quién es este dedo... ¿Tienes alguna otra idea?

—No.

—Entonces...

—¿Quieres que cierre el paquete? ¿Ahora?

—Cuanto antes lo reciba, mejor.

—Ya. Vale. Y oye, Gerar.

—¿Qué?

—Gracias por venir, tío. No tenías por qué…

—Da igual.

—Sé que a lo mejor es abusar. Después de lo que hiciste

por mí en el almacén y todo eso. Supongo que tengo mucho

morro pero…

—Déjalo —le corté—. Vamos a ver qué pasa con eso,

¿vale?

—Claro… Sí.

Con sumo cuidado, como si temiese que la amputada

falange se pudiese deshacer entre sus propios dedos largos y

delicados, la envolvió en el algodón y la introdujo en el sobre.

Un rastro de su olor pútrido se dispersó en el aire, entre nosotros.